La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 17
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La primera salida es el cinco de julio y me la dan a mí porque Saray tiene boda.

—Mañana a las seis en el puerto —dice Fran—. Pantalón negro, camisa blanca, no la del Salitre.

—¿Qué es?

—Un servicio.

—¿Un servicio de qué?

Fran me mira con esa cara suya de tener que explicar el agua.

—De barra —dice—. En un barco. Ocho personas. Cuatro horas. Cien euros.

Cien euros por cuatro horas.

Eso es lo único que oigo.

•

El barco no es el de la noche de San Juan. Es otro, mucho más grande, un yate de verdad con tripulación de dos y una mesa de teca en la popa donde cabrían doce.

Somos tres del Salitre: Fran, un cocinero al que no conozco y yo.

Los clientes llegan a las seis y media en dos coches.

Seis hombres y dos mujeres. Los hombres tienen entre cuarenta y sesenta y cinco años y visten como visten aquí los hombres que tienen dinero, que es como si fueran a jugar al golf aunque no jueguen.

Las dos mujeres tienen mi edad más cinco años y visten como si fueran a otra fiesta.

Y hay un hombre que llega el último, con una carpeta bajo el brazo, y al que los otros dejan de hablar para saludar.

No llego a verle bien la cara. Está de espaldas casi todo el rato, en la mesa del fondo, con un sombrero de paja y una camisa azul celeste.

Pero veo lo otro.

Veo que cuando él se sienta, dos de los hombres se cambian de sitio para quedar a su lado.

Veo que Fran, que lleva quince años aquí y que no se pone nervioso ni cuando se rompe la máquina de hielo un sábado, se ata el delantal dos veces.

•

Antes de que suban los invitados, el cocinero me explica las normas.

Se llama Nacho, tiene cuarenta y tantos, lleva una chaquetilla blanca con el nombre bordado y una cicatriz de quemadura en el antebrazo izquierdo que le sube hasta el codo.

Está montando la mesa de la popa con la calma de un hombre que ha hecho esto doscientas veces. Habla sin mirarme, colocando cubiertos.

—Primera vez en un barco, ¿no?

—Sí.

—Vale. Cinco cosas. —Pone un tenedor. Lo mueve medio centímetro—. Una: no hables si no te hablan. Dos: si te hablan, contestas corto y sonríes. Tres: si te preguntan de dónde eres, dices «de aquí» y ya está, no digas el pueblo.

—¿Por qué no?

—Porque si dices el pueblo, alguno conoce a alguien de tu pueblo, y entonces ya sabe quién eres. —Coloca una copa—. Cuatro: si alguien te ofrece una copa, «muchas gracias, estoy trabajando». Con una sonrisa. Siempre con una sonrisa. Y cinco.

Se para. Me mira por primera vez.

—Cinco: si alguien te toca, se lo dices a Fran. No a mí, no a otro invitado, no al patrón. A Fran. Y Fran lo arregla.

—¿Pasa eso?

Nacho vuelve a los cubiertos.

—Pasa poco —dice—. Y cuando pasa, es siempre el mismo tipo de señor. El que se pone la copa en el pecho así, con las dos manos, cuando habla contigo. Ese. —Dobla una servilleta—. Pero tú tranquila, que hoy vienen de los buenos.

De los buenos.

Esa expresión me acompaña mientras coloco los botellines en el cubo de hielo, en filas, con las etiquetas todas hacia el mismo lado, como me enseñó Saray.

Y a las siete y media suben los invitados por la pasarela, de uno en uno, y el patrón les da la mano, y el aire se llena de perfume caro y de un ruido de conversación que no se parece nada al del Salitre.

En el Salitre la gente grita. Aquí hablan bajo, y se ríen bajo, y cuando alguien cuenta algo los demás esperan a que termine.

Y el último en subir es un señor de sesenta y pocos, con una camisa azul celeste y un sombrero de paja.

Y los de las camisas de lino dejan lo que están diciendo, a media frase, los tres a la vez, y se giran hacia él.

•

El servicio es fácil.

Se bebe poco, se come bien y se habla mucho. Yo estoy detrás de una barra portátil de metro y medio, sirviendo vino blanco y agua con gas, y lo único que tengo que hacer es no estorbar.

Y como no tengo que hacer nada más, hago lo que llevo haciendo dos años detrás de un mostrador: escuchar.

Se habla de una recalificación en San Pedro. De un hotel en Cabo de Palos que lleva cinco años con la licencia parada. De un concejal de un pueblo que no nombran. De la campaña del melón. De un campo de golf.

Y dos veces, no una, se habla del Mar Menor.

—Es que te lo digo yo —dice uno de los de sesenta—: el año que hay episodio, baja un cuarenta por ciento la ocupación de la orilla.

—El año que hay episodio —dice otro— baja el precio del suelo un sesenta.

Y se ríen los dos.

Y el hombre del sombrero no se ríe, y dice una sola frase, muy baja, que yo no oigo entera. Solo pillo el final:

—… y el que compra en agosto compra caro.

•

A las diez y media atracamos otra vez.

Los clientes bajan. Yo recojo las botellas, doblo el mantel y meto las copas en las cajas mientras el cocinero friega.

Y ahí es cuando veo a Fran en el muelle, de pie junto al coche del hombre del sombrero.

Está cobrando.

Eso no es raro: en las salidas privadas se cobra ahí, me lo dijo él. Lo raro es cómo.

Uno de los hombres le da un fajo. Fran lo cuenta con el pulgar, rápido, sin mirarlo, como cuenta la gente que ha contado mucho dinero. Coge una parte y la mete en la riñonera del Salitre.

