La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 29
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Hablamos el siete, en su coche, en el aparcamiento de una gasolinera cerrada de la carretera de Playa Honda, porque hasta para discutir tenemos que buscar un sitio donde no nos vea nadie.

Y él lo hace bien.

Quiero dejar esto muy claro, porque es lo que me da más rabia de todo: Bruno Solanas no me cuenta ni una sola mentira esa noche.

—Estuve con Elsa cuatro años —dice—. Lo dejamos en enero. Ella viene todos los agostos porque su familia tiene un apartamento en Cabo de Palos desde que ella tenía seis años y porque el Salitre es donde está todo el mundo.

—¿Estás con ella?

—No.

—¿Te has acostado con ella este verano?

—No.

—Mírame.

—Te estoy mirando —dice, y me está mirando—. No.

Y yo le creo. Y no me equivoco al creerle: a día de hoy sigo pensando que era verdad.

—¿Y por qué no me lo habías contado?

Y aquí está el truco. Aquí está el mecanismo entero de este hombre, en una sola frase.

—Porque no me lo has preguntado —dice.

•

—Yo no te he metido en nada —dice.

Es lo primero que dice cuando le cuento lo del despacho, lo de mi madre, lo de la camisa azul celeste. No «lo siento». No «¿estás bien?». Eso.

—Bruno, yo llevé un sobre a una gestoría.

—Llevaste un sobre. Un sobre con papeles de una empresa que existe, que paga sus impuestos, que tiene cuarenta empleados en verano.

—Tiene las dos manos en el volante, aunque el coche está parado y con el motor apagado—.

No es un delito llevar un sobre, Nerea. No es un delito trabajar en un sitio.

No es un delito que tu madre cene con quien le dé la gana.

—No he dicho que sea un delito.

—¿Entonces qué me estás diciendo?

Me atasco. Porque tiene razón en cada frase por separado. Cada una de sus frases, sola, es verdad. Y todas juntas dicen una mentira, y yo no sé todavía explicar cómo se hace eso.

—Te estoy diciendo que llevo tres meses aquí y que no sé dónde estoy —digo—. Eso es lo que te estoy diciendo.

Bruno suelta el aire por la nariz. Se pasa la mano por la cara.

—Estás en un chiringuito de La Manga —dice—. Estás en un sitio donde hay gente con mucho dinero que se gasta seiscientos euros en una noche, y gente como tú y como yo sirviéndoselos. Así es esto. No hay nada más debajo. Esto no es una película.

—¿Y el Proyecto Salinas?

—Un cartel en una gestoría.

—¿Y que mi madre tenga sociedades a su nombre?

—Eso no lo sabes.

—Lo sé desde hace cuatro días. Me lo dijo ella.

Se calla.

Y en ese silencio, en el coche, en la gasolinera cerrada, con los grillos fuera y el salpicadero apagado, pasa una cosa muy pequeña que veo perfectamente y que no sé interpretar hasta septiembre: Bruno Solanas mira el retrovisor.

El retrovisor. En un aparcamiento vacío, de noche, con el coche apagado y sin nadie detrás en dos kilómetros.

Mira el retrovisor.

•

Hay un silencio largo.

Y en ese silencio yo hago el recuento, y el recuento es demoledor:

No me mintió con Elsa: no se lo pregunté.

No me mintió con mi madre: no se lo pregunté.

No me mintió con Damián Puche: le pregunté «qué señor» y me dijo «un señor», y yo no insistí.

No me mintió con el sobre de Cartagena: me dijo que eran papeles para una gestoría y eran papeles para una gestoría.

Este hombre lleva mes y medio contestándome exactamente lo que le pregunto.

Y yo llevo mes y medio preguntando poco a propósito.

—Nerea —dice, y me coge la mano por encima de la palanca de cambios—. Yo no te he prometido nada.

—Ya lo sé.

—Y no porque no quiera. Es que no puedo. —Aprieta—. Tú te vas a Murcia en cinco semanas. ¿Qué quieres que te prometa? ¿Que voy a subir los domingos?

Y eso también es razonable.

Y esa es la palabra que define este verano entero: razonable.

•

Así que pregunto.

Por primera vez en todo el verano, en un coche parado en una gasolinera cerrada, pregunto. Todo lo que no he preguntado en mes y medio. Una cosa detrás de otra, sin dejarle tiempo, como se hacen las comandas en la barra un sábado a las dos: sin «por favor», sin rodeos.

—¿Qué es Mare Levante?

Bruno me mira. No se sorprende. Se sorprende muy poco, este hombre.

—La sociedad del Salitre —dice—. Y de otras cosas. Hostelería, sobre todo. Un par de restaurantes en Cartagena, uno en Mazarrón.

—¿De quién es?

—De Damián. Mayoritariamente. Yo tengo un siete por ciento.

—Siete.

—Siete.

—¿Y por qué te llegan las cartas a tu casa?

Una pausa. Pequeña.

—Porque alguien tiene que recibir el correo del día a día y Damián no quiere cartas en su casa. Es la dirección que di para las notificaciones. Nada más.

