La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 31
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El doce de agosto voy a buscar a Lucía a la peluquería a las ocho y media, cuando cierran, con dos granizados de limón en la mano.

Y Lucía sale con Vanesa Nicolás y con una chica que no conozco.

—¡Anda! —dice.

Y ese «¡anda!» me sienta como una bofetada, porque es el «¡anda!» que se le dice a una conocida.

—Te traigo un granizado.

—Ay, qué maja. —Lo coge—. Mira, esta es Bea, que ha entrado en el gimnasio con nosotras.

Nosotras.

—Encantada.

—Vamos a cenar al chino —dice Lucía—. ¿Te vienes?

Y me lo dice bien. Me lo dice de verdad, sin retintín, con la mano ya en mi brazo.

Y es muchísimo peor que si me lo dijera mal, porque significa que no hay ningún conflicto: yo simplemente no estaba, y la vida ha seguido teniendo cenas.

—No puedo, entro a las diez.

—¿Otra vez?

—Es agosto.

—Ya, ya. —Sorbe el granizado—. Gracias por esto, ¿eh?

•

Lo peor no es lo que me dice. Lo peor es que lo tiene contado.

Lucía no improvisa. Lucía barre los pelos del suelo con la escoba grande mientras habla, de espaldas, y va soltando fechas como quien lee una factura.

—El veintiocho de junio te escribí para lo de Calblanque.

Tardaste cuatro días. El cinco de julio fuimos sin ti.

El once quedamos para el faro y me dijiste que te había surgido una cosa.

El diecinueve fue lo de las salinas en bici.

El veintinueve fue mi cumpleaños y estuviste una hora y veinte y te fuiste con el móvil en la mano.

El nueve de agosto fue Fortuna. —Barre—. Y hoy es doce.

—Lucía…

—Catorce mensajes míos sin contestar, Nerea. Los he contado esta mañana. Catorce. Y cuatro audios.

—He trabajado todos los días.

—Ya sé que has trabajado. —Se gira, con la escoba en la mano—. Keko trabaja los mismos días que tú y el otro día me estuvo ayudando a montar el toldo de Chelo dos horas. Trabajar no es lo que te pasa.

Y eso me calla.

—Yo no te he pedido que no te enamores —dice—.

No te he pedido que no te vayas en un barco a las tres de la mañana.

Me parece bien. Me parecería divertidísimo si me lo contaras.

—Deja la escoba apoyada en la pared, y ahí se le rompe la voz por primera vez—.

Es que no me lo cuentas. Es que me entero de que estás con un tío del Salitre porque me lo dice Keko en la puerta del gimnasio. Yo. Que te conozco desde los ocho años.

—Es complicado.

—¡Pues cuéntamelo complicado! —Y ahí sí grita—. ¡Cuéntamelo mal! ¡Cuéntamelo a trozos! Yo no necesito entenderlo, Nerea, necesito estar. Estar. Es lo único que te he pedido en mi vida.

Y se sienta en el sillón de lavar cabezas, de golpe, con las manos en la cara.

Y sigo de pie en mitad de la peluquería, con los pelos de otra gente por el suelo, y no digo nada. Porque tiene razón. Porque todo lo que ha dicho es verdad y está fechado.

—Y encima —dice, con la voz de debajo de las manos—, encima te vas en septiembre.

Y ahí está. Debajo de las catorce fechas, debajo de Calblanque y de Fortuna y del faro, debajo de todo, estaba eso.

—Te vas en septiembre y yo me quedo aquí —dice—. Y este era el verano. Este. El último. Y me lo has dado entero a un tío que no me has presentado.

•

Hago el recuento en el autobús de las nueve, que es donde hago todos los recuentos de este verano.

Desde el veinticuatro de junio:

He cancelado a Lucía cinco veces.

He ido a una cena familiar suya cero veces, cuando el año pasado fui a cuatro.

No sé cómo se llama la chica nueva del gimnasio.

No sabía que Lucía iba al gimnasio.

Y hay una cosa más, que es la que de verdad me revienta por dentro cuando la pienso: el veintinueve de julio Lucía cumplió veintiuno, y yo le escribí a las once y media de la noche, desde la barra, un mensaje de audio de nueve segundos.

Nueve segundos.

En la vida había dejado de estar en un cumpleaños de Lucía Espín.

•

Escribo cuatro mensajes antes del que mando.

El primero es largo. Tres párrafos. Explico lo de las jornadas, lo de los cierres a las seis, lo de que duermo cuatro horas, lo de que julio ha sido una locura.

Lo leo entero y lo borro, porque me doy cuenta de que es un parte de trabajo, y de que lo que estoy haciendo es justificarme, y de que Lucía no me ha pedido una justificación en toda su vida.

El segundo es corto y tiene un emoji triste. Lo borro porque el emoji triste es una manera de pedir que te consuelen.

El tercero empieza por «tienes razón pero». Lo borro en el «pero».

El cuarto es un audio. Lo grabo entero, dos minutos y doce segundos, con la frente apoyada en el cristal del autobús y la voz baja para que no me oiga la señora del asiento de delante.

Y cuando lo escucho antes de mandarlo, me oigo la voz y no la reconozco.

Me oigo a mí misma poniendo la voz de la barra.

La de «claro que sí», la de «ahora mismo», la de los clientes difíciles.

Una voz simpática y suave que sirve para que las cosas no se pongan feas.

Y eso es lo que me da más miedo de todo este verano. Que me he aprendido a mí misma una voz para cuando quiero que algo no se ponga feo, y se me ha metido dentro, y ya me sale con mi mejor amiga en un autobús.

