La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 14
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El jueves veinticinco entro a trabajar a las siete de la tarde con la sensación de llevar un cartel luminoso en la frente.

He dormido cuatro horas. Tengo una quemadura del sol en la nariz de estar toda la mañana en un barco. Me he cambiado dos veces de camiseta, otra vez, y he acabado poniéndome la del Salitre, que es la que hay que ponerse.

•

Esta mañana, a las ocho, he entrado en casa con una camiseta que no es mía.

Blanca, de hombre, de algodón bueno, dos tallas grande, con una manchita de café en el pecho. La de Bruno. La del barco. No me he dado cuenta hasta que he abierto la puerta de la casa prefabricada y he visto a mi padre en la cocina, de espaldas, haciendo café, y he mirado hacia abajo, y la he visto.

Y ya era tarde para cambiarme.

Mi padre se ha girado con la cafetera en la mano. Me ha mirado. La cara quemada del sol. El pelo hecho un desastre, con sal. Las rodillas rojas de la teca. La camiseta.

Y no ha dicho nada.

Ha sacado dos tazas del armario. Ha servido el café en las dos. Ha puesto la leche, la suya con mucha, la mía con poca, sin preguntarme, como lo hace desde que empecé a tomar café a los quince. Y me ha puesto la mía delante, en la mesa, encima del hule de los limones.

—¿Has dormido? —ha dicho.

—Poco.

—Ya.

Y se ha sentado enfrente, con su taza. Y nos hemos tomado el café los dos en silencio, a las ocho de la mañana de un jueves, él con el mono de trabajo y yo con la camiseta de un hombre que no conoce, oyendo a los holandeses del bungaló nueve arrastrar sus sillas plegables hasta el porche.

Y cuando ha terminado, se ha levantado, ha fregado su taza, la ha dejado en el escurridor, y desde la puerta, ya con la mano en el pomo, sin girarse, ha dicho:

—Esa camiseta hay que lavarla con agua fría. Que es de las buenas. Si la lavas con caliente, encoge.

Y se ha ido a la piscina con el cloro.

Y yo me he quedado sentada en la cocina, con el café a medias, con la camiseta puesta, sin saber si mi padre acababa de hacerme el favor más grande de su vida o de decirme la frase más triste que le he oído nunca.

La he lavado con agua fría. No ha encogido. Todavía la tengo.

•

Bruno llega a las ocho y veinte.

Pasa por delante de la barra, saluda a Fran, saluda a Keko, se para a hablar con unos de la mesa siete.

Y a mí me dice:

—Buenas.

Y ya está.

Buenas.

Sigue hacia la terraza de arriba. Yo sigo con el hielo en la mano y con una cosa fría bajándome por dentro que no sé cómo llamar.

•

Desde la barra, la terraza de arriba se ve de lado.

No entera. Se ve un trozo de barandilla de cristal, dos mesas, y la esquina donde él se sienta, que es la del fondo, la que da a los dos mares.

Y si me pongo en el extremo izquierdo de la barra, junto a la máquina de hielo, y me estiro un poco, veo su hombro.

La camisa blanca. El brazo apoyado en el respaldo del sofá de mimbre.

Y me paso cinco horas poniéndome en el extremo izquierdo de la barra.

No lo decido. El cuerpo se va solo, como se va la lengua al hueco de un diente.

Sirvo un gin-tonic y me voy a la máquina de hielo.

Cobro una mesa y me voy a la máquina de hielo.

Repongo las limas y me voy a la máquina de hielo.

A las once y media Keko me dice «¿qué te pasa hoy con el hielo, tía?» y me río y le digo que hace calor.

Y Saray, que está cortando naranjas a mi lado, no dice nada. Pero a las doce, cuando pasa por detrás de mí con una caja de botellines, se para un segundo, me mira la nariz quemada, y dice, muy bajito, sin ninguna expresión:

—¿Has estado en el mar?

—Esta mañana. En la playa.

—En la playa —repite.

Y sigue con la caja.

Y ya no me vuelvo a poner en el extremo izquierdo de la barra en toda la noche. Me quedo en el centro, junto a la caja registradora, de espaldas a la terraza de arriba, sirviendo, cobrando, fregando. Como una persona normal. Como una camarera que no ha dormido en un barco.

Y me cuesta muchísimo más de lo que me esperaba.

•

A la una y media subo a la terraza con una bandeja que nadie ha pedido.

Él está solo, en su esquina, con el móvil.

—¿Estamos bien? —digo.

Levanta la cabeza. Y sonríe, y la sonrisa es de verdad, y eso me desarma en dos segundos.

—Estamos muy bien.

—Vale. Porque abajo…

—Ven —dice, y señala la silla de al lado. Me siento en el borde—. Abajo hay catorce personas trabajando. Fran lleva quince años aquí. Saray lleva cinco. ¿Tú sabes lo que pasa el día que en esa barra se sepa que tú y yo…?

—No pasa nada.

