18
El domingo seis me escribe Hugo a las nueve de la mañana, que es la peor hora del mundo para escribirle a alguien que trabaja de noche.
«Voy a coger muestras. ¿Te vienes? Salgo a las 11 del embarcadero.»
He dormido tres horas.
«Voy».
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La barca de su padre es una barca de madera de cinco metros con un motor fueraborda del año de la pera y un nombre pintado a mano en la proa: Encarnita, que era su abuela.
Hugo está cargando una nevera de playa con botes de plástico numerados.
—¿Esto es para la universidad?
—Es para mí —dice—. Me estoy haciendo una serie propia. Si en septiembre entro en el proyecto, llego con un año de datos.
—¿Y si no entras?
—Pues tengo un año de datos.
Y sonríe con medio lado de la boca, y yo pienso que nadie me ha dicho nunca una frase tan poco espectacular y tan admirable a la vez.
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A las doce paramos el motor en el centro, entre Los Urrutias y la isla, donde no se ve el fondo pero tampoco se ve nadie.
Hugo saca de la nevera dos botellines de agua y una bolsa de almendras fritas de la panadería del pueblo, de esas que vende su madre en bolsas de papel manchadas de aceite, y las pone entre los dos, en la bancada.
Y la barca se queda quieta.
Es una cosa que no pasa en ningún otro sitio.
El Mar Menor, a mediodía, sin viento, se queda como una plancha.
No hay olas, no hay ruido de motor, no hay gaviotas.
Solo el agua dando golpecitos pequeñísimos contra la madera y, muy lejos, el zumbido de una moto de agua que suena como una mosca en otra habitación.
—Esta barca es de mi abuela —dice Hugo, dándole una palmada a la bancada—.
Encarnita. La compró mi abuelo en el sesenta y ocho y la usaba ella más que él.
Salía a las seis de la mañana a poner nasas y volvía a las nueve con la cesta llena, y luego vendía el pescado en la puerta de su casa, en un barreño con hielo.
—¿Tú la conociste?
—Hasta los doce. —Se come una almendra—. Me llevaba con ella los sábados. Y me hacía contar. Contar todo. Cuántas nasas, cuántos peces, cuántos de cada. Decía que el mar es una cuenta, y que el día que dejes de contar, te lo roban.
Y se queda un momento callado, con la almendra en la mano.
—Por eso lo de la libreta —dice—. Lo del disco. No es de la universidad, eso lo aprendí después. Es de mi abuela. Ella no medía el agua, pero contaba los peces. Y a partir del noventa y tantos, un año tras otro, contaba menos.
—¿Y lo apuntaba?
—En un cuaderno de cuentas, de los de tapa dura. Lo tengo yo. —Se ríe—. Es horrible. Es una lista de números que baja durante veinticinco años.
Y nos comemos las almendras en silencio, mirando el agua verde.
Y yo pienso en la caja de mis cintas, en el altillo de mi casa, con las etiquetas escritas por mi madre. Y en que dos familias de este pueblo tienen guardado, sin haberlo hablado nunca, el mismo archivo del mismo desastre: una en números y otra en vídeo.
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—Las tres olas —digo, al rato.
Hugo levanta la vista.
—¿Qué?
—Lo de las tres olas. Cuando éramos pequeños. Que había que saltar tres seguidas sin que te tirara ninguna, y si te tiraba, vuelta a empezar.
—Eso te lo inventaste tú.
—No me lo inventé yo.
—Te lo inventaste tú, Nerea, en primero, en la playa del camping, y estuvimos tres veranos saltando olas de veinte centímetros como idiotas porque tú dijiste que era un juego.
Y me da la risa. Una risa de las buenas, de las que salen de abajo, y Hugo se ríe también, y la barca se mueve un poco con la risa de los dos, y la plancha del agua se rompe en círculos alrededor.
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No hablamos de la noche de San Juan.
Estamos veinte minutos navegando hacia el sur sin hablar de la noche de San Juan, lo cual, para dos personas que se conocen desde los ocho años, requiere una cantidad de trabajo considerable.
Hablamos de la barca. De su hermano Nando, que se ha comprado una moto. De una serie que hemos visto los dos.
Y cuando para el motor en mitad de la nada y empieza a meter botes en el agua a distintas profundidades, apuntando cosas en una libreta mojada, hablamos de su tema, que es el único en el que se le suelta la lengua del todo.
—Mira —dice.
Mete el bote y lo saca. El agua de dentro, contra el cielo, se ve de un verde muy claro, casi bonito.
—¿Eso es normal?
—Eso es el problema. —Lo tapa, lo etiqueta—. Esto hace veinte años era transparente hasta los cinco metros. Mi padre pescaba aquí y veía el fondo.
—¿Y qué se hace?
—Se deja de echar mierda en el campo, se cierran los pozos ilegales, se hace un filtro verde en las ramblas y se espera veinte años.
—Nadie va a esperar veinte años.
—Ya —dice—. Por eso siempre gana el que quiere construir. El que construye tarda dieciocho meses.
Y yo, con los pies en el agua por la borda, digo, sin pensarlo mucho:
—El otro día oí a un tío decir que el año que hay episodio baja el precio del suelo un sesenta por ciento.
Hugo levanta la cabeza de la libreta.
—¿Dónde oíste eso?
—Trabajando.
—¿En el Salitre?
—En una salida de barco.
Se queda muy quieto. Cierra la libreta con el dedo dentro.
