La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 26
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Mi madre me espera al día siguiente en la puerta del camping, dentro del coche, con el aire puesto, a las cuatro de la tarde.

Sale en cuanto me ve.

—Cinco minutos.

—No.

—Cinco minutos, Nerea, y te juro que si después me dices que me vaya, me voy.

Y yo miro hacia la oficina, donde mi padre está dentro con la puerta abierta, y me subo al coche solo para que él no la vea ahí.

•

Esto es lo que me dice, y lo escribo entero porque todavía hoy, años después, me sigue pareciendo un pequeño milagro de ingeniería:

—Sí, trabajo para Damián Puche. Desde hace cuatro años. Empecé llevándole reservas y ahora le llevo agenda, contactos y algunos temas de sus sociedades. Es un trabajo. Le hago la vida fácil a un señor con dinero y él me paga bien.

—Te fuiste de casa hace tres.

—Sí.

—O sea que ya trabajabas para él cuando te fuiste.

—Sí, Nerea. —Y aquí se gira hacia mí—. Empecé a trabajar para él y por primera vez en doce años gané dinero mío. Y a los ocho meses de ganar dinero mío me subí a un coche y me fui. ¿Tú crees que eso es una casualidad o crees que es justo al revés de como lo estás contando?

Y ahí me calla.

Me calla porque hay una versión de eso que es una mujer atrapada que encuentra una salida, y hay otra versión que es una mujer que encuentra algo mejor y se va, y yo no tengo forma de saber cuál es.

—¿Y el Salitre?

—El Salitre es uno de los sitios donde Damián tiene puesto dinero. Hay siete más.

—Sabías que yo trabajaba ahí.

—Claro que lo sabía —dice—. Este pueblo tiene siete mil habitantes. Lo supe el mismo día.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Y mi madre hace algo muy hábil, que es decir una verdad pequeña para tapar una grande.

—Porque no quería que dejaras el trabajo —dice—. Llevabas dos años metida en ese camping y por fin estabas ganando tu dinero. ¿Qué iba a hacer, decirte «oye, que el dueño es mi jefe», para que te sintieras rara y lo dejaras?

Y yo…

Yo me quedo callada.

Porque es exactamente lo que habría hecho.

•

—¿Y lo del camping? —digo, al final—. Lo de «conozco gente que compra sitios así».

—Eso te lo dije yo.

—Ya sé que me lo dijiste tú. Te pregunto qué significa.

Mi madre suspira. Apaga el aire, y el coche se queda en silencio de golpe.

—Significa que tu padre lleva tres años sin actualizar ni una tarifa, que le debe dinero a una gestoría de Cartagena y que ese sitio no llega a 2027 —dice—. Y significa que hay gente que compra negocios con problemas. Eso no es una conspiración, hija. Eso es la economía.

—¿Y tú a quién se lo ibas a decir? ¿A Damián Puche?

—Pues probablemente —dice—. ¿A quién si no?

Y lo dice sin bajar la voz y sin apartar la mirada y sin un solo temblor, y por eso, cuando me bajo del coche diez minutos después, estoy mucho peor que cuando me subí.

Porque no he pillado una mentira.

He pillado algo mucho más difícil de explicar: a una mujer a la que todo esto le parece razonable.

•

Esa tarde subo al altillo.

El altillo de la casa prefabricada es un hueco encima del baño al que se sube con una escalera plegable que chirría, y donde mi padre guarda todo lo que no sabe dónde guardar: los adornos de Navidad, una tienda de campaña de los noventa, la máquina de coser de la abuela,

cajas de facturas de hace diez años.

Hace cuarenta grados ahí arriba. Huele a polvo y a plástico caliente.

Y al fondo, detrás de la tienda de campaña, la caja de las cintas.

Una caja de zapatos de cartón marrón, de unas botas de agua que ya no existen, con NEREA — VÍDEOS escrito en rotulador en la tapa con la letra de mi madre.

Dentro, veintitrés cintas pequeñas de las de la cámara del abuelo, cada una con una etiqueta: Verano 2014.

Verano 2015. Verano 2016. Hasta Verano 2018, que es cuando la cámara dejó de funcionar.

La cámara no la encuentro. Pero en otra caja, debajo, está el reproductor. Un cacharro gris con un cable que se enchufa a la tele de la oficina.

Y a las seis de la tarde, con mi padre en la piscina, me siento en el suelo de la oficina delante de la tele vieja y meto la cinta de Verano 2014.

•

Tengo ocho años en esa cinta. No salgo. Se oye mi voz, aguda, dando instrucciones que nadie sigue.

Sale el camping: el señor Paco más joven, con pelo, regando.

Mi madre en la recepción, de espaldas, con una coleta, hablando por teléfono.

Mi padre pintando la grieta de la piscina, que entonces era más pequeña.

Y sale el agua.

