La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 10
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Quedamos en una cafetería de San Javier con sillas de mimbre y camareros con delantal largo, de esas que han abierto hace dos años y que no se parecen a nada del resto de la calle.

Llego doce minutos tarde a propósito. Ella lleva cuarenta esperando.

Y está guapa.

Esto es lo que me jode. Está muchísimo más guapa que hace tres años.

Está delgada, morena, con el pelo más claro y bien cortado, con un vestido de lino y unas sandalias que tienen pinta de costar lo que cuesta una semana del camping.

Marga Escalante a los cuarenta y seis parece diez años más joven que Marga Escalante a los cuarenta y tres, y hay una teoría muy fácil sobre eso que prefiero no pensar todavía.

Se levanta. Va a abrazarme. Yo me siento antes de que llegue.

Lo encaja bien. Se vuelve a sentar como si nada.

—Estás mayor —dice.

—Han pasado tres años.

—Ya.

Pide un café con hielo. Yo pido un agua, porque no pienso tardar más de media hora y porque quiero que se vea que no pienso tardar más de media hora.

•

Empieza a hablar, y aquí viene la parte que no le voy a poder explicar nunca a nadie:

Es divertidísima.

Mi madre es la persona más divertida que he conocido en mi vida.

Lo era cuando yo tenía ocho años y montaba una fiesta un martes porque sí, y lo es ahora, contando cómo ha discutido esta mañana con un señor del ayuntamiento de San Javier, imitando al señor, imitando a la funcionaria, haciendo las dos voces.

Me río. A los seis minutos de café ya me he reído dos veces y me odio las dos.

—¿Y qué vas a estudiar? —dice.

—Comunicación Audiovisual.

—¡Pero eso es per… eso es como periodismo!

—No exactamente.

—¡Si a ti siempre te gustó eso! ¿Te acuerdas de los vídeos que hacías con la cámara de tu abuelo?

Y sí. Me acuerdo. Y me acuerdo de que fue ella la que me dio la cámara.

Y así es como funciona: te vas tres años y vuelves con tres o cuatro llaves pequeñas que solo tienes tú.

•

A los doce minutos me coge la mano.

No me la coge para cogérmela. Me la coge para mirármela, por encima de la mesa, con un gesto rápido, antes de que pueda apartarla. Me la gira. Mira el esparadrapo del nudillo, los cortes pequeños en las yemas, la piel roja y arrugada de tres horas de pila y dos noches de limas.

—¿Esto qué es?

—Del trabajo.

—Tienes manos de fregar, hija. —Y me la suelta, y lo dice riéndose, sin maldad, como se comenta el tiempo—. Con lo bonitas que las tenías.

Y me meto las manos debajo de la mesa, entre las rodillas, como a los diez años cuando me pillaba las uñas mordidas.

Y ella habla de su casa. De un piso en San Javier, en un edificio nuevo, con una terraza que da a la marina, «que tienes que ver, que es una maravilla, que por las mañanas desayuno viendo los barcos».

Habla de que ha aprendido a hacer pilates.

De que ha dejado de fumar. De que duerme ocho horas, «ocho, Nerea, ¿te lo puedes creer?, yo, que no dormía nunca».

Y de un amigo.

Lo dice así, de pasada, en mitad de otra frase. «Un amigo que me está ayudando mucho». Y sigue hablando del pilates. Y el amigo se me queda en la cabeza, como se queda una espina en la garganta: no duele mucho, pero no te deja tragar.

No le pregunto por el amigo. No le pregunto por nada. La dejo hablar, y la miro, y me doy cuenta de que la estoy mirando como miro a los clientes del Salitre cuando piden: buscando lo que no dicen.

Y lo que no dice es mi padre.

En veinte minutos no lo nombra ni una vez. Ni para bien ni para mal. Ni «¿qué tal tu padre?» ni «¿sigue con el camping?». Nada. Como si en esta mesa, en este café de sillas de mimbre, solo existiéramos ella y yo y un amigo sin nombre.

•

A los veinte minutos hago la pregunta.

—¿De qué estás viviendo?

Ni parpadea.

—Llevo unas cosas para una empresa de aquí. Gestión, contactos, eventos.

—¿Qué empresa?

—Es un grupo. Tienen varias cosas en la zona.

—¿Qué cosas?

—Nerea. —Sonríe, y remueve el hielo con la pajita—. ¿Esto es un café o es un interrogatorio?

Y yo me río, porque es lo que se hace, y en el momento en que me río sé que he dejado pasar algo. Lo sé. Lo noto físicamente, como cuando se te escapa el último autobús y lo ves irse.

—Y tú —dice ella—. Me han dicho que estás trabajando.

—Sí.

—¿Dónde?

—En un sitio de La Manga.