—Pasa todo —dice—. Pasa que mañana te ponen los turnos malos. Pasa que cuando hagas algo bien, nadie se lo va a creer. Pasa que dentro de dos semanas eres «la del jefe» y no vuelves a ser otra cosa en todo el verano.

Y yo escucho eso, y me parece razonable.

Me parece razonable, y protector, y adulto, y me da hasta un poco de vergüenza haber preguntado.

—Vale —digo.

—¿Seguro?

—Sí, sí. Tienes razón.

—No es que tenga razón —dice él—. Es que te estoy cuidando.

Y cuando lo dice me pone dos dedos en la rodilla, dos segundos, y los quita.

Y yo bajo a la barra sintiéndome bien.

Esto es lo que tengo que explicar, porque si no, no se entiende nada de lo que viene después: yo bajo esas escaleras sintiéndome bien. Sintiéndome mayor. Sintiéndome una mujer de veinte años que ha tenido una conversación adulta sobre una situación complicada y ha llegado a un acuerdo sensato.

Tardo cincuenta y dos días en darme cuenta de que en esa conversación yo no acordé nada.

Me dijeron una regla y yo di las gracias.

•

A las tres, en el bajón, voy al baño del personal y miro el móvil.

Hay un mensaje de mi madre. De las once y media.

«¿Cuándo repetimos el café? Esta vez invito yo otra vez ??»

Con un beso. Mi madre, que hace tres años no contestaba veintitrés mensajes seguidos, manda besos con un emoji.

Y debajo, nada de Hugo. Desde anoche. Desde debajo del farol. El último mensaje del chat de Hugo es mío, de hace una semana: «¡Qué bien, a las diez en el paseo!». Con exclamaciones. De cuando las cosas eran fáciles.

Y debajo de eso, nada de Bruno tampoco. Bruno no me ha escrito en todo el día. Ni un mensaje. Bruno está a veinte metros, en la terraza de arriba, y no me ha escrito ni un mensaje desde que me dejó en el puerto a las siete de la mañana con un «hasta luego» y un beso en la frente.

Y lo entiendo. Claro que lo entiendo. Para qué va a escribirme si está a veinte metros. Si me ha explicado lo de la barra y lo de «la del jefe». Si me está cuidando.

No le contesto a mi madre. No le escribo a Hugo. No le escribo a Bruno.

Guardo el móvil y me lavo las manos y me miro en el espejo del baño del personal, que tiene una esquina rota y una pegatina de un grupo que ya no existe.

Tengo la nariz roja. Tengo ojeras. Tengo una cara que no me conozco del todo, una cara de alguien a quien le ha pasado algo y está intentando que no se le note.

Y me sonrío. Al espejo. Para practicar.

Y vuelvo a la barra.

•

A las tres y media, en el bajón, Saray me enseña lo de los tres cafés.

Se planta delante de mí en la barra, coge tres vasos de cristal pequeños, los llena de agua del grifo y me los pone delante.

—Ven. Que te lo prometí el primer día.

Y me enseña.

Dos abajo, sujetos por la base, uno entre el índice y el corazón y otro entre el corazón y el anular, la palma abierta hacia arriba como una bandeja.

Y el tercero encima, en el hueco que queda entre los dos de abajo, apoyado en los dedos.

Y luego se levanta el brazo con el codo pegado al cuerpo, no separado, porque separado te tiembla.

—El truco no es la mano —dice—. El truco es el codo. Y no mirar.

—¿Cómo que no mirar?

—Que no mires los vasos. Mira dónde vas. Si miras los vasos, se te caen.

Y se me caen. Dos veces. Con agua, que por eso lo hace con agua. Se me caen y Keko se ríe desde la otra punta de la barra y me grita «¡Baresa, que eso no es un malabar!».

Y a la tercera no se me caen.

Cruzo la barra entera con tres vasos de agua en una mano, mirando al frente, con el codo pegado al cuerpo. Ocho metros. Y los dejo en la pila sin que se caiga ninguno.

Y Saray asiente una vez.

—Ya está —dice—. Ya sabes lo único que te vas a llevar de aquí.

—¿Cómo que lo único?

—Lo demás se olvida. —Recoge los vasos—.

Dentro de diez años no te vas a acordar de cómo se hace un mojito, ni de lo que cobrabas, ni de cómo se llamaba el DJ.

Y vas a estar en tu casa, con treinta años, poniendo la mesa, y vas a coger tres vasos con una mano sin pensarlo. Y ahí te vas a acordar de este sitio.

Y se va con los vasos a la pila.

Y tiene razón, claro. Tiene razón en todo. Pero eso lo sé mucho después, en una cocina de Murcia, poniendo la mesa para tres.

•

Esa noche, a las cuatro y media, cuando ya no queda casi nadie, Bruno pasa por detrás de la barra a coger una botella de agua y me roza la espalda baja con la mano. Un segundo. Sin mirarme.

Y a mí me recorre entera.

Y ese es el otro descubrimiento del verano: que un secreto, mientras es nuevo, no pesa.

Quema.