8
Las notas salen el miércoles diecisiete a las nueve de la mañana y yo llevo dormida desde las siete.
Me despierta Lucía aporreando la puerta de la casa prefabricada a las nueve y diez.
—¡QUE HAN SALIDO!
—Lucia, que me acosté hace dos horas.
—¡QUE HAN SALIDO!
Entramos al portal de la universidad las dos juntas, sentadas en mi cama, con el móvil entre las dos y yo poniendo el DNI mal tres veces porque me tiembla la mano.
Sale.
7,84.
No es una nota espectacular. Para Medicina no me llega, para Ingeniería Aeroespacial tampoco, pero es que yo no quiero Medicina ni Aeroespacial: yo quiero Comunicación Audiovisual en la Universidad de Murcia, que el año pasado cerró en 6,9.
7,84.
Lucía pega un grito que despierta a los holandeses del bungaló nueve.
Miro el número un rato largo, con esa sensación rara de cuando por fin llega lo que llevas esperando y resulta que es solo un número en una pantalla y que el suelo sigue en el mismo sitio.
•
Mi padre entra a los dos minutos, con el mono de trabajo y las manos mojadas.
—¿Qué? —dice desde la puerta.
Le giro el móvil.
Lo mira. Se limpia las manos en el mono. Lo vuelve a mirar.
—Siete con ochenta y cuatro —lee.
—Sí.
—Siete con ochenta y cuatro —repite.
—Papá, que sí.
Y mi padre, que es un hombre que no ha abrazado a nadie en público en su vida, se acerca y me pone la mano en la cabeza. Como cuando tenía seis años. Me despeina de un lado para otro, dos veces, sin decir nada, y se va a la piscina con el cloro.
Lucía me mira.
—No llores.
—No estoy llorando.
—Estás llorando.
—Es el sueño.
•
A mediodía bajo al pueblo a por el pan y tardo cincuenta minutos en hacer cuatrocientos metros.
Porque en un pueblo de siete mil habitantes las notas de la selectividad son una noticia local. Y porque mi padre, que no le cuenta nada a nadie, se ha pasado la mañana en la barra del bar de la Ronda tomándose un carajillo, que es su manera de contárselo a todo el mundo sin decir una palabra.
La de la farmacia sale a la puerta.
—¡Nerea! ¡Que me ha dicho tu padre! ¡Un siete y pico!
—Siete con ochenta y cuatro.
—¡Siete con ochenta y cuatro! —Y se lo grita hacia dentro a su marido, que está poniendo el orden de las cajas—. ¡Siete con ochenta y cuatro, Pepe! ¡La hija de Luis!
Y así todo el camino. El de la churrería, que me saca un churro del aceite y no me lo cobra. La madre de las gemelas Nicolás, que me da dos besos y me dice que qué orgullosa estaría mi abuela. El señor del quiosco, que quiere saber si eso sirve para sacar plaza de funcionaria.
Y todos, sin excepción, me hacen la misma pregunta.
—¿Y qué vas a estudiar?
—Comunicación Audiovisual.
Y se produce siempre el mismo silencio de medio segundo. La misma cara. Una cara de estar buscando dónde colocar eso en un armario donde solo hay tres cajones: Magisterio, Enfermería y una oposición.
—Ah —dicen—. Muy bien. ¿Y eso qué es?
Y yo digo «cine, televisión, publicidad, esas cosas», y ellos dicen «ah, qué bien», y se quedan mirándome un momento más, y luego dicen «bueno, lo importante es que te guste», que es lo que se dice en este pueblo cuando alguien va a estudiar algo de lo que no se puede vivir.
Solo una persona no me lo pregunta así.
Es la señora Encarni, la madre de Keko, en la puerta de la panadería, con dos barras debajo del brazo.
—Comunicación Audiovisual —repite, despacio, como si estuviera memorizando una dirección—. ¿Eso es lo de hacer películas?
—Algo así.
