25
Antes de contar lo del treinta y uno tengo que contar lo del veintinueve, aunque preferiría no hacerlo.
El veintinueve de julio Lucía Espín cumple veintiuno.
Lo monta en la azotea del edificio de su tía Chelo, que es donde lo monta todo desde los dieciséis: guirnaldas de las de tres euros, dos mesas plegables, tortilla, ensaladilla de Chelo, una nevera portátil y treinta personas.
Y yo entro a las ocho.
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Le he cambiado el turno a Saray para poder ir. Eso hay que decirlo, porque es verdad y porque es lo único que me salva un poco: cambié el turno, le debí un favor a Saray durante dos semanas, y conseguí entrar a las ocho en vez de a las siete.
Una hora.
Llego a las seis y veinte con un regalo mal envuelto —unas tijeras buenas, de las de peluquería, que le hacían falta y que me costaron cuarenta euros— y con la camiseta del Salitre ya puesta debajo de la camisa, porque no me da tiempo a volver a casa.
Y eso es lo primero que ve Lucía cuando me abraza en la puerta de la azotea: el cuello negro asomando.
—¿Te vas?
—A las ocho menos cuarto.
—Ah.
Y sonríe, y me da las gracias por las tijeras, y las enseña a todo el mundo, y dice tres veces «mira lo que me ha traído Nerea».
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La hora y veinte que estoy ahí no es mala.
Es peor que mala: es correcta.
Saludo a la tía Chelo. Saludo a la madre de Lucía. Me como un trozo de tortilla de pie. Hablo cuatro minutos con las gemelas Nicolás. Me río de una historia que cuenta el Yeyo y que no he escuchado. Miro el móvil dos veces.
Hugo está al otro lado de la azotea, apoyado en el pretil, y esa noche no nos hablamos más de dos frases. Me saluda con la cabeza. Le saludo con la cabeza.
Y a las siete y cuarenta y cinco cojo el bolso.
—¿Ya? —dice Lucía.
—Ya.
—¡Pero si no hemos sacado la tarta!
—La saco contigo el sábado.
El sábado no la sacamos, porque el sábado es dos de agosto y para entonces yo ya he visto a mi madre salir de un despacho.
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Y de esa hora y veinte tengo cuatro cosas en la cabeza.
La tarta, que la hizo Chelo y que era de chocolate con galleta, y que Lucía sopló las velas mirándome a mí, a través del humo, desde el otro lado de la mesa de caballetes.
Las guirnaldas de tres euros del chino, colgadas entre el tendedero y la antena, que Chelo pone en esa azotea desde que teníamos doce años y que son las mismas, porque se guardan en una caja con el cable enrollado y se sacan cada cumpleaños.
El regalo, que se lo compramos entre las gemelas y yo: unas tijeras de peluquería buenas, profesionales, japonesas, que costaron ciento veinte euros y que ella sacó de la caja con las dos manos y se quedó mirando sin decir nada.
Y el momento en el que Lucía, con las tijeras todavía en las manos, me buscó con la mirada por encima de la mesa para decirme algo, y yo estaba mirando el móvil.
No estaba escribiendo. Solo mirándolo. Comprobando. Por sexta vez en veinte minutos.
Y cuando levanté la vista, ella ya se había girado hacia otro lado y le estaba enseñando las tijeras a su madre.
Y no me dijo nada. Ni esa noche ni después. Y a mí se me quedó ese medio segundo dentro, pequeño y afilado, y lo saqué muchas veces durante el otoño en Murcia, a las tres de la mañana, para mirarlo.
Lo que pasa después lo sé por Keko, semanas más tarde, y es la parte que me da vergüenza de verdad.
A las once de la noche alguien puso un altavoz y bailaron todos en la azotea.
A la una, la tía Chelo sacó una caja de fotos de cuando Lucía y yo teníamos nueve años y las fueron pasando de mano en mano.
Y a las dos y media Lucía dijo, delante de siete personas, que qué pena que no estuviera yo, que en su vida había pasado un cumpleaños sin mí.
Y a esa hora yo estaba poniendo copas a doscientas cuarenta personas a veintiuno kilómetros de ahí.
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Esa noche, en el descanso de las cuatro, le mando un audio.
Nueve segundos.
Lo grabo en el pasillo de las cámaras frigoríficas, con el ruido del motor detrás, gritando un poco para que se me oiga, y digo: «¡Felicidades, tonta! Perdón por lo de antes, que esto está imposible. ¡Te quiero!».
Nueve segundos.
Y vuelvo a la barra.
Y ni siquiera me doy cuenta de lo que acabo de hacer. Esa es la parte que no se arregla contando que cambié el turno: que a las cuatro y diez de la mañana del treinta de julio yo estaba convencida de que lo había hecho bien.
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El treinta y uno de julio subo al despacho del Salitre a por mi nómina.
