11
En un pueblo de siete mil habitantes no hay secretos: hay retrasos.
El mío dura veintiocho horas. El sábado a mediodía, mientras estoy dando de alta a una familia de Madrid en la recepción, mi padre entra por la puerta de atrás, espera a que terminen de firmar, espera a que salgan, y cierra la puerta.
—Te vio Pepa Lorente.
Y yo pienso, muy rápido y muy estúpidamente: ¿Pepa Lorente qué hacía en San Javier?
—Papá…
—En la cafetería esa nueva —dice—. Con tu madre.
No grita. Mi padre no ha gritado en su vida, y ese es exactamente el problema: cuando se enfada baja la voz, y hay que acercarse para oírlo, y eso te obliga a acercarte.
—Fue media hora —digo.
—¿Cuándo te llamó?
—El miércoles.
—El miércoles —repite, y se le mueve la mandíbula—. El miércoles estábamos tú y yo arreglando la depuradora.
—El jueves.
—Nerea.
—¡El miércoles por la noche! ¡Y el jueves hablamos! ¿Vale? ¡Tres días! ¡Llevo tres días!
—Y yo me tengo que enterar por Pepa Lorente en la cola del Mercadona.
Y eso es lo peor que me puede decir, porque es verdad, y porque lo dice sin adornos y sin drama, como quien lee una factura.
Me apoyo en el mostrador. Respiro.
—Dice que ha vuelto. Que vive en San Javier desde abril.
—Lo sé.
Levanto la cabeza.
—¿Lo sabes?
Mi padre se pasa la mano por la cara. Y ahí, en ese gesto, veo a un hombre de cuarenta y nueve años muy cansado.
—Desde mayo —dice.
—¿Desde mayo?
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—Tenías la selectividad.
Y me sube por dentro una cosa caliente que no puedo parar, porque es exactamente la misma frase. Palabra por palabra. La misma frase que me dijo ella.
—¡Sois iguales! —digo, y me sale a grito—. ¡Sois exactamente iguales, los dos decidiendo qué puedo saber yo y qué no!
—No me compares con ella.
—¡Pues no hagas lo mismo!
Nos quedamos los dos en la recepción, a metro y medio, respirando. Fuera se oye a unos niños en la piscina.
Mi padre coge el libro de registro. Lo deja. Lo vuelve a coger.
—¿Te ha pedido dinero? —dice.
—¿Qué?
—Que si te ha pedido dinero.
—No. —Y me río, de pura incredulidad—. Papá, pagó ella el café. Y dejó veinte euros de propina para dos cafés.
Y ahí lo veo otra vez. Otro medio segundo, como el de ella en la cafetería: una información aterrizando en una cara que ya la esperaba.
—Ya —dice mi padre.
—¿Ya qué?
—Nada.
—¡¿Otra vez nada?!
Pero ya se está yendo hacia la puerta de atrás, y por el camino coge el cubo del cloro, y sale, y la puerta se cierra con ese muelle que hace «clac» desde 2011.
•
Esa tarde trabajamos juntos en la recepción sin decirnos nada.
No es un castigo. No es que no nos hablemos. Es que no hace falta, porque nos sabemos la recepción de memoria, los dos, cada uno en su mitad del mostrador, como dos camareros que llevan años en la misma barra.
A las cuatro llega una familia de Toledo con una rueda pinchada en la caravana.
Mi padre sale con el gato y la llave de cruz sin que nadie se lo pida.
Yo me quedo dentro y les hago el registro, les doy el plano, les explico lo de la piscina y lo de la basura y lo del silencio a partir de medianoche, en el tono de siempre, con la sonrisa de siempre.
Y por la ventana veo a mi padre de rodillas en la gravilla, con la camiseta empapada, cambiando una rueda que no es suya.
A las cinco suena el teléfono y lo cojo yo. Una reserva para agosto. La apunto en el libro, en su letra, que imito desde los doce años sin que se note.
A las seis mi padre entra, se lava las manos en el fregadero pequeño de detrás del mostrador, abre la nevera de la oficina y saca dos cosas: pan, y el embutido de la bandeja que compra los lunes. Y se pone a hacer un bocadillo, de espaldas a mí, sin decir nada.
Dos bocadillos.
Y me deja uno encima del mostrador, al lado del libro de registro, envuelto en una servilleta de papel. De jamón con tomate, que es el mío. Sin decir nada. Y se va a la piscina con el suyo en la mano.
Y yo me lo como sola en la recepción, a las seis y cuarto, mirando por la ventana cómo se sienta en el borde de la piscina con los pies dentro del agua y el bocadillo en la mano, de espaldas a mí, mirando la grieta que pinta cada mayo.
En esta casa nadie pide perdón. En esta casa se hacen bocadillos.
•
A las nueve y media, con el sol ya metido, hacemos la primera ronda juntos.
No lo decidimos. Él coge la linterna de la tapa roja del gancho de detrás de la puerta y sale, y yo salgo detrás, y ya está.
Echamos a andar por el camino de tierra entre las parcelas, él delante, yo detrás, como cuando tenía seis años y me llevaba de la mano y me dejaba encender y apagar la linterna.
Miramos los grifos. Miramos las barbacoas.
Le decimos a los de Albacete que el perro no puede estar suelto.
Le decimos a una familia de Madrid que la música, a partir de las doce, más bajita.
