La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 12
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El lunes veintidós cierro a las cinco y cuarto de la mañana y no me voy.

No me voy porque Keko se ha ido antes con la moto y con una chica de Molina, y porque el primer autobús pasa a las siete, y porque a esas horas el Salitre vacío es una cosa que merece la pena ver: las luces de trabajo encendidas, la música apagada, un chico pasando la manguera,

las sillas del revés encima de las mesas y el mar ahí delante, negro, volviéndose gris.

Doy una vuelta por el local vacío mientras espero.

Nunca lo he visto así, sin nadie. Las camas balinesas con las lonas recogidas y los cojines apilados en una esquina.

La pista de baile con el suelo pegajoso, llena de pajitas y de trozos de lima pisados.

La cabina del DJ tapada con una funda negra, como una jaula de pájaro por la noche.

La piscina, que da al mar, con la luz del fondo todavía encendida, azul, y un flotador con forma de flamenco dando vueltas solo en el agua.

Y la escalera de madera.

La que sube a la terraza de arriba. La que Keko me dijo que no mirara. En este sitio hay dos pisos, Baresa. El de abajo es el nuestro. El de arriba no existe.

No hay nadie. No hay cadena. No hay ningún cartel de Privado.

Y subo.

La terraza de arriba es más pequeña de lo que parece desde abajo.

Seis mesas, de madera buena, no de las de plástico de abajo.

Sofás de mimbre con cojines grises. Una barra pequeña, con botellas que no he visto nunca en la barra de abajo, de marcas que no conozco, con etiquetas escritas a mano.

Y una barandilla de cristal que da al mar, al Mediterráneo, que desde aquí se ve entero, de lado a lado, hasta donde se curva.

Y al otro lado, por detrás, por encima del tejado de la cocina, el Mar Menor. Liso. Gris. Esperando a que salga el sol para ponerse verde.

Los dos mares desde el mismo sitio. Desde abajo no se ve el otro. Desde aquí se ven los dos.

Me siento en la terraza de arriba con los pies en alto y una Coca-Cola.

—Estás en mi sitio.

No lo he oído subir.

Bruno lleva la misma camisa blanca de siempre, arrugada ya, y dos cafés en vasos de cartón.

—Perdona —digo, y empiezo a levantarme.

—No, qué va. —Me pone uno de los cafés delante—. Siéntate.

Se sienta en la silla de al lado, no enfrente. Estira las piernas. Suelta el aire como quien lleva de pie catorce horas, que es lo que lleva.

—¿Lo tuyo es la barra? —dice.

—¿Cómo?

—Que si vas a dedicarte a esto o estás de paso.

—Estoy de paso. En septiembre me voy a Murcia, a la universidad.

—¿A estudiar qué?

—Comunicación Audiovisual.

Asiente despacio, mirando al mar.

—Lo primero que me ha gustado de ti —dice— es que el primer día le preguntaste a Saray qué era el macerado.

—Me dijo que me callara.

—Ya. Pero tú preguntaste. —Bebe—. Aquí entra gente todos los veranos y hay dos tipos: los que aprenden dónde está el hielo y los que aprenden por qué el hielo está ahí.

—¿Y eso qué cambia?

—Todo —dice—. Los primeros son camareros. Los segundos montan sitios.

Y se pone a hablarme de su sitio.

No del Salitre. Del suyo: uno que quiere abrir en dos años, más pequeño, en la costa de Cabo de Palos, sin música de discoteca, con cocina de verdad, treinta cubiertos y una carta corta.

Habla de márgenes. Habla de que la gente ya no quiere ostentación, que quiere «una cosa buena y un sitio bonito».

Habla de una terraza que vio en Formentera en 2019 y de cómo estaba orientada.

Y habla bien. Habla como si ya estuviera hecho.

—¿Y por qué no lo has abierto ya? —digo.

Se ríe con esa risa suya de una sílaba.

—Porque hay que tener dinero, Nerea.

—¿Y no lo tienes?

—Tengo una parte de este sitio, que es distinto.

—¿Por qué es distinto?

Se queda un segundo callado. Da vueltas al vaso de cartón sobre la mesa.

—Porque una parte no es lo mismo que la parte que decide —dice.

Y es la primera cosa verdadera que me dice en su vida, y yo todavía no lo sé.

•

A las seis menos veinte se levanta, baja a la barra pequeña de la terraza, y vuelve con dos vasos de chupito y una botella sin etiqueta, con un líquido rosa.

La del primer día. La que Saray me quitó de las manos.

—Prueba —dice.

—Son las seis de la mañana.

—Por eso. A las seis de la mañana tienes la boca limpia. —Sirve dos dedos en cada vaso—. No te lo bebas. Pruébalo. Y dime qué tiene.

Y me lo pone delante, como el café.