Borro el audio.

Y mando esto, que tarda once segundos en escribirse y que es lo único verdadero que soy capaz de decir a las nueve y cuarto de la noche de un doce de agosto:

«Tienes razón en todo. En todo, Lucía. No te voy a dar ninguna excusa. Dime cuándo y dónde y voy.»

Le escribo desde el autobús.

«Perdona por lo de tu cumple. Soy imbécil.»

Me contesta a los dos minutos.

«No pasa nada, tonta. Fue en agosto y tú estabas currando.»

Y luego, a los treinta segundos, otro:

«Pero fue en julio.»

Y luego, a los diez segundos, otro más:

«Perdona. Eso ha sido feo.»

Leo eso con el móvil en la mano, en un autobús lleno de gente con la toalla al hombro, y escribo y borro cuatro veces, y al final no mando nada, porque lo único que podría escribir con honestidad es:

Tienes razón, no me acuerdo de nada de lo tuyo desde junio, y la única razón es que llevo dos meses viviendo dentro de una cabeza que solo tiene sitio para un tema.

•

Antes del turno, en mi cuarto, abro el Instagram de Lucía.

No lo abro desde junio. Lo sé porque la aplicación me enseña primero las historias de gente que no conozco, de gente del Salitre, de clientes que me siguen desde que les serví un gin-tonic, y tengo que buscar a Lucía por su nombre.

lucia.espin.hair. Novecientos seguidores. Fotos de cortes de pelo de la peluquería, con antes y después. Y fotos suyas.

Y está todo el verano.

La barbacoa de la azotea de Chelo, la del catorce de junio, la única que hicimos juntas: salgo yo, de espaldas, riéndome con una salchicha en la mano. Después, nada mío. Y todo lo demás.

Una foto en la playa de Calblanque, del cinco de julio. Con las gemelas. Pone: Por fin 🏝️ (falta una).

Una foto en bici en la ruta de las salinas, del diecinueve de julio. Con Vanesa y con la chica del gimnasio. Pone: Tachando cosas de la lista ✅.

Una foto en el cumpleaños de la azotea, la del veintinueve, a las dos de la mañana, con todo el mundo bailando y las guirnaldas encendidas y Keko subido a una silla. Y en una esquina, borrosa, la silla vacía donde estuve una hora y veinte.

Una foto en los baños de Fortuna, del nueve de agosto. Tres días antes de hoy. Con la chica del gimnasio. En el agua caliente, con el vapor. Pone: Otra más ✅✅✅.

Y yo no sabía nada. Ni de Calblanque, ni de la ruta de las salinas, ni de Fortuna. No sabía que la lista se estaba tachando sin mí. Creía que la lista estaba esperando.

Y la (falta una) de Calblanque la leo cuatro veces.

La escribió el cinco de julio. El día de mi primera salida en barco. Con paréntesis. Como quien pone una silla libre en una mesa por si alguien llega tarde.

Y no llegué.

Cierro Instagram. Me pongo la camiseta negra del Salitre. Me recojo el pelo con las dos gomas. Y en el espejo del baño, antes de salir, veo a una chica a la que su mejor amiga le ha dejado una silla libre durante dos meses sin que ella se dé cuenta.

•

Voy andando al Salitre en vez de coger el coche con Keko, y hago los once kilómetros en autobús de línea con una parada cada dos minutos, porque necesito el rato.

Y en el rato pienso en una cosa que no había pensado nunca.

Que este verano yo no le he pedido nada a nadie.

A Lucía no le he pedido nada. Ni que me acompañe, ni que me escuche, ni que me guarde un sitio. A Hugo tampoco. A mi padre, menos. A Keko solo le dejé que me llevara a una prueba.

Y a Bruno le he pedido todavía menos: le he dicho que sí a todo y no le he pedido nada.

Y resulta que eso, que yo creía que era una virtud —que me lo han dicho toda la vida, «qué independiente es esta niña», «no molesta nunca», «es que no pide nada»—, es lo que me ha dejado sola en agosto.

Porque la gente no se queda al lado de quien no pide. La gente se queda al lado de quien le pide cosas. Eso es lo que nadie me explicó.

Lucía me ha pedido cosas todo el verano: Calblanque, el faro, el cumpleaños, catorce mensajes. Y cada vez que me pedía algo me estaba diciendo «sigues aquí».

Y yo no le he pedido ni una.

Y el autobús para en la parada del hotel, y suben dos señoras con toallas, y yo miro por la ventanilla las salinas pasando, blancas, con los flamencos a lo lejos de pie en el agua,

y me prometo una cosa con esa seriedad ridícula con la que se hacen las promesas a las siete y media de la tarde en un autobús de línea:

que a Lucía, a partir de ahora, le voy a pedir cosas.

•

Esa noche, en el turno, Elsa Roig se sienta en la barra a las dos de la mañana con una amiga.

No bebe. Pide agua con gas.

Y en un momento en que estoy sola en mi tramo de barra, me dice:

—Oye, Nerea.

—Dime.

—¿Tú cuántos años tienes?

—Veinte.

Elsa asiente. Remueve el agua con la pajita.

—Yo entré aquí con veintiuno —dice.

Y se queda un segundo con la boca medio abierta, como si fuera a decir algo más.

Vuelve su amiga del baño.

Y Elsa cierra la boca y sonríe y dice «gracias, guapa».

Vuelvo a la pila con dos vasos en la mano, pensando que este sitio está lleno de mujeres que casi me cuentan algo.