19
Mi madre aparece en el Salitre el nueve de julio a las once y cuarto de la noche.
La veo antes de que ella me vea, porque estoy detrás de una barra y ese es el único privilegio del oficio: tú ves entrar a todo el mundo.
Viene con dos mujeres de su edad y un hombre. Lleva un vestido verde. Se para en la entrada de la pasarela, donde el del pinganillo para a todo el mundo.
Y el del pinganillo no la para.
El del pinganillo se aparta.
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Las mesas de la zona alta no se reservan por internet. Lo sé porque lo pregunté mi segunda semana y Keko me dijo «esas las da Fran».
Mi madre y sus tres acompañantes se sientan en la zona alta.
Y a los diez minutos, Fran Olivares sube personalmente con una botella de vino en una cubitera, se para en la mesa, le dice algo a mi madre y ella se ríe y le toca el brazo.
Como se toca el brazo de alguien conocido.
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—Keko.
—Dime.
—La mesa de arriba, la de las tres mujeres y el señor.
—¿Qué pasa?
—¿Son clientes?
Keko se asoma un segundo, con la coctelera en la mano, y hace un ruido con la boca.
—Esa es Marga —dice—. Viene a veces.
Sigo secando el mismo vaso, con la certeza absoluta de que no se ha dado cuenta de nada, porque Keko lleva toda su vida con esa suerte.
—¿Marga qué?
—Y yo qué sé, Baresa. Marga. Es de la casa.
«Es de la casa.»
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Sube Saray con una bandeja. Baja. Sube Keko. Baja.
Me quedo abajo una hora y cuarenta minutos, fregando vasos que ya están limpios.
Y desde abajo la miro.
No puedo no mirarla. Me pongo en el extremo izquierdo de la barra, junto a la máquina de hielo, donde me ponía hace dos semanas para ver otra cosa, y me estiro un poco, y veo la mesa de arriba.
Mi madre se ríe. Se ríe mucho, con la cabeza echada hacia atrás, como en las fotos de Instagram.
Habla con las manos. Toca el brazo de las otras dos mujeres cuando cuenta algo.
Brinda. Coge una gamba del plato de otra con los dedos y se la come, y las otras se ríen, y ella se chupa los dedos.
Es la más divertida de la mesa. Se nota desde abajo, desde veinte metros, sin oír nada. Es la que hace reír a las demás.
Y el hombre.
El hombre está sentado a su lado, en la esquina, casi siempre de espaldas a la barra.
Tiene unos sesenta años, el pelo blanco peinado hacia atrás y una camisa de un azul muy claro, de ese azul que solo llevan los hombres que no han sudado en su vida.
No habla mucho. Escucha a mi madre, sonríe cuando ella dice algo, y de vez en cuando le dice algo al oído y ella asiente.
Y en un momento dado, a las doce y veinte, él levanta el brazo para pedir otra botella, y Fran sube con la cubitera casi corriendo, y el hombre le dice algo a Fran sin mirarlo, y Fran asiente dos veces, rápido, como asiente un camarero de veinte años a un cliente que le da miedo.
Fran. Que lleva quince años aquí. Que no se pone nervioso ni cuando se rompe la máquina de hielo un sábado.
Y ahí me acuerdo de dónde he visto esa camisa.
No la camisa. El color. Ese azul celeste. En el yate del cinco de julio, en la mesa del fondo, de espaldas, con un sombrero de paja. El hombre al que los otros dejaban de hablar para saludar.
Y no estoy segura. No le vi la cara aquel día y hoy tampoco se la veo bien. Hay muchas camisas azules en La Manga. Hay muchos hombres de sesenta con el pelo blanco que no sudan.
Pero mi madre está sentada a su lado. Y él le habla al oído.
Y friego el mismo vaso limpio cuatro veces más.
A la una menos cuarto, cuando levanto la cabeza, mi madre está al otro lado de la barra.
—Hola, hija.
—Hola.
—Qué bien te queda la camiseta.
Y yo no sé qué hacer con la cara, así que sigo secando una copa.
—¿Tú qué haces aquí? —digo, en voz baja.
—Tomar algo.
—Sabías que trabajaba aquí.
Mi madre coge una aceituna del bol de la barra. Se la come. Se limpia los dedos con una servilleta.
—Nerea —dice—, yo vengo a este sitio desde antes de que tú entraras.
—¿Por qué?
—Porque trabajo con gente que viene aquí.
—¿Qué gente?
Sonríe con muchísima paciencia, como quien lleva toda la noche esperando esta parte.
—Cariño, este es el único sitio decente en treinta kilómetros —dice—. Aquí viene todo el mundo. Es un chiringuito, no una logia masónica.
Y se ríe.
Y yo me río.
Y funciona, porque es verdad: es un chiringuito. Es un sitio donde viene gente con dinero a beber vino caro. No hay nada raro en que mi madre venga a beber vino caro a un sitio donde viene todo el mundo.
—¿A qué hora sales?
—A las seis.
—Madre mía. —Se echa el bolso al hombro—. Oye, el miércoles libras, ¿no?
—¿Cómo sabes que libro el miércoles?
Medio segundo.
Y esta vez lo veo enterito, porque llevo tres semanas entrenándome sin saberlo.
—Me lo habrás dicho tú —dice mi madre.
No se lo he dicho yo.
Se va con sus amigas riendo por la pasarela, y el del pinganillo le dice algo al pasar, y ella le contesta sin pararse.
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A la una menos veinte mi madre baja al baño.
La veo bajar la escalera de madera agarrada a la barandilla, con los tacones en una mano, descalza en los escalones, riéndose todavía de algo de arriba. Y la veo cruzar la barra por detrás, hacia el pasillo del baño de clientes, y pasar a metro y medio de mí.
