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Hay una cosa que aprendes cuando tu madre se va de casa y es que la gente espera de ti una reacción concreta.
Esperan llanto los primeros días y rabia después. Esperan que preguntes por qué. Esperan que en algún momento, años más tarde, digas una frase larga y bonita sobre el perdón.
Y lo que pasa de verdad es mucho más idiota: que te quedas tres años sin saber qué sientes y organizando la vida para no tener que averiguarlo.
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Nos vamos de la playa a las cinco menos cuarto, Hugo y yo, sin decir nada.
Apagamos las brasas con arena, con los pies, como nos enseñaron de pequeños los padres de todos, y recogemos las latas de la orilla en una bolsa del Mercadona que había traído Lucía, y echamos a andar por el paseo vacío, hacia el camping,
con el cielo empezando a ponerse gris por el lado de La Manga.
No hablamos del móvil. No hablamos de lo que iba a decirme. Andamos.
El paseo a esa hora es de los barrenderos y de los gatos.
Un camión del ayuntamiento regando la acera.
Un señor mayor con un perro que se para a mear en cada farola.
Una pareja de guiris dormidos en un banco, abrazados, con una botella de vino vacía a los pies.
Y nosotros dos, andando al mismo ritmo, que es un ritmo que tenemos desde los ocho años y que no hay que pensar.
En la barrera del camping se para.
—Bueno —dice.
—Bueno.
Y se queda un momento con las manos en los bolsillos, mirando la barrera de rayas rojas y blancas, y el cartel de LAS SALINA encima, con su letra de menos.
—¿Mañana bajas a la playa? —dice.
—Mañana trabajo.
—Pasado.
—Pasado también.
—Pues cuando libres.
—Cuando libre.
Hugo asiente. Se da la vuelta. Da tres pasos. Y se para, y se gira otra vez, y parece que va a decir algo, y yo espero, y me doy cuenta de que estoy esperando con una mezcla de miedo y de otra cosa que no sé cómo se llama.
—Hasta mañana —dice.
Solo eso. Hasta mañana. Y se va.
Y no es hasta mañana. Mañana no me escribe, ni pasado. Y la siguiente vez que me dice algo que no sea un emoji es debajo de un farol, cinco días después, en la noche de San Juan.
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El jueves dieciocho me levanto a las dos de la tarde con la boca seca y la llamada perdida esperándome en la pantalla como un animal muerto en el felpudo.
Una llamada perdida. Ningún mensaje.
Eso también es muy de ella: llamar once tonos y no escribir nada, dejar que sea yo la que tenga que decidir algo.
Desayuno mirando el teléfono. Friego mirando el teléfono. A las cuatro y media salgo a la piscina a ayudar a mi padre con el filtro y me llevo el teléfono en el bolsillo de atrás como si fuera a sonar dentro del agua.
—Estás rara —dice mi padre, con medio cuerpo metido en la depuradora.
—Estoy cansada.
—Pues vas a durar poco en ese sitio si te cansa un turno.
—Ha sido un turno.
—Pues uno.
Y sigue con el filtro, y yo le paso la llave inglesa, y pienso: díselo.
Son cinco palabras. «Me llamó anoche. Está aquí.»
Y no se las digo, y no se las digo, y no se las digo, y a las siete de la tarde ya es demasiado tarde para decírselas sin que parezca que se las he escondido.
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A las siete y media, con mi padre en la ducha, abro el chat.
No el de la llamada perdida. El otro. El que tengo guardado como Mamá y que no he borrado en tres años, aunque lo he tenido a punto veinte veces, con el dedo encima de Eliminar chat, y veinte veces he cerrado la aplicación.
El último mensaje es suyo. De hace tres años y dos meses. De un martes de abril a las ocho menos cuarto de la mañana.
«Ponte el abrigo, que refresca.»
Y nada más. Ni un corazón. Ni un «te quiero». Ni un «me voy». Una mujer que se iba de su casa esa misma tarde, con una maleta que yo no vi hacer, le decía a su hija por la mañana que se pusiera el abrigo porque refrescaba.
Y me lo puse. Me acuerdo. Era el abrigo azul marino con el botón de arriba roto.
Me lo puse y fui al instituto con él y a mediodía hacía veinticuatro grados y me lo até a la cintura.
Y cuando volví a casa por la tarde, ella ya no estaba, y el abrigo se quedó atado a mi cintura hasta la noche, porque no me acordé de quitármelo.
Debajo de ese mensaje hay veintitrés míos.
Los veintitrés de las dos primeras semanas.
«¿Dónde estás?» «Mamá.» «Mamá, contesta.»
«Papá no dice nada.» «¿Vas a volver?» «Por lo menos dime que estás bien.»
Todos con un solo tic gris. Todos sin leer.
