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—Me ha llamado Lucía —dice—. A la una y media.
—¿Lucía?
—La ha llamado Keko. —Se encoge de hombros—. Subí, vi los coches, y me quedé aquí.
—Llevas tres horas en un muelle.
—Dos y media.
Me planto delante de él, descalza, con las zapatillas en la mano.
—Hugo, lo del quince de agosto…
—Sube al coche, anda.
•
El Panda es de su hermano y huele a ambientador de pino y a neopreno.
No me pregunta nada.
Esto es lo que quiero dejar escrito, porque tardé mucho en entender lo que valía: Hugo Ferrer conduce doce minutos hasta la puerta del camping y no me hace ni una sola pregunta.
No me pregunta qué ha pasado en el barco. No me pregunta si estoy metida en algo. No me pregunta por Bruno. No me dice «te lo dije», que se lo había ganado.
Pone la radio bajita y conduce.
Y a la altura de la rotonda, sin apartar la vista de la carretera, dice:
—¿Has cenado?
—¿Qué?
—Que si has cenado.
—A las ocho.
Y da la vuelta a la rotonda entera y se mete por la otra salida, hacia el pueblo, y para en el único sitio abierto a las cinco menos cuarto de la mañana, que es una gasolinera.
Vuelve con dos bocadillos envasados y dos Aquarius.
—El de jamón —dice, dándome uno—. El otro es de atún y está malo.
—¿Cómo sabes que está malo?
—Porque me lo estoy comiendo yo.
•
En la gasolinera, mientras él entra a pagar, me echo a llorar en el coche.
No lo veo venir. Llevo cuatro horas sin llorar: ni en la proa, ni delante del de paisano, ni al bajar la pasarela, ni al ver a Hugo en el muelle.
Y de repente, sola, en un Panda aparcado en el surtidor dos, con la luz blanca de la gasolinera encima y un señor poniendo gasoil en una furgoneta al lado, me rompo entera.
Y no es bonito. Es de los feos. De los de hipo, de los de no poder respirar, de los de taparse la cara con las dos manos aunque no haya nadie.
Y veo por el espejo a Hugo salir de la tienda con los bocadillos y los Aquarius.
Y veo que me ve.
Y veo lo que hace: se para. A cinco metros del coche, con la bolsa en la mano. Y se queda ahí, de pie en la gasolinera, mirando hacia otro lado, hacia la carretera, dándome tiempo.
Treinta segundos. Un minuto. Un minuto y medio.
Y cuando ya he parado, y me he limpiado la cara con el bajo de la camiseta, y me he sonado con una servilleta que había en la guantera, entonces abre la puerta y se sienta y me da el bocadillo como si acabara de salir.
—El de jamón —dice.
Y esa es toda la conversación que tenemos sobre eso.
•
—Me ha llamado llorando —dice Hugo, cuando ya llevamos un rato en el arcén.
—¿Lucía?
—Lucía. A la una y media. —Le da un mordisco al bocadillo—. Yo estaba durmiendo. Me sale su nombre en la pantalla a la una y media de la madrugada y lo primero que pienso es que te ha pasado algo a ti.
—Le habrá llamado Keko.
—Le llamó Keko. —Mastica—. Y ella me llamó a mí. Y me dijo «Hugo, coge el coche».
Y se me queda el bocadillo a medio camino.
Porque hay una cadena ahí que no había visto.
Un chaval que sale del Salitre en moto y llama a una chica de una peluquería.
Una chica de una peluquería que llama a un estudiante de Biología a la una y media de la madrugada.
Un estudiante de Biología que coge el coche de su hermano y conduce doce kilómetros de noche para ponerse en un muelle a esperar a alguien que no le ha escrito en tres semanas.
Y ninguno de los tres se lo ha dicho a nadie más. Ni a mi padre. Ni a los padres de nadie.
—Lucía te quiere mucho —dice Hugo, mirando al frente.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. —Y no lo dice con reproche—. Pero lo vas a saber.
Y amanece mientras comemos, que es lo que pasa siempre cuando uno cree que la noche no se va a acabar.
Primero se pone gris. Luego el gris se abre por abajo, por la línea del agua, con una raya naranja sucia.
Y luego, de golpe, se ve todo: el arcén, las cañas, las farolas apagándose una a una porque tienen un sensor, el Mar Menor con el color de siempre y dos barcas de pescadores saliendo ya, pequeñísimas, hacia el norte.
—Las de las nasas —dice Hugo, con la boca llena—. Esos salen todos los días a las siete menos veinte. Todos. Trescientos sesenta y cinco.
—¿Los conoces?
—De vista. Son de San Pedro. —Bebe Aquarius—. Yo algún día me subo con ellos. Se lo llevo pidiendo dos años.
Y miramos las dos barcas salir, sin hablar, con los bocadillos a medias.
Y yo pienso que esta es la primera vez en once semanas que veo amanecer sin estar volviendo de algún sitio.
Nos comemos los bocadillos en el coche, en el arcén, con el motor apagado y las ventanillas bajadas.
Empieza a clarear por la izquierda.
Y con la boca llena hablo yo.