El despacho está en la parte de atrás del edificio bajo, junto al almacén, y se entra por un pasillo de servicio donde están las cámaras frigoríficas. No sube nadie salvo Fran, Bruno y el gestor que viene los días treinta.
Son las siete menos cuarto de la tarde y yo entro a las siete.
Subo los cuatro escalones del pasillo.
Y la puerta del despacho se abre antes de que yo llegue.
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Sale un hombre de unos cincuenta y muchos con una camisa azul celeste y una carpeta bajo el brazo.
Es él. El del sombrero de paja. Ahora sin sombrero: pelo blanco corto, gafas, cara de estar pensando en otra cosa.
Me mira al pasar. Un segundo. No de forma agresiva, ni siquiera con interés: me mira como se mira una silla que está donde no toca.
—Buenas —dice.
—Buenas.
Y sigue pasillo abajo.
Y detrás de él, en la puerta del despacho, con una carpeta de anillas en la mano y el móvil en la otra, está mi madre.
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Hay un segundo en el que todavía se puede arreglar.
Un segundo en el que ella podría decir cualquier cosa —una explicación, una tontería, «qué susto, hija»— y yo, que llevo un mes y medio entrenándome para creerme cosas, me la creería.
Pero mi madre no dice nada.
Mi madre hace algo muchísimo peor: mira rápidamente hacia el final del pasillo, para comprobar si el hombre de la camisa azul me ha visto.
Eso es todo.
Medio segundo de cálculo.
Y yo, que llevo desde el cinco de junio aprendiendo a leer medios segundos, lo entiendo entero, de golpe, como cuando te dan una noticia y el cuerpo la sabe antes que la cabeza.
—Nerea —dice.
—No.
—Escucha…
—No.
—Es mi trabajo, cariño. Ya te lo dije. Llevo temas para un grupo que tiene participaciones en varios sitios y uno de ellos es…
—¿Desde cuándo?
Mi madre se calla.
—¿Desde cuándo trabajas para los dueños de este sitio?
—Nerea, baja la voz.
—¿DESDE CUÁNDO?
Y se oye rebotar mi propia voz en el pasillo de las cámaras frigoríficas, y en algún sitio de abajo alguien para lo que esté haciendo.
Mi madre cierra un momento los ojos. Y cuando los abre, se acabó la mujer divertida: hay una señora de cuarenta y seis años con una carpeta que está calculando cuánto le cuesta esto.
—Desde hace cuatro años —dice.
Cuatro.
Cuatro años es antes de irse de casa.
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No me acuerdo de bajar las escaleras.
Me acuerdo de estar fuera, en la parte de atrás, entre las cajas de fruta vacías y el contenedor, con las manos en las rodillas, respirando como si hubiera corrido.
Y me acuerdo de la secuencia, que se me monta sola, como se monta un mueble cuando por fin aparece la pieza que faltaba:
Mi madre trabaja para el dueño del Salitre desde antes de irse.
Mi madre sabía que yo trabajaba aquí antes de que yo se lo dijera.
Mi madre sabía que yo libraba los miércoles.
Mi madre vino a este sitio tres semanas después de que yo entrara y se sentó en la zona alta y Fran le subió el vino personalmente.
Mi madre me preguntó por el camping.
Mi madre me ofreció «gente que compra sitios así».
Y el señor de la camisa azul celeste, en un barco, el cinco de julio, dijo que el que compra en agosto compra caro.
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Bruno me encuentra a las siete y veinte, sentada en una caja de fruta del revés.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?
—¿Quién es el señor de la camisa azul?
—¿Qué?
—El de las gafas. El que acaba de salir del despacho.
Y Bruno tarda.
Bruno, que tiene respuesta para todo, que habla de márgenes y de terrazas de Formentera y de deudas de su padre, tarda dos segundos enteros.
—Es Damián —dice—. Damián Puche. Es el socio mayoritario.
—Es el señor.
—¿Qué?
—El señor que te ofreció meterte en un sitio con una parte pequeña. Ese señor.
Bruno se pasa la mano por el pelo.
—Nerea…
—¿Y sabes quién trabaja para él? —digo, y me sale la voz rarísima, medio riendo—. ¿Sabes quién?
—Sé quién es Marga —dice él.
Y el suelo se cae del todo.
—¿Lo sabías?
—Sé que se apellida Escalante —dice él, muy despacio, eligiendo las palabras de una en una—. Y sé que tú te apellidas Baresa Escalante. Y lo sé desde la segunda semana.
—¿Y no me dijiste nada?
—No era asunto mío.
—¡Es mi madre!
—Ya —dice Bruno—. Por eso era menos asunto mío todavía.
Y se queda ahí, a dos metros, con las manos medio levantadas, sin acercarse.
Y yo, sentada en una caja de fruta detrás de un chiringuito de La Manga a las siete y veinte de la tarde del treinta y uno de julio, con veinte años y dieciséis días, me doy cuenta de una cosa que no se me había ocurrido en todo el verano:
Que soy la única persona en este sitio que no sabe dónde está trabajando.