Y pasa una cosa pequeñísima. Dura medio segundo y no la habría visto si no hubiera pasado dos años detrás de un mostrador mirando cómo la gente reacciona a los precios.

Mi madre ya lo sabía.

No se sorprende. No pregunta cuál. La cara se le queda quieta un punto de más antes de decir:

—Qué bien, hija. Se gana dinero ahí.

•

A los veintiocho minutos saca el móvil.

—Mira —dice—. Mira lo que tengo.

Y me gira la pantalla.

Es una foto mía. De cuando tenía ocho o nueve años.

En la playa del camping, al final del embarcadero, con un bañador de rayas y el pelo mojado, sujetando con las dos manos una cámara de vídeo vieja, gris, enorme para mis manos, apuntando a algo fuera de la foto con una cara de concentración tremenda, la lengua fuera.

La cámara del abuelo.

—Es mi fondo de pantalla —dice ella—. Desde siempre.

Y yo miro la foto. Y miro a mi madre, que me mira mirar la foto. Y siento dos cosas a la vez, y las dos son verdad, y no sé cuál es más grande.

La primera es que se me cierra la garganta. Que es mi foto, que es la cámara del abuelo, que es el embarcadero, que durante tres años, cada vez que ella encendía el móvil, en San Javier, en un barco, en una cena con gente de lino blanco, me veía a mí con ocho años y la lengua fuera.

La segunda es que no me creo que sea verdad. Que lo ha puesto esta mañana. Que lo ha puesto para enseñármelo.

Y no hay manera de saber cuál de las dos. No la hay. Porque su cara, mientras me gira la pantalla, es perfecta. Es exactamente la cara que tiene que tener una madre que enseña a su hija la foto que lleva tres años mirando.

Y eso es lo que me hace sospechar. Que sea tan exacta.

—Es bonita —digo.

Y aparto la vista.

•

Y justo después llama al camarero con la mano y pide, sin mirarme, sin preguntarme:

—Y un trozo de tarta de queso. Con dos cucharillas.

Y yo no digo nada. Porque es mi tarta. La de queso, la cremosa, la que no lleva base de galleta.

La que me pedía siempre en la cafetería del paseo los domingos por la tarde, cuando tenía diez años y bajábamos las dos solas mientras mi padre se quedaba en la recepción.

La que se partía en dos y ella se comía el trozo pequeño y me dejaba el grande.

Y la trae el camarero, y la deja en medio, y mi madre la parte en dos con la cucharilla. Un trozo grande y uno pequeño. Y me acerca el grande.

No me lo como. No lo toco. Miro el trozo grande de tarta de queso en un platito blanco en una cafetería de San Javier, y siento que me estoy muriendo por dentro de una cosa que no tiene nombre, que es la nostalgia de algo que te hace daño.

Y ella se come el pequeño. Despacio. Hablando de otra cosa.

—¿Y Lucía qué tal? —dice—. ¿Sigue con Chelo en la peluquería?

—Sí.

—¿Y Hugo? ¿El de Ferrer? ¿Sigue estudiando en Murcia?

Y me quedo quieta.

Porque se sabe los nombres. Todos. Lucía, Chelo, Hugo, Ferrer.

Se sabe dónde trabaja una y dónde estudia el otro.

Se sabe la peluquería, la carrera. Tres años sin una llamada, y se sabe mi vida con nombres y apellidos, como quien se sabe la alineación de un equipo de fútbol que no ve pero del que lee los resultados en el periódico todas las semanas.

—Sí —digo—. Biología.

—Siempre fue muy listo ese chico. —Se come la última cucharada de su trozo—. Y siempre estuvo coladito por ti, ¿eh? Desde pequeño. Se le notaba en cómo te miraba en las fiestas.

Y se ríe. Y me mira el trozo grande de tarta, intacto.

—¿No te la comes?

—No tengo hambre.

—Ya. —Y lo dice con una pena pequeña, muy bien puesta—. Antes te la comías entera en dos minutos.

•

A la media hora exacta me levanto.

—Se acabó la media hora —digo.

—Se acabó.

Deja un billete de veinte sobre la mesa para dos cafés y un agua y no espera el cambio, que es otra cosa que no hacía hace tres años.

—Nerea.

Me giro en la puerta.

Y mi madre hace lo único inteligente que podría hacer, que es no pedirme nada.

—Ya está —dice—. Media hora. Si no quieres más, no hay más. Tienes mi número.

Y se queda sentada, removiendo el hielo, mirándome con una sonrisa tranquila.

Y yo salgo a la calle a cuarenta grados, me subo a la bici, y a los doscientos metros me doy cuenta de que estoy pensando en cuándo la voy a volver a ver.

Y de que no le he preguntado ni una sola vez por qué se fue.