La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 34
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La historia de mi padre y Damián Puche es corta y explica media vida.

Año 1995. Un chaval de dieciocho años de Los Alcázares y un hombre de treinta de Cartagena, que se conocen trabajando en la construcción en La Manga, en el boom de los apartamentos.

Se hacen amigos a pesar de los doce años de diferencia.

En 1997, el abuelo de mi padre le deja el terreno del camping, seis mil metros de nada con cuatro pinos.

Damián le propone montarlo juntos: él pone la mitad del dinero.

Mi padre le dice que no.

—¿Por qué?

—Porque el terreno era de mi abuelo —dice—. Y porque Damián ya entonces quería hacer bungalós para vender, y yo quería un camping.

—¿Y se enfadó?

—Qué va. —Mi padre se encoge de hombros—. Me dijo: «Luis, esto lo vas a tener veinte años y luego me lo vas a vender igual, pero más barato».

—¿Y tú qué le contestaste?

Mi padre se queda a medias.

—Nada —dice—. Me reí.

Y yo no le digo nada, pero me quedo con eso, porque mi padre lleva treinta años acordándose palabra por palabra de una frase que en su momento le hizo gracia.

Y porque el que la dijo sigue esperando.

•

Luego mi padre se levanta, se va a la habitación y vuelve con una foto.

Una foto de las de antes, de papel, de las que se revelaban en la tienda de la Ronda, con los colores ya un poco pasados hacia el naranja. La tiene dentro de una caja de puros, de las que guardan los hombres de su edad para las cosas que no saben dónde poner.

Dos hombres sin camiseta, uno de dieciocho años y otro de treinta, morenos, con cascos de obra amarillos y los brazos por encima de los hombros, delante de un edificio a medio construir en La Manga.

Con el esqueleto de hormigón detrás, los hierros saliendo por arriba, una grúa.

Y el Mediterráneo a la izquierda, azul de verdad, azul de postal.

Uno es mi padre. Con pelo. Con mucho pelo, rizado, y una sonrisa que no le he visto nunca, una sonrisa con todos los dientes, de chaval que no tiene nada que perder.

Y el otro es Damián Puche.

No lo reconocería. Nadie lo reconocería. Es un hombre joven, delgado, con bigote, con una cadena de oro al cuello, riéndose de algo que está fuera de la foto. Un albañil de Cartagena en una obra de La Manga en 1995, con treinta años por delante y ni un duro en el bolsillo.

—Era buena gente —dice mi padre, mirando la foto—. Eso quiero que lo sepas. Era de los que te daban el bocadillo si se te olvidaba el tuyo. De los que te cubrían si llegabas tarde. Trabajamos juntos tres años en esa obra y en otras dos, y no me hizo una mala jugada en su vida.

—¿Y qué pasó?

Mi padre se encoge de hombros. Deja la foto encima de la mesa, bocarriba, entre los dos.

—Que él quería ser el que construye y yo quería ser el que se queda —dice—. Y eso no es una pelea. Es solo que se va cada uno por su lado. Y un día, veinte años después, miras la foto y ya no sabes quién de los dos tenía razón.

Y guarda la foto en la caja de puros. Y se lleva la caja a la habitación.

Y me quedo en la mesa pensando en un chico con bigote y cadena de oro que le daba el bocadillo a mi padre cuando se le olvidaba el suyo.

Y en que eso no cambia nada.

Y en que lo cambia todo.

•

Esa noche empiezo a mirar.

No es una investigación. No tengo medios ni idea ni nadie que me ayude. Es una chica de veinte años en una cama con un móvil y una libreta del Mercadona.

Pero tengo tres cosas que no tiene nadie más:

Estoy dentro del sitio.

He hecho un grado medio de administración.

Y nadie me mira, porque soy la de la barra.

•

Y mirar, resulta, es más fácil de lo que pensaba y por eso da más miedo.

No hay que ser nadie. No hay que tener un contacto ni un carné ni un permiso. Hace falta un móvil, wifi de un camping que va regular y ganas de pasar cuatro noches sin dormir.

El Registro Mercantil tiene una página web horrible, de las de los años dos mil, con los botones mal puestos.

Se busca por denominación social. Sale una lista.

Se pide una nota simple, que cuesta poco más de nueve euros y que te llega al correo en un rato, en un PDF escaneado y torcido, con el sello de un registrador.

Y en ese PDF, en la página dos, pone quién es el administrador único de una sociedad.

Con su nombre. Con sus dos apellidos. Con el número de su DNI tapado a medias.

Nueve euros con veinte céntimos.

Y luego está el catastro, que también es público, y que te dice de quién es una parcela, y cuántos metros tiene, y cuándo cambió de dueño.

Y el portal del Ayuntamiento, con las actas de los plenos en PDF, que nadie lee y que están todas colgadas desde 2011.

