24
Las fiestas de Los Alcázares caen el último fin de semana de julio y son, oficialmente, el peor momento del año para trabajar en La Manga.
Pero Fran me da el viernes.
—Es tu pueblo —dice—. Vete.
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Por la mañana hay paella popular en la explanada, y es lo mejor del año.
La hacen las mujeres de la peña, en cuatro paelleras de cien raciones, desde las nueve de la mañana, con mandiles y sillas de plástico y una manguera para apagar el fuego si se desmadra.
Se compra un tique de cinco euros en una mesa con un hule, se hace cola con el plato en la mano y te sientan donde hay sitio, al lado de quien sea.
Y a nosotras nos toca al lado del señor Paco y su mujer.
Estamos las cuatro: Lucía, las gemelas Nicolás y yo. Y Keko, que aparece a las dos y media con unas gafas de sol enormes y una resaca de las que se ven desde lejos, y que se sienta a mi lado y no se come la paella, solo la mira.
—¿Tú no comes? —le dice la mujer del señor Paco.
—Hoy no, Maruja.
—Come, chiquillo, que estás blanco.
Y le pone media ración en el plato con autoridad de mujer de sesenta años, y Keko se la come entera, y luego repite.
Y después de comer hay cucaña.
Un palo de cinco metros embadurnado de grasa clavado en la arena, con un jamón colgando arriba, y cuarenta críos y no tan críos intentando subir mientras el pueblo entero mira y se ríe.
Se apunta Keko, claro. Se apunta con las gafas de sol puestas, por la resaca, y sube dos metros y se cae de espaldas a la arena, y se levanta con todo el cuerpo lleno de grasa y arena, como un croquetón, y hace una reverencia. Y el pueblo aplaude.
Y me río tanto que tengo que sentarme en la arena.
Y en algún momento de esa tarde, entre la paella y la cucaña y las cervezas calientes del bar de la peña, con Lucía a un lado y Keko al otro y el señor Paco contándonos por décima vez lo del temporal del noventa y siete, me doy cuenta de una cosa.
De que llevo cinco semanas sin estar así.
Sin mirar el móvil. Sin esperar que vibre. Sin calcular a qué hora acaba una cosa para llegar a otra. Sin practicar una sonrisa en ningún espejo. Cinco semanas.
Y de que aquí nadie me llama «Baresa», ni «la nueva», ni «la del camping». Aquí me llaman Nerea, y la mitad me ha visto aprender a andar.
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La verbena se monta en la explanada de al lado del cuartel, con un escenario de hierro, una orquesta con cuatro trajes brillantes y seiscientas personas de entre cuatro y noventa años bailando lo mismo.
Hay puestos de turrón. Hay un castillo hinchable que a las doce de la noche sigue lleno de críos. Hay señoras bailando en corro con el bolso colgado del brazo. La orquesta toca Paquito el Chocolatero y se rompe el mundo.
Y yo estoy ahí con Lucía, con Keko, con las gemelas Nicolás, con medio pueblo, con una cámara colgada al cuello haciendo fotos a todo el mundo.
Y con Hugo.
Han pasado dieciocho días desde la barca. Le he escrito cuatro veces y me ha contestado cuatro veces, cordial, corto. Y esta noche, sin embargo, está aquí, y se ha puesto a mi lado él solo, y lleva media hora haciéndome de trípode humano.
—Esa no, que sale movida.
—Es a propósito.
—Ya, ya.
Y se ríe, y yo me río, y es como antes.
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A la una, en una pausa de la orquesta, veo a mi padre.
No sabía que había venido. Mi padre no viene a las fiestas.
Mi padre dice que las fiestas son para la gente que no tiene un camping lleno el último fin de semana de julio.
Y sin embargo está aquí, al lado del puesto de turrón, con la camisa de cuadros de los domingos y el pelo mojado peinado hacia atrás, hablando con la tía Chelo.
Y cuando la orquesta vuelve a empezar, con un pasodoble, Chelo le coge de la mano y tira de él hacia la pista.
Y mi padre se deja.
Y baila.
Mal, fatal, como baila un hombre que no ha bailado desde que se fue su mujer, con los pies a destiempo y la espalda muy recta y la cara muy seria, concentradísimo, como si estuviera cambiando una bomba de depuradora.
Y Chelo se ríe y le dice algo y él se ríe también, por la nariz, a su manera.
Y dan vueltas. Dos, tres, cuatro vueltas, en mitad de seiscientas personas, un hombre de cuarenta y nueve años con una camisa de cuadros y una peluquera de sesenta con las uñas granates.
Y yo levanto la cámara.
Y hago la foto.
Y Hugo, a mi lado, sin que se lo pida, me pone la mano en el hombro para que no se me mueva.
En la foto sale mi padre dando la vuelta, con la cara borrosa por el movimiento, y detrás de él las luces de colores de la verbena, y la mano de Chelo en su hombro. Y es la mejor foto que he hecho en mi vida. Lo sé nada más hacerla, antes de mirarla en la pantalla. Lo sé por el clac.
