23
La segunda vez que veo a mi madre no es media hora. Son tres horas y cuarto.
Comemos el veinticuatro de julio en un sitio de Santiago de la Ribera con las mesas en la arena, y paga ella, y yo llevo la cámara colgada del cuello porque llevo la cámara colgada del cuello a todas partes desde hace nueve días.
—¡Esa es la de tu abuelo!
—No, esta me la ha regalado papá.
Y mi madre coge la cámara, la mira por todos lados, se la lleva a la cara y me hace una foto antes de que me dé tiempo a taparme.
—Estás guapísima, hija.
•
A los diez minutos saca el monedero.
No es un monedero: es una cartera pequeña de piel color hueso con un cierre dorado, de las que se compran en una tienda y no en un mercadillo. Y la abre encima de la mesa, entre el café y el vaso de agua, y saca dos billetes de cincuenta.
—Para el piso —dice.
—No hace falta.
—Nerea, es un piso de estudiantes en Murcia. Vas a necesitar sábanas, una lámpara, un cubo, cosas. —Me empuja los billetes con dos dedos—. Cógelos.
Dos dedos. Lo veo hacerlo y no sé todavía por qué se me pone la piel de gallina.
—Que no, mamá. De verdad. Estoy trabajando.
—Ya sé que estás trabajando. —Y ahí le cambia un poco la voz, un tono más abajo—. Precisamente. Que una chica de veinte años no tenga que gastarse todo lo que gana en un cubo y una lámpara.
Y yo miro los dos billetes encima del mármol.
Y pienso una cosa muy fea y muy rápida, tan rápida que me da tiempo a avergonzarme mientras la estoy pensando: que no sé de dónde sale ese dinero.
No es que crea que está robado. Es otra cosa.
Es que mi madre no trabaja de nada que yo sepa explicar.
«Gestión, contactos, eventos.» Tiene un piso con terraza en San Javier, va a Ibiza en un barco que no es suyo, lleva unas sandalias que cuestan lo que yo gano en una semana de barra, y la última vez que tuvo una nómina que yo sepa fue en la recepción de un camping con ochenta y dos parcelas.
—Que no —digo—. Gracias, pero no.
Y mi madre me mira un segundo largo, con los billetes todavía en la mesa.
Y luego los recoge, y los guarda, y cierra la cartera con un clic muy pequeño, y sonríe.
—Igualita que tu padre —dice.
Y sigue hablando de otra cosa.
Y yo me paso el resto de la comida con esa frase encima, sin saber si me ha llamado orgullosa, o tonta, o si me acaba de decir lo único bonito que me ha dicho en tres años.
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Hablamos de cosas que no importan durante dos horas.
Y en la hora y cuarto que queda, me cuenta cosas.
Me cuenta, sin que yo se lo pida, por qué se fue. Y la versión es esta: que estuvo doce años llevando una recepción de un camping que no era suyo, que se ahogaba, que mi padre no la escuchaba, que un día se subió al coche y no fue capaz de parar hasta Alicante.
—¿Y yo? —digo.
—Tú tenías diecisiete años.
—Tenía diecisiete años.
—Ya. —Remueve el café—. Ya sé cómo suena.
Y no se justifica más.
Y eso, que debería ser lo peor, es exactamente lo que hace que me quede sentada: que no se justifica más. Si hubiera llorado, me habría ido. Si me hubiera pedido perdón tres veces, me habría ido.
Dice «ya sé cómo suena» y se queda callada, y a mí se me deshace algo en el pecho.
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A las cuatro y media le suena el móvil.
Lo tiene encima de la mesa, bocarriba, al lado del café, y la pantalla se enciende, y yo veo el nombre antes de que ella lo coja. No lo veo entero. Veo una letra. D. Una D mayúscula, con un punto, y nada más.
Mi madre mira la pantalla. Y la cara le cambia. No mucho. Se le pone recta. Como se pone recta la espalda de Saray cuando entra alguien por la pasarela.
—Perdona, hija. Es un momento.
Y se levanta, y se aleja hacia la orilla, hacia el agua, con el móvil pegado a la oreja y la otra mano en la cadera.
Y habla. No oigo nada, está a veinte metros y hay niños gritando en el agua.
Pero la veo. La veo asentir mucho. La veo reírse una vez, una risa corta, que no es la suya de la mesa, la de echar la cabeza hacia atrás: es otra, más pequeña, de las que se ponen.
La veo mirar hacia la mesa, hacia mí, un momento, y girarse hacia el agua otra vez.
Siete minutos.
Vuelve. Se sienta. Deja el móvil bocabajo.
—Un pesado del trabajo —dice, sonriendo—. Que no sabe estar un domingo sin llamar.
—Es viernes.
—Pues eso. —Coge la cucharilla—. Que no sabe estar un viernes sin llamar.