Desde el final del embarcadero. Desde el mismo sitio desde el que la grabé todos los veranos, porque me parecía que si la grababa siempre desde el mismo sitio se vería si cambiaba. La cámara apunta hacia abajo, hacia el agua, y la mano de una niña de ocho años tiembla, y el plano se mueve.

Y se ve el fondo.

Se ve el fondo. Arena clara, piedras, una mancha oscura de algas vivas, verdes, moviéndose. Y un pez. Un pez pequeño, plateado, pasando por debajo del embarcadero. Y se me oye decir, en la cinta, con mi voz de ocho años: «¡Papá, un pez! ¡Papá, que se ve un pez!».

Paro la cinta.

Meto la de Verano 2018. La última. Voy hasta el embarcadero. Tengo doce años en esa. La cámara apunta hacia abajo desde el mismo sitio.

Y no se ve nada. Agua verde. Un verde espeso, de sopa, con trocitos flotando. Ni fondo, ni piedras, ni peces. Nada. Y mi voz de doce años, más grave, más aburrida, diciendo: «Bueno. Pues nada».

Y en medio, cuatro veranos.

Me quedo sentada en el suelo de la oficina con el mando en la mano, mirando la pantalla verde de 2018, y pienso en Hugo en la barca, echando el disco de Secchi y apuntando un metro ochenta en una libreta mojada.

Pienso en el dibujo de la sala de espera de la gestoría, con palmeras donde no hay palmeras y un paseo marítimo donde ahora hay cañas.

Proyecto Salinas. Pienso en mi madre en el coche, hace dos horas, diciendo «ese sitio no llega a 2027» con la misma voz con la que se comenta el tiempo.

Y pienso en una frase que dijo uno de los de sesenta en el yate, entre el vino blanco y el agua con gas: El año que hay episodio, baja el precio del suelo un sesenta.

Y me doy cuenta, sentada en el suelo, de que tengo todas las piezas. Todas. Esparcidas por el verano como las piezas de un puzle volcado en una mesa de merendero. Y de que no las he querido juntar.

No las junto tampoco esa tarde. Saco la cinta. La guardo en su caja. Subo la caja al altillo. Bajo la escalera plegable que chirría.

Pero me llevo a mi cuarto la de Verano 2014. Y la meto en el cajón de la mesilla, debajo de los calcetines, como se guarda algo que vas a necesitar demostrar algún día.

•

Antes de cenar, con las cintas todavía en la cabeza, intento llamar a Hugo.

Busco el chat. Le doy al icono del teléfono. Y cuelgo antes del primer tono, como se cuelga cuando en realidad no querías llamar sino saber si te atreves.

Llevo tres días sin hablar con él. Desde la noche del quince, desde el aparcamiento, desde la frase que le dije y que no se puede quitar de en medio con un mensaje.

Y lo intento otras dos veces esa tarde. Una a las ocho menos cuarto, que cuelgo igual. Y otra a las nueve, en la que dejo que suene.

Suena cinco veces y salta el contestador.

Y su contestador es el de la compañía, con la voz de la mujer que dice el número, uno a uno, muy despacio, y eso es lo peor: que no es ni su voz.

No dejo mensaje.

Y luego le escribo. Y borro. Y escribo otra vez. Y al final mando un mensaje que es una cobardía perfecta, tan bien hecha que tardo semanas en reconocer que lo es:

«Oye, ¿tienes por ahí lo de las mediciones del agua? Es para una cosa.»

Y Hugo, que no me debe nada, que está en su casa con la cara todavía como se le quedó en el aparcamiento, contesta a los once minutos.

«Sí. Te las paso el domingo si quieres.»

Punto. Sin emoji. Sin «Baresa». Sin nada.

Y yo contesto «vale, gracias», y dejo el móvil bocabajo encima de la cama, y miro el techo de mi cuarto pensando que acabo de usar el Mar Menor como excusa para hablar con alguien, y que eso, en este pueblo, debería estar penado.

•

Esa noche, en la cena, mi padre dice:

—Estabas en un coche esta tarde.

—Sí.

—¿Era ella?

Y yo tengo el tenedor a mitad de camino.

Y aquí está el momento. Aquí está, servido en bandeja, con la puerta abierta de par en par: «Sí, papá, era ella, y trabaja para el dueño del sitio donde trabajo yo, y ese señor compra negocios con problemas, y creo que le ha hablado de este.»

Seis segundos.

—Sí —digo—. Vino a traerme una cosa.

Mi padre asiente.

Y sigue comiendo.

Y yo me quedo con el tenedor en la mano sabiendo perfectamente lo que acabo de hacer, que es lo mismo que hizo él en junio conmigo, que es lo mismo que hizo ella en abril, que es lo que llevamos haciendo los tres toda la vida: proteger a alguien de una información que le pertenece.