La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 45
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Las consecuencias de una noche así se reparten mal.

Eso es lo que aprendo la primera semana de septiembre, y es la cosa más útil que me llevo de todo el verano.

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El DJ de Molina no tiene ninguna consecuencia tampoco.

Me entero en octubre, por Keko, que se lo encuentra en una fiesta en Murcia. Declaró lo que le dije en la proa: quién lo llamó, cuánto le pagaban, cómo. Sin explicar nada y sin pedir perdón. Y no le pasó nada, porque un chaval de diecinueve años al que llaman para un bolo no es el que firma.

Sigue pinchando. Y le ha contado a Keko, sin saber que Keko me conoce, que esa noche una camarera se sentó en el suelo a su lado y le dijo lo que tenía que hacer.

«Una camarera mayor», dice que dijo.

Tengo veinte años y tres meses.

Damián Puche no tiene ninguna consecuencia.

El sábado siete come en un restaurante de Cabo de Palos con su mujer y sus nietos. Lo sé porque sale en el Instagram del restaurante.

No aparece en el acta. No aparece en la noticia de tres párrafos que publica el periódico local el lunes y que no lee nadie. No aparece en ningún sitio, porque un hombre que no firma nada no está escrito en ninguna parte.

Bruno Solanas se va de La Manga el once de septiembre.

Me entero por Keko. El Salitre cierra la temporada una semana antes de lo previsto y Bruno se vuelve a Valencia con una propuesta de sanción de veintiún mil euros a nombre de una sociedad que está a su nombre,

una deuda de su padre que sigue viva y un local de treinta cubiertos en Cabo de Palos que ya no va a abrir.

No me escribe.

Y yo no le escribo.

Y ese es el final de lo mío con él: no hay una última conversación, no hay una frase que cierre nada. Simplemente un día ya no está, y una se pasa cuatro meses teniendo conversaciones con él dentro de la cabeza.

Fran Olivares firma el acta.

Como encargado del establecimiento. Es él quien contrató al DJ y a los dos de refuerzo, porque siempre lo ha hecho él, porque eso es lo que hace un encargado.

Lo veo el nueve de septiembre, en el aparcamiento, cuando voy a devolver la camiseta y la taquilla.

—¿Te van a…?

—No me va a pasar nada —dice—. Multa a la empresa. A mí me cae una bronca y una firma. Llevo quince años en esto, Baresa.

—Fran, la salida del cuatro me la diste tú.

—Ya.

—¿Por qué?

Y Fran Olivares, con la riñonera en la mano y el aparcamiento vacío detrás, me dice la única cosa afectuosa que me ha dicho en tres meses.

—Porque ese barco lo estaban mirando desde julio —dice—. Y yo quería que estuvieras tú esa noche, contestando que no a un señor con un boli, y no tres semanas antes, firmando una sociedad en la calle del Carmen.

Y se sube a su coche.

Elsa Roig me escribe una sola vez.

Es el seis de septiembre por la mañana, desde un número que no tengo guardado y que solo ha podido darle Keko.

«¿Estás bien?»

Le contesto que sí. Y luego le escribo lo otro, porque llevo treinta horas dando vueltas a una frase dicha por detrás de una barra portátil.

«¿Tú sabías que iban a subir?»

Tarda cuarenta minutos.

«Sabía que alguien había hablado. No sabía cuándo.»

Y al minuto, otro:

«Perdona.»

Y ya no volvemos a hablar en la vida.

Esa noche había dieciocho clientes y seis trabajadores en ese barco. Elsa Roig avisó a una persona, y avisó a medias, con nueve palabras que no significaban nada hasta que ya daba igual.

Y tardé mucho tiempo en decidir qué pensaba de eso.

Porque no es lo mismo callarse que no decirlo todo, y porque ella no me debía nada, y porque al final resulta que Elsa Roig es de la misma familia que Fran Olivares y que media costa: la gente que ve perfectamente cómo funciona la máquina, da un paso atrás para que no le pille,

y todavía tiene la decencia de estirar un dedo y tocarte el hombro al pasar.

No es heroísmo.

Pero esa noche yo era la única de ese barco que no tenía por qué caer, y fue la única que me lo dijo.

Keko Mondéjar se queda sin el invierno.

El Salitre cierra antes y no hay turnos de invierno para nadie de barra. Me lo cuenta el ocho de septiembre, en el aparcamiento, sentado en la moto, sin quitarse el casco, con la visera levantada.

—Pues nada —dice—. A la obra con mi tío. Como todos los inviernos desde los dieciséis.

Y luego se quita el casco. Y me mira. Y dice, muy rápido, como se dicen las cosas que dan vergüenza:

—Y he vuelto a pedir lo de Imagen y Sonido.

—¿Qué?

—El grado superior. En Murcia. El que pedí con dieciocho y no me cogieron.