Le cuento todo. Otra vez. La tercera vez en una semana, y cada vez tardo menos y me tiembla menos la voz.
Y cuando llego a lo de la sociedad y al «no voy a firmar», Hugo deja de masticar.
—¿No firmaste?
—No.
Y él cierra los ojos un segundo, y suelta el aire por la nariz, y dice «joder» muy bajito.
Y eso es todo lo que celebra.
•
Cuando ya es casi de día, Hugo saca de la guantera del Panda una libreta.
La misma. La mojada. La de la barca, con las páginas onduladas y la tinta corrida en los bordes. Y me la abre por el final, por la última página escrita, y me la pone en las rodillas.
Una columna de fechas y una columna de números. Cada domingo del verano. 6 jul — 1,80. 13 jul — 1,75. 20 jul — 1,70. Y así, bajando, un poco cada semana, hasta agosto. Y luego, en agosto, se para. 17 ago — 1,65. 24 ago — 1,70. 31 ago — 1,85.
—Ha subido —digo.
—Ha subido. —Se come el último trozo de bocadillo—. Este verano no ha habido episodio. Ha hecho viento de levante en agosto, ha movido el agua, y se ha aguantado. No es que esté bien. Es que no ha estado peor.
—¿Eso es bueno?
—Eso es un año. —Cierra la libreta—. Un año que no ha estado peor. Que es lo máximo a lo que aspira ahora mismo este sitio.
Y me quedo con la libreta cerrada en las rodillas, mirando por el parabrisas el agua, que desde el arcén se ve gris, con la primera luz.
—Lo del precio del suelo —digo—. Lo del yate.
—Eso lo dijiste en la barca.
—Pues este año no ha bajado.
Hugo me mira. Tarda un poco en entender. Y cuando entiende, se le pone una cara rarísima, entre la risa y otra cosa.
—Nerea —dice—, ¿estás contenta porque el agua no se ha muerto este verano o porque Damián Puche no ha podido comprar barato?
—Las dos cosas.
—Las dos cosas —repite. Y se ríe por fin, bajito, con la cabeza apoyada en el reposacabezas—. Vale. Me vale. Es la primera vez que alguien que no es de Biología se alegra de un metro ochenta y cinco.
•
A las cinco y veinte me deja en la puerta del camping.
Y yo, antes de bajarme, hago la única cosa valiente del verano que no tiene nada que ver con un papel.
—Hugo, lo que te dije el quince de agosto fue lo peor que le he dicho a nadie en mi vida.
—Nerea…
—Déjame acabar, que si no, no lo digo. —Y se le escapa media sonrisa, porque es su frase—. Te lo dije porque era verdad de mí, no de ti. Yo llevaba dos meses siendo alguien a quien había que recoger, y me daba una vergüenza espantosa, y tú eras el único al que podía escupirle eso.
Hugo mira el volante.
—Ya lo sé —dice.
—¿Lo sabías?
—Nerea, te conozco desde los ocho años.
Y luego, después de un rato:
—No pasa nada, ¿vale? Me dolió diez días, en Valencia, y ya está.
•
—¿Tu padre lo sabe? —dice, antes de que abra la puerta.
—Todo. Se lo conté el treinta.
Hugo asiente despacio, con las dos manos en el volante.
—¿Y cómo lo lleva?
—Mal y bien. —Miro por el parabrisas la barrera de rayas con el cartel encima—. Mal porque le he quitado veinte años de creerse una cosa. Y bien porque desde que lo sabe duerme.
—Eso es porque ya no está solo.
Y lo dice sin darle importancia, mirando al frente, con el motor en marcha.
Y a mí se me clava.
Porque llevo tres meses pensando que le estaba ocultando cosas a mi padre para protegerlo, y resulta que la única protección que necesitaba era saber que había otra persona en su casa que lo sabía.
Me bajo del coche.
Y cuando ya he cerrado la puerta y he dado tres pasos, bajo la ventanilla desde fuera con los nudillos, y él la baja.
—¿Y ahora qué? —digo.
—¿Ahora qué de qué?
—Tú y yo.
Y Hugo Ferrer se queda un momento con las dos manos en el volante, mirando al frente, y luego me mira y dice, con una tranquilidad absoluta:
—Ahora te vas a Murcia el diecisiete.
—Ya, pero…
—Y yo estoy en Murcia —dice—. Y el año que viene igual entro en lo del Mar Menor y me paso la vida metido en una barca. Y tú tienes veinte años y acabas de salir de esto.
—Hugo.
—No te voy a esperar, Nerea —dice.
Y no lo dice con rencor. Lo dice como quien lee un dato.
—No te voy a esperar porque no se hace eso, y porque la última vez que lo hice me comí seis años y una noche de San Juan. —Arranca el coche—. Pero si algún día coincidimos estando los dos bien, me parece que eso va a estar muy bien.
Y se va.
Y yo me quedo en la puerta del camping Las Salinas a las cinco y media de la mañana del cinco de septiembre, descalza, con un Aquarius vacío en la mano, viéndolo irse.
Y con una sensación rarísima en el pecho que tardo semanas en identificar, y que cuando por fin la identifico resulta ser respeto.