La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 41
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Se lo digo el dos de septiembre a las cinco y media de la mañana, en la terraza de arriba del Salitre, en su esquina de la barandilla.

En el mismo sitio donde me habló de Formentera el veintidós de junio.

—No voy a firmar.

Bruno deja el vaso de cartón en la mesa.

—Vale —dice—. ¿Por qué?

Y yo tengo preparado un discurso.

Lo he escrito. Lo he ensayado en el autobús. Tiene lo de la gestoría de la calle del Carmen, tiene lo de mi padre, tiene lo del aval del administrador y una frase muy buena sobre lo que es ser el nombre de alguien.

Y no digo nada de eso.

Digo:

—Porque tengo veinte años.

•

Y se lo digo de pie, en la terraza de arriba, sin sentarme.

Eso también lo tenía decidido desde el autobús: no sentarme. Porque si me siento, el sillón de mimbre me hunde treinta centímetros, y desde ahí abajo, con él sentado enfrente, esto se convierte en otra de nuestras conversaciones de las seis de la mañana.

Así que me quedo de pie, con la mochila colgada de un hombro.

—No voy a firmar nada —digo—. Ni ahora ni en septiembre ni nunca. Y no es por la empresa, ni por Damián, ni por si es legal o no. Es porque me lo pediste tú.

—Nerea…

—Déjame terminar.

Y se calla.

—Me lo pediste tú —repito—. A las siete de la mañana, en tu cocina, después de tres meses.

Y no me lo pediste a mí. Se lo pediste a la persona que te llevó un sobre a Cartagena en su día libre sin preguntar qué había dentro.

Esa persona la he hecho yo este verano, y me ha costado tres meses hacerla, y no quiero ser esa persona.

Y sí me tiembla la voz, pero solo en la última palabra.

—Y lo otro también se acaba —digo—. Lo de nosotros. Porque yo no sé estar contigo sin ser esa.

Él se queda quieto.

—Nerea…

—Tengo veinte años, empiezo la carrera en dieciocho días y no voy a ser administradora única de nada —digo—. Ni tuyo, ni de mi padre, ni mío. De nada.

—Es un papel.

—No es un papel.

—Nerea, son ocho meses, te lo expliqué…

—Sí —digo—. Me lo explicaste.

Y esa palabra, «explicar», me sale con un filo que ni yo sabía que tenía, porque es la palabra que usó mi padre: «no lo leí, me lo explicaron».

•

Y entonces pasa.

No hay gritos. No hay amenazas. No hay nada de lo que una espera.

Lo que hay es que se le apaga la cara.

Es literalmente eso: como cuando en un local van bajando las luces al cerrar, sección por sección. Se le van los ojos, se le va la media sonrisa, se le va esa inclinación hacia delante que tiene cuando escucha.

Y delante de mí queda un hombre de veintiséis años muy cansado que está haciendo cuentas.

—Vale —dice.

—Bruno.

—No, si está bien —dice, y coge el vaso—. Tienes razón. Es mucho lío para ti.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que te diga?

Y ahí está la respuesta a la única pregunta que llevo dos meses sin hacerme.

Porque si esto hubiera sido lo que yo creía que era, ahora mismo estaríamos discutiendo de otra cosa. Estaríamos discutiendo de nosotros. Él estaría enfadado porque no me fío, o dolido, o intentando convencerme, o diciéndome que le da igual el local y que lo que quiere es a mí.

Y lo que está haciendo, mientras mira el mar, es pensar a quién se lo pide ahora.

•

—¿Desde cuándo? —digo.

—¿Desde cuándo qué?

—La primera vez que pensaste que yo podía servir para esto.

Y Bruno Solanas, que en dos meses y medio no me ha mentido ni una sola vez, me hace el último regalo envenenado de su vida:

—No lo sé —dice.

Y es verdad.

Eso es lo peor de todo, y lo que tardo años en poder explicarle a nadie sin que me miren raro: que no lo planeó. Que no hubo un momento en el que este hombre se sentara a decidir usarme.

Que las dos cosas fueron creciendo a la vez, mezcladas, las noches en el barco y la idea del local, y que a él le parecería perfectamente natural que lo uno llevara a lo otro, porque en el mundo del que viene a la gente que te quiere se le piden favores.

—Me voy el uno —digo—. Fran me da la baja.

—Ya lo sé. Me lo ha dicho él.

Y se termina el café.

•

Abajo, en la barra, Fran está cuadrando la caja.

Como cada noche. Los billetes en montones, las monedas en columnas, la bolsa de plástico con cremallera. Levanta la cabeza cuando me ve bajar la escalera de madera, la del piso que no existe, sola, con la cara que debo de llevar.

No me pregunta nada. Me mira un segundo y vuelve a los billetes.

—¿Ya? —dice.

—Ya.

