La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 28
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Elsa Roig llega el cinco de agosto en un Mini blanco descapotable con matrícula de Valencia.

Lo sé porque estoy colocando la terraza de arriba a las seis de la tarde cuando aparca en la zona de carga, donde no se puede aparcar, y el del pinganillo sale corriendo a decirle algo y acaba subiéndole la maleta.

Tiene veintisiete años. Lo sé después.

En ese momento solo sé tres cosas: que es guapísima, que lleva un vestido de croché que cuesta lo que yo gano en una semana y que camina por esa pasarela como quien vuelve a su casa.

•

—¿Quién es? —le pregunto a Keko.

Y Keko, por primera vez en su vida, no contesta enseguida.

—Es Elsa —dice.

—¿Elsa qué?

—Elsa, la de Bruno.

Y lo dice así, con esa naturalidad brutal que tiene la gente cuando te está dando la peor noticia del año sin saberlo, mientras corta limas.

—¿La de Bruno?

—Sí, bueno. —Corta. Corta—. Lo dejaron. Y luego no lo dejaron. Y luego otra vez. Llevan así desde 2022.

—¿Viene todos los veranos?

—Viene en agosto.

Corta.

—Todos los agostos —dice.

•

Y aquí viene la parte que me habría gustado contar de otra manera.

Porque en las películas, en este momento, la otra mujer es mala. Te mira por encima del hombro, te dice algo con dos sentidos, te marca el territorio.

Elsa Roig, a las once y veinte de la noche, se acoda en la barra y me dice:

—Perdona, ¿cómo te llamas?

—Nerea.

—Nerea, un gin-tonic con poca tónica, que aquí siempre se pasan. —Y me sonríe, una sonrisa de verdad, abierta—. Y perdona por la maleta de antes, que había hecho cuatro horas de coche y estaba muerta.

Es simpática.

Es simpática y le da las gracias al del pinganillo por su nombre y le pregunta a Saray por su madre, que estuvo mala en invierno, y le deja veinte euros de propina a Keko y le dice «para el bote».

Y yo le pongo el gin-tonic con tres dedos de tónica, exactamente como me enseñó él, y se lo doy con una sonrisa profesional, y le digo que son catorce euros.

Y ella dice «gracias, guapa».

Y yo me giro a la pila y miro el desagüe durante cuatro segundos.

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A las doce, Elsa baja al baño.

El baño de clientes está al fondo, detrás de la barra, y para llegar hay que pasar por el extremo izquierdo, junto a la máquina de hielo, que es donde estoy yo. Y al volver se para. Se apoya en la barra con un codo, relajada, como si estuviera en la cocina de su casa, y me pide un agua.

—Hace un calor que no se puede —dice—. En Valencia también, pero es otro calor. Allí es húmedo, te pega la ropa. Aquí te quema.

—¿Eres de Valencia?

—De Ruzafa. —Bebe—. Bueno, de cuando Ruzafa era un barrio y no un sitio donde se hacen fotos a los brunch. ¿Tú eres de aquí?

—De Los Alcázares.

—¡Qué suerte! Vivir todo el año aquí. —Mira hacia el mar, que a esa hora es un negro con luces de barcos—. Bruno siempre dice que el Mar Menor es lo único que le ha dado paz en la vida. Desde lo de su padre.

Y me mira. Una mirada normal. Sin intención ninguna. La mirada de alguien que habla de su novio con la camarera porque es simpática y porque se aburre en la terraza de arriba.

—¿Sabes lo de su padre? —dice.

—Algo.

—El restaurante. En Ruzafa. Yo iba de pequeña con mis padres, los domingos. Cuarenta cubiertos y un arroz al horno que no he vuelto a comer igual en mi vida. —Sonríe, con pena—. Estaba allí cuando lo cerraron. Ayudé a Bruno a vaciarlo. Tres días metiendo platos en cajas, él sin decir una palabra.

Y yo pongo la cara del mostrador. La de «qué bien, qué interesante». Y por dentro, debajo, en el estómago, se me cae algo muy pesado y hace mucho ruido.

Porque yo sé lo del restaurante. Me lo contó él, en la mesa de cristal de su ático, con un huevo frito y unas anchoas colocadas una a una. Y me pareció una confidencia. Me pareció que me estaba dando algo que no le daba a nadie. Mi padre era de los que no cuentan las cosas.

Y ella estaba allí. Metiendo los platos en cajas. Tres días.

—Bueno —dice Elsa, y deja el vaso—. Me vuelvo arriba antes de que me echen de menos. Gracias por el agua, Nerea.

Se acuerda de mi nombre. Me lo ha preguntado una sola vez, hace dos horas, y se acuerda.

Y sube la escalera de madera, la del piso que no existe, con el vestido de croché y las sandalias en la mano, porque arriba el suelo es de madera y se está mejor descalza.

•

Antes de subir, Elsa me pregunta por una playa.