Y me ve.
Se para en seco. Con los tacones en la mano.
—Nerea.
—Hola.
Y se hace un silencio que dura dos segundos y que a mí me dura mucho más, con la música de fondo, con Keko sirviendo a cuatro a la vez a mi izquierda, con el trapo mojado en mi mano.
Y mi madre hace una cosa que no me espero: se le llenan los ojos. De verdad. Se le ponen brillantes ahí mismo, en el pasillo del baño, a la una menos veinte de la madrugada.
—Estás muy guapa de negro —dice.
—Es el uniforme.
—Ya lo sé. —Se ríe, y se limpia el ojo con el meñique, con cuidado de no correrse el rímel—. Pero estás muy guapa.
Y se queda ahí. Y yo sigo secando el mismo vaso.
—No sabía que trabajabas aquí —dice.
—Llevo tres semanas.
—Me lo podías haber dicho en el café.
—Me lo podías haber preguntado.
Y eso le llega. Lo veo. Baja un poco la barbilla y asiente dos veces, deprisa, como quien acepta una multa.
—Tienes razón —dice—. Tienes toda la razón.
Y luego mira hacia arriba, hacia la escalera de madera, medio segundo, y baja la voz, y dice lo otro.
—Nerea, una cosa. No le digas a tu padre que me has visto aquí.
—¿Por qué?
—Porque no lo va a entender. —Y se pone la mano en el pecho, como se pone la gente cuando va a decir algo sincero o cuando quiere que lo parezca—.
Porque me va a preguntar con quién estaba y con qué dinero, y no tengo por qué darle explicaciones, y tú acabarías en medio. Y tú ya has estado bastante en medio.
Y dicho así, suena a que me está protegiendo.
Dicho así, suena hasta bien.
—Vale —digo.
Y ella sonríe, y me toca el brazo por encima de la barra, y se mete en el baño con los tacones en la mano.
Y tardo semanas en darme cuenta de que le he prometido a mi madre que no le voy a contar a mi padre una cosa de mi madre. Y de que eso, que dura cuatro segundos y se dice en un pasillo, es exactamente la manera en que la gente te mete en un sitio sin que te des cuenta de que estás dentro.
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A las cinco y veinte rompo una copa.
Una de balón, de las caras, que se me va de la mano mientras la seco y se hace pedazos contra el suelo de cemento pulido detrás de la barra. Es la primera que rompo desde la segunda semana.
Keko se gira. Saray se gira. Y las dos cosas que pasan a continuación pasan en cuatro segundos.
Keko dice «¡oooooh!» alargándolo, como en el colegio, y luego «¡esa la paga la casa!», y se ríe.
Y Saray no dice nada. Coge el recogedor y la escoba pequeña de debajo de la pila, se agacha a mi lado y barre los cristales ella, sin levantar la vista, mientras yo me quedo de pie con el paño en la mano.
Y cuando termina, y tira los cristales al cubo, me mira desde abajo un segundo.
—Vete a casa —dice.
—Falta media hora.
—Vete a casa, Baresa.
Y no me voy, porque no sé irme de los sitios antes de que se acaben. Y me quedo la media hora. Y seco cuarenta vasos más sin romper ninguno.
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A las cinco y media, subiendo sillas a las mesas, Keko me pregunta.
—Baresa.
—¿Qué?
—¿Tú estás bien?
Y yo estoy de espaldas, con una silla en las manos, y me quedo así, con la silla a medio subir.
—Es mi madre —digo.
—¿Qué?
—La de la mesa de arriba. La del pelo recogido. Es mi madre.
Y lo digo así, a una silla, sin girarme.
Y es la primera vez en tres años que le digo a alguien de fuera de mi casa una frase que empieza por «mi madre» y no termina en «se fue».
Oigo a Keko dejar una silla encima de una mesa. Muy despacio, para no hacer ruido.
—Joder —dice.
—Ya.
—¿Y desde cuándo…?
—Desde hace tres años. Vive en San Javier. La vi en junio. Hoy no sabía que venía.
Keko no dice nada durante un rato. Sube dos sillas más.
Y luego dice:
—Mi padre se fue cuando yo tenía nueve.
Y yo me giro.
—No lo sabía.
—Nadie lo sabe. Bueno, todo el pueblo lo sabe. —Se ríe, sin ninguna gracia—. Pero nadie lo habla. Aquí eso no se habla.
Y sube otra silla.
—Está en Elche —dice—. Tiene otra familia. Le escribo por su cumpleaños y me contesta a los tres días con un «gracias hijo». Con coma. Sin nada más.
Y seguimos subiendo sillas, los dos, en silencio, hasta que no queda ninguna en el suelo.
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A las seis y diez, en el escalón de la pasarela, le pregunto a Fran.
Llevo cinco horas ensayándolo y me sale fatal.
—Fran, la mesa de arriba de esta noche.
—¿Cuál?
—La de la señora del vestido verde.
Fran está contando el bote sobre una caja de cervezas. No para de contar.
—¿Qué pasa con ella?
—¿La conoces?
—De vista.
—Le has subido tú el vino.
Y Fran sí para.
Deja los billetes en la caja, se endereza y me mira, y por primera vez desde que lo conozco no tiene cara de encargado, sino cara de hombre de treinta y ocho años a las seis y diez de la mañana.
—Baresa —dice—. ¿Cuánto te queda para irte a Murcia?
—Dos meses.
—Dos meses —repite—. Pues yo, en tu lugar, haría dos meses de barra.
Y vuelve a contar el bote.