22
El dieciocho de julio, a las cuatro de la mañana, Saray me dice algo que tardo un mes en entender.
Estamos las dos reponiendo la nevera baja. Ella pasa botellines, yo los coloco. Es un trabajo silencioso que se hace agachadas y que, por algún motivo, es cuando la gente habla en esta barra.
—Oye —dice.
—Dime.
—Llévate el móvil a la taquilla.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
—Que no lo dejes en la balda de debajo de la caja. Hay gente que lo coge para ver la hora.
Y sigue pasando botellines, tranquilamente, como si acabara de comentarme el tiempo.
Yo me quedo agachada con dos botellas en la mano.
—Saray.
—Qué.
—¿Me estás diciendo algo?
—Te estoy diciendo que te lleves el móvil a la taquilla.
•
Insisto dos noches después.
La pillo en la puerta de atrás, fumando, y le pregunto directamente, que es lo único que sé hacer.
—¿Tú qué sabes?
Saray da una calada larga.
—Sé lo que veo.
—¿Y qué ves?
—Veo a una cría de veinte años que se ríe de una manera cuando está él y de otra cuando no está.
Y yo noto que me pongo roja en la oscuridad, lo cual es una suerte.
—Eso no es asunto tuyo.
—No —dice ella—. No lo es.
—Entonces…
—Entonces nada. —Tira la ceniza—. Yo te he dicho lo del móvil. Lo demás lo vas a hacer igual.
—¿El qué?
—Lo demás.
Y apaga el cigarro en la suela y se mete dentro, y me deja en la puerta de atrás de un chiringuito a las cuatro y media de la mañana con una rabia en el pecho que no sé dónde poner.
Porque hay una cosa peor que te digan una advertencia: que te la digan a medias.
•
La noche siguiente me llevo el móvil a la taquilla.
No porque le haga caso a Saray. Me lo digo así varias veces mientras lo meto en la taquilla de metal, la número seis, la que tiene la puerta abollada: no es porque le haga caso. Es porque así no me distraigo.
Y a las cinco menos diez, cuando ya no queda casi nadie y Keko está subiendo sillas a las mesas, voy a la trastienda a por bolsas de basura y veo a Fran.
De espaldas. Junto a la caja registradora. Agachado.
Con un móvil en la mano que no es suyo.
No es suyo porque el de Fran es negro y grande y este es pequeño y tiene una funda de purpurina rosa que he visto cien veces en la balda de debajo de la caja.
El de una de las chicas de sala, la de Molina, la que se fue con Keko la otra noche.
Fran lo tiene en la mano, desbloqueado —porque la de Molina, como media barra, tiene el código de desbloqueo más fácil del mundo—, y pasa el dedo por la pantalla, despacio, leyendo.
Me quedo quieta en la puerta de la trastienda con las bolsas de basura en la mano.
Fran no me ha visto. Termina de leer. Bloquea el móvil. Lo deja en la balda, donde estaba, con la funda de purpurina hacia arriba. Se endereza. Se sacude el pantalón. Y se va hacia la oficina con el mismo paso de siempre, el de encargado, el de hombre que lleva quince años aquí.
Miro la balda de debajo de la caja, donde hay seis móviles de gente que trabaja aquí, dejados ahí por costumbre, para mirar la hora.
Hay gente que lo coge para ver la hora.
Y pienso en el mío, en la taquilla número seis, con la puerta abollada, con todos los mensajes de Bruno dentro. Con los de la rotonda. Con los de «¿Barco?». Con el «Felicidades, estoy en la rotonda de la salida».
Y pienso que Saray no me estaba avisando de algo que iba a pasar. Me estaba avisando de algo que pasa.
No se lo digo a nadie. Ni a Saray, ni a Keko, ni a Bruno. Me lo guardo en el cajón.
Y a la noche siguiente, sin pensarlo, por costumbre, para mirar la hora, lo vuelvo a dejar en la balda de debajo de la caja. Al lado del de la funda de purpurina. Como si no hubiera visto nada.
•
Tres días después, el veintiuno de julio, Bruno me pide el primer favor.
Me lo pide en el coche, camino de su casa, a las siete de la mañana, con una naturalidad absoluta.
—¿Tú mañana libras?
—Sí.
—¿Me puedes hacer un favor y llevar una cosa a Cartagena?
—¿Qué cosa?
—Unos papeles a una gestoría. Es en la calle del Carmen, al lado del McDonald's. Yo no puedo ir porque tengo a los del almacén a las diez.
—¿Y no lo puede llevar Fran?
—Fran tiene el mismo problema que yo.
Y es razonable.
Todo en ese hombre es razonable, ese es su talento.
—Vale —digo—. ¿Cómo voy?
—Te dejo el coche.
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Me lo pide así: «¿Te importa hacerme un favor?».
Cuatro palabras y una pregunta. En la terraza de arriba, a las seis y diez de la mañana, con el café en la mano y el sol saliendo por detrás de la piscina. Sin darle importancia, como se pide que te acerquen la sal.
