La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 33
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El diecisiete de agosto, un domingo, me levanto a las once de la mañana por primera vez en dos meses y me voy a la oficina a ayudar a mi padre con las salidas.

No se lo digo. Simplemente aparezco, me pongo detrás del mostrador y empiezo a cobrar parcelas.

Mi padre me mira una vez.

No dice nada.

Y estamos cuatro horas seguidas trabajando codo con codo, como en los dos años anteriores, con él dictando y yo tecleando, y a las tres y media hemos sacado a treinta y una familias y hemos metido a veinticuatro.

•

Un camping el tercer domingo de agosto no es un negocio. Es un pueblo con problemas de pueblo.

A las nueve y veinte viene la señora de la parcela cuarenta y uno a decir que los de la cuarenta y dos han puesto el toldo tres palmos por encima de su línea y le quitan la sombra de la mañana.

Le digo que ahora vamos. A las nueve y media viene el de la cuarenta y dos a decir que la de la cuarenta y uno ha aparcado el coche de manera que él no puede sacar la caravana. Le digo que ahora vamos.

La sombra, en agosto, es el noventa por ciento de las broncas de este sitio. Lo demás es la lavadora.

Mi padre sale, mira los dos toldos, mide con el brazo, y hace lo que lleva veintiocho años haciendo: le da la razón a los dos y mueve él mismo una mesa de sitio. Diez minutos después los de la cuarenta y uno y los de la cuarenta y dos están tomando café juntos.

—Eso no se aprende —le digo cuando vuelve.

—Eso es no tener otra cosa que hacer en veintiocho años —dice él.

•

A las once se rompe la bomba de la depuradora de la piscina.

No se rompe del todo: hace un ruido nuevo, un chirrido cada ocho o nueve segundos, y eso es peor que romperse del todo, porque hay que decidir.

Mi padre se mete en el cuarto de máquinas con la camiseta empapada. Yo le paso cosas por el hueco de la puerta. Hay cuarenta y dos personas en el agua y otras veinte esperando a que salgan los de dentro.

—¿La paramos?

—Si la paramos, cierro la piscina.

—Si no la paramos y revienta, cierras la piscina hasta el jueves.

Mi padre se queda mirando el motor.

—¿Tú qué harías? —dice.

Y es la primera vez en mi vida que mi padre me pregunta eso.

—Pararla ahora, a la una, que es cuando se van todos a comer —digo—. Y llamar a Juanma para que venga a las cuatro. A las seis está otra vez abierta y solo ha estado cerrada la hora en que no la usa nadie.

Mi padre asiente despacio.

Y hace eso.

•

A la una y cuarto se pierde un niño.

Es el de la diecisiete, tiene cuatro años y se llama Martín, y su madre llega a la recepción con una cara que no se le olvida a nadie.

Y ahí veo funcionar una cosa que no había visto nunca desde este lado del mostrador: mi padre coge el micrófono de megafonía —ese cacharro de los años noventa que yo creía decorativo— y dice tres frases muy tranquilas en español y dos en inglés.

Y el camping entero se levanta.

Los holandeses del nueve. El señor Paco. Las dos familias de Albacete. Los chavales de las tiendas del fondo, que llevan toda la mañana durmiendo. Ochenta personas que no se conocen de nada se ponen de pie a la vez y empiezan a mirar debajo de las caravanas.

Lo encuentra una señora alemana a los seis minutos, detrás del contenedor de cartón, sentado y tan tranquilo, jugando con una rana de plástico.

Seis minutos.

A la madre le tiemblan las manos veinte minutos después.

Y yo pienso, mirando a ochenta personas volver a sus sillas, que esto es exactamente lo que Damián Puche quiere convertir en apartamentos.

•

A las dos y media, cuando por fin baja la cosa, mi padre se sienta en el escalón de la oficina con un vaso de agua y se queda ahí un rato largo, con los codos en las rodillas.

—Ochenta y dos parcelas —dice, sin que venga a cuento.

—Ya lo sé.

—Es mucha gente, Nerea.

Y yo me siento a su lado en el escalón, con el mismo calor y la misma camiseta mojada, y no digo nada durante un minuto entero.

—Papá.

—Qué.

—Que esto lo llevas tú solo desde hace tres años.

Mi padre bebe agua.

—Sí —dice.

Y esa es toda la conversación.

Y es, por mucho, la mejor que tenemos en todo el verano hasta el treinta de agosto.

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El niño aparece a la una y media en los contenedores.

Detrás de los contenedores, en el hueco que queda entre el muro y la valla, sentado en el suelo, muy tranquilo, jugando con dos piedras y una hormiga. Cuarenta minutos ahí, a tres metros de una madre que estaba gritando su nombre por todo el camping.

Lo encuentra mi padre. Porque mi padre, en veintiocho años, ha perdido a catorce niños y los ha encontrado a los catorce, y dice que los críos no se van: se esconden. Que nunca hay que buscar hacia fuera, hacia la carretera, que es donde busca todo el mundo. Que hay que buscar en los huecos.

