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El uno de julio el verano se enciende de golpe, como si alguien hubiera bajado una palanca.
Hasta el treinta de junio el Salitre era un sitio bonito con gente. A partir del uno de julio es una máquina.
A las siete de la tarde ya no quedan camas balinesas libres. A las nueve hay cola en la pasarela. A las once, Fran cierra el aforo y el del pinganillo empieza a decir que no con una cara que no le había visto. A la una de la mañana hay doscientas cuarenta personas en un sitio donde caben doscientas.
Y detrás de la barra somos cinco.
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La temporada alta tiene su propio idioma y en dos semanas lo hablo.
«Van dos de balón». «Me cae la siete». «Faltan limas.» «Hielo, hielo, hielo.» «Cobra tú, que yo tengo las manos.»
Tiene su propia física: los seis pasos que hay de la nevera a la caja, y cómo esos seis pasos se convierten en cuatro si aprendes a girar la cadera al pasar por detrás de Saray sin tocarla.
Y tiene sus propias heridas: un corte en el pulgar de una copa rota que llevo tapado con esparadrapo azul, dos quemaduras de lavavajillas en el antebrazo y una cosa en los riñones que a las cinco de la mañana me hace andar como mi abuela.
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Una noche entera, para que se entienda.
Siete. Entro. Me cambio en la taquilla y salgo con la camiseta negra.
Hielo: cuatro cubos grandes que hay que subir desde la cámara por el pasillo de servicio, y son veintidós kilos cada uno.
Limas: tres cajas, cortadas en ocho. Menta: lavada, escurrida y metida en agua fría, que si no se pone negra.
Ocho. Entran los primeros. Gente que ha estado todo el día en la playa y viene con arena en los tobillos a tomarse una cerveza antes de cenar. Se cobra fácil, se habla fácil, hay propina.
Nueve y media. Cenas. La cocina empieza a sacar y la barra se queda en segundo plano. Es la única media hora de la noche en la que se puede ir al baño.
Once. Se acaba la gente que cena y empieza la gente que sale. Cambia todo: cambia la ropa, cambia el volumen, cambia lo que se pide. Se acabaron las cervezas. A partir de aquí es copa, copa, copa, y una copa son cuarenta segundos bien hechos y veinte si vas mal.
Doce. Aforo. Fran cierra la pasarela y el del pinganillo empieza a decir que no. Desde dentro se ve una cosa curiosa: la cola de fuera es más ruidosa que el local.
Una. El punto. Si a la una vas bien, vas bien toda la noche. Si a la una te has atascado, te comes cinco horas de infierno. La diferencia entre las dos cosas son dos personas que se han puesto de acuerdo sin hablar.
Dos. Entra el DJ y sube el volumen tres puntos. Se deja de oír lo que te piden y se pasa a leer los labios y las manos: dos dedos es dos, la palma abierta es cinco, el gesto de la botella es lo de siempre.
Tres. El bajón. Media hora en la que no se acerca nadie porque están todos bailando, y aprovechas para reponer nevera, recoger vasos y beber agua de pie, tres vasos seguidos, como un caballo.
Cuatro. Vuelve la gente, pero peor. A partir de las cuatro se bebe distinto y se habla distinto. Es la hora de los que se ponen pesados y de los que se ponen tristes.
Cinco. Últimas. Fran corta la barra. Empiezan a caer las sillas encima de las mesas al fondo, que es el idioma universal de «fuera».
Seis menos cuarto. Cierre de caja. Y si ha ido bien, altavoz en el aparcamiento.
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La bronca me toca un sábado de mediados de mes.
Es un señor de unos cincuenta años, con dos amigos y cuatro copas encima, que pide un gin-tonic, se lo bebe medio, y lo devuelve.
—Esto está aguado.
—Le pongo otro ahora mismo.
—No quiero otro. Quiero que no me cobres este.
Y yo, que llevo cuatro semanas aquí, cometo el error de novata: le explico. Le explico que la ginebra va medida, que son cinco centilitros, que el vaso lleva hielo hasta arriba justamente para que no se aguado, que.
—¿Me estás llamando mentiroso?
Y sube el tono.
Y es una cosa muy rara lo que pasa con el cuerpo cuando un hombre de cincuenta años te sube el tono estando tú detrás de una barra: que no te puedes mover. Que hay metro y medio de cemento entre los dos y tú eres la que no se puede ir.
Fran aparece en dos segundos.
No sé de dónde sale. Yo juro que no estaba.
—Buenas noches. ¿Qué ha pasado?
Y lo que hace Fran Olivares en los cuarenta segundos siguientes es de manual y no se me olvida en la vida: le da la razón al señor en todo, no le cobra la copa, le pone otra, se disculpa dos veces, lo trata de usted y lo devuelve a su mesa contento.
