La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 40
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El treinta de agosto le cuento a mi padre todo lo que sé.

Empezamos a las nueve de la noche en la mesa de la cocina y acabamos a la una y media de la madrugada.

Y es, con diferencia, la conversación más larga que hemos tenido en toda nuestra vida.

•

Lo pongo por orden, con la libreta del Mercadona abierta, porque es lo único que sé hacer cuando estoy nerviosa: ordenar cosas.

Le cuento lo de mi madre y Damián Puche. Los cuatro años.

Mi padre asiente. Eso lo sabía.

Le cuento lo del Salitre, lo de Mare Levante, lo de Bruno como administrador único.

Mi padre frunce el ceño. Eso no lo sabía.

Le cuento lo del sobre a la gestoría de la calle del Carmen.

Y mi padre levanta la cabeza muy despacio.

—¿Qué calle?

—La del Carmen, papá. La misma.

Y se queda callado tanto rato que me asusto.

•

Se lo cuento por orden y sin adornos, mirando la libreta, punto por punto, sin llorar.

Uno. Que trabajo en el Salitre y que el Salitre es de una sociedad que se llama Mare Levante Ocio, con domicilio en una gestoría de la calle del Carmen de Cartagena. La misma gestoría del préstamo del veintitrés por ciento de 2023.

Dos. Que el administrador único de esa sociedad es Bruno Solanas, que tiene veintiséis años y un siete por ciento, y que es con quien he estado este verano. Eso lo digo mirando la libreta. Es lo único que digo mirando la libreta.

Tres. Que el dueño de verdad es Damián Puche.

Cuatro. Que mamá trabaja para él desde hace dos años y que tiene tres sociedades a su nombre, y que me lo dijo ella misma, orgullosa, en una terraza del puerto de Cartagena.

Cinco. Que en la sala de espera de esa gestoría hay un cartel de una promoción que se llama Proyecto Salinas, con un dibujo de esta orilla con palmeras y un paseo marítimo donde ahora está nuestro camino de tierra.

Seis. Que en un acta de un pleno de hace dos años figura una modificación del planeamiento «en el ámbito denominado Salinas», en suspenso «hasta la resolución de los expedientes afectados».

Siete. Que el cuatro de julio, en un barco, oí a un señor decir que el año que hay episodio baja el precio del suelo un sesenta por ciento.

Y ocho. Que hace tres días, en la cocina de un ático de La Manga, ese chico de veintiséis años me pidió que pusiera mi nombre en una sociedad.

Y que dije que no.

Mi padre me escucha entero. Sin interrumpir ni una vez. Con las dos manos encima del hule de los limones y la mirada en un punto de la mesa, como cuando le suma la cuenta a alguien de cabeza.

Y cuando termino, y cierro la libreta, hay cuatro segundos de nada.

Y luego dice:

—¿Te pidió el nombre?

—Sí.

—¿Y le dijiste que no?

—Le dije que no.

Y mi padre asiente una vez. Y se levanta. Y va a la nevera, y saca la botella de los holandeses, la que no íbamos a abrir nunca, y la abre, y sirve dos dedos en dos vasos de agua.

Y me da uno.

Y no brinda, ni dice nada, ni me mira. Se lo bebe de un trago, de pie, mirando por la ventana de la cocina hacia la oscuridad donde está el camping.

•

Y me lo cuenta él.

Y lo que me cuenta es lo que faltaba, y no tiene nada que ver con papeles.

—En 2023 —dice—, cuando ya no podía con las cuotas del préstamo de la pandemia, llamé a un banco y me dijeron que no. Llamé a otro y me dijeron que no.

—Ya.

—Y un día, en agosto, aparece por aquí Damián.

Y se me para el estómago.

—¿Vino aquí?

—Vino aquí. Se tomó una cerveza en esa mesa —dice, señalando la de fuera—. Y me dijo que sabía que tenía problemas. Que él no quería comprarme nada, que faltaría más. Y que tenía un conocido en una gestoría de Cartagena que colocaba financiación a gente a la que los bancos no le dan.

—Dios.

—Me dio una tarjeta —dice mi padre—. Calle del Carmen. Yo fui a los tres días.

•

Hay un silencio largo en la cocina.

Mi padre tiene las manos encima de la mesa, muy planas, como cuando me quitó la hoja en junio.

—Papá —digo—. ¿Tú sabías que era él?

—Sabía que era un conocido suyo.

—No es lo que te he preguntado.

Y mi padre —y esto es lo que me hace llorar, esto y no lo otro— baja la cabeza.

—Lo pensé —dice—. Lo pensé el mismo día de firmar, sentado en esa silla de la gestoría. Pensé: esto me lo está poniendo él delante.

—¿Y firmaste?

—Y firmé —dice—. Porque era agosto y tenía que pagar a los proveedores el día cinco.

