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Lo que pasa en el amarre catorce del puerto deportivo entre la una y media y las cuatro y veinte de la madrugada del cinco de septiembre no se parece en nada a lo que yo me había imaginado.
No hay gritos. No hay nadie corriendo. No hay esposas.
Lo que hay es papeleo.
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Suben cuatro personas: dos de la Guardia Civil, de uniforme, y dos de paisano con chalecos que ponen algo que desde donde estoy no leo.
Y lo primero que dicen, en voz normal, es:
—Buenas noches. Inspección. Que nadie baje del barco, por favor.
Y la música sigue sonando cuarenta segundos más, hasta que alguien tiene la sensatez de apagarla.
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Hay dieciocho clientes y seis trabajadores.
A los clientes los mandan a la popa. A nosotros nos agrupan en la proa. Hay un señor de sesenta años llamando por teléfono y a uno de los agentes diciéndole, muy tranquilo, que cuelgue.
Es una inspección de Trabajo. Eso lo entiendo a los diez minutos, cuando uno de los de paisano empieza a pedir DNIs y a preguntar, uno por uno, si tenemos contrato.
Y es también otra cosa, que entiendo cuando los dos de uniforme bajan al camarote de popa con Fran y tardan veinte minutos en volver a subir.
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En la proa, mientras esperamos, el DJ se echa a llorar.
Es un chaval de diecinueve años, de Molina, con una gorra al revés y unos cascos todavía colgados del cuello.
Lleva toda la noche en la popa pinchando cosas que nadie escuchaba.
Y ahora está sentado en el suelo de la proa, con la espalda contra la barandilla y la cabeza entre las rodillas, llorando en silencio, con los hombros subiendo y bajando.
—No tengo contrato —dice, cuando me siento a su lado—. Me dijeron que era un bolo. Cien euros. Que no hacía falta papeles para un bolo.
—Ya.
—Mi madre me mata. —Se limpia la cara con la manga—. Mi madre me dijo que no viniera, que un barco de ricos a la una de la mañana no era un bolo.
Y no sé qué decirle. Lo que me sale es lo único que sé, que es lo de la barra.
—Escucha —le digo—. Cuando te pregunten, di la verdad. Toda. Quién te llamó, cuánto te pagan, cómo. No expliques nada. No pidas perdón. Contesta lo que te preguntan y ya está.
—¿Y si me pasa algo?
—A ti no te va a pasar nada. —Y lo digo con una seguridad que no tengo—. Tú eres un chaval de diecinueve años al que llamaron para pinchar. Tú no eres el que firma.
Y se me queda mirando, con la cara mojada, como si le hubiera dicho algo muy raro.
Y yo me doy cuenta, sentada en la proa de un yate en el amarre catorce con un chaval de Molina llorando a mi lado, de que acabo de repetirle casi palabra por palabra lo que me dijo Fran en la barra el veintidós de agosto.
Nadie firma nada por amor. Y lo que me dijo Saray en el Carmolí.
Si alguien pregunta, tú eres una cría que llevó un sobre.
Y que por fin lo entiendo. Justo esta noche. Justo cuando ya no me sirve para nada más que para decírselo a otro.
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Mi turno llega a las dos y cinco.
—Nombre.
—Nerea Baresa Escalante.
—DNI.
Se lo doy.
—¿Trabaja usted aquí?
—En el Salitre. Desde el quince de junio.
—¿Contrato?
—Sí.
—¿Esta salida está dentro de su contrato?
—Es un servicio extra. Me lo pagan aparte.
—¿En nómina?
—En efectivo.
El hombre escribe. Y sigue escribiendo bastante después de que yo deje de hablar, que es una de las cosas más incómodas que existen.
—¿Tiene usted alguna vinculación con la empresa más allá de su contrato de trabajo?
—¿Cómo?
—¿Es usted socia, administradora, apoderada o titular de alguna cuenta de Mare Levante Ocio SL o de cualquier sociedad vinculada?
Y entonces yo me oigo decir, con una voz perfectamente normal:
—No.
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No.
Esa es la palabra.
Esa es la única cosa que hago bien en todo el verano y consiste en una palabra de dos letras dicha a las dos y diez de la madrugada en la proa de un barco.
Si el veintiocho de agosto, en una cocina de Veneziola, yo hubiera dicho que sí —y dije que sí, durante cuarenta segundos dije que sí—, ahora mismo estaría contestando otra cosa.
Y el hombre estaría escribiendo mucho más rato.
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A Fran lo tienen veinte minutos.
Lo veo desde la proa, por encima de los hombros de los demás.
