La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 30
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El diez de agosto libro y le escribo a Saray a las once de la mañana.

«Dijiste que un día que librara.»

Me contesta a las once y cuarto.

«Playa del Carmolí. 6 de la tarde. Trae tabaco que no me queda.»

•

A las cinco y media entro en un estanco por primera vez en mi vida.

El de la avenida, el del señor con bigote que lleva ahí desde antes de que yo naciera y que me ha visto pasar por delante de su escaparate diez mil veces camino del colegio, del instituto, de la playa. Y que al verme entrar deja el periódico encima del mostrador y me mira por encima de las gafas.

—¿Tú no eres la de Luis?

—Sí.

—¿Y desde cuándo fumas?

—No fumo. Es para una amiga.

El señor asiente despacio, con una cara de haber oído esa frase cuarenta mil veces en cuarenta años de estanco.

—¿Qué fuma tu amiga?

Y me doy cuenta de que no lo sé. Llevo dos meses viendo fumar a Saray en la puerta de atrás del Salitre, a las cuatro de la mañana, y no sé qué marca fuma.

Sé cómo tira la ceniza, cómo apaga la colilla en la suela y la guarda en el paquete para no ensuciar.

Sé que fuma con la mano izquierda aunque es diestra. Y no sé la marca.

—Unos rubios —digo—. Normales.

Y el señor me da un paquete de los que más se venden, y me cobra, y me dice «dale recuerdos a tu padre», y salgo del estanco con un paquete de tabaco en la mano, a las cinco y media de la tarde, sintiéndome ridícula, como si llevara un arma.

Y en el camino al Carmolí pienso que es la primera vez que voy a ver a alguien del Salitre fuera del Salitre. En dos meses. Que conozco a esta gente mejor que a nadie, que les he visto la cara a las cinco de la mañana cuando nadie se la ve, y que no sé qué fuman, ni dónde viven, ni con quién.

•

Saray Gil fuera del Salitre es otra persona.

Lleva un bañador negro de nadadora, el pelo suelto y unas gafas de sol de tres euros, y está sentada en una toalla con un libro del revés sobre la rodilla.

—No sabía que leías.

—Y yo no sabía que tenías piernas —dice—. Siéntate.

Le doy el tabaco. Se enciende uno.

—Bueno —dice—. Pregunta.

•

Y me lo cuenta.

Me lo cuenta mirando al agua, sin dramatismo, con frases cortas, y tarda unos doce minutos.

Saray entró en el Salitre en 2021, con veintiuno, para un verano, antes de empezar Enfermería en Alicante.

A las tres semanas Bruno le preguntó qué iba a estudiar.

A las cinco semanas había una terraza y dos cafés a las seis de la mañana.

En agosto hubo un barco.

En septiembre ella no se fue a Alicante.

—¿Por qué no te fuiste?

—Porque me ofrecieron encargada de barra en invierno —dice—. Mil seiscientos. Yo vivía con mi madre, que cobraba una pensión de setecientos.

—¿Y él te lo pidió?

Saray da una calada larga.

—Esa es la pregunta buena —dice—. No. Él no me pidió que me quedara. Él me dijo que había una plaza de encargada y que yo era la mejor candidata, que era verdad. Lo demás me lo monté yo en la cabeza.

—¿Y cuánto duró?

—Hasta el agosto siguiente.

—¿Qué pasó en agosto?

—Llegó un Mini blanco —dice Saray.

•

—Hubo una que firmó —dice, al rato.

Lo dice sin que yo le pregunte nada, con la vista en el agua, tirando la ceniza en la arena y tapándola con el pie.

—¿Qué?

—Hace dos años. Una chica de Torrevieja que estuvo un verano en sala. Veintitrés años. Se llamaba Noelia. —Da una calada—. Firmó lo de una sociedad de alquileres. Le dijeron lo mismo que te van a decir a ti si te lo piden: que es un trámite, que no tiene que hacer nada, que le ponían un porcentaje.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Todavía nada. Eso es lo que nadie entiende.

Que durante dos años no pasa nada. La chica se fue a Torrevieja, se puso a trabajar en un hotel, hizo su vida.

Y hace cuatro meses le llegó una carta de Hacienda con una deuda de dieciocho mil euros de una empresa de la que ella es administradora y de la que no ha visto un euro.

—¿Y qué ha hecho?

—¿Qué va a hacer? Ir a un abogado que le cobra por horas y explicarle que ella firmó un papel a los veintitrés porque se lo pidió un chico que le gustaba.

—Aplasta la colilla y se la guarda en el paquete—.

Y el abogado le dirá lo que le dicen a todas: que en el papel pone su nombre y su DNI, y que ella firmó, y que eso es lo único que existe.

Y se calla.

—¿Tú la conocías? —digo.

—Dormía en la litera de arriba en el piso que nos daban en julio —dice Saray—. Roncaba muchísimo.

•

Me quedo un rato mirando el agua.

Hay una familia con dos niños metidos hasta las rodillas y una señora andando por la orilla con el agua por los tobillos, y todo está tan tranquilo y hace tan bueno que parece mentira que estemos hablando de esto.

—¿Por qué sigues ahí? —digo.

—Porque se gana dinero y porque ya tengo veintiséis y ya no voy a estudiar Enfermería.

Lo dice sin autocompasión ninguna. Lo dice como quien dice el día de la semana.

—Y porque ese sitio no es malo, Baresa. Fran es buena gente. Keko es buena gente. Se curra mucho y se cobra bien. —Apaga el cigarro en la arena, lo recoge y lo mete en el paquete—. Lo único que tiene malo ese sitio es que está lleno de gente que no te miente.

—Eso no suena malo.