Y el Boletín Oficial de la Región, donde se publican las licencias, y las modificaciones de planeamiento, y los expedientes.

Todo público. Todo gratis o casi. Todo escrito en un idioma tan aburrido que es la mejor manera que se ha inventado de esconder una cosa a la vista de todos.

Y yo, sentada en la cama de mi cuarto a las tres de la mañana, con el ventilador girando y la libreta del Mercadona en las rodillas, voy copiando a boli lo que encuentro.

Como Encarnita con sus nasas. Como Hugo con su disco. Como mi madre con las etiquetas de las cintas.

Contando.

•

Esto es lo que tengo en la libreta al cabo de cuatro días:

Uno. El Salitre no se llama Salitre. En el ticket, abajo, en letra de cuatro puntos, pone «MARE LEVANTE OCIO SL» y un CIF. Me lo apunto.

Dos. Busco el CIF en una página de información de empresas. Es gratis la parte de arriba: administrador único, Bruno Solanas Tormo. Domicilio social: una calle de Cartagena que es la de la gestoría a la que llevé el sobre.

Tres. Administrador único. Él. No Puche.

Cuatro. Bruno me dijo el veintidós de junio, en una terraza, a las seis de la mañana: «una parte no es lo mismo que la parte que decide».

Y si la parte que decide es de Puche, pero el que firma es Bruno…

Entonces el que responde es Bruno.

Cinco. El cinco de julio, en un barco, vi a Fran Olivares cobrar un servicio y repartir el dinero en dos sitios. El diecisiete de julio, en la trastienda, oí a Fran decirle a un proveedor «esa factura hazla a nombre de Mare Levante, la otra no».

La otra.

Hay otra.

Seis. El veintiuno de julio llevé un sobre a la gestoría de la calle del Carmen. La chica dijo «antes venía otra chica».

Y ahí me paro.

Porque llevo tres días sin atreverme a escribir la línea siete, que es la única que importa, y que llevo sabiendo desde que salí del despacho el treinta y uno de julio:

Siete. La gestoría de la calle del Carmen de Cartagena es la misma gestoría que le buscó a mi padre el préstamo del veintitrés por ciento en 2023.

Lo comprobé el día diecisiete, con la carpeta azul delante, y no dije nada.

•

La cuarta noche busco Proyecto Salinas.

No sale nada. O sale todo: salinas de San Pedro, salinas de Marchamalo, un restaurante en Torrevieja, una marca de sal. Cambio las palabras. Salinas Los Alcázares urbanismo. Salinas frente litoral. Salinas modificación.

Y a las cuatro y veinte de la mañana, en la página siete de resultados, sale un PDF.

Un acta de un pleno del Ayuntamiento. De hace dos años. Ciento catorce páginas escaneadas torcidas, con sellos y firmas, con la letra pequeña y gris de las cosas que nadie lee. Y en la página ochenta y tres, en mitad de un párrafo de doce líneas sobre otra cosa, una frase:

…se acuerda iniciar la tramitación de la modificación puntual del planeamiento en el ámbito denominado Salinas, a instancia de parte, quedando en suspenso hasta la resolución de los expedientes afectados en dicho ámbito…

Y la leo seis veces. Y no la entiendo entera. Hay palabras que no sé qué significan. Ámbito. A instancia de parte. Expedientes afectados.

Pero hay una cosa que sí entiendo, porque llevo dos años abriendo el correo del camping y conozco esa forma de escribir, que es la forma que tiene la administración de decir cosas muy grandes con palabras muy pequeñas:

Alguien pidió hace dos años que se cambiara lo que se puede construir en un sitio que se llama Salinas. Y el Ayuntamiento dijo que sí, que se empezaba a mirar. Y que se esperaba a que se resolvieran unos expedientes.

Expedientes afectados.

Apunto la frase entera en la libreta del Mercadona. Palabra por palabra. Con la página del acta y la fecha del pleno. Y debajo, en una línea aparte, con un signo de interrogación:

¿El camping es un expediente?

•

Cierro la libreta a las cinco y media de la mañana del veinte de agosto y me quedo mirando el techo.

Y pienso, con una tranquilidad que me da miedo:

No tengo nada.

No tengo una prueba de nada. Tengo siete cosas que encajan y que un abogado tiraría a la basura en cuatro segundos.

Lo que tengo es un dibujo.

Y el dibujo es este: un señor con dinero que lleva treinta años esperando un terreno de seis mil metros en primera línea, una gestoría que coloca préstamos imposibles, una mujer que sabe exactamente lo que factura ese camping porque lo llevó doce años,

y un chaval de Valencia con una deuda heredada al que le dejaron una parte pequeña de un chiringuito a cambio de poner su nombre en los papeles.

Y en medio, una cría de veinte años que lleva sobres a Cartagena.