—Depende —digo, y me río.
—Es una tontería. Tengo que llevar unos papeles a una gestoría en Cartagena esta semana y no puedo ir en toda la semana. Y tú libras mañana, ¿no?
—Libro mañana.
—Pues si te acercas, te pago el autobús y te invito a comer cuando vuelvas. —Bebe café—. Es entrar, dar el sobre, decir que es de parte de Bruno y ya está. Cinco minutos.
Y yo digo que sí antes de que termine la frase.
Antes. Eso es lo que quiero dejar escrito, porque es lo que importa: que no me lo pienso.
Que no pregunto qué papeles son, ni por qué no los manda por correo, ni por qué no los lleva él otro día, ni por qué una empresa que tiene un chiringuito con cuarenta empleados en verano necesita que una camarera de veinte años se coja un autobús de línea en su día libre.
Y no lo pregunto por una razón muy concreta, y no es la que parece.
No es que esté enamorada y haga lo que me diga. Es más tonto que eso, y peor.
Es que me hace ilusión que me pida algo.
En cinco semanas, ese hombre no me ha pedido nada. Nada de nada. Me ha dado un café, un barco, una terraza, un macerado, un ático, una noche en Veneziola. Todo de él para mí. Y yo llevo cinco semanas siendo la que recibe, que es una postura incomodísima que no sabía que existía hasta que me tocó.
Y de repente me pide un favor pequeño. Un sobre. Un autobús.
Y yo digo que sí como quien por fin puede pagar su ronda.
•
El sobre es de tamaño folio, marrón, cerrado con una pegatina redonda. Pesa poco. No pone nada por fuera.
La gestoría está en un primero sin ascensor. Me abre una chica de mi edad con un moño y un polo.
—Vengo a traer esto. De parte de Bruno Solanas.
La chica coge el sobre, lo mira, y hace una cosa pequeña: mira el reloj de la pared antes de cogerlo.
—¿Eres nueva? —dice.
—¿Cómo?
—Nada, que antes venía otra chica.
Y se mete dentro.
•
Mientras espero a que vuelva, me quedo en la sala de espera de la gestoría.
Es pequeña. Cuatro sillas de plástico gris, una mesa baja con revistas de economía de hace dos años, un dispensador de agua sin vasos y un ventilador de techo que mueve el aire caliente de un lado a otro sin enfriarlo. Y en las paredes, carteles.
No carteles de la gestoría. Carteles de obras. Folletos enmarcados de promociones inmobiliarias, con dibujos de edificios blancos y piscinas azules y gente feliz y morena en las terrazas.
Residencial Brisas del Mar Menor — 2.ª fase — Entrega 2027.
Villas Los Urrutias — Tu casa frente a la laguna.
Punta Brava Golf & Resort — Próximamente.
Y en el último, el más grande, el que está justo encima de la silla donde me siento, un dibujo de una costa que conozco.
La reconozco enseguida aunque esté dibujada, aunque le hayan puesto palmeras donde no hay y un paseo marítimo donde ahora hay cañas y un camino de tierra.
Es la orilla de Los Alcázares. La de la punta.
La que va del paseo hasta el final de la playa, hasta donde empieza el camping.
Y encima del dibujo, en letras doradas: Proyecto Salinas — Un nuevo frente litoral.
Y abajo, pequeño, en gris, el logo de la promotora. Una ola azul estilizada. Y un nombre que no leo bien desde la silla porque la letra es muy pequeña y el cristal del marco hace reflejo.
Me levanto a mirarlo mejor. Y justo en ese momento sale la chica del moño.
—Ya está —dice—. Dile a Bruno que recibido.
Y me abre la puerta. Y salgo.
Y bajo la escalera sin ascensor pensando en el dibujo. En las palmeras donde no hay palmeras. En el paseo marítimo donde ahora hay un camino de tierra que va hasta la barrera de rayas rojas y blancas de un camping al que le falta una ese.
Proyecto Salinas.
Y me digo que será otra cosa. Que Salinas es un nombre muy normal por aquí. Que hay salinas en San Pedro, en Marchamalo, en media costa. Que un dibujo es solo un dibujo.
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En el coche, de vuelta, con el aire acondicionado a tope y la radio puesta, me digo cuatro cosas.
Una: he llevado unos papeles de una empresa a su gestoría, que es la cosa más normal del mundo.
Dos: la chica ha dicho «antes venía otra chica», y eso también es normal, porque la gente cambia de trabajo.
Tres: no he mirado dentro del sobre, y no pienso mirar dentro del sobre, porque no soy así.
Y cuatro, que es la única que importa y que no formulo con palabras sino con una especie de calor en el estómago:
Me ha dejado el coche.
Me ha pedido un favor.
Me necesita para algo.
Y yo tengo veinte años y llevo toda la vida queriendo que alguien me necesite para algo.