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La última salida de barco de la temporada es el cuatro de septiembre y me la dan a mí.
Me la da Fran, en persona, la noche antes.
—Mañana a las siete en el puerto.
—Fran, yo me voy el uno.
—Hoy es tres —dice—. Te vas el cinco. Te pago el mes igual. Mañana a las siete.
Y se va antes de que pueda contestarle.
Y detrás de la barra pienso que Fran Olivares acaba de hacer algo rarísimo, porque Fran Olivares no me da nunca nada que no le hayan pedido que me dé.
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El turno de la salida me toca porque Saray dice que no.
Lo sé por Keko, que lo oye en la oficina a través de la puerta el miércoles. Fran ofrece la salida del cuatro de septiembre, la última de la temporada, doscientos euros por una noche, y Saray dice que no. Sin dar razones. Y Fran insiste, y ella dice que no otra vez.
Y me lo ofrece a mí.
Y yo digo que sí, claro, porque son doscientos euros y porque es la última noche antes de irme y porque todavía, a estas alturas, sigo sin saber decir que no a un turno.
Y el jueves por la tarde, en el vestuario, mientras me recojo el pelo con las dos gomas, Saray pasa por detrás de mí y dice, sin pararse, mirando su taquilla:
—¿Vas a la del barco?
—Sí.
—Ya.
Y cierra la taquilla.
—¿Por qué no vas tú?
Y Saray se para en la puerta del vestuario, con el bolso al hombro, y se queda un segundo de espaldas.
—Porque en las últimas del año siempre pasa algo —dice—. Siempre. Y yo ya tengo veintiséis.
Y se va.
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Son dieciocho personas.
Es el doble que la otra vez y es otro tipo de fiesta: hay música, hay dos camareros más, hay un DJ pequeño en la popa, hay botellas de champán en cubiteras que cuestan cuatrocientos euros cada una.
Están Damián Puche y cinco hombres de los de la otra vez.
Está mi madre, con un vestido rojo, que me ve, que me sostiene la mirada tres segundos y que después no vuelve a mirarme en cuatro horas.
Está Elsa Roig, que sí me mira, y que en un momento de la noche pasa por detrás de mi barra portátil y me dice, sin pararse y sin mover los labios apenas:
—Esta noche no te bajes del barco la última.
Y está Bruno, con su camisa blanca, sirviendo copas a señores y riendo chistes que no tienen gracia.
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Hay una cosa que aprendes en once semanas de barra y es a leer una sala.
Y esta sala está mal.
No sé explicarlo mejor. Lo sabes por el volumen, por la velocidad a la que se bebe, por la cantidad de veces que alguien mira el móvil, por el hecho de que a las once y media dos de los hombres se meten en el camarote de proa con Damián y no salen en cuarenta minutos.
A las doce y cuarto, Fran baja a la barra y me dice:
—Recoge lo de champán.
—Quedan seis botellas.
—Recógelo igual. Y las cajas vacías mételas abajo.
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A las once, en un momento de calma, Bruno se acerca a mi barra portátil.
Es la primera vez que me habla desde la terraza del día dos. Se apoya con un codo, como en la esquina de la barra del Salitre, y me pide un agua. Y yo se la pongo con mucho hielo, como a él le gusta, aunque no me lo ha pedido.
Y él se da cuenta. Mira el vaso. Me mira a mí.
—Gracias —dice.
—De nada.
Y se bebe el agua despacio, mirando hacia la proa, donde Damián Puche habla con dos hombres de espaldas al resto, con la copa en la mano y la otra en el bolsillo.
—Nerea —dice, sin mirarme.
—Dime.
—Esta noche, cuando atraquemos, coge tu mochila y vete. No recojas. No esperes a nadie. Vete.
Y lo dice en voz muy baja, sin mover apenas los labios, igual que Elsa.
—¿Por qué?
Bruno deja el vaso vacío en la barra. Y por un momento me mira de verdad, con una cara que no es la de la barra ni la de la terraza ni la de la mesa de Damián. Una cara de chaval de veintiséis años que vació un restaurante en tres días sin decir una palabra.
—Porque te lo pido yo —dice—. Y es la última cosa que te voy a pedir.
Y se va a la proa.
Y no le hago caso. Claro que no le hago caso. Porque me han pagado cien euros por recoger, y porque Fran me ha dicho que recoja el champán, y porque llevo once semanas haciendo lo que hay que hacer detrás de una barra hasta que se acaba el turno.
Y porque, esta vez, no sé si el aviso es para cuidarme a mí o para cuidarse él.
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A la una menos veinticinco, el patrón baja de la cabina y habla con Fran.
No oigo lo que dicen. Están a cuatro metros, en el pasillo de babor, y el patrón le pone a Fran una mano en el hombro y le dice tres frases muy cortas, y Fran asiente una vez.