—Oye, una cosa. Mañana quiero ir a algún sitio tranquilo, del lado del Mar Menor. Sin chiringuitos ni gente. ¿Tú dónde irías?

Y yo le digo lo del Carmolí.

Se lo digo entero, además, como a una turista simpática: que hay que meterse por un camino de tierra a la altura de la base aérea, que no hay bar ni sombra ni nada, que el agua está caliente como una sopa y que a mediodía no hay un alma.

—Perfecto —dice ella—. Eso es lo que busco.

Y se va con sus sandalias en la mano.

Y sigo detrás de la barra habiéndole regalado a la novia de Bruno Solanas el único sitio de esta costa que es mío, y sin darme cuenta todavía de lo que acabo de hacer.

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A la una menos veinte los veo desde abajo.

Están en la terraza, en la esquina de la barandilla. No se están besando ni nada parecido. Él está hablando y ella escucha con los brazos cruzados, y en un momento dado ella se ríe y le da un golpe en el hombro con el dorso de la mano.

Ese gesto.

Ese gesto de confianza vieja, de años, de saber exactamente dónde golpear a alguien y con cuánta fuerza.

Eso es lo que no tengo.

Eso es lo que tardo cuatro años en tener con alguien.

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A las dos, en el bajón, Keko se pone a mi lado en la pila.

No dice nada. Friega. Pasa los vasos del agua con jabón al agua limpia, uno a uno, al ritmo de la música, y yo los seco. Dos camareros fregando en silencio a las dos de la mañana, que es la cosa más normal del mundo.

Y a los diez minutos, sin mirarme, dice:

—¿Sabes lo del perro de mi tío?

—¿Qué?

—El perro de mi tío Pedro. El de Balsicas. Uno que se llama Rufo.

—No, Keko. No sé lo del perro de tu tío.

—Pues escucha. —Y me pasa un vaso—. El Rufo, el año pasado, se comió una zapatilla entera. Entera, Baresa. Con los cordones. Y mi tío lo llevó al veterinario y el veterinario le dijo que había que esperar. Y esperaron. Tres días. Y al tercer día…

Y me cuenta la historia más asquerosa y más absurda que he oído en mi vida, con todos los detalles, con la voz de su tío y la voz del veterinario y la voz de su tía gritando desde la cocina, y a la mitad yo ya estoy riéndome con las manos metidas en la pila y la cabeza apoyada en el borde,

llorando de risa, sin poder respirar.

Y cuando termina la historia, Keko me pasa el último vaso, se seca las manos en el delantal, y dice:

—Ya está.

Y se va a la otra punta de la barra a atender a unos de Madrid.

Y me doy cuenta, con la cara todavía mojada de reírme, de que Keko ha visto lo mismo que yo desde abajo. La terraza. La barandilla. El golpe en el hombro. Y de que no me ha dicho ni una palabra de eso. Me ha contado lo del perro de su tío.

Y que eso, a las dos de la mañana, en el bajón, es lo más cerca de un abrazo que se puede estar detrás de una barra.

•

A las cinco menos cuarto se van.

Los veo bajar la pasarela desde la barra, mientras Keko sube las sillas a las mesas y yo friego la última tanda. Ella delante, con las sandalias en la mano y el vestido de croché, andando descalza por la madera. Él detrás, con las llaves del coche en el dedo.

Y en mitad de la pasarela, ella se para y se gira, y le dice algo, y él le pone la mano en la espalda, en la espalda baja, y siguen andando.

En la espalda baja. El mismo sitio exacto donde me rozó a mí el veinticinco de junio, a las cuatro y media de la mañana, pasando por detrás de la barra.

No es lo mismo. Eso me lo digo mientras friego. No es lo mismo un roce que una mano puesta. No es lo mismo un segundo que cincuenta metros de pasarela.

Y es peor. Es peor porque lo de ella es tranquilo. Lo de ella no es un roce de contrabando en una barra a oscuras: es una mano puesta a las cinco menos cuarto de la mañana, andando, delante del del pinganillo, delante de Keko, delante de mí.

Y el del pinganillo les dice «hasta luego» como se lo dice a los clientes de siempre.

—Baresa. —Keko, desde la otra punta, con una silla en la mano—. Deja de mirar la pasarela y friega.

Y friego.

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A las tres y media me escribe.

«No es lo que parece. Mañana hablamos, por favor.»

Y yo, detrás de la barra, con el móvil en la balda de debajo de la caja —porque nunca me lo llevé a la taquilla, claro, porque nunca hago caso—, leo esa frase y tengo un pensamiento de una lucidez absoluta y que dura exactamente lo que tarda Keko en pedirme dos tubos:

Si hubiera sido «no es lo que parece», no lo habría escrito.

Lo habría dicho.

Lo habría dicho ahí arriba, delante de ella, a las once y veinte de la noche, cuando me presentó su novia sin presentarme.