La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 39
83%

39

La peluquería de Chelo cierra a las ocho y media y yo llego a las ocho y veinticinco, sin avisar, con la camiseta pegada de dos horas de autobús.

Lucía está barriendo pelo del suelo.

Levanta la cabeza. Me mira la cara.

Y deja la escoba.

—Chelo —dice hacia dentro—, cierro yo.

•

Nos sentamos en las dos sillas de espera, debajo del cartel de los precios, con la persiana medio bajada y el ruido de la calle entrando por abajo.

Y se lo cuento entero.

Entero de verdad, desde el principio: el veinticuatro de junio, el barco, el secreto, Elsa, Saray, mi madre, Damián Puche, el camping, la libreta debajo del colchón, la gestoría de la calle del Carmen, la sociedad, el nombre limpio.

Tardo cuarenta minutos.

Lucía Espín no me interrumpe ni una vez.

Y cuando acabo, me coge la mano.

—Vale —dice.

—Vale.

—¿Lo has firmado?

—No.

—¿Seguro?

—Lucía, que no.

—Vale. —Suelta el aire—. Entonces no ha pasado nada.

Y se me escapa una risa rara, medio llanto.

—Ha pasado de todo.

—Ha pasado de todo —dice ella—, pero no has firmado. Lo demás se arregla.

•

Y no le pido perdón en general. Eso lo aprendí en una barra: el «perdón por todo» no vale nada, porque el que lo dice no ha contado nada y el que lo escucha no sabe qué le están devolviendo.

Así que lo hago como lo hizo ella. Con fechas.

—El veintiocho de junio me escribiste lo de Calblanque y tardé cuatro días en contestarte, y contesté un «uf» —digo—. El cinco de julio fuisteis sin mí y pusiste «falta una» debajo de la foto y yo esa tarde estaba en un barco y ni la vi.

—Nerea…

—Déjame. —Cojo aire—. El once te dije que me había surgido una cosa.

La cosa era un mensaje de una palabra. El diecinueve fue lo de la bici y ni me enteré.

El veintinueve fue tu cumpleaños y estuve una hora y veinte y me fui con el móvil en la mano a una rotonda.

Y el nueve de agosto fuisteis a Fortuna y yo me enteré ayer por Instagram.

Lucía tiene la boca apretada y los ojos brillantes y no dice nada.

—Y el catorce de junio hicimos una barbacoa en la azotea de Chelo —digo—, y esa es la única cosa que hemos hecho juntas este verano. La única. Y fue antes de todo.

—Catorce de junio —dice ella, muy bajito.

—Catorce de junio.

Y se le escapa la primera lágrima, que se limpia enseguida con la muñeca, enfadada consigo misma.

—Y lo peor no es eso —digo—. Lo peor es que si tú me hubieras hecho esto a mí, yo te habría dejado de hablar en julio. Y tú me has escrito catorce veces.

•

Y le pido perdón.

Se lo pido mal, con frases que se me atropellan, sin el discurso que llevaba preparado en el autobús.

Le pido perdón por las cinco cancelaciones.

Por los nueve segundos de audio.

Por la peluquería de junio, cuando me dijo lo del secreto y yo la traté como si fuera tonta.

Por haber desaparecido dos meses de la vida de la única persona que me conoce desde que tengo ocho años.

Y Lucía me deja acabar. Eso también se lo tengo que agradecer: que me deja acabar en vez de cortarme con un «no pasa nada».

Y luego dice:

—Estaba muy enfadada.

—Ya lo sé.

—No por lo de mi cumple. —Se limpia la nariz con el dorso de la mano—. Estaba enfadada porque te ibas a ir a Murcia en septiembre y yo me iba a quedar aquí cortando pelo, y en vez de aprovechar el verano que nos quedaba, te lo pasaste con un tío que no te puede ni llevar al cine.

Y eso me revienta por dentro, porque es exactísimamente verdad.

—Perdona.

—Ya está.

—Lucía, de verdad que…

—Que ya está, Nerea, que llevamos desde los ocho años —dice, y se levanta y me abraza de pie, con mi cara en su hombro y mis brazos colgando dos segundos antes de devolvérselo—. No seas pesada.

•

Chelo sale de la trastienda a las nueve y cuarto con el bolso colgado y las llaves en la mano.

Nos ve sentadas en las sillas de espera, con los ojos rojos las dos, y se para.

—¿Lo has contado todo? —me dice.

Y yo no sé cómo sabe que había algo que contar. Pero Chelo siempre lo sabe. Cuarenta años de peluquería.

—Todo.

—¿A tu padre también?

—Mañana.

Chelo se queda un momento en la puerta de la trastienda. Y luego deja el bolso encima del mostrador y se sienta en la tercera silla de espera, la del otro lado de Lucía, con un suspiro de mujer de sesenta años que lleva nueve horas de pie.

—Mira, Nerea —dice—. Yo conozco a tu padre desde que tenía quince años.

Me cortaba el pelo aquí cuando esto era de mi madre.

Y a tu padre, las cosas malas, si se las dices por la noche, las duerme.

Y por la mañana se levanta y las arregla.

Si se las dices por la mañana, se pasa el día entero rumiando y por la noche no duerme.

Y Lucía se ríe por la nariz.

—Es verdad —dice—. A mi madre le pasa igual.

—A todos los de este pueblo les pasa igual —dice Chelo, y se levanta, y coge el bolso—. Díselo mañana por la noche, entonces. No por la mañana. Y os dejo dos cocacolas en la nevera del almacén, que tenéis cara de necesitar azúcar.

