15
Lucía tarda dos días y cuarenta segundos.
Los dos días son los que tardo yo en verla. Los cuarenta segundos son los que tarda ella, desde que me siento en la silla de la peluquería de su tía Chelo un sábado a las dos y media, en dejar las tijeras en el carrito y mirarme por el espejo.
—Te lo has tirado.
—¡Lucía!
—Chelo se ha ido a comer.
—¡Me da igual!
—Te lo has tirado —repite, sin mover un músculo de la cara.
Y yo me pongo roja hasta las orejas, ahí sentada, con una toalla al cuello.
—¿Cómo lo sabes?
—Nerea, llevas cuarenta segundos sin decirme una sola cosa mala de nadie. —Coge un mechón, lo mide con dos dedos—. Y tienes la nariz quemada. Y no te quemas la nariz desde 2018 porque siempre llevas gorra.
—Eres insoportable.
—Soy peluquera. Veo caras ocho horas al día.
Corta. Cae un mechón en el suelo.
—¿El de la camisa blanca?
—Sí.
—¿El dueño?
—Socio.
—Socio —repite, y en su boca la palabra suena ridícula.
•
Se lo cuento entero.
No entero entero: le cuento lo del barco, lo de las estrellas, lo del café en la terraza a las seis de la mañana, y no le cuento lo de Hugo debajo del farol, porque para eso todavía no tengo estómago.
Lucía escucha y corta. Escucha y corta. No me interrumpe ni una vez, que es lo más raro que ha hecho en once años.
Cuando acabo, me quita la toalla, me sacude los hombros y se apoya en el mueble de enfrente con los brazos cruzados.
—¿Puedo decir una cosa sin que te enfades?
—No.
—Vale. Pues la digo igual.
Respira.
—¿Por qué es un secreto?
—Porque trabajamos juntos.
—Ya. ¿Y eso lo has decidido tú o él?
—Lo hemos hablado.
—No te he preguntado si lo habéis hablado —dice—. Te he preguntado quién lo ha decidido.
Y yo abro la boca para contestar y no me sale nada durante un segundo entero, y ese segundo lo ve ella y lo veo yo.
—Es razonable, Lucía.
—Puede. —Se encoge de hombros—. Yo solo digo que tú vas a estar tres meses sin poder contárselo a nadie de ahí dentro y él va a seguir siendo exactamente lo que era. Eso no es un secreto de los dos. Eso es un secreto tuyo.
—Es la primera vez en mi vida que me pasa algo.
Me sale así, de golpe, más alto de lo que quiero, y las dos nos quedamos un poco sorprendidas.
Lucía descruza los brazos.
—Ya lo sé —dice, en otro tono—. Por eso me callo la mitad.
•
Saca el móvil y me enseña una nota.
La tiene guardada desde marzo. Se titula «VERANO», así, en mayúsculas, y son catorce líneas.
Ir a Calblanque un día entero. Hacer la ruta de las salinas en bici. Dormir una noche en la playa. Coger el barco que cruza a la isla. Bajar a Cabo de Palos a ver el faro de noche. Hacer una barbacoa en la azotea. Aprender a hacer el arroz de Chelo. Ir a los baños de Fortuna con las gemelas.
—Catorce —dice—. Una por semana y sobran dos.
—¿Esto lo hiciste en marzo?
—Esto lo hice el día que dijiste que te presentabas a la EBAU —dice, y me quita el móvil de la mano—. Porque tú ibas a aprobar y te ibas a ir, y a mí me quedaba un verano.
Y lo dice sin dramatismo ninguno, guardando las tijeras, dando por hecho que eso es lo normal y que así son las cosas.
Yo leo la lista entera, sentada en la silla con el pelo recién cortado, y digo lo que hay que decir, que es «me encanta».
Y lo digo de verdad. Eso quiero dejarlo claro: el veintisiete de junio yo quería hacer esas catorce cosas.
En septiembre estarán tachadas dos.
Una la hicimos juntas, la barbacoa, el catorce de junio, antes de todo.
La otra la tachó ella en agosto, en Fortuna, con las gemelas y con una chica del gimnasio que yo no conocía.
•
A las tres y cuarto vuelve Chelo de comer.
Entra con una bolsa de la frutería y las gafas de sol en la cabeza, y al verme en el sillón se para en la puerta.
—¡Mira quién está aquí! ¡La universitaria!
Y me da dos besos que huelen a laca y a melón, y me mira el pelo, y le dice a Lucía que ha cortado demasiado de un lado, y Lucía le dice que no, y se pelean como se pelean desde que Lucía tenía catorce años y empezó a barrer pelos en esta peluquería por dos euros la hora.
Y luego Chelo se sienta en el sillón de al lado, el de lavar cabezas, a descansar los pies, y me mira un momento de otra manera. Seria.
—Oye, Nerea.
—Dime.
—Tu madre vino en mayo.
Lucía deja de barrer.
—¿Aquí?
—Aquí. A cortarse el pelo. —Chelo se quita un zapato, se masajea el pie—. Un martes por la tarde, sin cita. Se sentó en ese sillón en el que estás tú. Me pidió un corte que le costó sesenta euros y me dejó veinte de propina.
No digo nada.
—Me preguntó por ti —dice Chelo—. Mucho.
Todo. Que qué tal estabas, que si ibas a hacer la selectividad, que si tenías novio, que si tu padre seguía con el camping.
Y me pidió que no te dijera que había venido.