Y a los treinta segundos noto el barco.
No el motor: el barco. Es una cosa que se siente en los pies antes que en la cabeza.
Llevamos dos horas y media haciendo la misma curva lenta, mar adentro, con la costa a la izquierda, y de repente el suelo se inclina un grado hacia el otro lado y las luces de La Manga, que estaban en la ventana de babor, empiezan a cruzar despacio hacia la proa.
Estamos virando.
Y son las doce y treinta y cinco. Y la salida es hasta las tres.
Miro a Fran. Fran mira su tablet.
Y ahí pasa una cosa pequeñísima que necesito once semanas de barra para poder leer: dos de los invitados, los de la mesa de proa, los que llevan toda la noche de espaldas hablando con Damián, se levantan a la vez.
Sin decirse nada. Se levantan, cogen sus chaquetas del respaldo, y se van hacia la escalera de la cubierta de abajo.
Y a los dos minutos vuelve a subir uno solo. Sin chaqueta. Como si no hubiera pasado nada.
Y Damián Puche sigue en la banqueta de estribor, con su copa de agua con gas, mirando las luces de la costa acercarse.
—Fran —digo, por lo bajo, mientras recojo vasos—. ¿Volvemos ya?
—Volvemos ya.
—Faltan dos horas.
—Nerea. —Y no levanta la vista de la tablet—. Recoge la barra, por favor.
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A la una menos veinte el barco vuelve a puerto.
Dos horas antes de lo previsto.
Nadie lo comenta. La música sigue puesta mientras atracamos, y la gente sigue bebiendo, y desde fuera es exactamente igual que cualquier otra noche de verano en el puerto deportivo.
Pero yo estoy detrás de una barra portátil viendo a Fran Olivares meter cuatro cajas en el camarote de popa.
Y viendo a Bruno hablar por teléfono en la proa, de espaldas, con una mano en la nuca.
Y viendo a mi madre coger su bolso a las doce y cincuenta y ocho y bajar por la pasarela, sola, sin despedirse de nadie.
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Y a la una y cuarto, cuando estoy metiendo las últimas copas en las cajas, Damián Puche se para a mi lado, de cara al agua, con una copa vacía en la mano.
—¿Qué tal, Nerea?
—Bien.
—¿Te vas ya a Murcia?
—El diecisiete.
—El diecisiete —repite.
Y deja la copa en mi barra, y se limpia las manos con una servilleta, y dice, mirando la bocana:
—Tu padre tiene un buen sitio. De los pocos que quedan. —Deja la servilleta encima de la copa—. Dile que si alguna vez quiere tomarse una cerveza, sabe dónde estoy.
Y se va.
Y yo sigo con las manos dentro de una caja de copas, mirando una servilleta arrugada encima de una copa vacía.
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A la una y veinticinco me quedo un momento quieta, con la última caja cerrada, mirando la bocana.
Hemos atracado en el amarre catorce. Lo veo en el poste del pantalán, pintado en blanco, medio borrado: 14.
El mismo. Donde la noche de San Juan había un barco blanco de diez metros con la cubierta de teca y una luz baja encendida abajo, y un hombre sentado en la popa con los pies colgando y una cerveza.
Esta noche hay un yate de dieciocho personas con cubiteras de cuatrocientos euros, y el agua de debajo es la misma agua negra, con manchas de gasoil que brillan con las farolas.
Y pienso en esa noche. En los nueve minutos que hice en seis. En «has venido». En el Mar Menor quedándose quieto a trescientos metros de la bocana, con todas las estrellas encima. En «esta me gusta».
Fueron setenta y tres días. Los cuento sin querer, de pie en el muelle, como se cuentan los cafés al final de una noche. Setenta y tres días desde el amarre catorce hasta este muelle, con las cajas de copas cerradas y la última salida de la temporada volviendo a puerto dos horas antes de tiempo.
Y no me arrepiento. Eso lo pienso con cuidado, con la brisa del puerto en la cara, porque me sorprende. No me arrepiento del amarre catorce. Me arrepiento de todo lo que vino después, de cada vez que no pregunté, de cada vez que me metí algo en el cajón. Pero de esa noche no. Esa noche la decidí yo.
Y ahí, justo en ese momento, con ese pensamiento limpio todavía en la cabeza, a la una y media de la madrugada del cinco de septiembre, se acaba el verano.
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A la una y media veo las luces azules.
No suenan sirenas. Eso es lo que me hace levantar la cabeza: que no suenan sirenas.
Son dos coches, entrando muy despacio por el muelle, sin prisa ninguna, con las luces girando en silencio.
Y detrás de ellos, una furgoneta.
Y en la proa, a diez metros, Bruno Solanas se gira, las ve, y se queda absolutamente quieto.