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La noche del quince de agosto es la noche grande del Salitre y la peor noche de mi vida hasta entonces.
Hay tres cientos y pico personas, un DJ que viene de Ibiza, cinco de seguridad en vez de uno y una lista de invitados que Fran lleva en una tablet.
Y hay barra libre para el personal a partir de las cinco de la mañana, que es una tradición del sitio y que es, objetivamente, la peor idea que ha tenido nadie nunca.
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A la una llega mi madre.
No me lo esperaba, y no sé por qué no me lo esperaba, porque es la noche grande y mi madre es de la casa. Pero la veo subir la pasarela con un vestido blanco largo y el pelo recogido y unos pendientes que brillan desde la barra, del brazo de un hombre.
Del hombre de la camisa azul celeste.
Esta noche lleva una chaqueta de lino. La cara ya se la conozco: la tuve a un metro el treinta y uno de julio, en el pasillo del despacho.
Sesenta y pocos, gafas, pelo blanco muy corto, una cara amable, de abuelo, de hombre que da caramelos a los niños en la puerta de la iglesia.
Una cara que no da ningún miedo. Y por eso da más.
Y el del pinganillo se aparta. Y Fran baja de la terraza a recibirlos, él en persona, con la tablet debajo del brazo. Y suben a la terraza de arriba.
Y mi madre, en el primer escalón de la escalera de madera, se gira un momento y mira hacia la barra.
Me ve.
Y hace una cosa pequeña con la mano, a la altura de la cadera, un saludo escondido, con los dedos, como se saluda a alguien en misa.
Y sube.
Y Keko, a mi lado, que está haciendo cuatro mojitos a la vez, dice sin mirarme:
—Esa es Marga. La de la casa. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo, Keko.
—Y el de al lado ya sabes quién es. El que paga la barra libre de esta noche. —Machaca la menta—. Todos los quince de agosto. Dicen que es su cumpleaños, pero yo creo que es porque le gusta que le den las gracias.
Y sigue con los mojitos.
Y miro la escalera de madera, el piso que no existe, donde mi madre acaba de subir del brazo del hombre que tiene una tarjeta de visita sujeta con un clip en la carpeta de mi padre.
Y a la una y media ya he roto una copa. Y a las dos menos cuarto, otra.
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Entre la una y las dos, el Salitre deja de ser un sitio y se convierte en una cosa.
Seiscientas personas, dicen luego. Seiscientas en un local que tiene aforo para cuatrocientas, con barra libre pagada por un señor de sesenta años que está arriba bebiendo agua con gas.
La barra no tiene tres filas: tiene una masa.
Una pared de brazos, de billetes que nadie necesita sacar, de gritos de bebidas que no se oyen, de gente subida al reposapiés para llegar antes.
Y nosotros cuatro detrás.
Es imposible. Eso es lo que hay que entender: es físicamente imposible.
Servimos a ojo, sin hielo porque el hielo se acabó a las doce y media, con vasos de plástico porque los de cristal se acabaron a la una, sin cobrar, sin preguntar, dos botellas en cada mano y la garganta destrozada de gritar «¡¿qué quieres?!» a un metro de distancia.
A la una y cuarto una chica vomita en la barra. En la barra, no debajo. Keko coge un cubo y lo echa por encima y seguimos.
A la una y media se cae una torre de vasos y el suelo detrás de la barra se convierte en una cosa con cristales que cruje cuando pisas.
A la una y cuarenta un tío de unos treinta me coge la muñeca.
Por encima de la barra, para que le atienda antes. Me agarra la muñeca izquierda con la mano, entera, y tira de mí hacia él, riéndose, y dice algo que no oigo, y tiene los ojos de alguien que lleva desde las once con barra libre.
Y me bloqueo. Dos segundos. Con el brazo estirado por encima de la barra y una botella en la otra mano.
Y aparece Saray.
No grita. Le pone la mano encima de la suya, en mi muñeca, y aprieta, y le dice algo al oído, dos frases, muy cerca, sin soltar. Y el tío me suelta y se ríe y levanta las manos como diciendo «era broma», y se va.
—¿Estás bien? —me dice Saray.
—Sí.
—Enséñame la muñeca.
Me la mira. Tiene cuatro marcas rojas que en dos horas van a ser moradas.
—Se lo digo a Fran al cierre —dice.
—Saray, no pasa…
—Se lo digo a Fran al cierre. —Ya se está girando hacia la masa—. Esto se dice siempre. Aunque no pase nada. Para que quede dicho.
Y vuelve a servir.
Y yo también. Y no me da tiempo ni a pensarlo hasta cuatro horas después, en el aparcamiento, cuando ya no queda nada que pensar.
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A las dos de la mañana aparece Hugo.
No viene por mí. Viene con su hermano Nando y con dos más, porque Nando conoce al DJ de algo, y entran por la lista, y yo levanto la vista de la caja y me lo encuentro a tres metros con una camisa que no le había visto nunca.
