La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 36
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La cena es el veinticinco de agosto en un restaurante de Cabo de Palos con las mesas en una terraza sobre las rocas.

Bruno me lo dice esa misma mañana.

—Ven esta noche. Te presento a Damián.

—¿Por qué?

—Porque quiere conocerte.

Y en esa frase, si uno la mira bien, está todo: el hombre que llevo dos meses viendo a escondidas quiere presentarme a su socio.

A su socio sí.

A su barra no.

•

Somos cuatro.

Damián Puche, de cerca, es un señor de sesenta y cuatro años con las manos muy grandes y una educación exquisita. Se levanta cuando llego. Me retira la silla. Me pregunta si quiero algo antes del vino.

Y la cuarta es mi madre.

Claro que sí.

—Nerea —dice ella, como si no hubiéramos dejado de hablar hace veintitrés días—. Qué guapa.

•

A los diez minutos, con el primer vino ya servido, Damián Puche me mira.

—Así que tú eres la hija de Luis Baresa.

Y lo dice con una sonrisa amable, de abuelo, apoyando los codos en la mesa.

Y yo, que llevo tres días sabiéndolo, que me senté con mi padre en la cocina del hule de los limones y lo oí contar la obra de La Manga y los cascos amarillos y el bocadillo, y que he visto la foto de 1994 con un chico con bigote y una cadena de oro, digo lo único que se puede decir:

—Sí.

—Trabajamos juntos tres años —dice—. Antes de que existierais ninguno de vosotros. En La Manga, en la obra, él con dieciocho años y yo con treinta, sin un duro ninguno de los dos. ¿Te lo ha contado?

—Algo.

—Tu padre es el hombre más honrado que he conocido en mi vida —dice Damián Puche.

Y lo dice sin ironía. Esa es la parte que me pone la piel de gallina. Lo dice como se dice un hecho comprobado: mirándome a los ojos, con el vino en la mano, con la cara seria.

—Y el más cabezón —añade, y se ríe, y mi madre se ríe con él, un segundo después—. Le dije cuatro veces que se metiera conmigo. En el noventa y ocho, en el dos mil tres, en el dos mil ocho y en el dos mil dieciséis. Cuatro veces. Y las cuatro me dijo que no, que él tenía su camping.

—Y lo tiene —digo.

Y se hace un silencio de medio segundo en la mesa.

Damián Puche me mira. Y asiente despacio, todavía sonriendo, y levanta un poco la copa hacia mí, dos centímetros, como se reconoce un tanto en un partido que no va en serio.

—Y lo tiene —dice.

Y se gira hacia Bruno y le pregunta por el pescado.

Y tengo el corazón a ciento cuarenta, con la servilleta en las rodillas, dándome cuenta de que acabo de contestarle a un señor de sesenta años en una mesa de un restaurante de Cabo de Palos, y de que lo he hecho con tres palabras, y de que él lo ha notado, y de que a partir de ahora, en esa mesa,

ya no soy la novia de nadie.

•

Antes de sentarnos, mi madre me coge del brazo en la puerta del restaurante.

—Estás guapísima —dice—. Ese vestido te queda de muerte.

Es suyo. Me lo ha dejado ella esta tarde, en su piso de San Javier, donde he ido a cambiarme porque no tengo nada que ponerme para un sitio así. Azul marino, sencillo, con los tirantes finos. Y unas sandalias suyas que me quedan un número grandes y que llevo rellenadas con papel en las punteras.

—Gracias.

—Y una cosa. —Me aprieta el brazo, sin dejar de sonreír, mirando hacia la mesa donde ya están sentados los dos hombres—. Damián es un encanto. Pero le gusta que le escuchen.

—Vale.

—Y no le hables del camping.

Me paro en seco, con la mano de mi madre todavía en mi brazo.

—¿Por qué?

—Porque es una cena para pasarlo bien, Nerea. Nada más. —Y me suelta, y se coloca el pelo—. Y porque el camping es cosa de tu padre y aquí no pinta nada.

Y entra delante de mí, andando con esa seguridad suya, saludando al maître por su nombre.

Me quedo dos segundos en la puerta, con un vestido de mi madre y unas sandalias de mi madre rellenadas con papel, y con una instrucción de mi madre en la cabeza.

Y es ahí, y no en la mesa, donde decido que voy a hablar del camping.

•

La cena dura dos horas y es, de lejos, la cosa más civilizada que me ha pasado este verano.

Se habla del tiempo. De un restaurante de Alicante.

De una serie. Damián cuenta una anécdota buenísima sobre un alcalde de los noventa y se ríe el primero.

Pide el vino sin mirar la carta y no dice el precio.

A mi madre la trata con una deferencia absoluta, como se trata a una empleada a la que se aprecia de verdad.

Y a mí me pregunta por la carrera.

—Comunicación Audiovisual —dice—. Eso está bien. ¿Y a qué te quieres dedicar?

—Todavía no lo sé.

—Mejor. —Se limpia la boca—. A los veinte años el que ya lo sabe suele estar equivocado.

Y es una frase amable, y es una frase buena, y yo me la anoto mentalmente para usársela a alguien algún día.

Eso es lo que nadie te cuenta de esta gente: que son encantadores. Que si fueran desagradables sería facilísimo.

•

Y en esas dos horas miro a Bruno.

