21
Cumplo veinte años un martes.
Mi padre lo monta todo para las dos y media de la tarde, que es la hora a la que se supone que yo estoy despierta, y lo monta en la parcela de atrás, debajo del tamarindo grande, con la mesa de caballetes que solo sale dos veces al año.
Hay siete personas: él, yo, Lucía, la tía Chelo, el señor Paco y su mujer, y Hugo.
Y hay una paella.
—Esta sí te va a gustar —dice mi padre—. El caldero se me da mal. La paella no.
Y es verdad. La paella está buena.
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Hugo se sienta enfrente y no al lado, que es un detalle que noto y del que no digo nada.
Hablamos. Hablamos normal, con todos, y hay un momento en el que Lucía cuenta lo de la vez que nos perdimos en las fiestas de San Pedro con once años y Hugo se ríe con la cabeza hacia atrás, y todo es exactamente igual que siempre.
Y luego está lo otro, que es que a las cuatro y media él mira el reloj y dice que tiene que irse porque ha quedado con su hermano.
Y no ha quedado con su hermano.
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La paella la hace mi padre desde las once de la mañana.
En la paellera grande, la de cuarenta raciones, la que solo sale dos veces al año, encima de un trípode de gas en la explanada de detrás de la recepción, debajo del tamarindo.
Con el delantal azul que era de mi abuela y un cigarro apagado en la boca que no se enciende desde hace diez años y que sigue sacando para cocinar, porque dice que le ayuda a calcular.
Y a las doce me llama.
—Ven aquí. El sofrito lo haces tú.
—Papá, yo no sé.
—Por eso.
Y me da la paleta de madera, y se pone detrás de mí con los brazos cruzados, y me deja hacer.
El tomate rallado, primero. Despacio, sin prisa, «que el tomate es el que manda».
El pimentón fuera del fuego, «que si le das calor al pimentón se te amarga todo y la paella ya no se salva».
El agua, la del garrafón, no la del grifo, «que la del grifo aquí tiene mucha cal y la nota».
Y el arroz en cruz, contando las paladas en voz alta como contaba él con su padre.
Y mientras remuevo, me habla de mi abuelo.
No me ha hablado de mi abuelo casi nunca. Se murió cuando yo tenía cuatro años y en casa es un señor de una foto en el pasillo con una camisa de cuadros y una caña de bambú.
—Esta paellera la compró él en el mercadillo de Torre Pacheco en el ochenta y siete —dice—.
Por mil quinientas pesetas. Y la trajo andando desde allí, cinco kilómetros, porque no tenía coche todavía.
—Se ríe por la nariz—. Y luego decía que no había sido para tanto.
Y mi madre le decía «Ginés, cinco kilómetros con la paellera en la cabeza como una lavandera», y él decía «no fue para tanto».
—¿Y el camping?
—El camping lo empecé yo, en el noventa y siete, con cuatro parcelas y un grifo, en el terreno que me dejó mi abuelo.
Esto era un secarral con cuatro pinos y una valla de alambre.
—Mira alrededor, a los pinos, a las parcelas, al tamarindo—.
Todo lo que ves lo he plantado yo. Ese tamarindo lo planté yo con veintidós años, el mismo verano que conocí a tu madre.
Y luego se queda callado, y me quita la paleta de las manos, y dice «ya está, échale el caldo», y eso es todo lo que me cuenta de mi abuelo en veinte años.
Pero el sofrito lo hice yo. Y a las dos y media, cuando se sientan treinta personas debajo del tamarindo y alguien dice que la paella está buenísima, mi padre dice, con la boca pequeña, mirando el plato:
—El sofrito lo ha hecho ella.
Y yo tengo veinte años y estoy más orgullosa de eso que del siete con ochenta y cuatro.
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El regalo de mi padre es una cámara.
No una cámara nueva: una cámara de segunda mano, una réflex de hace diez años con dos objetivos, en una funda de tela que huele a armario ajeno.
—La vi en Wallapop —dice—. Un chaval de Torre Pacheco que se compró otra. Me llevé al de la tienda de fotos de la Ronda para que la mirara él, y dice que está bien.
Y yo la saco de la funda y la enciendo y hace el ruido que hacen estas cámaras, ese clac pequeño, y no puedo decir nada durante unos segundos.
—Como vas a estudiar eso… —dice él, y se encoge de hombros, y empieza a recoger platos que no hace falta recoger.
Y yo pienso en la factura de la luz de cuatrocientos ochenta y seis euros.
Y pienso en los trescientos euros que me devolvió en un sobre encima de la mesilla.
Y me levanto y lo abrazo por detrás, con la cámara colgando de la muñeca, y mi padre se queda quieto con dos platos en la mano y dice «bueno, bueno», que es como él dice otras cosas.
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A las cinco, con la paella ya fría en la paellera y el señor Paco dormido en su silla plegable con la boca abierta, empiezan los regalos.
La tía Chelo me da un bote de crema de pelo carísima «para que no se te quede como una escoba en Murcia».