—¿No? —Se gira—. Todo el mundo ahí te dice la verdad, Nerea. Pequeñita. La justa. Y todos se quedan tan tranquilos porque no han mentido, y tú te vas a tu casa habiendo entendido exactamente lo contrario de lo que pasa.

•

A las siete nos metemos en el agua.

Saray nada. No se baña: nada. Con brazadas largas, de las que se aprenden en una piscina de verdad, con la cabeza metida en el agua verde y los pies batiendo, y en tres minutos está a cien metros de la orilla, donde el agua ya no se ve el fondo, y vuelve igual, sin prisa, sin cansarse.

—Nadé federada hasta los dieciséis —dice, saliendo, escurriéndose el pelo con las manos—. En Cartagena. Iba a los campeonatos regionales. Era buena.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Porque mi madre se puso mala y alguien tenía que llevarla a las sesiones. —Se tumba en la toalla—. Las de quimio. Tres veces por semana, a las cinco de la tarde, en el Santa Lucía. Y el entrenamiento era a las cinco de la tarde.

No digo nada.

—Se curó —dice—. Tranquila. Está bien. Se curó y luego se puso mala de otra cosa, de los huesos, y ahora cobra una pensión de setecientos euros y hace ganchillo y ve concursos.

—Se pone las gafas—. Por eso Elsa me pregunta por ella.

Porque Elsa se acuerda de las cosas. Es lo peor de Elsa, que es buena gente.

Y se ríe. Y yo me río también, sin saber muy bien de qué.

—¿Sabes lo que me dijo él —dice— cuando me ofreció lo de encargada? ¿En la terraza de arriba, a las seis de la mañana, con dos cafés?

—¿Qué?

—«Te lo mereces.» —Se encoge de hombros, tumbada, con los ojos cerrados detrás de las gafas—.

Solo eso. Te lo mereces. Y era verdad. Me lo merecía.

Era la mejor de la barra y sabía llevar tres cafés en una mano y sabía cuadrar la caja a la primera.

Me lo merecía entero. —Se queda callada un rato—.

Y fíjate qué cosa más rara, Baresa: que te digan una verdad en el momento justo es la mejor manera que hay de que no pienses en nada más.

•

A las ocho le suena el móvil y es su madre.

Saray lo coge, todavía con el bañador mojado, y cambia de voz. Es una cosa rarísima de oír: la voz de Saray sube tres tonos y se llena de una paciencia que no le he visto usar con nadie en toda la barra.

—Dime, mamá… No. Que no, que están en el cajón de arriba, al lado del azúcar… Las del blíster azul, mamá. El azul… Pues las tomas ahora y ya está, no pasa nada por media hora… Que no pasa nada. Que sí. Que llego a las diez.

Y cuelga. Y se queda un momento mirando el móvil.

—Perdona —dice.

—No tienes que pedir perdón.

—Ya.

Y vuelve a mirar el agua, con la toalla por los hombros, y no dice nada más durante un rato largo.

Y yo pienso en una chica de veintiuno que hace cinco años tenía una carta de admisión en Enfermería colgada con cuatro chinchetas, y que ahora, a las ocho de la tarde de un lunes de agosto en una playa sin nadie, le explica a su madre por teléfono dónde está el blíster azul.

•

Volvemos en su coche, un Ibiza viejo con un ambientador de pino y el asiento del copiloto lleno de arena.

Y en el camino, por la carretera de la base, con el sol ya bajo, Saray dice una cosa más.

—Una pregunta —dice—. Y no me contestes si no quieres.

—Dime.

—¿Tú qué quieres estudiar?

Y me pilla completamente desprevenida, porque llevamos toda la tarde hablando de sociedades, de sobres, de Noelia, de su madre.

—Comunicación Audiovisual.

—¿Y eso qué es? ¿Cámaras?

—Cámaras, guion, montaje. Hacer cosas y contarlas.

Saray asiente, con las dos manos en el volante.

—Está bien eso —dice—. Contar cosas.

Y luego, en el cruce de la entrada de Los Alcázares, con el intermitente puesto:

—Yo, si hubiera hecho Enfermería, ahora estaría en un hospital a turnos, ganando menos que en la barra y limpiándole el culo a señores de ochenta años. —Gira—. Y me habría encantado. Eso es lo que nadie entiende cuando se lo cuento.

Y para delante del camping, y no apaga el motor, y me mira.

—Tú vete a Murcia en septiembre, Baresa —dice—. Aunque el sitio ese te ofrezca lo que te ofrezca en agosto. Aunque te den la encargaduría. Vete.

•

Antes de irme le hago la última pregunta.

—Saray, ¿a ti Bruno te pidió alguna vez que llevaras un sobre a Cartagena?

Y Saray, que lleva doce minutos contándome la peor historia de su vida sin que se le mueva un músculo, se quita las gafas de sol.

—¿Te ha pedido que firmes algo? —dice.

—No.

—Nerea.

—No. Te lo juro. Solo llevar un sobre.

Saray se queda mirándome unos segundos.

—Vale —dice—. Escucha bien esto. Lleva sobres, si quieres. Lleva los sobres que te dé la gana, que un sobre no es nada, y si alguien pregunta tú eres una cría que llevó un sobre.

—Pero.

—Pero no firmes.

Se vuelve a poner las gafas.

—No firmes nada —dice—. Ni un papel del banco, ni un alta de autónomos, ni un contrato de alquiler, ni una cuenta, ni aunque te digan que es un mes, ni aunque te lo pida él llorando. Nada que lleve tu nombre y tu DNI.

—¿Por qué?

—Porque en este sitio —dice, tumbándose otra vez en la toalla— el dinero siempre acaba en el nombre de alguien que no tiene nada que perder.