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El veintinueve de agosto le llevo el papel a mi madre.
No el papel: la pregunta. Le escribo a las once de la mañana y le digo que necesito verla, y ella me dice que está en Cartagena y que si puedo ir, y yo cojo el autobús de las doce y media.
El autobús entra en Cartagena por la avenida, y en la plaza de España tengo que cambiar a otro, y el otro pasa por la calle del Carmen.
No lo había pensado. Lo pienso cuando ya estoy dentro, sentada junto a la ventana, y el autobús gira y entra en la calle, y veo el McDonald's, y al lado el portal.
El primero sin ascensor.
Es un edificio normal. Viejo, de principios de siglo, con los balcones de hierro y una placa dorada al lado del telefonillo, de esas con muchos nombres: abogados, un dentista, una academia de inglés. Y la gestoría, en el primero, con la persiana del balcón a medio bajar por el sol.
Y en el balcón, apoyada en la barandilla, fumando, la chica del moño y el polo.
La que miró el reloj antes de coger mi sobre. La que dijo «antes venía otra chica».
El autobús no para. Pasa por delante a veinte por hora, y yo me giro en el asiento para verla, y ella está mirando el móvil con el cigarro en la otra mano, con la misma cara de aburrimiento que tenía en julio.
Y pienso que dentro de cuatro días, si digo que sí, voy a subir esa escalera. Por mi propio pie. Con mi DNI. Y que esa chica me va a abrir la puerta y me va a decir «pasa, siéntate», y me voy a sentar en la sala de espera, debajo del cartel de las palmeras.
Y que mi padre se sentó en la misma silla en 2023.
Quedamos en una cafetería del puerto.
Y se lo cuento todo.
Todo de verdad: lo de Bruno, lo del barco de San Juan, lo de los dos meses, lo de la sociedad, lo del nombre limpio, lo de los sesenta mil, lo del aval del administrador.
Mi madre escucha sin interrumpir.
Lo hace bien. Eso hay que reconocérselo: mi madre escucha una confesión de veinte minutos sin poner una sola cara.
Y cuando acabo, remueve el café con hielo con la pajita, y dice:
—Bueno. ¿Y cuál es el problema?
•
Yo creo que hasta ese momento, en algún sitio muy hondo, todavía estaba esperando.
Esperando a que mi madre, en algún momento de este verano, hiciera la cosa que hacen las madres.
—El problema es que me está pidiendo que ponga mi nombre en una empresa suya.
—Ya. ¿Y?
—¡Que si sale mal respondo yo!
—Nerea. —Se echa hacia atrás—. ¿Tú sabes cuánta gente en esta región tiene su nombre en un papel que no es suyo? Es lo más normal del mundo. Lo hace todo el mundo. Autónomos, familias, socios…
—Mamá.
—Y encima con Bruno, que es de los que pagan.
—¿Tú lo sabías?
Y aquí, por fin, mi madre comete su único error del verano.
Porque tarda.
Tarda dos segundos, y en esos dos segundos calcula, y elige mal.
—Sé que necesitaba a alguien —dice.
•
—¿Sabes cuántas sociedades tengo yo a mi nombre? —dice mi madre.
Lo dice con una especie de orgullo. Con la barbilla un poco levantada. Removiendo el café.
—¿Qué?
—Tres. —Levanta tres dedos, con las uñas pintadas de coral—.
Soy administradora de una empresa de alquileres vacacionales en San Javier, de una de eventos y de otra que no sé ni lo que hace, la verdad, algo de importación.
Me lo pidió Damián hace dos años. Firmé en una mañana, en esa gestoría que tanto te preocupa. —Bebe—. Y aquí estoy. ¿Me ves mal?
Y yo la miro.
Y la veo bien. Esa es la cosa. La veo perfectamente bien.
Morena, delgada, con un vestido de lino y unas sandalias caras y unos pendientes de oro, en una terraza del puerto de Cartagena con vistas a los barcos.
La veo mejor que en toda mi infancia en la recepción de un camping con una coleta y un teléfono.
—¿Y si pasa algo? —digo.
—¿Qué va a pasar?
—No sé. Algo. Si las empresas van mal. Si hay una deuda. Si viene alguien a pedir cuentas.
Mi madre se ríe. Una risa de verdad, de las suyas, echando la cabeza hacia atrás.
—Hija, si pasa algo, Damián lo arregla. Para eso está.
—Deja la pajita en el vaso—. Tú no sabes cómo funciona esto porque te has criado en un camping con un hombre que no le debe nada a nadie.
Pero el mundo real no es así. En el mundo real todo el mundo le debe algo a alguien, y lo importante no es no deber. Lo importante es a quién le debes.
La miro.
A mi madre, con tres sociedades a su nombre que no sabe lo que hacen, diciéndome que lo importante es a quién le debes.