El señor Paco, despertado a codazos por su mujer, me da un sobre con veinte euros y un «que estudies mucho», que es lo único que me ha dicho en catorce años, y esta vez me hace llorar un poco.
Lucía me regala una sudadera de la Universidad de Murcia, azul marino, dos tallas grande, que ha comprado por internet y que dice que es para que no se me olvide que me voy.
Y Hugo, antes de irse, deja un paquete pequeño encima de la mesa de caballetes, al lado de mi plato, sin dármelo en la mano.
—Para la cámara —dice—. Me dijo tu padre lo de la cámara.
Y se va.
Lo abro cuando ya se ha ido. Es una funda estanca. Una bolsa de plástico gordo, transparente, con cierre de rosca y una cinta para colgarla, de las que se usan en los barcos para que no se moje el móvil. Pero de las grandes. De las de cámara.
Y dentro, una nota, en un papel de libreta arrancado, con su letra de chico que escribe en mayúsculas:
PARA CUANDO QUIERAS GRABAR EL AGUA DE CERCA. LA BARCA SALE LOS DOMINGOS A LAS 11. H.
Y miro la funda estanca, con la nota en la mano, debajo del tamarindo, y pienso que es el regalo más de Hugo que ha existido nunca. Nada bonito. Nada que brille. Una bolsa de plástico gordo para que la cámara que me ha regalado mi padre no se estropee si algún día me meto en el agua con él.
Y la guardo en la mochila. Y no la saco en todo el verano.
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A las siete y cuarto me vibra el móvil.
«Felicidades. Estoy en la rotonda de la salida.»
Y ahí está el problema de las historias secretas: que no vienen a tu cumpleaños, te esperan en una rotonda.
—Me tengo que ir —digo.
Lucía deja el tenedor.
—¿Ahora?
—Entro a las ocho.
—Nerea, son las siete y cuarto —dice Lucía—. Has dicho toda la semana que libras hoy.
Y mi padre, que está cortando la tarta del Mercadona con una cuchara porque no encontramos el cuchillo, se para medio segundo.
Medio segundo.
Y sigue cortando.
—Me ha cambiado Fran el turno —digo.
Y es la primera mentira entera que digo este verano. No una omisión, no un silencio: una mentira con sujeto y verbo, dicha en voz alta delante de siete personas que me quieren.
Sale facilísima.
Eso es lo que nadie te cuenta.
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El coche de Bruno está parado en el arcén de la rotonda con los cuatro intermitentes.
Me ha comprado un pastel.
Es un pastel de una pastelería buena de Cartagena, con una vela puesta, en el asiento del copiloto, y él me lo pone en las manos en cuanto entro y se queda mirándome con una sonrisa enorme, esperando la reacción, y es tan evidente que le ha hecho ilusión que se me olvida todo lo demás.
—Estás loco.
—Es de pistacho.
—Son las siete y media de la tarde.
—Nerea, cumples veinte años. —Arranca—. ¿Dónde te llevo?
—Donde sea.
Y vamos a Cabo de Palos, y aparcamos en el faro, y nos comemos un pastel entero con dos cucharillas de plástico sentados en el capó del coche viendo ponerse el sol, y él me señala un local cerrado con las persianas bajadas en la segunda línea y me dice «ese, ese es el que quiero».
Y yo me río, y le doy la mano, y estoy feliz.
Esto es importante: estoy feliz. No estoy engañada ni triste ni confundida. Es el mejor cumpleaños de mi vida y lo estoy pasando con él.
Antes de irnos, con el sol ya metido detrás de La Manga y el faro empezando a girar, saco la cámara.
La de mi padre. La del clac pequeño. La llevo colgada desde las dos de la tarde y todavía no he hecho ni una foto.
—Ponte ahí —le digo a Bruno—. Delante del faro.
Y él levanta la mano. La palma abierta, delante de la cara, riéndose.
—No, no. A mí no.
—Una.
—Salgo fatal en las fotos. Siempre. Parezco un preso.
—Bruno, una. Es mi cumpleaños.
Y se ríe más, y se da la vuelta, y me da la espalda, y señala el faro con el brazo extendido.
—Al faro. Hazle una al faro. Que ese sí sale bien.
Y le hago una al faro. Y en la foto, cuando la miro esa noche en la cama, sale el faro de Cabo de Palos con la luz girando, el cielo morado, y en la esquina de abajo, cortado, desenfocado, un trozo de brazo con una camisa blanca remangada señalando hacia arriba.
Es la única foto que tengo de él. De todo el verano. Un trozo de brazo.
Y esa noche me parece una cosa graciosa, de hombre coqueto, de los que dicen que salen mal en las fotos para que les digas que no.
No me parece otra cosa hasta mucho después.
A las once y media, cuando me deja otra vez en la rotonda, veo que tengo una llamada perdida de Lucía y un mensaje de mi padre de las nueve y cuarto.
«Te hemos guardado tarta.»