—Se vuelve a poner el zapato—. Y yo le dije que sí, que no te lo diría. Y te lo estoy diciendo.
—¿Por qué me lo dices?
Chelo me mira. Tiene sesenta años, las uñas pintadas de granate y cuarenta años de peluquería en un pueblo de siete mil habitantes, que es como decir que lo sabe todo de todo el mundo y no se lo cuenta a nadie.
—Porque a una madre que pregunta tanto por su hija y le pide a la peluquera que no se lo diga le pasa algo —dice—. Y no sé qué. Pero algo.
Y se levanta, y se mete en la trastienda con la bolsa de la fruta.
Y Lucía y yo nos quedamos calladas en la peluquería vacía, con la radio de fondo, ella con la escoba en la mano y yo con el pelo recién cortado, mirándonos por el espejo.
—En mayo —dice Lucía.
—Ya.
—Tu padre lo sabe desde mayo. Chelo lo sabe desde mayo. Pepa Lorente la ve en San Javier. —Apoya la escoba en la pared—. Media comarca sabía que estaba aquí menos tú.
—Ya lo sé, Lucía.
—No te lo digo para hacerte daño.
—Ya lo sé.
Y Lucía hace una cosa que no hace nunca: se acerca por detrás del sillón y me abraza, por encima de los hombros, con la barbilla apoyada en mi cabeza recién cortada, y me dice al oído:
—El faro de Cabo de Palos. El viernes que libres. Tú y yo. Está en la lista.
—Vale.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Y no vamos. El primer viernes que libro, a las siete de la tarde, me escribe alguien una sola palabra, «¿Barco?», y yo le escribo a Lucía que me ha surgido una cosa. Y el faro de Cabo de Palos se queda en la lista, sin tachar, hasta agosto.
•
Antes de irme, Lucía me pone delante del espejo grande, el de cuerpo entero, el que está al lado de la puerta, y se pone detrás de mí.
—Mírate —dice.
—Ya me he mirado.
—No. Mírate bien.
Y me miro. Con el pelo recién cortado, cuatro dedos menos, con las puntas rectas y brillantes del aceite de coco. Con la nariz quemada. Con la camiseta de todos los días. Con unas ojeras que no tenía hace un mes.
Y Lucía, detrás, con las manos en mis hombros, apoya la barbilla en mi cabeza y me mira a través del espejo.
—Llevo once años viéndote la cara —dice—. En el colegio, en la playa, en esta silla. Y hay una cosa que no te había visto nunca y que te veo hoy.
—¿El qué?
—Que te estás mirando para ver si se te nota.
Y yo me quedo quieta, con sus manos en mis hombros.
Porque es verdad. Me estoy mirando en el espejo de la peluquería de Chelo como me miré en el espejo roto del baño del personal del Salitre hace dos días: para ver si se me nota. Buscándome algo en la cara. Practicando.
—No se te nota —dice Lucía, y me suelta—. A los demás no. A mí sí. Pero a mí se me nota todo de ti, así que eso no cuenta.
Y se va a barrer los pelos del suelo. Mis pelos. Cuatro dedos de pelo castaño en un montón al lado del sillón, que ella barre con la escoba grande hasta el recogedor y tira a la basura sin mirarlos.
•
Y antes de eso, mientras me lava la cabeza, Lucía me hace hablar.
Es una cosa que tiene esta peluquería y que yo he visto desde pequeña: que la gente, con la cabeza echada hacia atrás en el lavacabezas y los ojos cerrados y unos dedos moviéndose en el pelo, cuenta cosas que no contaría sentada en una silla.
—¿Y cómo es? —dice, con el agua corriendo.
—¿Quién?
—No te hagas la tonta, que llevas dos horas sin decir su nombre.
Y se lo cuento con los ojos cerrados, que es más fácil.
Que hace las cosas despacio. Que coloca las anchoas una a una en el plato antes de traerlo. Que se ríe con una sola sílaba. Que sabe cuándo va a pedir alguien antes de que levante la mano. Que le hizo un café a las seis de la mañana a una camarera de veinte años a la que no conocía de nada.
Y Lucía escucha y no dice nada y me aclara el pelo dos veces.
Y al final, cuando ya me está envolviendo la cabeza con la toalla, dice:
—Y todo eso que me has contado es lo que hace, no lo que es.
—¿Qué?
—Que me has contado lo que hace. Cómo pone las anchoas y cómo se ríe. —Me aprieta la toalla—. Pero no me has dicho ni una cosa de cómo es.
Y me incorpora el sillón, y me quedo mirándome en el espejo con la toalla en la cabeza, buscando una respuesta.
Y no la encuentro. Y me digo que es porque llevo poco tiempo con él, que es normal, que en tres semanas no se conoce a nadie.
•
Salgo de la peluquería con cuatro dedos menos de pelo y un mosqueo que me dura hasta la esquina.
En la esquina me paro.
Porque hay una cosa que no le he dicho y que me está dando vueltas desde el jueves: que llevo tres días sin escribirle a Hugo. Que él tampoco me ha escrito. Que en once años no hemos estado tres días sin hablarnos ni cuando se fue mi madre.
Saco el móvil. Abro su chat.
Escribo: «Oye, lo del otro día…».
Lo borro.
Escribo: «¿Estás bien?».
Lo borro.
Escribo: «¿Bajas a la playa el domingo?».
Y se queda ahí, sin enviar, hasta que se me apaga la pantalla sola.