27
—A ver —dice Keko—. A ver, a ver, a ver.
Estamos en el aparcamiento del Salitre, a las seis y cuarto de la mañana del tres de agosto, con él sentado en la moto y yo de pie delante.
Acabo de contárselo. Todo. Lo de mi madre, lo de Puche, lo del despacho.
No le cuento lo de Bruno.
Keko se quita el casco. Se rasca la cabeza.
—Pero eso ya se sabía —dice.
Y yo noto una cosa fría en la nuca.
—¿Cómo que ya se sabía?
—Que… o sea. —Se le pone cara de estar metiendo la pata y no saber por dónde—. Que la gente sabe que esa señora es tu madre, Nerea.
—¿Qué gente?
—La gente. Fran. Saray. Los de la cocina. Es que os parecéis, tía. Se ve a la legua.
—¿Desde cuándo?
—Y yo qué sé. ¿Desde julio? La primera vez que vino alguien dijo «anda, si es la madre de la nueva».
—¿Y nadie me ha dicho nada en un mes?
Keko me mira con una cara de absoluta sinceridad y me da la respuesta más honesta que voy a recibir en todo el verano.
—¿Y quién te va a decir eso? —dice—. Aquí nadie le cuenta a nadie nada de su familia. Bastante tiene cada uno.
•
Me lleva a casa en la moto y a mitad de camino para en el arcén, a la altura del desvío del Carmolí, sin avisar.
—Cinco minutos —dice—. Que si llego a mi casa a las siete mi madre me hace desayunar.
Nos sentamos en el guardarraíl con los cascos en el suelo. Está saliendo el sol por el lado bueno y el agua del Mar Menor está rosa, y ninguno de los dos dice nada durante un minuto entero, que en Keko es un récord.
—Oye —digo—. Gracias por lo del trabajo. En serio. Nunca te lo he dicho bien.
—Bah.
—Que no, que en serio.
Keko se encoge de hombros y mira el agua.
—Es que tú te vas —dice.
—¿Qué?
—Que tú te vas en septiembre. —Se rasca la nuca—. Por eso te metí. O sea, también porque somos del instituto y eso, pero… yo qué sé. Me hizo ilusión que alguien de aquí se vaya con pasta ahorrada en vez de irse con lo puesto.
Y se queda callado.
Y yo, por primera vez en cuatro años, le hago una pregunta a Kevin Mondéjar sobre Kevin Mondéjar.
—Keko, ¿tú qué querías estudiar?
•
Quería hacer un grado superior de Imagen y Sonido en Murcia.
Eso me lo dice mirando al agua, en tono de anécdota, riéndose un poco de sí mismo, que es como dice Keko todo lo que le importa.
Lo pidió con dieciocho años. Entró. Y en septiembre de ese año su padre se quedó sin el camión, y había que pagar el piso, y él era el mayor de tres.
—Y ya está —dice—. Empecé a currar en el Mesón ese de la Ronda, y luego en el chino del polígono, y luego aquí. Y llevo cuatro veranos en el Salitre y dos inviernos en una nave de melón en Torre Pacheco.
—No lo sabía.
—Es que no lo sabe nadie, Baresa.
Y lo dice sin ninguna pena, que es lo que hace que me siente fatal.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo veintidós y me lo puedo pagar yo —dice—. Lo que pasa es que ahora en casa entran mil doscientos míos todos los meses, y si yo me voy a Murcia, en casa entran cero.
Se levanta. Recoge el casco.
—Total, que na —dice, otra vez con la voz de siempre—. Que igual el año que viene. ¿Vamos?
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Y yo, esa mañana, en la moto, agarrada a la cazadora de un chaval al que conozco desde los once años, hago una cuenta muy fea.
Llevo siete semanas trabajando codo con codo con él.
Hemos cerrado juntos cuarenta y tantas noches. Me ha llevado a casa treinta veces. Me ha cubierto dos broncas, me ha tapado un turno y me consiguió el trabajo con el que me pago la carrera.
Y en siete semanas no le he preguntado ni una sola vez qué quería hacer con su vida.
Ni una.
Porque este verano yo solo he tenido sitio en la cabeza para un tema, y ese tema no era ninguno de los que se sientan conmigo en el escalón de la pasarela a las seis de la mañana.
Y porque, si soy del todo honesta —y a estas alturas ya me da igual quedar mal—, hay una parte de mí que hasta esta mañana tenía a Keko clasificado. El gracioso. El que consigue las motos de agua. El que grita.
Y resulta que el gracioso lleva cuatro años pagando el piso de su madre.
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Así que esto es lo que hay:
Durante un mes entero, yo he estado detrás de una barra siendo «la hija de Marga».
Saray lo sabía cuando me dijo lo del móvil.
Fran lo sabía cuando me dijo lo de hacer dos meses de barra.
Bruno lo sabía desde la segunda semana.
Y yo iba por ahí creyendo que era una chica de Los Alcázares que había entrado por su cuenta a un sitio que no la conocía.
Esa era mi historia. Esa era literalmente la única cosa de la que estaba orgullosa este verano.
—Oye —dice Keko, arrancando la moto—. ¿Estás bien?
