La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 37
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Me lo pide el veintiocho de agosto a las siete de la mañana, en su cocina, con la cafetera italiana al fuego.

Y me lo pide bien.

Me lo pide tan bien que durante cuarenta segundos yo digo que sí.

•

La noche antes, a las cuatro y media, después del cierre, bajamos andando a la playa de Veneziola.

No es nuestra playa. No tenemos playa. Tenemos una terraza de arriba, un barco que no es suyo y un ático de alquiler con una lámina de un velero.

Pero esa noche, al salir del Salitre, él aparca en el último aparcamiento de La Manga, donde se acaba la carretera y empiezan las rocas, y dice «vamos a andar», y andamos.

La arena está fría. El Mediterráneo hace ruido, un ruido de verdad, de ola, que desde el camping no se oye nunca. Y no hay nadie. Solo nosotros y un pescador con tres cañas clavadas en la arena y una linterna en la frente, a doscientos metros.

Y Bruno habla del sitio.

No como en la terraza de junio, con los márgenes y las orientaciones y Formentera. Esta vez habla de otra manera. Más bajito. Como se habla de algo que ya casi se toca.

—Las mesas van a ser de madera vieja —dice—. De barco. Hay un tío en Cartagena que desguaza barcos y vende la madera. Treinta cubiertos y ni uno más, aunque haya cola. Una carta que cambie cada semana según lo que haya en la lonja. Y una sola música: ninguna. Solo el mar.

—¿Y cómo se va a llamar?

Y se para. Se queda mirando el agua, con las manos en los bolsillos.

—Salinas —dice.

Me paro en la arena.

—Como el camping de mi padre.

Bruno se gira. Me mira. Con una cara de sorpresa que me parece completamente sincera, de las que no se pueden fingir a las cuatro y media de la mañana.

—¿Sí? —dice—. No lo sabía. O no me acordaba. —Se ríe un poco—. Es que en esta costa todo se llama igual, Nerea. Salinas, Mar Menor, Levante, Brisas. Hay cuatro nombres y los usamos todos.

Y es verdad. Es verdad que todo se llama igual.

Y me coge la mano y seguimos andando por la orilla, hacia el pescador, y el mar hace su ruido, y yo pienso en un cartel en una sala de espera de Cartagena, con palmeras donde no hay palmeras, que decía Proyecto Salinas. Y en un camping al que le falta una ese.

Y no digo nada. Y él no dice nada. Y el pescador, al pasar, nos da las buenas noches sin quitarse la linterna, y nos deslumbra a los dos a la vez.

•

—Necesito pedirte una cosa y quiero que me digas que no si te incomoda.

Así empieza. Con esa frase.

—Dime.

—Voy a abrir la sociedad del sitio de Cabo de Palos —dice—. El local que te enseñé el día de tu cumpleaños. Lo he conseguido.

Y se le pone una cara que no le había visto: se le pone cara de tener veinticinco años.

—¿En serio?

—El dueño me ha dicho que sí. Cinco años de alquiler con dos de carencia parcial. Es la oportunidad de mi vida, Nerea.

—¡Bruno!

Y me levanto, y lo abrazo, y él se ríe, y durante veinte segundos estoy sinceramente feliz por él.

—Hay un problema —dice.

—¿Cuál?

—Que yo no puedo abrir una sociedad nueva ahora mismo.

—¿Por qué?

Y aquí, otra vez, no me miente.

—Porque soy administrador único de Mare Levante, que es la del Salitre, y porque arrastro la deuda de mi padre desde 2019 —dice—.

Si yo aparezco como administrador de una sociedad nueva, con mi nombre, se me echan encima los acreedores del restaurante de mi padre antes de que abra la puerta.

Y si le pido a Damián que la ponga él, el sitio es suyo y yo vuelvo a ser un empleado con una parte pequeña.

—Y entonces.

—Y entonces necesito un nombre limpio.

•

Y me lo explica entero, despacio, como se explica algo sencillo a alguien que se está agobiando por nada.

Que es una sociedad pequeña. Que se llama Nereidas Levante, y que el nombre lo eligió él, y que sí, que se parece al mío, y que eso es porque le hizo gracia, y que si me molesta se cambia.

Que va a servir para el local de Cabo de Palos. Que el local hay que alquilarlo a nombre de alguien, y que él no puede porque tiene la deuda de su padre encima y en cuanto pone su nombre en un contrato aparecen los acreedores como moscas.

Que yo no tendría que hacer nada. Nada de nada. Firmar un día en la gestoría, veinte minutos, y ya está. Que él se encargaría de todo: de los papeles, del gestor, de los impuestos, de las cuentas.

Que los beneficios serían suyos, claro, porque el negocio es suyo, pero que a mí me pondría un porcentaje pequeño, un cinco, un diez, «para que no sea gratis».

Que es lo que hace todo el mundo. Que en esta costa la mitad de los negocios están a nombre de la mujer de alguien, del primo de alguien, de la novia de alguien. Que no es nada raro. Que es lo normal.