—Esa sí —dice Hugo.
—Esa sí.
Y la miramos los dos en la pantallita, con las cabezas juntas, y durante un momento no hay rotonda, ni barco, ni terraza de arriba, ni nada. Hay mi padre bailando un pasodoble en una explanada de Los Alcázares, y Hugo sujetándome el hombro, y yo.
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A la una y media la orquesta toca una lenta.
Y Lucía, que es la persona menos sutil de la Región de Murcia, nos empuja a los dos por la espalda a la vez.
—¡Venga!
—¡Lucía!
—¡Que hay que bailar una!
Y nos quedamos Hugo y yo de pie en mitad de la explanada, a metro y medio, con seiscientas personas alrededor y una orquesta tocando algo de los ochenta.
Él levanta las cejas. Yo me encojo de hombros.
Y bailamos.
Mal, porque él es muy alto y yo llevo la cámara colgada y no sabemos dónde ponerla. Nos reímos de lo mal que lo hacemos. Me pone la mano en la espalda y es una mano que conozco desde los ocho años y que de repente no reconozco nada.
Y en algún momento dejamos de reírnos.
Y nos quedamos ahí, moviéndonos poco, y él me está mirando, y yo lo estoy mirando, y noto perfectamente que la distancia entre las dos caras es cada vez menos y que ninguno de los dos está haciendo nada por evitarlo.
Y yo…
Yo pienso, con una claridad espantosa: no estás enamorada de él.
Y pienso, justo después: pero estás a punto de besarlo igual.
Y sigo ahí.
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Y bailamos en medio de la explanada, delante de seiscientas personas que nos conocen a los dos desde que llevábamos manguitos.
Hugo baila una lenta como baila todo lo demás: fatal y sin ninguna vergüenza. Con la mano derecha abierta en mi espalda y la izquierda cogiendo la mía demasiado alto, como si estuviéramos en una película de los cincuenta, dando pasos cortos y contando por dentro, porque le veo mover los labios.
—¿Estás contando?
—Estoy contando.
—¿Cuántos?
—Cuatro. Siempre cuatro. Es lo único que me enseñó mi madre y lo aprendí mal.
Y me río con la cara en su cuello, y él se ríe también, y notamos los dos a la vez que nos estamos riendo pegados, y se nos pasa la risa a la vez, y nos quedamos en silencio dando pasos cortos.
Huele a la colonia de siempre. A la de toda la vida, la que le regala su madre por Reyes desde los catorce, esa que en el pueblo huele media docena de hombres y que en él huele distinta porque es él.
Y por encima de su hombro veo a Chelo, junto al puesto de turrón, dándole un codazo a mi padre y señalándonos con la barbilla. Y a mi padre mirando hacia otro lado deliberadamente, muy digno, como si de repente le interesara muchísimo el escenario de la orquesta.
Y veo a Lucía, en la barra de la peña, que ha dejado de hablar con las gemelas y nos mira con un vaso de plástico en la mano y una cara que no le había visto nunca. Ni contenta ni triste. Una cara de estar viendo una película que ya sabe cómo acaba.
Y a Keko sentado en el bordillo, con el croquetón de grasa y arena ya medio seco, levantando el pulgar con las dos manos como un idiota.
Y la orquesta sigue.
Y durante esa canción entera, dos minutos y medio, no pienso ni una vez en el móvil que tengo en el bolsillo de atrás del pantalón.
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Lo que nos separa es el móvil.
Vibra en el bolsillo de atrás, una vez, dos, tres, con la vibración de llamada, y a mí me pega un bote el cuerpo entero.
Hugo da un paso atrás.
Y se le pone en la cara una cosa que no le había visto nunca, que no es rabia ni celos: es vergüenza, vergüenza ajena, la cara de alguien que acaba de verse a sí mismo desde fuera.
—Cógelo —dice.
—Hugo.
—Cógelo, Nerea.
Y yo lo cojo.
Y me aparto cinco metros de la orquesta, con un dedo en la otra oreja, gritando «¿qué? ¡¿qué?!», y lo que hay al otro lado es Bruno diciendo que se le ha quedado el coche tirado en la salida de Playa Honda y que si puedo pedirle a alguien que lo acerque.
Treinta y cinco segundos de llamada.
Cuando me giro, Hugo está andando hacia la salida de la explanada.
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Lo alcanzo en la esquina de la iglesia.
—¡Hugo!
Se para. No se gira del todo.
—No pasa nada —dice.
—Se le ha estropeado el coche.
—Nerea, de verdad, no me expliques nada.
—¡Es que no ha pasado nada!
Y entonces sí se gira, y me mira, y dice la frase más dura que me han dicho en veinte años. Y la dice sin levantar la voz, que es lo peor.
—Ya lo sé —dice—. Ese es el problema. Que conmigo nunca pasa nada.
Y se va calle arriba.
Y esta vez no levanta la mano a los cinco metros.