Después se gira hacia mí, me quita el trapo de la mano y me dice, sin cambiar de cara:
—Nunca expliques.
—Es que tenía razón yo.
—Ya lo sé. —Sirve él la siguiente comanda—. ¿Y?
—¿Cómo que y?
—Que aquí la razón no se cobra, Baresa. —Deja el vaso en la bandeja—. Se pide perdón, se regala una copa de tres euros y se sigue trabajando. Explicar es para las discusiones que quieres ganar, y esa no la quieres ganar.
Y vuelve a la sala.
Y yo sigo sirviendo con las manos temblándome un poco, sonriendo, y pensando que acaban de enseñarme algo importantísimo y bastante feo sobre cómo funciona el mundo.
Cobro mil cuatrocientos. La primera semana de bote son doscientos diez euros más.
La segunda, trescientos cuarenta.
Y el tres de julio, un miércoles, hago una cosa rara: cojo trescientos euros en billetes, los meto en un sobre del camping y los dejo debajo de la carpeta de mi padre a las siete de la mañana, sin nota.
A la una del mediodía me despierta un mensaje suyo:
«No.»
Solo eso. Un «no», con su punto.
Y por la tarde el sobre está encima de mi mesilla.
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Hay otras cosas que aprendo ese mes, y no todas son del trabajo.
Aprendo que Fran Olivares se come el mosqueo de los clientes y nunca lo pasa a la barra: absorbe la bronca en la mesa, llega detrás con la cara neutra y dice «ponle otro y no cobres», y eso es todo lo que te enteras tú.
Aprendo que Keko es muchísimo mejor camarero de lo que parece, que es de los que se saben cuarenta nombres y cuatrocientas caras, y que por eso lo tienen ahí y no fregando.
Aprendo que Saray no me odia. Saray odia que yo aprenda rápido, que no es lo mismo, y eso lo descubro la noche que se le cae una caja entera de copas y me tiro al suelo con ella a recoger cristales sin decir nada, y ella me mira desde abajo,
y al final del turno me pasa una cerveza por la barra sin mirarme a la cara.
Y aprendo que a la gente de hostelería, cuando libra, lo único que le apetece es que le sirvan a uno.
Eso me lo enseñan Keko y Saray un martes de mediados de julio, cuando coincidimos los tres de fiesta y Keko dice que ha reservado en La Cangreja. Con tres días de antelación, que es la cosa más organizada que le he visto hacer en catorce años.
Comemos a las cuatro de la tarde, que es la hora a la que comen los que cenan a las seis de la mañana.
Y es rarísimo estar al otro lado.
Saray no puede evitarlo: se pasa media comida mirando la sala como quien mira el motor de un coche. Cuenta a los camareros que hay para toda la terraza. Mira cómo salen los platos de cocina. Cronometra, sin decírselo a nadie, lo que tarda en venir alguien cuando levantas la mano.
—Cuatro —dice—. Cuatro personas para todo esto y no se les cae nada.
—A ver, es que llevan desde 2014 —dice Keko, con la hamburguesa a medio camino.
—Y abren en noviembre —dice Saray.
Levanto la cabeza.
—¿En noviembre?
—En noviembre, en febrero y el día que haga sol —dice—. Son de los pocos que no cierran en cuanto se va la gente. Lo llaman desestacionalizar, o algo así.
Y yo miro la terraza llena un martes cualquiera de julio y pienso una cosa que en ese momento no significa nada y que cinco años después va a significarlo todo:
que un sitio de esta orilla puede estar abierto en noviembre si alguien se empeña.
Y aprendo lo del sobre.
Eso lo aprendo sin querer y sin entenderlo, a mediados de mes, y lo guardo en la cabeza como se guardan las cosas que no encajan: en un cajón, esperando a que aparezca el resto del mueble.
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Pero todo eso es después.
El uno de julio, a las cinco y media de la mañana, cuando ya solo quedamos los de dentro y el chico de la manguera, alguien pone en los altavoces una canción de hace quince años que nos sabemos todos.
Y Keko se sube a la barra.
Y Fran, que lleva catorce horas de pie, no le dice que se baje.
Y Saray se ríe —se ríe fuerte, con la cabeza hacia atrás—, y el chico de la manguera nos moja a los tres, y yo acabo bailando descalza sobre el suelo mojado de un chiringuito de La Manga a las cinco y media de la mañana de un martes con cuatro personas a las que hace tres semanas no conocía.
Y Bruno está en la escalera de la terraza, apoyado, mirándome.
Y yo lo miro a él.
Y nadie se da cuenta.
Y es, hasta ese momento, el verano más feliz de mi vida.