Y cuando lo saca de detrás de los contenedores, de la mano, con las dos piedras todavía en la otra mano, la madre hace lo que hacen todas las madres: primero grita, luego llora, luego abraza al crío hasta casi ahogarlo y luego le da un azote en el culo y vuelve a abrazarlo.

Y después se pone a llorar de otra manera.

Se sienta en el escalón de la oficina, con el niño en el regazo, y se rompe. Una mujer de treinta y muchos, con un bañador debajo de la camiseta y las gafas de sol en la cabeza, llorando sin parar delante de dos desconocidos.

—Perdón —dice—. Perdón, perdón, es que no he dormido, es que estoy sola con los dos, es que su padre se quedó en Madrid, es que…

Y mi padre hace una cosa que yo no sabría hacer.

No dice «tranquila». No dice «no pasa nada». Va a la nevera de la oficina, saca una botella de agua fría, la abre, se la pone en la mano, y se sienta en el otro extremo del escalón, a metro y medio, mirando al frente, sin mirarla.

Y se queda ahí. Callado. Cinco minutos. Hasta que ella para.

Y luego le dice:

—Este año la piscina está más fresquita por la tarde, que le da la sombra del pino. Bájese a las seis con los niños y verá.

Y se levanta, y se va a mirar la bomba.

Desde la puerta de la oficina, con el libro de registro en la mano, pienso que mi padre acaba de consolar a una desconocida hablándole de la sombra de un pino, y que es lo mejor que le he visto hacer a nadie en todo el verano.

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A las cuatro cerramos la oficina para comer.

Y es entonces cuando él va al armario de atrás, saca la carpeta azul y la pone encima del mostrador.

—Siéntate.

—Papá…

—Siéntate, Nerea.

Me siento en el taburete alto.

Y mi padre abre la carpeta y me enseña todo.

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Todo es esto:

El camping factura, en un año normal, ciento cuarenta y dos mil euros. De junio a septiembre entra el ochenta por ciento. En invierno hay veinte parcelas de residentes que dan mil ochocientos al mes en total.

Los gastos fijos son ciento nueve mil.

Quedan treinta y tres mil al año para un hombre que trabaja trescientos sesenta días.

Y luego está lo otro.

Lo otro es un préstamo de 2020, del año de la pandemia, cuando el camping estuvo cerrado siete meses: cincuenta mil euros a siete años.

Lo otro es que en 2023, para pagar unas cuotas, pidió un segundo préstamo con una financiera que le buscó la gestoría de Cartagena.

Lo otro es que esa financiera cobra un interés que yo, que he hecho un grado medio de Gestión Administrativa, reconozco a los seis segundos de verlo escrito.

—Papá, esto es un veintitrés por ciento.

—Sí.

—¿Tú firmaste esto?

—Sí.

—¿Lo leíste?

Y mi padre se queda callado mirando el papel.

—Me lo explicaron —dice.

•

Estamos una hora y media con la carpeta.

Yo hago dos columnas en la parte de atrás de un folio de reservas, como me enseñaron en el módulo, y ordeno los vencimientos por fecha, y sale una cosa clara y sencilla y horrible:

Con la temporada de este verano llega a marzo.

A partir de marzo no llega.

—¿Y qué vas a hacer? —digo.

—Hablar con el banco en octubre.

—El banco no te va a dar nada, papá. Mira el ratio.

—Pues entonces refinancio con estos.

—¡Con estos es con los que no puedes refinanciar!

Y doy un golpe en el mostrador que no quería dar, y mi padre da un respingo, y los dos nos quedamos quietos.

—Perdona —digo.

Él se frota la cara.

—Nerea, esto lo arreglo yo.

—No lo estás arreglando.

—Es mi camping.

—¡Es mi casa! —Y me sale la voz rota, y me odio—. Es mi casa, papá. Yo he crecido aquí. Yo he limpiado esos baños. Yo he cobrado esas parcelas dos años.

Mi padre me mira.

Y entonces dice la frase que le llevo esperando desde junio.

—Ya lo sé —dice—. Por eso no quiero que lo lleves tú también.

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Comemos tarde, a las seis, arroz con lo que hay.

Y en mitad de la comida, sin levantar la vista del plato, dice:

—¿Ese sitio donde trabajas es de Damián Puche?

Y a mí se me para el tenedor.

—Sí.

Mi padre asiente.

—¿Lo sabías? —digo.

—Lo sé desde junio.

—¿Y no me dijiste nada?

—¿Para qué? —dice—. Necesitabas el dinero.

Y sigue comiendo.

—Papá, ¿de qué conoces tú a Damián Puche?

Y mi padre deja el tenedor, se limpia con la servilleta de papel, y por primera vez en todo el verano me contesta una pregunta entera a la primera.

—De hace treinta años —dice—. Éramos amigos.