Y que en dos años, cuando la deuda prescriba, se cambia el nombre y ya está, y yo me quedo con mi porcentaje y con el recuerdo de haber ayudado a montar el mejor restaurante de treinta cubiertos del Mediterráneo.

Y lo dice con los ojos brillantes. Esa es la parte que más me cuesta contar. Lo dice ilusionado, con la cafetera subiendo detrás y una camiseta blanca de dormir, hablándome del local, de las mesas de madera de barco, de la carta que cambia cada semana.

Hablándome de un futuro que existe, que se puede tocar, que tiene fecha.

Y en ese futuro estoy yo.

La cafetera empieza a subir.

Él la aparta del fuego. Sirve dos tazas. Se sienta enfrente, y no me coge la mano, que es un detalle que noto y que lo hace todavía más convincente.

—Serías administradora única en el papel —dice—. El dinero lo pongo yo, el trabajo lo hago yo, las decisiones las tomo yo. Cuando se acabe el concurso de mi padre, en mayo, lo cambiamos y ya está. Son ocho meses.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, si el negocio va mal, quien responde eres tú. —Y lo dice mirándome—. Te lo digo yo, no me lo tienes que preguntar. Si esto sale mal, la que tiene un problema eres tú.

Y ese es su golpe maestro, aunque yo creo de verdad que no lo calculó: decírmelo él.

Decírmelo él y no esperar a que lo descubriera yo.

—¿Cuánto dinero? —digo.

—Sesenta mil de entrada. Treinta míos y treinta de un préstamo.

—¿A nombre de quién el préstamo?

Y Bruno tarda.

Un segundo.

—De la sociedad —dice—. Con aval del administrador.

•

Y en la cocina, mientras habla, yo estoy mirando cosas.

El reloj del microondas, que marca las 07:14. La cafetera italiana, la pequeña, la de dos tazas, que empieza a hacer ruido. Un paquete de café abierto con una pinza de tender. El mantel individual de ayer, todavía en la mesa. La lámina del velero, torcida.

Y sus manos.

Las manos que colocaron las anchoas una a una. Las que cortaron la cebolla en juliana con los dedos doblados hacia dentro. Las que me quitaron una botella de tónica el primer día. Las que aparecen en el único plano del único vídeo que existe de mí.

Están quietas encima de la mesa de cristal, una encima de la otra.

Y yo tengo el cuerpo haciendo cosas raras.

Tengo la boca seca y un ruido en los oídos, y una cosa fría bajándome por los brazos que no sé cómo se llama pero que el cuerpo sí sabe, porque el cuerpo lleva tres meses sabiendo cosas antes que yo: la nariz quemada, el ponerme de lado cuando hay cámaras, el no mirar arriba.

Y encima de todo eso, tapándolo, una vergüenza enorme.

Vergüenza de estar a punto de decirle que no a un hombre que me está mirando así.

Y aquí están los cuarenta segundos.

Cuarenta segundos en los que yo, sentada en una cocina de alquiler en Veneziola con una taza de café en la mano, me veo la vida entera:

Me veo estudiando en Murcia entre semana y bajando los fines de semana a un sitio pequeño de treinta cubiertos que es medio mío.

Me veo importando.

Me veo siendo, por fin, alguien que no está esperando a que le den permiso.

Me veo diciendo «sí» y me veo la cara que pondría él.

Y, esto es lo peor, me veo con dinero propio. Con dinero suficiente para ir a una gestoría de Cartagena y liquidar un préstamo del veintitrés por ciento que tiene mi padre.

Ahí está el anzuelo, y el anzuelo no lo ha puesto él. Lo he puesto yo.

—Vale —digo.

Y Bruno cierra los ojos un segundo y suelta el aire, y es la primera vez en dos meses que le veo la cara del alivio.

•

Y entonces dice la frase equivocada.

La dice con toda la buena intención del mundo, contento, sirviéndome más café, ya pensando en lo siguiente:

—Perfecto. El lunes vamos los dos a la gestoría de la calle del Carmen y lo firmamos todo de una vez.

La calle del Carmen.

Y se me para el mundo entero en la cocina de ese hombre.

La gestoría de la calle del Carmen.

La que colocó el préstamo del veintitrés por ciento a un señor de Los Alcázares que «no lo leyó, se lo explicaron».

La misma.

La misma mesa. La misma chica del poló. El mismo primero sin ascensor.

Y yo estoy a punto de subir esas escaleras por mi propio pie, con mi DNI en la mano, once años después de que mi padre subiera las mismas.

—Nerea —dice Bruno—. ¿Qué pasa?

Y yo me oigo decir, con una voz que sale de muy lejos:

—Nada. Que me lo tengo que pensar.

—Pero has dicho que sí.

—He dicho que me lo tengo que pensar.

Y por primera vez en todo el verano, durante un instante, a Bruno Solanas se le pone una cara que no es simpática.