Y se va, y cierra la puerta de cristal, y por el cristal la vemos cruzar la calle con su bolso y sus uñas granates, y girarse una vez, y levantar la mano.

•

—Oye —dice Lucía, cuando ya se ha ido—. Te voy a contar una cosa que no le he contado a nadie.

—Dime.

—He mirado un ciclo. —Se mira las manos, las uñas azules—. De Educación Infantil. En Cartagena. No para este año: para el que viene. Que ya no me da tiempo a pedirlo.

—¿Maestra?

—Maestra de pequeños. Desde que jugaba con las muñecas en la azotea. Ya lo sabes.

—Lo sé.

—Pues eso. Que no se lo he dicho ni a Chelo. —Me mira—. Te lo digo a ti porque te acabas de pasar cuarenta minutos contándome lo tuyo y me apetecía que hubiera algo mío en esta conversación.

Y me río. Y ella se ríe. Y nos quedamos calladas un momento, en las sillas de espera de una peluquería cerrada.

—Vas a ser la maestra más gritona de la Región de Murcia —digo.

—Ya lo sé —dice Lucía—. Es mi mayor virtud.

•

—¿Y cómo se llama? —dice Lucía, al final, cuando ya no queda nada más que contar.

Y me doy cuenta de que en cuarenta minutos no he dicho su nombre ni una vez. He dicho «él». «El del Salitre.» «El de la terraza.» Cuarenta minutos hablando de un hombre sin nombrarlo, como se habla de una enfermedad en un pueblo.

—Bruno —digo—. Bruno Solanas.

Lucía asiente despacio.

—Bruno Solanas —repite, como si lo apuntara—. ¿Y es guapo?

—Lucía.

—¿Qué? Llevo tres meses preguntándomelo. Déjame que me lo pregunte.

—Sí. Es guapo.

—Ya lo sabía. —Coge la escoba otra vez, sin barrer nada—. Por la cara que has puesto en julio cuando te pregunté por el trabajo.

Y se hace un silencio.

—No me lo has presentado —dice.

—No.

—En tres meses.

—No.

Lucía asiente otra vez, mirando el suelo de la peluquería.

—Pues ese es el resumen de todo, Nerea —dice—. Ahí lo tienes. No hace falta nada más.

Nos sentamos en el murete del paseo con una bolsa de pipas, como a los quince.

El paseo un doce de agosto a las diez y media de la noche es un desfile: familias con carritos, abuelas con rebeca a treinta grados, críos en patinete, gente del pueblo saludando a gente del pueblo cada cuatro metros.

Y nosotras dos sentadas de espaldas al mar, con la bolsa entre las dos, escupiendo cáscaras a los pies como llevamos haciendo desde que teníamos catorce años.

—¿Sabes lo peor? —dice Lucía.

—Dime.

—Que yo en julio te defendía. —Escupe una cáscara—. En serio. Cuando la gente me preguntaba por ti, yo decía «está trabajando, está ahorrando para la carrera, es una máquina». Y lo decía orgullosa. Y por dentro pensaba «no tengo ni idea de dónde está esta tía».

—Lucía…

—Y luego empecé a enterarme por Keko. —Coge otra pipa—. Y eso sí que es humillante. Enterarte de tu mejor amiga por Keko Mondéjar, que se entera de las cosas tres semanas tarde y mal.

Y se ríe. Y yo me río también.

Y pasa por delante la madre de las gemelas y nos saluda, y nosotras la saludamos, y esperamos a que se aleje diez metros para seguir.

—El domingo —digo—. El domingo no trabajo hasta las ocho. Podemos ir al faro por la mañana.

—¿A Cabo de Palos?

—A Cabo de Palos.

Lucía me mira de lado, con la bolsa de pipas en la mano.

—Como me dejes tirada otra vez, te juro por Chelo que te corto el pelo mientras duermes.

—No te voy a dejar tirada.

Y no la dejo tirada. Ese domingo vamos. Subimos al faro a las once de la mañana, con un calor que se derrite el asfalto, y nos hacemos una foto las dos con el faro detrás, y esa foto es la única del verano en la que salgo yo con alguien.

Y la lista de Lucía se queda con una cosa tachada más.

•

Cerramos la persiana entera y nos sentamos en el escalón de la calle con dos cocacolas del almacén.

—Oye —dice, a media lata—. El de la pescadería se ha echado novia.

—¿Qué de la pescadería?

—El de tu playlist.

—Lucía, eso te lo inventaste tú en el coche el cinco de junio.

—Me lo inventé yo en el coche —dice, muy seria— y he estado vigilándolo todo el verano por si acaso.

Y nos reímos las dos a la vez, que es una cosa que no pasaba desde junio.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —dice.

—No firmar.

—Eso ya lo sé. Digo con lo otro.

—¿Qué otro?

—Nerea, tu padre tiene un préstamo del veintitrés por ciento con la gente que está esperando a que se hunda —dice—. ¿Eso se lo vas a contar?

Se me para la lata a medio camino.

Porque llevo doce días sabiéndolo y no se lo he contado.

Porque me he pasado el verano entero enfadada con mi padre y con mi madre por decidir qué información me pertenecía.

—Sí —digo—. Mañana.

Y Lucía asiente, y choca su lata con la mía, y nos quedamos las dos ahí sentadas en el escalón de una peluquería a las diez de la noche, mirando pasar coches.

—Oye —dice al rato—. Hugo ha vuelto de Valencia.