Es lo que más me sorprende de toda la noche, más que Damián, más que mi madre. Bruno.

Porque Bruno en el Salitre es el que reordena el local a su paso. El que se apoya en la esquina de la barra donde nadie se apoya. El que saluda a dos mesas sin pararse en ninguna. El que hace que Saray enderece la espalda medio centímetro y que Fran gire la cabeza hacia la pasarela.

Y aquí, en esta mesa, delante de Damián Puche, se sienta en el borde de la silla.

En el borde. Con la espalda recta. Con las manos encima del mantel, quietas, como un alumno en un examen.

Se ríe cuando Damián se ríe, un segundo después, nunca antes.

No pide nada: deja que pida Damián. No habla del restaurante de los treinta cubiertos, ni de la terraza de Formentera, ni de los márgenes.

Cuando Damián le pregunta algo, contesta corto, «sí», «claro», «eso está hecho», y espera a que Damián siga.

Y en un momento dado, cuando llega el vino, Damián lo prueba y hace un gesto pequeño con la mano, ni siquiera mira a nadie, un gesto mínimo, dos dedos, y Bruno se levanta sin decir nada, y va a la barra del restaurante, y vuelve con el sumiller, y el sumiller se lleva la botella y trae otra.

Dos dedos.

Bruno Solanas, que me quitó una botella de tónica de la mano el primer día para enseñarme cómo se servía, se levanta de una mesa por dos dedos.

Y lo miro desde el otro lado del mantel. Y él no me mira a mí en toda la cena. Ni una vez. Mira a Damián. Mira el vino. Mira el mar.

Y entiendo una cosa que no había entendido en dos meses, y que me pone la piel de gallina en una terraza a treinta grados:

Que yo he estado mirando al hombre del piso de arriba. Pero que hay un piso más arriba. Y que en ese piso, él también es el de la barra.

•

A los postres, mi madre y Bruno se levantan a fumar.

Los dos a la vez. Sin mirarse.

Y Damián Puche se queda solo conmigo en una terraza sobre las rocas.

Y habla.

—Conozco a tu padre desde 1994 —dice—. ¿Te lo ha contado?

—Sí.

—¿Qué te ha contado?

—Que le ofreciste montar el camping a medias y que dijo que no.

Damián sonríe a la copa.

—Dijo que no muy bien —dice—. Con mucha educación. Tu padre es el hombre más decente que he conocido, y lo digo en serio, sin ironía.

—Ya.

—Y lleva veintiocho años trabajando trescientos sesenta días para sacar treinta mil euros, y yo llevo veintiocho años durmiendo bien. —Deja la copa—. Esas dos cosas son verdad a la vez, Nerea. Eso es lo incómodo.

Y yo no digo nada, porque es la primera cosa verdaderamente peligrosa que oigo en todo el verano.

—¿Quieres comprarle el camping? —digo.

Y Damián Puche me mira con un interés nuevo, como si acabara de subir de categoría.

—No —dice—. Quiero comprar ese terreno desde 1997. El camping me da igual.

—Es lo mismo.

—No, hija. Eso es lo que no es lo mismo y es lo único que importa aquí. —Se echa hacia atrás—. A mí me da igual que tu padre tenga ahí un camping veinte años más. Yo no tengo ninguna prisa. Yo compro cuando se vende, y las cosas se venden solas cuando la gente se cansa.

—¿Y si no se cansa?

—Se cansan todos —dice, sin ningún énfasis—. No por mí. Por la edad, por los hijos, por una espalda mala, por un año de fango en el agua. Yo no tengo que hacer nada, Nerea. Solo tengo que estar ahí el día que pase.

•

Antes de que vuelvan, Damián saca la cartera.

No para pagar. Saca una tarjeta. Blanca, gruesa, con las letras en relieve, de las que se notan con el dedo. La deja encima del mantel, delante de mí, al lado de mi copa de agua, con dos dedos. Con los mismos dos dedos del vino.

—Por si algún día necesitas algo en Murcia —dice—. Un piso, un contacto, unas prácticas. Conozco a medio mundo allí. No es ningún favor. Me gusta ayudar a la gente joven que tiene cabeza.

Y yo miro la tarjeta.

Damián Puche. Inversiones y promociones.

Y un teléfono de Cartagena.

La misma. Exactamente la misma que está sujeta con un clip a la primera hoja de la carpeta azul de mi padre, desde junio, desde antes de todo. La misma tarjeta. Una para el padre, otra para la hija.

No la cojo.

No la cojo, y no digo nada, y Damián Puche no insiste. La deja ahí, encima del mantel, al lado de mi copa, y se pone a mirar el mar con las manos cruzadas sobre la barriga, tranquilo, como quien ha dejado una semilla en la tierra y sabe que no hace falta regarla.

Vuelven mi madre y Bruno de fumar.

Y la cena se acaba con normalidad absoluta, y Damián paga, y me da dos besos y me dice que suerte en Murcia.

Y en el coche, de vuelta, Bruno me coge la mano por encima de la palanca de cambios y me dice:

—Ha ido bien, ¿no?

Y yo digo que sí.

Y miro por la ventanilla la carretera negra, y pienso que acabo de entender por qué me han llevado a esa cena.

No me han amenazado. No me han pedido nada. No me han dicho una sola palabra fuera de sitio.

Me han enseñado el tamaño.