Fran asiente. Cierra la bolsa. Y luego mete la mano debajo de la barra, en la balda de las cosas que no son de nadie, y saca una botella sin etiqueta. Con un líquido rosa.

El macerado.

La pone encima de la barra. La empuja hacia mí dos centímetros con el dedo.

—Llévatela —dice.

—Fran, eso es suyo.

—Eso es del Salitre. Y el Salitre te debe tres cafés en una mano y dos copas rotas que nunca te descontamos. —Guarda la bolsa del dinero en la riñonera—. Y una cosa que no voy a decir en voz alta porque tengo una hipoteca.

Y coge la bolsa de basura, y se va hacia la puerta de atrás, y yo me quedo delante de la barra con una botella de ron con hibisco, naranja y cardamomo en la mano. Una botella que un hombre lleva tres veranos haciendo y que solo yo he sabido adivinar.

No me la bebo nunca. La llevo a Murcia en la maleta, envuelta en la sudadera azul de la universidad que me regaló Lucía, y la pongo en la estantería de mi cuarto, y en todo el curso no la abro.

Pero tampoco la tiro.

•

Keko me está esperando en el aparcamiento con la moto.

No se lo he pedido. Está ahí, sentado de lado en el sillín, con el casco en las rodillas y el móvil en la mano, con las luces del aparcamiento ya apagadas y el cielo poniéndose azul claro por detrás de la piscina.

—¿Y tú qué haces aquí? —digo—. Tú saliste a las cinco.

—Me ha dicho Saray que subías.

—¿Y?

—Y que a lo mejor bajabas jodida. Yo qué sé, Baresa. Estaba aquí y ya está.

Y me da el casco de atrás.

Y no me pregunta nada en todo el camino. Once kilómetros por la carretera de La Manga a esa hora, con el Mediterráneo a la izquierda y el Mar Menor a la derecha, los dos del mismo color gris, y la carretera vacía menos por dos camiones del pescado.

Y en la rotonda de la entrada de Los Alcázares, en vez de seguir hacia el camping, se mete por la izquierda y para en el arcén, en el mismo sitio donde paró en agosto para contarme lo de Imagen y Sonido.

—Baja un momento.

Bajamos. Nos apoyamos en la moto. Amanece de verdad, ahora sí, con ese naranja sucio de septiembre.

—Ya está, ¿no? —dice.

—Ya está.

—¿Lo has dejado tú?

—Lo he dejado yo.

Keko asiente despacio, mirando el agua.

—Pues eso es lo más difícil que has hecho en tu vida —dice—. Más que el siete con ochenta y cuatro.

Y yo me río, y se me salta una lágrima con la risa, y me la limpio con la manga de la camiseta negra del Salitre.

—Keko.

—¿Qué?

—Gracias por llevarme a la prueba en junio.

Y Keko se queda un momento callado, mirando el Mar Menor, con el casco colgando de la mano.

—Hombre —dice—. Igual no me las des todavía.

•

Antes de bajar, me quedo un momento en la barandilla de cristal.

Solo un momento, con la mochila colgada del hombro y el local vacío por debajo. Mirando lo que se ve desde aquí, que es lo que no se ve desde abajo: los dos mares a la vez.

El Mediterráneo delante, oscuro y grande, con la luz del faro de Cabo de Palos girando muy lejos a la derecha. Y por detrás, por encima del tejado de la cocina, el Mar Menor. Liso. Del color del plomo. Esperando el sol.

En tres meses he subido cuatro veces a esta terraza.

La primera fue sin permiso, a las cinco y media de la mañana de un lunes de junio, cuando todavía me parecía que el piso de arriba era un sitio prohibido y maravilloso.

La segunda, en julio, con un café en vaso de cartón y los pies en alto.

La tercera, en agosto, después del despacho, para no decir lo que no dije.

Y esta.

Y lo que pienso, apoyada en la barandilla a las seis menos veinte de la mañana del dos de septiembre, es una cosa muy sencilla y que me da una pena tremenda: que este sigue siendo el sitio más bonito en el que he estado en mi vida.

Que eso no se le quita. Que aunque ahora sepa lo que sé, la terraza de arriba del Salitre a las seis menos veinte de la mañana, con los dos mares y el faro girando, es lo más bonito que he visto.

Y que voy a tardar años en poder acordarme de esto sin acordarme de lo demás.

•

Bajo la pasarela a las seis menos veinte con el sol saliendo por detrás de la piscina y no siento absolutamente nada.

Eso me preocupa durante unos días: que no siento nada.

Lo que siento viene tres semanas después, en una habitación de un piso compartido de Murcia, a las tres de la mañana, de golpe, y me dura once días.

Pero eso todavía no ha pasado.

Ahora mismo lo único que hay es una chica de veinte años bajando una pasarela de madera, con las zapatillas en la mano, hacia un aparcamiento vacío.