Y entiendo, sentada en esa terraza, una cosa que me dijo Saray en el Carmolí, con una colilla guardada en el paquete: En este sitio el dinero siempre acaba en el nombre de alguien que no tiene nada que perder.
Y que mi madre cree que tiene mucho que perder. Y que es exactamente la persona que Saray estaba describiendo.
•
—Quédate a comer —dice, cuando ve que cojo el bolso.
—Tengo el autobús a las cinco.
—Hay otro a las siete y media. Te acerco yo a la estación si quieres. —Y hace un gesto con la mano al camarero, sin esperar mi respuesta—. Aquí hacen un arroz caldoso muy bueno.
Y durante dos segundos estoy a punto de quedarme.
De verdad. Dos segundos. Porque estoy cansada, y porque el sitio es bonito, y porque llevo veinte años queriendo comer un arroz con mi madre en una terraza y que sea normal.
—No —digo.
—Nerea.
—No, mamá. De verdad. Tengo que volver.
Y ella se queda con la mano medio levantada hacia el camarero, que ya viene, y la baja, y le dice «nada, perdone, la cuenta», y se le pone durante un instante una cara que no es ninguna de las que le he visto hoy.
Una cara de mujer de cuarenta y seis años a la que su hija le acaba de decir que no en una terraza.
Y me dura menos de lo que tarda en abrir el bolso.
Me levanto.
No grito. No tiro nada. Me levanto y cojo el bolso, y mi madre dice «Nerea, siéntate» con un tono de fastidio, como si esto fuera una rabieta.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde el viernes.
—El viernes fue la cena.
—Sí.
—La cena en la que Damián Puche me preguntó qué iba a estudiar.
—Nerea, por Dios, no montes una película.
Y yo, de pie, en una cafetería del puerto de Cartagena, con el bolso colgado y las manos temblándome, le hago la única pregunta que importa.
—¿Tú se lo dijiste?
—¿El qué?
—Que yo estaba con él. ¿Tú le dijiste a Bruno que yo estaba con él y que mi padre tiene un camping y una deuda? ¿Tú le dijiste que yo era el nombre limpio?
Y mi madre me mira, y suspira, y dice:
—Hija, yo no le he dicho a nadie que hagas nada.
Que no es un no.
Que no es un no.
Que en toda mi vida, esa mujer no me ha dicho ni una vez que no a la primera.
•
Y antes de que me levante, me dice la última cosa, que es la que me llevo.
—¿Y qué vas a hacer? —dice.
Lo dice tranquila, removiendo el hielo del vaso con la pajita, sin ninguna amenaza. Con curiosidad de verdad.
—No lo sé.
—¿Ir a la policía? —Y se ríe un poco—. ¿A decir qué, Nerea? ¿Que tu madre es administradora de tres empresas? Eso no es un delito. ¿Que un señor invita a gente a un barco? Tampoco. ¿Que a tu novio le han pedido que ponga su nombre en un papel y él te lo ha pedido a ti?
—No es mi novio.
—Lo que sea. —Deja la pajita—. Eso tampoco es un delito, hija. Es un chico pidiéndole un favor a una chica. Pasa en todas las familias de esta costa. La mitad de los bares de La Manga están a nombre de la mujer de alguien.
Y me mira por encima del vaso.
—Yo llevo dos años haciendo esto —dice—. ¿Y sabes cuántas veces me he visto en un problema? Ninguna. Ni una.
—Todavía.
—Todavía. —Y sonríe, con una tristeza rarísima, que no sé si es de verdad o es otra de las suyas—. Eso es lo que decía tu padre, ¿sabes? Con esas palabras. Cuando yo empecé a decirle que en esta costa el que no se mueve se queda atrás. «Todavía, Marga.» Con ese tono. —Coge el bolso—. Y mírale ahora.
Y ahí, en ese momento exacto, en una terraza del puerto de Cartagena un veintinueve de agosto, con la copa de vino de mi madre a medias, entiendo algo que llevo todo el verano sin entender.
Que no se fue por otro hombre. O no solo.
Que se fue porque en algún momento, hace años, dejó de creer que se pudiera vivir como vive mi padre. Y que cuando dejas de creer eso, quedarte en un camping con ochenta y dos parcelas y una letra caída te parece un castigo.
•
Salgo a la calle.
Hace cuarenta grados en el puerto de Cartagena a las dos de la tarde del veintinueve de agosto, y hay cruceristas haciéndose fotos con el submarino de Peral, y una señora vendiendo pareos.
Y yo me apoyo en una farola y me quedo un rato respirando.
Y no lloro.
Y eso es lo que me sorprende: que no lloro.
Lo que siento es una cosa limpia, fría y rarísima, que no había sentido nunca y que tardo años en saber nombrar:
Se me acaba de morir una cosa que llevaba tres años enferma.
Y lo que queda después no es pena.
Es sitio.