La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 35
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El veintidós de agosto, a las seis menos veinte de la mañana, Fran Olivares me dice que me vaya.

Estamos los dos solos en la barra. Él cuadra la caja, yo seco lo último.

—Baresa.

—Dime.

—¿Tú qué estás haciendo?

Y yo, que llevo cuatro días con una libreta debajo del colchón, noto perfectamente cómo se me sube el pulso.

—Secar copas.

Fran cierra el cajón de la caja. Se apoya en la barra con las dos manos.

—El martes le preguntaste a Nacho, el de la cocina, por las facturas de las salidas de barco.

—Le pregunté si le pagaban las horas extra.

—Le preguntaste por las facturas.

Silencio.

—Y el miércoles estuviste diez minutos en el pasillo del despacho.

—Fui a por hielo.

—El hielo está abajo, Nerea.

Y ahí se me acaban las respuestas, así que hago lo único que sé hacer, que es preguntar.

—Fran, ¿hay dos contabilidades en este sitio?

Y Fran Olivares se ríe.

Se ríe de verdad, con ganas, con la cabeza hacia atrás, por primera vez en dos meses y medio.

—Pero tú qué te crees que es esto, ¿la mafia? —dice—. Aquí lo que hay es un chiringuito en el que se factura la mitad de lo que entra, igual que en los otros cuarenta chiringuitos de esta costa. Eso no es una trama, cría. Eso es el verano.

•

Después se pone serio, y me dice lo único que me va a decir.

—Escucha. —Se inclina—. Yo llevo quince años en esto. He visto entrar y salir a cuarenta chavales como tú. ¿Sabes qué pasa con los que se meten en líos?

—Qué.

—Que no se meten. Que los meten. —Levanta un dedo—. Nadie le dice a nadie «ven a hacer algo ilegal». Lo que pasa es que un día le haces un favor a alguien que te cae bien, y luego otro, y el tercero ya no es un favor, y para entonces tú ya has hecho los dos primeros.

Y yo pienso en un sobre marrón y en la calle del Carmen y en un McDonald's, y tengo que agarrarme al borde de la pila.

—Fran.

—No me cuentes nada —dice enseguida—. En serio. No me cuentes nada, que yo tengo una hipoteca.

Y luego, más bajo:

—Aquí nadie firma nada por amor. ¿Me has entendido? Ni por amor ni por agradecimiento ni porque un tío te haya tratado bien. Aquí cada uno firma lo que le toca firmar por lo que le pagan, y si a ti te piden que firmes algo por algo que no sea dinero, es que te están usando.

Se endereza. Coge la riñonera.

—¿Cuándo entras en Murcia?

—El diecisiete de septiembre.

—Pues vete el uno —dice—. Yo te doy la baja voluntaria con fecha del uno y te pago el mes entero. Lo pongo de mi bolsillo si hace falta.

—Fran…

—Es la única cosa que voy a hacer por ti —dice, ya andando hacia la cocina—. Y no me la vuelvas a pedir.

•

En el vestuario, cuando voy a coger la mochila de la taquilla, está Saray.

Sentada en el banco de madera, con las zapatillas quitadas y los pies apoyados en la taquilla de enfrente, fumando, aunque ahí dentro no se puede fumar. Con el pelo suelto y la camiseta del Salitre por fuera.

Me mira entrar. No me pregunta nada. Me mira la cara, que debo de tener rara.

—Te ha dicho lo del uno —dice.

No es una pregunta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo preguntó ayer. —Tira la ceniza en una lata de Coca-Cola—. Que si te lo decía él o te lo decía yo. Le dije que se lo dijera él, que a mí no me haces caso.

—Sí que te hago caso.

—Nerea. —Me mira—. Te dije que te llevaras el móvil a la taquilla el dieciocho de julio. ¿Dónde lo tienes ahora?

Me quedo callada. Lo tengo en el bolsillo del delantal. Lo he tenido toda la noche en la balda de debajo de la caja.

Saray asiente despacio.

—Pues eso. —Apaga el cigarro contra la lata—. Hazle caso a Fran. Coge la baja del uno. Coge el mes entero pagado. Vete a Murcia dos semanas antes, alquila el piso, compra una lámpara, apúntate al gimnasio, lo que te dé la gana.

—¿Tú lo harías?

Y Saray se ríe. Una risa corta, sin gracia, que no le he oído nunca.

—A mí nadie me lo ofreció, Baresa —dice—. En 2021 nadie vino a decirme «vete el uno, que te pago el mes». Nadie. —Se levanta, se pone las zapatillas—. Fran lleva quince años aquí y eso es lo primero que le veo hacer por alguien sin que se lo pidan. Por algo será.

Y coge su bolso de la taquilla, y cierra la puerta, y al pasar a mi lado me pone la mano en el hombro. Un segundo. Fuerte.

—No lo desperdicies —dice—. Que a otras no se lo ofrecen.

Y se va.

•

Y luego, antes de que me vaya, me cuenta su primer verano.

No se lo pregunto. Estamos los dos en la barra vacía, él con la riñonera puesta y yo con la mochila colgada, a las seis menos cinco de la mañana, y le sale así, mirando el local recogido.