Está sentado en la mesa de teca, enfrente de uno de los de paisano, con la riñonera todavía puesta y las dos manos encima de la mesa.
Contesta corto. Asiente. Saca el móvil y les enseña algo, y luego vuelve a dejar las manos encima de la mesa.
Quince años en esto y no se le mueve nada en la cara.
Y mientras tanto, los clientes.
Los dieciocho clientes de la popa han pasado, en dos horas, por las tres fases.
Primero la indignación: un señor de los de lino que dice muy alto que esto es un atropello, que él conoce al subdelegado del Gobierno, que le van a oír.
Luego el aburrimiento: la misma gente sentada en los sofás de popa mirando el móvil, bostezando, pidiendo agua a un camarero que ya no puede servirles porque el servicio está parado.
Y al final, a las tres, el sueño: dos mujeres dormidas con la cabeza apoyada en el respaldo, una descalza con los tacones en el suelo, y un señor roncando con la camisa por fuera.
Y Damián Puche.
Damián Puche está sentado en el mismo sitio desde la una y media. En la banqueta de estribor, con las piernas cruzadas, con su copa de agua con gas. No ha llamado a nadie. No ha pedido nada. No ha hablado con los agentes ni una vez.
A las dos y cuarto le pide al cocinero, con mucha educación, un plato de aceitunas.
Y se las come. Una a una, sin prisa, dejando los huesos en un platito, mirando el agua negra del puerto, mientras a doce metros de él un chico de veintiséis años contesta preguntas sobre una sociedad que está a su nombre.
Y yo lo miro desde la proa. Y pienso que es la primera vez en mi vida que veo de cerca a alguien que sabe, con absoluta seguridad, que nada de lo que está pasando le va a pasar a él.
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A Bruno lo tienen una hora.
No se lo llevan. Eso es importante y me cuesta explicárselo a la gente después: nadie se lleva a nadie esa noche.
Lo que hay, y lo aprendo en los meses siguientes, es un acta.
Un acta de infracción por cuatro trabajadores sin alta —el DJ, dos camareros de refuerzo y el cocinero—, una propuesta de sanción, una diligencia sobre una actividad de restauración a bordo sin licencia,
y una remisión a la Agencia Tributaria de una documentación que encuentran en cuatro cajas en el camarote de popa.
Y el administrador único de la sociedad, que responde de todo eso con su nombre y su patrimonio, es Bruno Solanas Tormo.
Damián Puche está en la popa, sentado, con una copa de agua, contestando educadamente que él es un invitado.
Y lo es.
En todos los papeles de este mundo, Damián Puche es un invitado.
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A las tres y media veo a Bruno firmar.
Está en la mesa de teca de la popa, la de los doce cubiertos, bajo la lámpara que alguien ha encendido porque ya no hay música ni luces de colores.
Sentado frente a uno de los de paisano, con un taco de folios delante.
Y el de paisano le va pasando hojas, una por una, y le señala con el boli dónde, y Bruno lee cada hoja, entera, despacio, que es algo que no le he visto hacer nunca con nada, y firma.
Firma. Pasa la hoja. Lee la siguiente. Firma.
Tiene la mano muy quieta. La misma mano que me quitó la botella de tónica el primer día, que colocaba las anchoas una a una, que me pasó un café en un vaso de cartón en la terraza de arriba.
Firmando con un boli de plástico en la popa de un yate, a las tres y media de la madrugada, su nombre entero, en cada hoja, una detrás de otra.
Y en la esquina, en la popa, Damián Puche con su copa de agua, mirando el mar.
No se miran. En toda la hora que dura aquello, Bruno Solanas y Damián Puche no se miran ni una sola vez.
Y en la última hoja, antes de firmar, Bruno levanta la cabeza.
Y me mira a mí.
Desde la popa hasta la proa, catorce metros de cubierta, por encima de los hombros de los agentes. Un segundo. No hay nada en esa cara que yo sepa leer. Ni reproche, ni gracias, ni pena. Una cara de hombre de veintiséis años firmando la última hoja de un verano.
Y baja la cabeza, y firma.
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A las cuatro y veinte nos dejan bajar.
Bajo la pasarela con las zapatillas en la mano y la camisa blanca fuera del pantalón, y hay tres coches de gente esperando y un tipo de un periódico local que ha llegado de alguna manera.
Y hay una cosa más.
Hay un Panda gris aparcado en batería al final del muelle, con las luces cortas puestas y un chico apoyado en el capó.
Hugo Ferrer.
A las cuatro y veinte de la madrugada de un viernes, en el puerto deportivo de Los Alcázares, con cara de llevar ahí dos horas.
Y yo me paro en mitad del muelle.
Y él levanta una mano.