Y ahí empieza todo.
Porque yo llevo tres días durmiendo cuatro horas, llevo un mes y medio con la cabeza como una lavadora, llevo doce días sin hablar con mi madre, once sin hablar de verdad con mi padre y una semana sabiendo lo de Saray.
Y porque a las cinco de la mañana, cuando cerramos barra y empieza la barra libre del personal, me bebo tres copas en cuarenta minutos con el estómago vacío.
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Lo que pasa a las seis menos cuarto lo tengo en trozos.
Tengo el trozo de estar sentada en el escalón con Keko y Saray riendo mucho.
Tengo el trozo de Hugo delante de mí diciendo «te llevo a casa, que tu padre abre a las ocho».
Tengo el trozo de decirle que no.
Tengo el trozo de él insistiendo, con las manos en los bolsillos, mirando al suelo, con toda la paciencia del mundo.
Y tengo, con una claridad asquerosa, completo, palabra por palabra, el trozo en el que yo digo:
—¿Sabes qué pasa, Hugo? Que tú no estás aquí porque te preocupes por mí. Tú estás aquí porque llevas seis años esperando a que me pase algo malo para poder recogerme.
Y el trozo del silencio de después.
Y el trozo de Keko diciendo «eh, eh, eh».
Y el trozo de Saray, que no conoce a Hugo de nada, cogiéndome del brazo y diciendo «vámonos».
Y el último trozo, que es Hugo asintiendo despacio, dos veces, con la cara muy quieta, y diciendo:
—Vale.
Y nada más. Ni una palabra más. Se gira y se va por la pasarela con su hermano detrás.
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Me despierto a las dos y media de la tarde en casa de Saray, en un sofá, con una manta que no es mía y un vaso de agua en la mesa.
Saray está en la cocina.
—¿Cómo he llegado aquí?
—En mi coche.
—Saray…
—Ya —dice, sin girarse—. Bebe agua.
Me tomo el agua. Me duele la cabeza de una forma nueva.
—Le dije algo a Hugo.
—Le dijiste bastante.
—¿Lo oíste?
—Lo oyó media pasarela.
Y se gira, con dos cafés, y me da uno.
—Mira —dice—, yo no sé quién es ese chaval y no es asunto mío. Pero te voy a decir una cosa que a mí nadie me dijo a tiempo.
Se sienta enfrente.
—Cuando estás en un sitio en el que no puedes decir la verdad —dice—, la verdad sale igual. Sale por donde puede. Y sale siempre en la cara de quien no tiene la culpa.
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El piso de Saray es un segundo sin ascensor en Los Belones, con las persianas bajadas a media altura y un olor a suavizante y a café.
Mientras me tomo el agua, lo miro. No puedo evitarlo, es lo que hago.
El sofá donde he dormido, con una funda de ganchillo por encima.
Una tele grande encendida sin volumen, con un concurso.
Una mesa camera con un mantel de flores y un tarro lleno de pastillas de colores en una caja de plástico con los días de la semana.
Y en el pasillo, una puerta entornada, y detrás una respiración lenta, de alguien mayor que duerme la siesta.
—Mi madre —dice Saray, siguiendo mi mirada—. No hagas ruido, que ha pasado mala noche.
Y en la pared del salón, al lado de la puerta, sujeto con cuatro chinchetas, un papel.
Una carta. Amarilla ya, con las esquinas dobladas. Con el membrete de la Universidad de Alicante arriba, y un párrafo, y una firma.
Nos complace comunicarle que ha sido admitida en el Grado en Enfermería para el curso académico 2021-2022.
Y debajo, a boli, en un rincón, con letra redonda de chica de veintiuno: ¡¡¡SÍ!!!
Saray me ve mirarla. No dice nada. Termina los cafés, se sienta enfrente, me da uno.
—No la quito —dice, al rato—. Mi madre dice que la quite, que me hace daño. Y no la quito.
—¿Por qué?
Saray bebe café. Mira la carta desde el sofá.
—Porque es lo único de esa época que me recuerda que fui yo la que decidió quedarse —dice—. Que no me lo quitó nadie. Que lo tuve en la mano y lo dejé. —Deja la taza en la mesa—. Si la quito, al final me acabo creyendo que me lo quitaron. Y eso es peor.
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Le escribo a Hugo esa tarde.
Tres párrafos. Reescritos catorce veces. Sin excusas, sin «estaba borracha», sin «no era mi intención». Solo lo que hice y que fue horrible y que lo siento.
Sale entregado.
Sale leído a las nueve y veinte de la noche.
Y no contesta.
No contesta al día siguiente, ni al otro, ni al otro.
Y el jueves me entero por Keko de que se ha ido a Valencia diez días a casa de un amigo de la facultad.