—Yo empecé con dieciocho —dice—. En un chiringuito de Los Nietos que ya no existe. Fregando vasos, como tú. El dueño era un animal. Nos pagaba en negro, los siete días, y si rompías algo te lo descontaba doble.

—¿Y aguantaste?

—Tres veranos. —Se ríe, sin ninguna gracia—. Y luego me vine aquí, que pagaba mejor y había contratos de verdad, por lo menos para los de barra. Y llevo quince.

—Quince años.

—Quince. —Mira la pasarela, el mar, la piscina con la lona a medio poner—.

Yo iba a hacer INEF, ¿sabes? Educación Física.

Lo tenía todo hecho. Y un año dije «este verano trabajo y ahorro», y al siguiente dije lo mismo, y al tercero ya tenía un contrato de encargado y una moto y una novia, y a la mierda el INEF.

Y se calla un momento.

—No te lo digo para que te dé pena —dice—. No me da pena a mí. Tengo un trabajo fijo en un sitio que aguanta el invierno, y eso aquí no lo tiene casi nadie. Te lo digo por lo otro.

—¿Por qué otro?

—Porque en este sitio los veranos se parecen mucho unos a otros —dice—. Y se te juntan. Uno y otro y otro, y un día te miras y llevas quince, y el primero y el último no los distingues más que por la moto que tenías.

Se cuelga la riñonera.

—Tú tienes uno. Uno, Baresa. Y dentro de veinte años te vas a acordar de este verano entero, hora por hora, porque va a ser el único que tengas de estos.

—Me da dos golpecitos en el hombro al pasar, que es lo más parecido a un abrazo que me ha dado nunca—.

Procura que el recuerdo no sea una firma en una gestoría.

Y se va a la oficina a dejar la caja.

•

Hago la cuenta en la barra, mientras recojo, sin querer.

Me sale sola, como me sale todo desde junio. El mes de septiembre pagado son mil doscientos y pico. Con lo que llevo ahorrado hasta agosto, más la última nómina, más el sobre del barco y los cien de la noche de los dieciocho, son tres mil ochocientos y algo.

Tres mil ochocientos euros.

La matrícula del primer curso son novecientos y pico. El piso, doscientos ochenta al mes más gastos. La fianza, otro mes. El autobús. La compra.

Con tres mil ochocientos euros llego a marzo sin pedirle nada a mi padre.

Y me quedo con el paño en la mano, en una barra vacía a las seis menos cuarto de la mañana, y pienso una cosa que me da un poco de vértigo: que ese era el plan. El de junio. El de la carpeta blanda y los catorce noes. Hacer una caja para la universidad.

Y que lo he conseguido. Que el plan ha salido. Que el verano, en la única cosa que yo le pedí al verano, ha funcionado.

Y que no siento nada.

•

Keko se entera al día siguiente y le parece una película.

—¿Que te pagan septiembre entero sin trabajar?

—Sin trabajar.

—¿Mil doscientos euros?

—Mil doscientos y pico.

—¡Baresa! —Y me coge por los hombros en mitad del aparcamiento y me sacude como si hubiera marcado un gol—. ¡Eso no se lo han hecho a nadie! ¡A nadie! A mí, cuando me rompí la muñeca en julio del año pasado, ¿sabes qué me dieron? Un boli. Un boli del Salitre, que ni escribía.

Y se ríe él solo un rato.

Y luego se pone serio, que en Keko dura poco pero existe.

—Oye. Una cosa. —Se rasca la nuca—. Eso es bueno, ¿no? Lo de septiembre. Es bueno.

—Sí.

—Es que a mí me ha dado por pensar. —Se sube a la moto sin arrancar—. Que a lo mejor te lo dan para que te vayas antes. Que no es un regalo, que es una manera de sacarte de aquí sin echarte.

Lo miro.

Keko Mondéjar, que repitió dos cursos y lo dejó a los dieciséis, acaba de decir en doce segundos, apoyado en una moto en un aparcamiento, lo que a mí me cuesta cuatro días entender.

—¿Eso te parece malo? —digo.

Y Keko se encoge de hombros y se pone el casco.

—A mí me parece que te van a pagar mil doscientos euros por irte —dice—. Y que no todos los días te pagan por hacer lo que ibas a hacer igual.

•

Salgo a la pasarela a las seis y diez.

Amanece igual que todos los días. El Mediterráneo se pone naranja por el borde, hay dos señores mayores andando por la orilla con el agua por las rodillas, el chico de la manguera está fregando el suelo.

Y yo me quedo ahí de pie, con las llaves en la mano, entendiendo una cosa nueva:

Que todo el mundo en este sitio me ha avisado.

Saray me avisó con el móvil y con «no firmes».

Fran me ha avisado dos veces.

Elsa Roig me avisó a medias con «yo entré aquí con veintiuno».

Lucía me avisó el veintisiete de junio en una peluquería.

Hugo me avisó en una barca en mitad del Mar Menor.

Y mi padre me avisó el cinco de junio, cuando me quitó una hoja de la mano y me dijo «esto es mío».

Seis personas.

Seis personas en once semanas.

Y lo que nadie me ha dicho nunca, porque nadie lo sabe todo, es la frase entera.