Hasta que un día, a mitad de mayo, dejé de escribir, y el tic gris se quedó ahí, como una fila de gente esperando en una parada a un autobús que ha cambiado de ruta.
Y hoy, tres años después, el número que no contestaba ha llamado.
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Luego hago algo peor. La busco.
No la había buscado nunca. Esa era mi regla, la única que tenía: no buscarla. No saber. Y la rompo a las siete y cuarenta de un jueves, sentada en la cama, en cuatro segundos, escribiendo su nombre y su apellido en Instagram.
Marga Escalante.
Tiene perfil. Abierto. Doscientas fotos.
Y es otra persona. Es una mujer que no conozco, morena, riéndose con la cabeza echada hacia atrás, en terrazas, en cenas, en barcos.
Atardeceres en San Javier. Copas con fruta dentro.
Un vestido rojo en una boda en la que no conozco a nadie.
Un brindis con gente de lino blanco. Y un barco, otra vez, varias veces: un barco blanco grande, al atardecer, con ella en la proa, descalza, con una copa de cava y el pelo al viento, y detrás, al fondo, borroso, el perfil de los edificios de La Manga.
No hay ni una foto de antes. Ni una del camping. Ni una de mi padre. Ni una mía.
La primera foto del perfil es de hace dos años y medio. Es una puesta de sol en un puerto que no reconozco. Y el texto, debajo, dice: Empezar de cero ✨.
Y cierro la aplicación. Y dejo el móvil bocabajo en la cama. Y me quedo sentada con las manos en las rodillas mirando la pared de mi cuarto, que tiene un póster de una película que ya no me gusta y un clavo sin cuadro.
Empezar de cero. Con una estrellita.
El cero éramos nosotros.
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Antes de llamarla, escribo lo que le voy a decir.
En el folio doblado de los catorce noes, en el poco blanco que le queda. Como si fuera un examen. Cuatro puntos, numerados, con la letra apretada:
1. ¿Por qué ahora?
2. Tres años.
3. No le he dicho nada a papá y no se lo voy a decir.
4. Si es para pedirme algo, no.
Y lo leo dos veces en voz alta, sentada en la cama, con la puerta cerrada, como se ensaya un discurso. Y me sale bien. Sale una chica de veinte años seria y tranquila que dice cuatro cosas en el orden correcto y después cuelga.
Y luego marco.
Y en cuanto oigo su voz —«¿Nerea?», solo eso, mi nombre con una interrogación—, se me caen los cuatro puntos al suelo como se le caen a uno los papeles en la escalera.
Y lo que digo es «hola».
La llamo yo a las ocho y cuarto, sentada en el escalón de atrás de la casa, donde no me ve nadie.
Contesta al segundo tono.
—¡Nerea!
Y la voz es exactamente la misma. Eso es lo que no te esperas nunca. Te imaginas que una persona que ha estado tres años fuera tiene que volver con otra voz, con la voz gastada de haber estado en otro sitio, y no: es la misma voz que me decía que me pusiera el abrigo.
—Hola.
—¡Ay, hija, qué alegría! Anoche te llamé y…
—Estaba en la playa.
—¿En la playa a las cuatro de la mañana?
Y se ríe. Y yo cierro los ojos, porque si se ríe así es muchísimo más difícil.
—¿Qué quieres? —digo.
—Verte.
—¿Por qué?
—Porque estoy aquí, cariño. He vuelto. Llevo en San Javier desde abril.
Desde abril.
Dos meses. Dos meses a doce kilómetros.
—Sabía que habías hecho la selectividad —sigue—. Lo sé todo, ¿eh? Me entero de todo. Y no te llamé antes porque no quería ponerte nerviosa con los exámenes.
Y ahí está. Ahí está la señal, clarísima, en el minuto dos de conversación: ha convertido tres años de silencio en un favor que me estaba haciendo.
Tendría que colgar.
Lo sé mientras pasa. Es la única cosa de todo este verano de la que puedo decir, con la mano en el pecho, que la vi venir en tiempo real.
—¿Mañana? —dice ella—. Un café. Media hora. Y si no quieres volver a verme en tu vida, te levantas y te vas, y yo no te molesto más. Te lo juro por mi madre.
Su madre lleva muerta once años. Y no fui al entierro porque ella tampoco fue.
—Media hora —digo.
—¡Media hora!
—En Los Alcázares no.
—Donde tú quieras, mi vida. Donde tú quieras.
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Cuelgo y me quedo sentada en el escalón con el móvil en la mano, y no me tiembla el pulso, y no me pica la garganta, y no siento ni una sola de las cosas que se supone que tenía que sentir.
Solo una cosa, muy pequeña y muy vergonzosa, que reconozco enseguida porque es la misma que tenía a los diecisiete cuando la oía aparcar el coche por la noche:
Alivio.
Dentro, en la cocina, mi padre está poniendo la mesa para dos.