La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 20
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Bruno vive en un ático de alquiler en la zona de Veneziola, en la punta de La Manga donde ya casi no hay nadie, con el Mediterráneo por delante y el Mar Menor por detrás.

La primera vez que subo es el doce de julio, un sábado, a las seis y media de la mañana.

No hay nada suyo en la casa.

Eso es lo primero que pienso al entrar: un sofá gris de alquiler, una mesa de cristal de alquiler, una lámina enmarcada de un velero que no ha elegido ningún ser humano. En la nevera hay cerveza, dos yogures y una caja de plástico con algo verde. En el baño hay un neceser.

Cuatro veranos aquí y vive como si se fuera el martes.

•

Dormimos hasta las dos.

Y a las dos de la tarde, mientras él hace café con una cafetera italiana pequeña que es lo único personal que hay en toda la casa, pasa una cosa que no esperaba: se pone a cocinar.

Hace un tomate con anchoas y un huevo frito y un pan tostado con aceite, y lo hace con una concentración absoluta, colocando las anchoas una a una, y lo pone en la mesa de cristal como si esto fuera un restaurante.

Y está buenísimo.

Pone música mientras cocina, y ahí se le ve la edad.

No de mala manera. Es que lo que suena son canciones de 2018, de cuando él tenía dieciocho años y yo doce, y se las sabe enteras, y hay una de la que canta hasta el trozo hablado del final.

—¿Esto qué es?

—¿Cómo que qué es?

—Que no la he oído en mi vida.

Bruno se queda con la espátula en el aire.

—Nerea, esta canción la ha oído todo el mundo.

—Yo tenía doce años.

Y se ríe, y sigue con el huevo, y no vuelve a poner música en todo el día.

—Esto sí que se te da bien —digo.

—Esto es lo único que se me da bien.

—Eso no es verdad.

Se sienta enfrente. Se pasa la mano por el pelo mojado.

—Mi padre tenía un restaurante en Valencia —dice—. En Ruzafa, antes de que Ruzafa fuera Ruzafa. Cuarenta cubiertos. Yo empecé a pelar patatas ahí con once años.

—No me habías contado eso.

—Te conté que murió.

—Me contaste que murió. No me contaste lo del restaurante.

Da un trago al café. Tarda en seguir, y cuando sigue lo hace mirando la mesa.

—Murió en 2019 —dice—. Yo tenía diecinueve. Y el restaurante tenía una deuda que yo no sabía que tenía, porque mi padre era de los que no cuentan las cosas.

Y ahí, en ese momento exacto, con esa frase, yo ya soy suya del todo.

«De los que no cuentan las cosas.»

Lo mira uno desde fuera y es evidente. Lo mira uno desde dentro y es el hombre más parecido a ti que has conocido en tu vida.

—Lo cerramos en cuatro meses —sigue—. Y yo me vine aquí a trabajar de camarero, y a los dos años un señor me ofreció meterme en un sitio con una parte pequeña, y aquí estoy.

—¿Qué señor?

—Un señor.

—Bruno.

—Un inversor, Nerea. Un señor con dinero que pone dinero en sitios.

Y se levanta a por más café, y es la primera vez que lo veo levantarse de una conversación.

•

Mientras él se ducha, yo ando por la casa.

No es cotillear. O no del todo. Es que una casa sin nada es una casa que te obliga a mirar lo poco que hay, como una habitación vacía te obliga a mirar el único cuadro.

Y lo poco que hay es esto. En el dormitorio, un armario empotrado con seis camisas blancas iguales colgadas en fila y dos pantalones.

En la mesilla, un cargador y un libro de cocina de un chef vasco, con la esquina de una página doblada: una receta de merluza.

En el salón, encima de la mesa de cristal, un portátil cerrado y una pila de cartas.

Las cartas no las toco.

Pero las veo. Están bocarriba, porque en esta casa nadie espera visitas, y la de arriba es de un banco y la de debajo es de Hacienda, y ninguna va a su nombre. Van a una empresa. Todas a la misma, con la dirección de este ático, con una ventanilla de plástico:

MARE LEVANTE OCIO S.L.

Y no sé lo que es. No lo he oído en mi vida.

Suena a nombre de restaurante de playa, a nombre de barco.

Y pienso que será el nombre de la empresa del Salitre, que tendrá un nombre así, oficial, feo, de los que se ponen para los papeles.

Y que es normal que le lleguen cartas de la empresa a uno de los socios.

Y me voy a la terraza, a mirar el Mediterráneo.

Y ese nombre se me queda en algún sitio de la cabeza, al lado de una tarjeta de visita con letras en relieve sujeta con un clip en la carpeta de mi padre. Dos nombres que no conozco. Dos papeles que no son míos. Guardados en el mismo cajón, sin saber todavía que son la misma cosa.

•

A las tres y media cocina él.

Merluza al horno con patatas y cebolla, la receta de la página doblada del libro del chef vasco. Y mientras la hace, la cocina de ese ático sin nada se convierte, durante cuarenta minutos, en otro sitio.

Se mueve distinto. Eso es lo primero. En la barra del Salitre se apoya y mira; aquí no para: va del fregadero a la tabla y de la tabla al horno sin dar un paso de más, con un trapo colgado del hombro que coge y suelta veinte veces.

Corta la cebolla en juliana con la punta del cuchillo apoyada en la tabla y los dedos de la otra mano doblados hacia dentro, y va tan rápido que me da miedo mirar.

