La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 13
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La noche de San Juan en Los Alcázares es la única noche del año en que el pueblo entero baja a la playa a la vez.

Hay hogueras cada cincuenta metros. Hay familias con neveras y sillas plegables, hay grupos de críos de quince años bebiendo a escondidas fatal, hay abuelas sentadas en la arena con rebeca a treinta grados.

A medianoche se supone que hay que saltar tres olas y pedir tres deseos, y aquí no hay olas, así que la gente entra andando y se moja hasta la cintura y se ríe, y eso lleva pasando en este pueblo desde antes de que nadie se preguntara por qué.

Fran me ha dado libre. Fran le da libre a todo el mundo la noche de San Juan porque, dice, «quien no libra hoy se va mañana».

Así que a las once estoy en nuestra hoguera de siempre, la del final de la playa, con Lucía pintando la cara de purpurina a todo el que pasa.

•

Hugo llega a las once y media con dos bolsas de hielo.

Se sienta a mi lado en la arena. Me da una cerveza. Estamos bien: estamos como llevamos estando desde los ocho años, hombro con hombro mirando un fuego, con Lucía gritando de fondo.

A las doce menos cuarto el pueblo entero empieza a meterse en el agua.

—¿Vamos? —dice Lucía.

—Ahora vamos.

Hugo dice, sin mirarme:

—¿Me acompañas a por algo?

•

Andamos hasta el quiosco de la otra punta, que está cerrado.

Y él lo sabe. Yo lo sé. Los dos sabemos que ese quiosco cierra a las once y que llevamos andando cuatro minutos hacia un sitio cerrado.

Se para en el paseo, a la altura del último farol.

—Nerea.

—Dime.

Se pasa la mano por la nuca.

—El otro día en la playa iba a decirte una cosa y sonó el móvil.

—Ya.

—Y llevo… —Se ríe, sin ganas—. Llevo bastante tiempo con esto, la verdad.

Y yo, que soy una cobarde, miro el agua.

—Hugo.

—Déjame acabar, que si no, no lo digo.

Y entonces lo dice. Lo dice mirando al suelo y después mirándome a mí, y no lo dice con frases bonitas, lo dice como habla él, a trompicones, diciendo «o sea» dos veces.

Dice que desde cuarto de la ESO. Dice que no me lo contó cuando se fue mi madre porque le pareció lo peor que podía hacer, y que no me lo contó después porque yo estaba con los módulos y con el camping y con todo, y que se ha pasado dos años esperando a que fuera buen momento.

—Y ya no hay buen momento —dice—, porque en septiembre te vas.

—Tú también estás en Murcia.

—No es lo mismo y lo sabes.

Se oye al pueblo entero gritando en el agua, a doscientos metros. Han dado las doce.

Y yo…

Yo siento muchas cosas a la vez, y esto es lo honesto y lo feo de contar: siento cariño, siento una ternura enorme, siento ganas de abrazarlo, siento vergüenza por no haberlo visto antes cuando lo he visto siempre.

Y no siento lo otro.

No siento eso de la boca del estómago. No lo siento. Y llevo desde hace tres días sintiéndolo cada vez que pienso en una terraza a las seis de la mañana con un vaso de cartón.

—No sé qué decirte —digo.

Y Hugo asiente. Dos veces. Muy rápido.

—Vale.

—No, espera…

—No, no, si está bien —dice, y se le ha puesto la voz de un tono más alto—. Está bien. En serio. Tenía que decírtelo y ya está.

—Hugo.

—Vamos al agua, anda, que se lo pierden.

Y echa a andar hacia la playa, y yo tardo dos segundos en moverme de debajo del farol, y en esos dos segundos me vibra el móvil en el bolsillo de atrás.

Y yo lo miro.

Eso es lo que no me voy a perdonar en mucho tiempo: no haberme ido con él al agua. Haber mirado el móvil.

«Estoy en el puerto deportivo. Amarre 14. Si te apetece».

•

Vuelvo a la hoguera. Salto las tres olas que no son olas con Lucía cogiéndome del brazo.

Pido tres deseos y no me acuerdo de ninguno de los tres al día siguiente.

Hugo se mete con los del grupo y no se acerca, y a la una y veinte dice que se va, que mañana madruga, y nadie le pregunta para qué madruga un veinticuatro de junio.

A la una y media me seco con la toalla de Lucía.

—Me voy —digo.

—¿A casa?

Y Lucía Espín me mira con la purpurina corrida y once años de amistad, y yo no le contesto, y ella cierra un segundo los ojos.

—Ay, Nerea.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho todo.

—Es que hace veinte minutos Hugo…

—Lucía.

Se calla. Se abraza las rodillas. Mira el fuego.

—Llámame mañana —dice.

•

Para ir al puerto hay que cruzar la playa entera, de punta a punta, por la orilla.

Y la playa entera es el pueblo entero.

Paso por delante de treinta hogueras. La de los del instituto, que ya no son del instituto, con alguien tocando mal la guitarra.

La de la peña del Real Murcia, con una bandera clavada en la arena.

La de las madres de la guardería, que bailan un pasodoble con los pies en el agua.