Lo pruebo. Un sorbo pequeño. Me lo quedo en la boca, como hacía mi abuela con el vino de la cooperativa, que decía que el vino se mastica.

Ron. Eso es fácil. Algo floral, ácido, que tiñe: hibisco, seguramente, por el color. Algo de naranja, pero no el zumo, la piel. Y luego, al final, cuando ya me lo he tragado, una cosa que se queda en la garganta, caliente, un poco picante, que conozco de algo y no sé de qué.

Y de repente sí sé de qué. De la cocina de la tía Encarna, en Navidad. Del arroz con leche.

—Cardamomo —digo.

Bruno deja el vaso en la mesa. Muy despacio.

—¿Cómo sabes eso?

—Mi tía lo pone en el arroz con leche. Es de Balsicas. Es la única persona de Balsicas que usa cardamomo.

Y se ríe. No con la risa de una sílaba. Con otra, más larga, que no le he oído todavía, echando la cabeza hacia atrás.

—Llevo tres veranos poniéndole cardamomo a esto —dice—. Y nadie lo ha adivinado. Ni Fran. Ni Saray, que lleva dos años sirviéndolo. Nadie. —Coge la botella, la mira al trasluz—. Y viene una de Los Alcázares a las seis de la mañana y me lo saca por el arroz con leche de su tía.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Guarda la botella—. Es lo mejor que me ha pasado esta semana.

Y lo dice mirándome. Y yo aparto la vista hacia el mar, que ya está gris claro, porque no sé qué hacer con que alguien me mire así por haber adivinado una especia.

•

Luego me habla de Londres.

No se lo pregunto. Sale solo, a raíz del macerado, del cardamomo, de cómo se aprende una especia.

—Yo aprendí así —dice—. Adivinando. En Londres, en una cocina de un restaurante indio de Brick Lane, fregando platos.

Tenía veinte años y no hablaba inglés y no conocía a nadie.

Y el cocinero, un señor de Bangladesh que se llamaba Rafiq, me hacía probar las salsas al final de la noche.

Me ponía una cucharada en la mano y me decía «what».

Solo eso. «What.» Y yo tenía que adivinar qué llevaba.

—¿Y adivinabas?

—Al principio nada. Nada de nada. Me decía «no» y se reía y me mandaba a fregar. —Sonríe al mar—. Y un día, a los cuatro meses, le dije «cardamom, cinnamon, fenugreek». Y Rafiq se quedó mirándome un rato largo. Y me dio la mano. Y al día siguiente me sacó de la pila y me puso a pelar cebollas.

—Un ascenso.

—El mejor ascenso de mi vida. —Bebe el café, que ya está frío—. De la pila a las cebollas. Nadie me ha dado nunca una cosa que me haya hecho tanta ilusión.

Y lo dice con una cara que no le he visto todavía. Sin la media sonrisa. Sin la curiosidad tranquila. Con la cara de un chaval de veinte años en una cocina de Londres, que no conoce a nadie y al que un señor de Bangladesh le acaba de dar la mano.

Y me gusta más esa cara que todas las otras.

—¿Y por qué te volviste? —digo.

Y la cara se le va. Así, de golpe. Como se va la luz de una nevera cuando cierras la puerta.

—Porque aquí había una oportunidad —dice—. Y las oportunidades no se dejan pasar.

Y vuelve a ser el de la terraza de arriba.

•

Se hace de día mientras hablamos.

No de golpe: primero el cielo se pone de un gris muy claro, y luego naranja por el borde, y en algún momento dejan de hacer falta las luces de trabajo y nadie las apaga.

Hablamos de Valencia, de donde es él. De un año que pasó en Londres fregando platos. De mi padre y el camping —de eso hablo yo, tres frases, y me sorprende oírmelas—. De que a los dos nos da igual la música que ponen aquí.

Y en todo ese rato él no me toca.

No me pone la mano en el brazo, no se acerca, no baja la voz. Está sentado a metro y medio con las piernas estiradas hablando de cocinas, y a las siete menos diez mira el móvil y dice:

—Se te va el autobús.

—Mierda.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Nerea, son veintiuno kilómetros.

—Que no hace falta.

Me mira. Levanta las dos manos, igual que hizo Hugo en el murete, y sin embargo no se parece en nada.

—Vale —dice—. Corre.

Y yo bajo la pasarela a la carrera, con el vaso de cartón en la mano y el sol dándome de frente, y llego al autobús con cuarenta segundos.

Me siento al fondo. Estoy sudando. Me río sola otra vez, como la tarde de la prueba.

Y ahí me doy cuenta de una cosa: le he contado lo del camping.

A Hugo se lo conté sin querer, entre calamares. A este tío se lo he contado a las seis de la mañana después de hablar cuatro veces con él.

Qué me pasa.

Qué me pasa este verano con la boca.