—¿Qué es el Proyecto Salinas?

Y esa sí. Esa pausa es más larga. No mucho. Un segundo más de lo que tarda en contestar a lo demás. Pero la veo, porque llevo mes y medio mirando caras en una barra y porque una vez, en una cafetería de San Javier, vi a mi madre tardar eso mismo.

—Es un proyecto de Damián —dice—. En papel. Damián tiene veinte proyectos en papel. Casas en Los Urrutias, un golf en San Pedro, un hotel en Cabo de Palos que lleva cinco años parado. La mitad no salen nunca.

—¿Incluye el camping de mi padre?

Y me mira. Con la mano todavía en la palanca de cambios. Con la cara que pone en la barra cuando alguien le pregunta algo que no esperaba.

—No lo sé —dice.

—Bruno.

—No lo sé, Nerea. De verdad. —Se pasa la mano por el pelo—. Yo tengo un siete por ciento de unos chiringuitos. No tengo nada que ver con los papeles de urbanismo de Damián. No me los enseña. No me los cuenta. Yo le llevo un sobre a una gestoría cuando me lo pide y ya está.

—Y yo te llevo el sobre a ti.

Y eso le hace gracia. Se ríe un poco, por la nariz, y me aprieta la mano.

—Y tú me llevas el sobre a mí —dice—. Y ya está. Así es como funciona esto. Todo el mundo lleva un sobre a alguien.

Y es verdad. Estoy segura de que es verdad. Estoy segura de que no sabe si el camping de mi padre está dentro de un dibujo con palmeras en una sala de espera de Cartagena. Porque es un hombre que no pregunta lo que no le conviene saber.

Igual que yo.

Y eso es lo que me asusta de verdad. No que me mienta. Que se parezca a mí.

•

Y en algún momento de todo eso me coge la mano.

Encima de la palanca de cambios, con los dedos entre los míos, sin apretar, como se apoya una cosa en otra. Y sigue hablando. Y yo dejo la mano ahí.

Y esa es la parte que me cuesta más contar de este verano, más que lo del barco y más que lo del sobre: que mientras me está diciendo las frases que son verdad por separado y mentira juntas, yo tengo su mano encima de la mía en una gasolinera cerrada a las cuatro de la mañana, y no la quito.

Hace calor en el coche. Huele a su colonia de madera y al ambientador del retrovisor. Por la ventanilla abierta entran los grillos y un ruido lejano de camión en la autovía.

Y estoy, a la vez y con la misma intensidad, más asustada que en todo el verano y en el único sitio del mundo donde quiero estar.

Las dos cosas. A la vez.

Y a los veinte años nadie te ha explicado que eso puede pasar.

•

Me lleva a casa a las cinco menos cuarto y en los once kilómetros no decimos nada.

La radio puesta muy baja, una emisora de Cartagena con canciones de hace veinte años. El Mar Menor a la derecha, negro. Los dos con la ventanilla medio bajada porque el aire acondicionado de ese coche nunca ha funcionado bien.

Y en la barrera del camping, cuando para, no apaga el motor.

Eso es lo que me queda de esa noche. Que otras veces apagaba el motor.

—Nerea —dice.

—Dime.

Y se queda un momento con las manos en el volante, mirando la barrera de rayas rojas y blancas y el cartel al que le falta una letra.

—Nada —dice—. Duerme.

Y me bajo. Y cierro la puerta. Y el coche da la vuelta en la explanada y se va por la carretera hacia La Manga, y veo las luces traseras hacerse pequeñas.

Y me quedo en la puerta del camping a las cinco menos cuarto de la mañana pensando en que un hombre que te lleva a casa y no apaga el motor te está diciendo algo, y que no hace falta saber leer caras para entenderlo.

•

Aquí es donde tenía que haberme bajado del coche.

Y lo sé. Lo supe entonces. Tengo veinte años, no soy tonta, y hay una parte de mí que está en el asiento del copiloto viéndolo todo con una claridad de cirujano.

Esa parte me está diciendo: ese hombre acaba de decirte que puedes irte cuando quieras. Vete.

Pero hay otra cosa.

Y la otra cosa es que en cinco semanas me voy a Murcia, a una ciudad donde no conozco a nadie, a un piso que aún no sé cuál es.

Que mi mejor amiga ya no me llama. Que mi mejor amigo no me habla.

Que mi madre trabaja para el hombre que quiere comprar el camping de mi padre.

Que mi padre y yo llevamos un mes cenando en silencio.

Y que este hombre, este que huele a sal y que hace tomate con anchoas, es lo único que tengo ahora mismo que no me está haciendo daño.

Eso pienso. Con esas palabras.

Lo único que no me está haciendo daño.

•

No me bajo del coche.

Me quedo.

Y hay algo distinto en quedarse sabiendo: hasta esa noche yo era una chica a la que le estaba pasando algo. Desde esa noche soy una mujer que ha decidido algo.

Eso me lo tengo que comer yo entero, y me lo he comido entero, y no pienso repartirlo.

—Ven aquí —dice él.

Y voy.