La de los de la Cofradía, con una paella gigante que ya nadie se come.

Y a todos los conozco. Y todos me conocen.

Y a todos les digo «¡buenas!» con la toalla de Lucía todavía al cuello y el pelo mojado, andando rápido, en dirección contraria a donde va todo el mundo.

Y en la penúltima hoguera, la más pequeña, casi al final de la playa, están los del camping.

No lo sabía. No sabía que hacían hoguera. Son cinco: los holandeses del bungaló nueve con sus sillas plegables, el matrimonio de Albacete, el señor Paco con una lata de cerveza. Y mi padre.

Sentado en la arena, con las piernas cruzadas, con la camiseta del camping y los pies descalzos, mirando el fuego. Con una sardina asada en un trozo de pan en la mano. Riéndose de algo que le dice Hans en su español de nueve veranos.

Y me ve.

Me ve pasar a veinte metros, por la orilla, con la toalla al cuello, andando rápido hacia el puerto a la una y media de la madrugada, en dirección contraria a mi hoguera y a mi casa.

No se levanta. No me llama. No dice nada.

Levanta la mano. La mano con la sardina. Una vez, despacio, como se saluda a alguien desde un barco que se aleja.

Y yo levanto la mía. Y sigo andando.

Y no me giro. Y durante los seis minutos que tardo en llegar al puerto, lo único que veo delante de mí, en vez del camino, es a mi padre sentado en la arena con los pies descalzos, levantando una sardina, sin preguntarme adónde voy.

•

El puerto deportivo está a nueve minutos andando desde el final del paseo y los hago en seis.

El amarre catorce tiene un barco blanco de unos diez metros, con la cubierta de teca, una toalla tirada en un banco y una luz baja encendida abajo. Bruno está sentado en la popa con los pies colgando fuera y una cerveza.

—Has venido —dice.

—He venido.

—¿Saltaste las olas?

—No hay olas.

—Ya lo sé —dice, y se ríe—. Llevo cuatro veranos oyéndolo.

Me da la mano para subir. Es la primera vez que me toca.

•

El barco no es suyo. Me lo dice enseguida, antes de que yo pregunte, y ese detalle —que me lo diga antes de que yo pregunte— me lo creo entero.

—Es del sitio —dice—. Se usa para las salidas de clientes. Yo lo uso cuando no hay salidas.

Salimos del puerto a motor, despacio, con las luces de posición. Y a trescientos metros de la bocana él para el motor.

Y entonces el Mar Menor hace lo único que sabe hacer, que es quedarse absolutamente quieto.

No hay ruido. No hay olas. El agua está negra y lisa como una mesa, y están las luces de San Javier a un lado y las de La Manga al otro, y encima, porque estamos lejos de las farolas, están todas las estrellas que hay.

—Hostia —digo.

—¿Verdad?

—Y yo he vivido aquí toda mi vida.

—Por eso —dice él—. La gente de aquí nunca sale al centro.

Me da el móvil.

—Pon tú algo.

Cojo su teléfono como una tonta, porque en el Salitre la música la elige una empresa de Madrid con las horas marcadas, y aquí la elijo yo.

Pongo ULTIMO VERANO.

Y a la tercera canción, que es de Quevedo, él dice «esta me gusta» y no dice nada más.

Y yo me paso el resto del verano acordándome de esas tres palabras, que es una cosa que da vergüenza contar y que hace todo el mundo.

Nos sentamos en la proa con la espalda en la cubierta, mirando arriba, y hablamos otra vez, como en la terraza.

De su sitio de treinta cubiertos. De mi padre.

De su padre, que murió cuando él tenía diecinueve y del que no había dicho nada hasta esta noche.

De que a los dos nos gusta el mismo tipo de silencio.

Y en algún momento dejamos de hablar.

Y él se gira hacia mí, apoyado en el codo, y no hace nada más: se queda ahí, mirándome, a un palmo, esperando. Y yo entiendo que va a esperar todo el rato que haga falta, que no va a acercarse un solo centímetro más, que esto lo tengo que hacer yo.

Y lo hago yo.

Y después de eso hay una cosa que no le voy a contar a nadie, ni a Lucía: que en mitad de todo, con la mano de él en mi espalda y el agua dando golpecitos en el casco, pensé durante medio segundo en un chico de veintiuno debajo de un farol diciendo «o sea» dos veces.

Medio segundo.

Y después ya no pensé en nada.

•

Amanece a las siete menos veinte.

Estoy en la popa con una camiseta suya que me queda enorme, tomando café malo de una cafetera de camping, con el pelo hecho un desastre y las rodillas rojas de la teca.

El agua se está poniendo rosa.

Bruno sale de abajo, se sienta detrás de mí, me pasa un brazo por delante y apoya la barbilla en mi hombro, y no dice nada durante como tres minutos.

Y yo, mirando el amanecer más bonito de mi vida, con veinte años menos veintidós días, pienso una frase entera y clara, con todas sus palabras, como si la estuviera escribiendo:

Que me da igual lo que pase en septiembre.

Y esa frase es el principio de todo lo que viene después.