—¿Dónde aprendiste eso?

—En mi casa. —No levanta la vista—. A los once años, un domingo. Mi padre me puso una cebolla delante y me dijo que hasta que no la cortara igual que él no me dejaba entrar en la cocina del restaurante. Tardé tres meses.

—¿Tres meses cortando cebollas?

—Tres meses cortando cebollas. Los domingos por la mañana, antes del servicio. —Barre la cebolla con el cuchillo y la echa a la bandeja—. Y el día que me salió, no me dijo «muy bien». Me dijo «ahora el ajo».

Y se ríe. Y en esa risa hay una cosa que no sé si es cariño o es otra cosa más antigua.

Y luego, mientras se hace el horno, pone la mesa. Y viéndolo entiendo del todo de qué casa viene.

Porque pone la mesa de verdad. En una mesa de cristal de un ático de alquiler, para dos, un domingo de julio a las cuatro de la tarde.

Mantel individual. Los cubiertos bien puestos.

Dos vasos y una jarra de agua. La bandeja del horno encima de un salvamanteles, no encima de un trapo doblado. Y el pan cortado en una cesta.

—En mi casa no se comía de pie —dice, al verme mirar—. Nunca. Ni un bocadillo. Mi padre podía estar catorce horas en la cocina, pero en su casa se ponía la mesa y se comía sentado, con mantel, aunque fueran macarrones. Decía que la gente que come de pie se olvida de por qué trabaja.

Y me sirve. Y nos sentamos. Y comemos merluza al horno con las persianas medio bajadas por el calor, en silencio.

Y yo pienso en el hule de los limones de la cocina de mi casa, y en mi padre comiéndose un bocadillo de pie en la recepción, con una servilleta de papel, mirando por la ventana si llega alguien a la barrera.

Y pienso que son dos hombres que trabajan catorce horas, y que uno pone mantel y el otro come de pie, y que a lo mejor eso no dice nada de ninguno de los dos.

O a lo mejor lo dice todo.

•

Por la tarde nos bañamos en el lado del Mar Menor porque el otro está lleno.

El agua está a veintinueve grados, que es una barbaridad, y hay una franja de algas muertas en la orilla que hay que cruzar andando de puntillas.

—Esto antes no estaba así —digo.

—¿El qué?

—El agua. Está verde.

Bruno mira alrededor como si se lo hubiera señalado por primera vez.

—Pues es verdad —dice.

Y se tumba de espaldas a hacer el muerto, y a los diez segundos:

—Igual hay que mirar los dos lados. —Abre un ojo—. En Veneziola se alquila igual de caro con el agua verde que con el agua azul, mientras el otro lado sea azul.

Lo dice sin maldad. Lo dice como quien comenta el tráfico.

Y yo, flotando a su lado, me acuerdo de Hugo en la barca diciendo «no hace falta quererlo, basta con que te venga bien», y noto una punzada muy fea debajo de las costillas.

Y hago lo que llevo haciendo desde el veinticuatro de junio con todas las punzadas: la meto en el cajón.

•

Al atardecer, en la terraza del ático, Bruno me pregunta si grabo cosas.

Estamos sentados en el suelo, con la espalda contra la pared, con dos cervezas, mirando el sol ponerse detrás del Mar Menor, que desde aquí se ve por detrás, al otro lado de la carretera, como un espejo sucio que se vuelve naranja.

—¿Grabar?

—Vídeo. Lo de la carrera. Comunicación Audiovisual. —Da un trago—. ¿Grabas?

Y le cuento lo de la cámara del abuelo. La de vídeo, la gris, la enorme, con la que me pasé los veranos de los ocho a los doce grabando el camping.

Las peleas por la sombra. Al señor Paco regando.

A mi padre pintando la grieta de la piscina.

Al Mar Menor desde el embarcadero, siempre desde el mismo sitio, todos los veranos, porque me parecía que si lo grababa desde el mismo sitio se vería si cambiaba.

—¿Y se veía?

—No lo sé. Nunca lo he visto seguido. Las cintas están en una caja en el altillo.

Bruno se queda callado. Mira el agua.

—Pues deberías verlas —dice—. Seguidas. Del primer verano al último.

—¿Para qué?

—Para saber si se ve. —Deja la cerveza en el suelo—. Y algún día, cuando abra lo de los treinta cubiertos, me lo grabas tú. El primer día. Desde el mismo sitio. Y el primer día del segundo año. Y del tercero.

Y lo dice así, «algún día», «el segundo año», «el tercero», como si fueran cosas que ya existieran. Como si yo fuera a estar ahí el primer día del tercer año de un restaurante que todavía no existe en Cabo de Palos.

Y me gusta tanto que duele.

Y no pienso, porque es el doce de julio y el sol se está poniendo y tengo veinte años y una cerveza en la mano, que un hombre que te promete el tercer año de algo que no existe no te está prometiendo nada.

•

Vuelvo a casa a las once de la noche del domingo.

Mi padre está en la oficina con el ventilador puesto, dando de alta a una familia tardía.

Cuando terminan, levanta la vista.

—¿Has dormido en casa de Lucía?

Y es una pregunta con trampa, porque mi padre habló con la tía Chelo ayer en el Mercadona, y yo lo sé, porque en este pueblo siempre hay alguien en el Mercadona.

—No —digo.

Mi padre asiente.

Y no pregunta nada más, y eso, en mi casa, es la conversación más larga que hemos tenido en semanas.