Y levanta la cara, y tiene sesenta años en vez de cuarenta y nueve.

—Eso es lo que no te he contado en todo el verano, Nerea. No el dinero. El dinero da igual. —Se golpea el pecho con dos dedos, una sola vez—. Lo que no te he contado es que yo lo sabía y firmé igual.

•

Lloramos los dos un rato, torpemente, cada uno mirando a un lado distinto de la cocina, sin tocarnos, que es como llora esta familia.

Y luego hacemos lo único sensato que hemos hecho en tres meses, que es trabajar.

Voy a mi cuarto y saco la libreta de debajo del colchón, que es donde lleva doce días. Doce días escondiendo un cuaderno de dos euros con siete líneas escritas, en una casa en la que vivimos dos personas.

La pongo encima de la mesa, al lado de la carpeta azul.

Y en cuanto están las dos cosas juntas deja de ser una investigación y pasa a ser lo que tenía que haber sido desde junio: dos personas con papeles.

A la una de la mañana empezamos a ordenar vencimientos, a apuntar teléfonos, a hacer una lista de lo que hay que hacer en septiembre:

Pedir cita en el banco con las cuentas de este verano en la mano, que ha sido el mejor agosto en cuatro años.

Pedir presupuesto a otra gestoría. Una de Murcia. Una que no conozca a nadie.

Mirar si ese interés del veintitrés por ciento es legal, porque mi profesora del módulo hablaba de una cosa que se llamaba usura y de una ley de 1908.

Y una cuarta, que escribe él:

«No coger el teléfono a D.»

•

A la una y cuarto, en mitad de los vencimientos, me levanto y voy a mi cuarto y vuelvo con la cinta.

La de Verano 2014. La del cajón de los calcetines.

—¿Eso qué es? —dice mi padre.

—Ven.

Y lo llevo a la oficina, a la tele vieja, y meto la cinta en el reproductor que no he vuelto a subir al altillo, y le doy al play, y adelanto hasta el embarcadero.

Está todo. El agua transparente. El fondo de arena clara. Las algas vivas moviéndose. El pez plateado pasando por debajo. Y mi voz de ocho años: «¡Papá, un pez! ¡Papá, que se ve un pez!».

Y en la esquina de la imagen, un segundo antes de que la cámara baje hacia el agua, se ve un trozo de la recepción, al fondo, por la puerta abierta. Y en la recepción, una mujer con una coleta, de espaldas, hablando por teléfono.

Mi padre no dice nada.

Se sienta en la silla de la recepción, la suya, la de siempre, con las manos en las rodillas. Y mira la pantalla. El agua. El pez. La mujer de la coleta. Y oigo que respira distinto.

—Eso es 2014 —digo—. Tengo la de 2018. En la de 2018 no se ve nada. Todo verde.

—Ya lo sé —dice él, muy bajito—. Lo he visto pasar.

—Papá, esto es lo que quieren. —Paro la cinta en el pez—. Lo dijo uno en el yate, en julio, y no lo entendí: cuando hay episodio, el suelo se hunde de precio. No necesitan comprarte nada. Solo tienen que esperar a que el agua esté peor. Y cada verano está peor.

Mi padre se queda mirando el pez congelado en la pantalla. Un pez plateado, borroso, de hace doce años, pasando por debajo de un embarcadero que sigue ahí.

—Tu abuelo —dice, al rato— pescaba desde ese embarcadero con una caña de bambú. Y yo aprendí a nadar ahí. Y tú. Y tu madre se bañaba ahí todas las mañanas antes de abrir la recepción, a las siete, en abril, con el agua helada.

—No lo sabía.

—Nadie lo sabía. Lo hacía sola. —Se frota la cara con las dos manos—. Esa caja de las cintas la hizo ella, ¿sabes? Lo de NEREA — VÍDEOS. Guardó todas tus cintas y las etiquetó una por una, con la fecha.

Y yo me quedo mirando a mi padre.

—Las cosas no son de una manera, hija —dice—. Nunca. Tu madre guardó tus cintas y luego se fue. Las dos cosas son verdad.

Y saca la cinta del reproductor. Y me la da. Y dice:

—Guárdala tú. Que en esta casa se pierden las cosas.

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A las dos menos cuarto, cuando ya recogemos, mi padre dice:

—Ese chaval, el del sitio.

—Bruno.

—Ese. —Cierra la carpeta—. ¿Te ha pedido que firmes algo?

Y yo pienso en mentir. Un instante, por costumbre, pienso en mentir.

—Sí —digo—. El lunes.

Mi padre asiente.

Y no me pregunta si voy a firmar.

Y no me dice que no firme.

Solo deja la carpeta en el armario, apaga la luz de la cocina y, ya desde el pasillo, dice:

—Buenas noches, hija.