Y se ríe, y yo me río, y sigue hablando de otra cosa, de un vestido que se ha comprado en Cartagena, y yo miro el móvil bocabajo encima de la mesa, al lado de su café, y pienso en la D mayúscula con su punto.
En mi familia nadie guarda a nadie con una letra. Mi padre me tiene guardada como Nerea. A Lucía, como Lucía. Al señor Paco, como Paco camping. Mi padre guarda a la gente con su nombre entero porque no tiene nada que esconder de nadie.
Mi madre guarda a alguien con una letra.
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A los postres, dice:
—¿Cómo va el camping?
—Bien.
—Nerea.
—Va bien.
Mi madre se echa hacia atrás en la silla y me mira con la cabeza un poco ladeada.
—Cariño, yo llevé esa administración doce años —dice—. Sé lo que factura ese sitio en invierno. Y sé lo que cuesta el seguro, y lo que cuesta la luz, y lo que cuesta cambiar una bomba de la depuradora.
No digo nada.
—¿Está muy mal? —dice.
Y yo, que llevo dos meses sin poder hablar de esto con absolutamente nadie porque mi padre me quitó la hoja de la mano, digo:
—Hay un segundo requerimiento de una gestoría de Cartagena.
Lo digo y ya no se puede recoger.
Mi madre asiente despacio. No parece alarmada. Parece… no sé cómo decirlo. Parece que le encaja.
—¿De cuánto? —dice.
—No lo sé. No lo leí entero.
—Ya.
Y se queda pensando, con el café a medias, y luego dice la frase.
La dice tan bien que tardo cinco semanas en oírla de verdad.
—Mira, si en algún momento la cosa se pone fea de verdad —dice—, yo conozco gente. Gente que compra sitios así, o que mete dinero, o que refinancia. No es ningún favor, ¿eh? Es su trabajo. Pero se lo puedo comentar.
—Mi padre no querría.
—Tu padre no querría nada mío ni aunque se le queme la casa —dice, y sonríe sin ninguna amargura—. Por eso te lo digo a ti.
•
Antes de volver al coche damos un paseo por el muelle de los barcos grandes.
No lo propongo yo. Lo propone ella, cogiéndome del brazo, como si fuéramos dos amigas de toda la vida paseando por el puerto de Cartagena un viernes por la tarde.
Y yo me dejo coger del brazo, y andamos así, pegadas, por delante de los veleros y los yates amarrados en fila, con los nombres pintados en la popa y las banderas colgando sin viento.
Y mi madre los conoce.
Eso es lo que me deja quieta. Los conoce. No todos, pero varios. Va diciendo nombres al pasar, sin pararse, como si pasara por una calle y saludara a los vecinos.
—Ese es de un señor de Murcia que tiene bodegas. Ese de ahí, el azul, es de unos valencianos, viene poco. Ese grande, el de la bandera holandesa, lleva tres años amarrado y no lo saca nadie, que eso cuesta una fortuna solo de amarre.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque vengo mucho. A cenar, a tomar algo. Aquí se hace mucha vida.
Y se para delante de uno blanco, grande, de los de dos cubiertas.
—En ese estuve en junio —dice—. Fuimos a Ibiza.
Cuatro días. —Y me mira de lado, con una sonrisilla, como si me estuviera confesando una travesura—.
Es una vida un poco absurda, ¿eh? Yo me río mucho por dentro.
Una que se ha criado en Los Alcázares fregando escaleras con su madre, y ahora desayunando fruta cortada en un barco en Ibiza.
Y yo miro el barco. Blanco, enorme, con la escalerilla recogida.
Y pienso en una cosa que no le digo.
Que no ha dicho «fui». Ha dicho «fuimos».
Y que en tres horas y cuarto, contando el café, la tarta de queso, la llamada de la D mayúscula y el paseo por el muelle, mi madre no me ha preguntado ni una sola vez cómo estoy.
Me ha preguntado por Lucía. Por Hugo. Por la carrera, por el piso de Murcia, por el camping, por lo que cobro en el Salitre. Y no me ha preguntado cómo estoy.
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En el aparcamiento me abraza y esta vez la dejo.
Dura como tres segundos y huele a un perfume que no conozco, y eso es lo que más me descoloca de todo: que mi madre huela a algo que no sé lo que es.
—El jueves libras —dice al subirse al coche—. ¿Comemos otra vez?
Y yo digo que sí.
Y en el camino de vuelta, en el autobús, con la cámara en el regazo, hago dos cosas.
La primera es mirar las fotos que he hecho estos días: mi padre de espaldas en la piscina, el cartel de LAS SALINA, Lucía con los rulos de una señora en la mano, el agua verde de la orilla, Keko subido a la barra.
Y la segunda es darme cuenta de que no le he preguntado, otra vez, con quién trabaja.
De que en tres horas y cuarto, le he contado yo más cosas mías de las que ella me ha contado suyas.
Y de que eso, en mi familia, tiene un nombre y una historia.