—Sí.
—Es que tienes una cara rarísima.
—Estoy bien, Keko.
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Esa tarde, antes del turno, me voy al embarcadero con la libreta y no escribo nada.
Me siento al final, con los pies colgando, como siempre. Saco la libreta del Mercadona y el boli. Y me quedo así una hora, con la libreta abierta en la primera página en blanco y el agua verde debajo, sin escribir una sola palabra.
Porque no sé por dónde se empieza una lista así.
Desde aquí se ve la recepción. La puerta abierta, la luz encendida aunque es de día porque mi padre no la apaga nunca, y a él dentro, de pie detrás del mostrador, con el teléfono entre el hombro y la oreja,
apuntando algo en el libro de registro con un boli que no pinta y que sacude cada tres palabras.
Y a las siete sale a la explanada con la manguera y riega el tamarindo. El suyo. El que plantó con veintidós años el verano que conoció a mi madre.
Y lo riega despacio, moviendo la manguera en círculos alrededor del tronco, como se riega una cosa que va a estar ahí más tiempo que tú.
Y yo estoy a cincuenta metros, sentada en un embarcadero, con una libreta en blanco, sabiendo que hay una sociedad que se llama Mare Levante, y un dibujo con palmeras que se llama Proyecto Salinas,
y un hombre de camisa azul celeste que le habla al oído a mi madre y que tiene una tarjeta de visita sujeta con un clip a la carpeta azul de ese hombre que está regando un árbol.
Y no bajo. Y no se lo digo.
Y me invento razones durante una hora entera, sentada ahí, y todas son buenas: que no tengo nada seguro, que solo son suposiciones, que le voy a amargar el verano por una intuición, que ya se lo diré cuando sepa más.
Y debajo de todas esas razones hay una sola verdad, y me cuesta un mes entero mirarla de frente: que si se lo cuento a mi padre, tengo que contárselo todo. Y contárselo todo es contarle dónde he estado durmiendo desde junio.
Así que cierro la libreta en blanco, y me voy a trabajar, y el agua se queda como estaba.
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Y en la moto, antes de arrancar otra vez, Keko me dice la única cosa que me dice en todo el verano sobre Bruno.
—Baresa.
—Dime.
—¿Tú sabes por qué te dije en junio que en ese sitio no preguntaras?
—Porque hablan mucho.
—No. —Se baja la visera y se la vuelve a subir, que es lo que hace cuando no sabe cómo decir algo—. Porque el primer verano yo pregunté.
—¿Qué preguntaste?
—Que de quién era el sitio. Así, sin más. En la barra, un día de agosto, a una compañera. «¿De quién es esto?» —Se encoge de hombros—. Y a la semana siguiente me cambiaron de turno y me pusieron dos meses de mañanas, a montar hamacas y limpiar la piscina, a treinta y ocho grados, solo.
—¿Por preguntar eso?
—Yo qué sé, Baresa. A lo mejor fue casualidad. —Arranca la moto—. Pero desde entonces no pregunto. Y desde entonces me llaman todos los veranos.
Y eso es todo.
Y yo me subo detrás, y me agarro a su cazadora, y hacemos los cuatro kilómetros que quedan hasta el camping con el ruido del motor y la carretera vacía, y no volvemos a hablar de eso nunca.
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Esa noche, en el turno, me pasa una cosa que no me había pasado nunca: miro a la gente de la barra y me pregunto qué sabe cada uno.
Fran, que me puso los cien euros en la mano. ¿Me dio la salida del barco porque Saray tenía boda o me la dio porque soy la hija de Marga?
Saray, que me avisó de lo del móvil. ¿Me avisó a mí o avisó a la hija de Marga?
Y Bruno.
Bruno, que me miró tres segundos por encima de una barra el quince de junio y me preguntó cómo me llamaba.
¿Cuándo lo supo, exactamente?
¿Lo supo antes de la terraza de las seis de la mañana?
¿Lo supo antes de mandarme el mensaje del amarre catorce?
Dice que lo supo en la segunda semana.
La segunda semana es la del veintidós de junio.
San Juan es el veintitrés.
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A las cuatro de la mañana rompo dos copas seguidas.
La segunda me hace un corte pequeño en la base del pulgar, en el mismo sitio de la otra vez, y me quedo mirándome la sangre en la pila con una calma absoluta.
Saray me aparta de un empujón suave y abre el grifo.
—Deja eso.
—Puedo seguir.
—Que dejes eso, Baresa.
Y me sujeta la mano debajo del agua fría, sin decirme nada más, durante como un minuto entero. Tiene los dedos fuertes y las uñas cortadas al ras.
Y yo, con la mano de una mujer a la que le caigo regular sujetándome la muñeca bajo el grifo de un chiringuito, me pongo a llorar.
No mucho. Tres lágrimas, de rabia, con la cara torcida para que no se vea.
Saray no me pregunta nada.
Saray cierra el grifo, me pone una tirita de la caja de debajo de la caja registradora y me dice, mirando hacia la sala:
—El día que quieras saber algo de verdad de este sitio, me lo pides a mí. Pero un día que libres. Aquí dentro no.