Lo he pedido otra vez. Para el año que viene.

Me ha ayudado mi prima con la solicitud.

—Se pone el casco—. Si me cogen, igual coincidimos en Murcia, Baresa.

Tú en la universidad y yo en el instituto de al lado, que dicen que está al lado.

—Keko…

—Y si no me cogen, a la obra otra vez, que no pasa nada. —Arranca la moto—. Pero es que me dijiste una cosa en el Carmolí.

—¿Qué te dije?

—Que la cámara del abuelo tuya la tenías guardada en el altillo. Y yo pensé, joder, si esta cría tiene una cámara guardada en el altillo y le da vergüenza, qué voy a hacer yo con la mía, que ni la tengo.

Y se va. Con la moto. A toda velocidad, gritando algo que no entiendo por encima del motor.

Hugo Ferrer empieza en octubre las prácticas del proyecto del Mar Menor. Me lo dice Lucía. Me dice que el primer día le hicieron echar un disco blanco y negro desde una barca de la universidad y que salió de ahí con una sonrisa que no le habían visto nunca.

Saray Gil sigue ahí.

En octubre me escribe una foto del Salitre cerrado, con las camas balinesas apiladas y la piscina tapada, y un texto que dice: «invierno. Estudia, cría».

Mi madre desaparece.

No hay portazo, no hay carta, no hay bronca. Simplemente, a partir del cinco de septiembre, Marga Escalante deja de escribir.

La última vez que la veo en persona es en la popa de un barco, con un vestido rojo, cogiendo un bolso a la una menos dos minutos.

El veintiuno de diciembre me llega un mensaje suyo que dice «feliz Navidad, mi vida».

No lo contesto.

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Lucía Espín viene al camping el domingo seis por la mañana con el coche de Chelo y dos bollos de la panadería.

No me avisa. Llama al telefonillo de la casa a las diez y media, se sienta en el escalón de la oficina conmigo y no me pregunta nada de la noche del barco, que ya se lo ha contado Keko entero y mal.

Me pregunta otra cosa.

—¿Tú estás bien?

Y me lo pregunta de verdad, con esas tres palabras, mirándome a la cara, y es la primera persona en once semanas que me las dice en ese orden y sin que haya nada detrás.

Mi padre no duerme dos noches.

Lo sé porque la luz de la oficina está encendida a las tres de la mañana los días cinco y seis, y porque el siete aparece en la cocina con la cara de alguien que ha estado haciendo cuentas hasta el amanecer.

Y el ocho, sin decirme nada, pide cita en el banco. Y llama a una gestoría de San Javier, de la que le ha hablado el señor Paco, que no es la de la calle del Carmen.

Y el día que va, se pone la camisa de cuadros de los domingos.

El Salitre cierra el veinte de septiembre, dos semanas antes que otros años, «por reformas».

En octubre, en la web, sigue apareciendo como «próxima apertura primavera». En noviembre, la cuenta de Instagram con sus cuarenta y dos mil seguidores deja de publicar. En marzo vuelve a abrir con otro nombre, otro logo y las mismas camas balinesas, y la página nueva dice «bajo nueva dirección».

La sociedad que lo gestiona ahora no se llama Mare Levante Ocio.

Se llama otra cosa, con otro administrador, y se constituyó en diciembre.

Y eso lo miro yo, una noche de marzo, desde un piso de Murcia, en la misma página horrible del Registro Mercantil, por nueve euros con veinte.

Fran Olivares sigue en su puesto.

Lo sé porque en marzo, cuando el sitio reabre con otro nombre, hay una foto en la cuenta nueva de Instagram: el equipo al completo, alineado delante de la barra, con camisetas negras nuevas que ponen otra cosa.

Y en el centro, con la riñonera puesta, está Fran.

Con la misma cara. Con el mismo brazo cruzado. Quince años, dieciséis ya, y ni un solo día en el que se le haya movido nada en la cara.

Y yo miro esa foto en un piso de Murcia, en febrero o en marzo, y me acuerdo de lo que me dijo en la barra vacía a las seis menos cinco de la mañana. Uno y otro y otro, y un día te miras y llevas quince.

Y de la otra frase, la que dijo cuando me dio la botella del macerado: una cosa que no voy a decir en voz alta porque tengo una hipoteca.

No le escribo. Él a mí tampoco.

Y yo.

Yo tengo un acta donde figuro como trabajadora con contrato que declaró haber cobrado un servicio en efectivo, y nada más.

Me llaman una vez, en noviembre, de la Inspección, para una ratificación por teléfono que dura cuatro minutos.

Y ya está.

Esa es mi consecuencia entera: cuatro minutos de teléfono en noviembre.

Y tres mil ochocientos euros ahorrados.

Y la certeza —esa sí me dura toda la vida— de que estuve a cuarenta segundos.