Y la otra parte —no la mayoría, pero tampoco poco— la mete en un sobre marrón, doblado por la mitad, que se guarda en el bolsillo de atrás.

Dos destinos. El mismo dinero.

Y antes de que pueda apartar la vista, Fran levanta la cabeza y me ve a treinta metros con una caja de copas en las manos.

No se sobresalta.

No disimula.

Se queda mirándome exactamente tres segundos, con la cara quieta, y después se gira hacia el señor y sigue hablando.

•

A las nueve, entre el segundo plato y el postre, una de las dos mujeres se levanta de la mesa y viene a la barra portátil.

Tiene veinticinco años, más o menos. Morena, muy delgada, con un vestido blanco de tirantes que se le pega a la espalda por el calor y unos pendientes largos de oro que se mueven cuando habla. Se apoya en la barra con los dos codos, de espaldas a la mesa.

—Un agua con gas —dice—. Con mucho hielo. Por favor.

Se la pongo. Se la bebe entera, de un trago, con los ojos cerrados. Me pide otra.

—Tú eres nueva —dice.

—Llevo tres semanas.

—En el Salitre.

—Sí.

Asiente despacio. Juega con la rodaja de limón del vaso, hundiéndola con el dedo.

—Yo también empecé en esa barra —dice—. Hace tres veranos. Con Fran. —Se ríe un poco, por la nariz—. Él no se acuerda. O hace como que no.

No sé qué decir. Le relleno el vaso.

Y ella se gira un momento a mirar la mesa, donde el hombre del sombrero está hablando y los otros escuchan, y donde uno de los de cincuenta, el que se sienta a su lado, tiene la mano apoyada en el respaldo de su silla vacía como si la silla fuera suya.

—Aquí se sube muy rápido —dice, sin girarse hacia mí, mirando la mesa—. De la barra a la mesa. Un verano estás sirviendo el vino y al siguiente te lo sirven. Parece un ascenso.

Se termina la segunda agua. Deja el vaso en la barra, con cuidado, sin hacer ruido.

—Lo que nadie te cuenta —dice— es que de la mesa no se vuelve a la barra.

Y se endereza, se coloca el tirante del vestido, se pone una sonrisa como quien se pone unas gafas de sol, y vuelve a la mesa. Y el de cincuenta le aparta la silla para que se siente. Y ella le toca el brazo al sentarse, riéndose de algo.

Sigo detrás de la barra portátil con el vaso vacío en la mano, un vaso con un poco de carmín en el borde, y no sé su nombre. No se lo he preguntado. Y en toda la noche no vuelve a mirarme.

•

A las once menos cuarto, cuando ya han bajado todos, Fran reparte.

Lo hace en el pantalán, al lado de la furgoneta, con la bolsa de plástico con cremallera y una linterna del móvil sujeta con la barbilla. Billetes de cincuenta y de veinte, contados dos veces, uno para el cocinero, uno para el ayudante, uno para mí.

—Cien —dice—. Como te dije.

Y me los pone en la mano doblados por la mitad.

Cien euros por cinco horas y media. En el Salitre, esas cinco horas y media son cuarenta y ocho euros con setenta y cinco, que lo sé porque lo he calculado en la ducha más de una vez.

Y es la primera vez en mi vida que tengo cien euros en la mano por una noche de trabajo.

Y es la primera vez que entiendo, con el cuerpo y no con la cabeza, por qué la gente dice que sí a cosas que no acaba de entender.

No hay ningún discurso. No hay ninguna trampa.

Hay dos billetes doblados por la mitad en la mano de una chica de veinte años a las once menos cuarto de la noche en un pantalán, y la sensación, muy física, muy caliente, de que esto era muchísimo más fácil de lo que te habían contado.

•

En la furgoneta de vuelta no habla nadie.

Vamos cuatro: el cocinero, su ayudante, Fran conduciendo y yo, con las cajas de copas sucias tintineando detrás en cada bache de la carretera de La Manga.

Son las once de la noche y la carretera está llena de coches que van en dirección contraria, hacia las discotecas, con gente joven cantando con las ventanillas bajadas.

Y nosotros volvemos.

El ayudante del cocinero se duerme a los cinco minutos con la cabeza contra el cristal. Nacho mira el móvil. Fran conduce con una mano y el codo fuera de la ventanilla.

Y yo miro por la ventanilla la fila de luces de los coches que van hacia el otro lado.

Y pienso en una cosa que me dijo Saray en junio, cuando le pregunté por qué no salía nunca después del turno: «Porque cuando trabajas de noche, la noche deja de ser un sitio al que se va».

En tres semanas la noche ha dejado de ser un sitio al que voy. Es el sitio donde trabajo.

Y las once de la noche, que a los diecisiete años era la hora en la que empezaba todo, ahora es la hora en la que vuelvo en una furgoneta con cajas de copas sucias, con cien euros en el bolsillo del pantalón y la espalda destrozada.

Y no me da pena. Me da otra cosa, más rara: la sensación de haber cruzado una puerta que no sabía que existía y que no tiene manilla por el otro lado.

•

En el coche de vuelta —me lleva el cocinero hasta la rotonda— no digo nada.

Y al día siguiente, en el turno, tampoco.

Fran me pone los cien euros en la mano a la hora de entrar, en billetes, enrollados.

—Lo hiciste bien —dice.

—Gracias.

Y cuando ya me estoy girando, añade, sin ningún énfasis, como quien te dice dónde están las servilletas:

—Aquí lo bueno del trabajo es que se acaba cuando sales por la pasarela. Lo que pasa dentro se queda dentro y lo que pasa fuera no es tuyo. Es cómodo, ¿eh?

Y se va a la cocina.

Cien euros en la mano y un cajón nuevo en la cabeza.