—Nerea, eso que has dicho no es una frase de bar.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes —dice, y por primera vez en once años me habla con algo parecido a la dureza—. Eso es gente esperando a que esto se muera para comprarlo barato. Es un negocio. Hay gente aquí a la que le interesa que el agua esté así.
—No creo que nadie quiera que…
—No hace falta quererlo. Basta con que te venga bien.
Y nos quedamos callados en mitad de un mar plano, en una barca que se llama como su abuela, con el sol de las doce cayéndonos encima.
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Antes de volver, Hugo saca de la nevera un disco.
Un disco blanco y negro, de metal, del tamaño de un plato de postre, dividido en cuatro cuartos, dos blancos y dos negros, colgado de una cuerda con nudos cada medio metro.
—Disco de Secchi —dice—. Es lo más viejo del mundo. Lo inventó un cura italiano hace ciento cincuenta años. Y sigue siendo lo mejor que hay.
—¿Para qué?
—Para saber hasta dónde se ve. —Me lo da—. Échalo tú.
Y lo echo. Por la borda, despacio, soltando cuerda entre los dedos, como él me dice.
Y el disco baja por el agua verde, blanco y negro, girando un poco, y lo veo bajar, y lo veo, y lo veo, y de repente ya no lo veo.
Se lo ha tragado el verde. No hay un momento en que desaparezca: hay un momento en que te das cuenta de que ya hace un rato que no lo ves.
—Para —dice Hugo—. ¿Cuántos nudos?
Los cuento. Tres y medio.
—Un metro ochenta —dice, y lo apunta en la libreta mojada—. Mi padre, cuando tenía mi edad, lo echaba aquí mismo y lo veía hasta el fondo. Cinco metros, seis. Me lo ha contado mil veces. Que veía los caballitos de mar.
—¿Había caballitos de mar?
—Había de todo. —Recoge la cuerda, nudo a nudo, el disco sale del agua chorreando—. Mi abuela, la de la barca, bajaba a la orilla por las mañanas con una cesta y cogía cangrejos con la mano. Con la mano, Nerea. Yo no he visto un cangrejo en esta orilla en mi vida.
Y guarda el disco en la nevera con cuidado, envuelto en una toalla vieja, como se guarda algo que tiene mucho valor aunque no valga nada.
—Un metro ochenta —repito.
—Un metro ochenta. —Arranca el motor—. El año pasado, en julio, era dos veinte. Lo tengo todo apuntado.
Y no me dice nada más. No hace falta. Vamos hacia el embarcadero por el agua verde y yo miro la estela de la barca, que se abre y se cierra, y pienso en un disco blanco y negro bajando hasta que deja de verse, y en que hay cosas que no se pierden de golpe,
sino que un día te das cuenta de que hace tiempo que no las ves.
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A la una y media, cuando ya volvemos hacia la orilla, Hugo para el motor otra vez.
—Una cosa más —dice—. Y ya te dejo.
Y saca del fondo de la barca, de debajo de la bancada, un bote de cristal con tapa de rosca, de los de conservas, lleno de agua verde. Lo levanta a contraluz. El agua, dentro del bote, con el sol detrás, no es verde: es marrón clarita, con partículas suspendidas moviéndose despacio.
—¿Ves los puntitos?
—Sí.
—Eso es fitoplancton. —Agita un poco el bote—.
Es lo que hace la sopa. Hay tanto nitrato en el agua, de los abonos del campo, que las algas microscópicas se ponen a comer y a multiplicarse.
Y cuando hay tantas que no les llega la luz, se mueren, y al pudrirse se comen el oxígeno del fondo. Y entonces el fondo se muere.
—Y eso es el episodio.
—Eso es el episodio. —Cierra el bote—. Y lo que sale en la tele son los peces muertos en la orilla, que es el final. El principio es esto. Un bote de agua que parece sucia.
Y me da el bote.
—Quédatelo —dice—. En serio. Llévatelo a casa y ponlo en la ventana. Verás cómo en tres días el agua se aclara y se queda todo el sedimento abajo.
—¿Y para qué quiero yo un bote de agua sucia?
—Para que lo tengas.
Y me lo llevo. Y lo pongo en la ventana de mi cuarto, encima del alféizar, al lado de un cactus que me regalaron en tercero de la ESO y que no se ha muerto de milagro.
Y a los tres días el agua está clara y hay dos dedos de porquería marrón en el fondo del bote.
Y se queda ahí todo el verano. Y todavía está, que yo sepa.
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Volvemos a la una.
En el embarcadero, mientras ata el cabo, Hugo dice, sin levantar la vista:
—¿Estás con él?
Y ahí está. Dos horas y media de barca para llegar aquí.
—Hugo…
—Es un sí o un no.
—Sí.
Asiente. Termina el nudo. Lo aprieta.
—Vale.
—No es… mira, no es nada serio, es un ver…
—Nerea, no me lo expliques —dice, y se levanta—. En serio. No me lo expliques, que es peor.
Me da la nevera de los botes para que se la sujete mientras baja al pantalán. Me la da con cuidado. Me la coge con cuidado.
—¿Seguimos siendo amigos? —digo, y me odio mientras lo digo, porque es la frase más cobarde que existe.
Hugo se echa la nevera al hombro.
—Claro que sí —dice.
Y es verdad, y por eso duele.
—Pero dame unas semanas, ¿vale? —añade, ya andando—. Que yo también tengo un verano.