Mi padre lo dice con su voz de camping, que es una voz amable y que no admite réplica, y la familia de Madrid baja la música antes de que terminemos de pasar.
Y en la curva de la parcela treinta, donde crujen las piñas, sin mirarme, sin pararse, dice:
—Tu madre también pedía siempre media hora.
Me paro.
Él no. Sigue andando dos pasos. Y luego se para también, y se queda de espaldas, con la linterna apuntando al suelo.
—Para todo —dice—. Media hora para hablar de lo del colegio. Media hora para decidir lo de las vacaciones. Media hora para la bronca. Y la media hora era siempre dos horas. Y al final siempre hacíamos lo que ella quería, porque en la media hora te convencía de que era idea tuya.
Y se gira, y me mira, con la linterna apuntando a la tierra entre los dos.
—No te digo que no la veas —dice—. No soy nadie para decirte eso. Solo te digo que cuando te pida media hora, mires el reloj.
Y sigue andando. Y apaga la luz de la piscina. Y baja la barrera.
Y es lo más largo que me ha dicho sobre ella en tres años.
•
Lucía me lo dice esa noche, en el murete del paseo, con un granizado de limón en la mano.
—Tu padre tiene razón.
—No me jodas tú también.
—Nerea, que tiene razón. Que él es el que se quedó.
—Él me ocultó que estaba aquí desde mayo.
—Para protegerte.
—¡Eso es lo que dicen todos! —Me sale más fuerte de lo que quiero—. Todo el mundo aquí decide por mí para protegerme. ¿Sabes cuánta gente de este pueblo sabe cosas de mi vida que no me ha contado a mí? ¿Sabes lo que es eso?
Lucía chupa el granizado. Se lo piensa.
—Vale —dice—. Eso sí lo entiendo.
—Gracias.
—Pero te vas a hacer daño.
—Ya lo sé.
—No —dice ella—. Digo que te vas a hacer daño tú sola, sin que ella haga nada. Solo de dejarla entrar.
Y yo miro el agua negra y no le contesto, porque tiene razón, y porque llevo desde el jueves con el móvil en la mano pensando en escribirle.
A la una llego al camping y la luz de la oficina sigue encendida.
Mi padre está dormido en la silla de la recepción, con la cabeza apoyada en la mano y las gafas torcidas, delante de la carpeta abierta. Tiene la boca un poco abierta. Respira despacio. Tiene cuarenta y nueve años y parece que tiene sesenta.
No lo despierto. Le quito las gafas con cuidado, las doblo, las dejo encima del mostrador. Cojo la chaqueta del camping del perchero, la de invierno, la del escudo bordado, y se la echo por los hombros, aunque estamos en junio y hace veintiséis grados.
Y al hacerlo veo la carpeta.
No leo nada. Eso lo quiero decir porque es verdad: no leo nada.
Pero no puedo no ver. Veo papeles con membretes de bancos.
Veo una hoja con columnas de números a boli, con su letra de mayúsculas, con muchas cifras tachadas y vueltas a escribir.
Y veo, encima de todo, sujeta con un clip a la primera hoja, una tarjeta de visita.
Blanca. Gruesa. Con letras en relieve, de las que se notan con el dedo.
Damián Puche. Inversiones y promociones.
Y un teléfono de Cartagena.
No sé quién es. No he oído ese nombre en mi vida. Y lo dejo ahí, sujeto con su clip, tal como estaba, y apago la luz de la lámpara del mostrador, y dejo a mi padre dormido a oscuras con la chaqueta de invierno por encima.
Y me voy a mi cuarto con el nombre en la cabeza, sin saber que es un nombre que me voy a aprender de memoria.
Y antes de irse, cuando ya nos hemos terminado los granizados y las chanclas se nos han quedado pegadas al murete por el azúcar, Lucía dice una cosa más.
—Oye. ¿Tú se lo vas a decir a tu padre?
—¿El qué?
—Que has visto a tu madre.
Miro el paseo, que a esa hora ya está vacío, con las luces de las farolas encendidas y un gato cruzando por la arena.
—No.
—¿Por?
—Porque él lo sabe desde mayo. Lo de que está en San Javier. Y no me lo dijo. —Aplasto el vaso de plástico—. Si yo le digo que la he visto, él tiene que decirme que lo sabía. Y entonces los dos tenemos que hablar de eso. Y llevamos tres años sin hablar de eso, Lucía. Tres años.
Lucía asiente, con la barbilla apoyada en las rodillas.
—Mi madre y yo estuvimos dos años sin hablar de mi padre —dice—. Desde que se murió hasta que un día, viendo la tele, salió un anuncio de una marca de galletas que le gustaban y ella dijo «a tu padre le encantaban estas» y nos pusimos a llorar las dos con el anuncio puesto.
—¿Y luego?
—Y luego ya hablamos. Pero hicieron falta dos años y unas galletas.
Y se levanta, y se sacude la arena del culo, y me da la mano para levantarme.
—Igual tú necesitas tus galletas —dice.
Le escribo a la una y media de la madrugada, en la cama.
«Gracias por el café».
Tres palabras. Ni siquiera son cariñosas.
Y sin embargo, cuando le doy a enviar, sé perfectamente lo que acabo de hacer: he abierto una puerta y le he dicho que está abierta.