—Pues qué bonito, hija. —Y me coge la cara con la mano que tiene libre, como cuando tenía siete años—. Qué bonito. Aquí hace falta gente que cuente cómo es esto.
Y se va con sus barras.
Y yo vuelvo al camping con el pan caliente debajo del brazo, por el camino de tierra, pensando en esa frase. Aquí hace falta gente que cuente cómo es esto.
Y es lo más parecido a una razón que he tenido en tres años para estudiar lo que voy a estudiar.
•
Esa noche libro, porque Fran me ha puesto martes y miércoles libres esta primera semana —«a ver si aguantas»—, y Lucía organiza lo de la playa en el grupo en cuatro minutos.
Antes de la playa cenamos las cuatro en La Cangreja.
Lo propone Lucía, que lleva desde las nueve y diez de la mañana organizándome el día como si fuera una boda, y hay que llamar a las siete de la tarde para que nos metan, porque un jueves de junio ese sitio ya está lleno.
Nos sientan fuera, en una mesa con los pies casi en la arena, con la música justo por debajo del volumen al que hay que gritar.
Y pedimos mal, que es como se pide bien cuando se celebra algo: una ensalada para las cuatro que se acaba en dos minutos, unas bravas, tres hamburguesas y un arroz a banda que no termina nadie.
—Por la doctora —dice Lucía, levantando un botellín.
—Que no soy doctora.
—Por el siete con ochenta y cuatro.
—Eso sí.
Y chocamos las cuatro, y Vanesa Nicolás dice que menuda tontería celebrar una nota, y lo dice con la boca llena y con una sonrisa de oreja a oreja.
Pagamos a escote y nos sale a catorce euros cada una, y yo llevo los míos en el bolsillo de atrás desde por la mañana porque los cogí de la caja de las propinas, que es la primera vez en mi vida que pago una cena con dinero que he ganado yo.
Y no puedo evitarlo: miro a la camarera.
Es la primera vez que me pasa. Estoy sentada en una mesa de La Cangreja con mis amigas, celebrando mi nota, y a la media hora me descubro mirando a la chica que nos atiende como si estuviera en una prueba.
Cómo lleva la bandeja, apoyada en la palma y no en los dedos.
Cómo apunta la comanda sin libreta. Cómo tarda en traer la cuenta a la mesa de al lado, que la ha pedido dos veces, porque la barra está colapsada y ella lo sabe y no quiere que lo sepan los de la mesa.
Cómo sonríe a un señor que le ha hablado mal, sin que se le mueva nada de la cara más que la boca.
—¿Qué miras? —dice Lucía.
—A la camarera.
—¿Te gusta?
—Que no, tonta. Que lo hace muy bien.
Lucía me mira un momento. Y luego se ríe y le dice a las gemelas:
—Una noche en el Salitre y ya no puede ir a un bar sin trabajar en él por dentro.
Y se ríen las tres. Y yo me río también. Y le dejo a la camarera dos euros de propina de mi parte, aparte de lo del escote, sin decírselo a nadie, y ella lo ve, y me hace un gesto pequeño con la cabeza, de colega.
Y en el postre, cuando ya hemos pedido cuatro cafés y un coulant para compartir, Vanesa Nicolás pregunta lo que nadie pregunta en junio en este pueblo:
—¿Y en septiembre qué?
Y se hace un silencio de mesa.
Vanesa se queda. Va a seguir en la tienda de móviles de su tío, en la avenida, y dice que está bien, que le gusta, que no se ve en otro sitio.
Su hermana se va a Alicante a hacer un grado de Enfermería.
Lucía se queda con Chelo en la peluquería, «de momento», y lo dice así, con las comillas puestas en la voz, y nadie le pregunta qué quiere decir «de momento» porque todas lo sabemos.
Y yo me voy a Murcia.
—Cincuenta kilómetros —dice Lucía, mirando el mantel—. Que no es nada. Que es como ir a Cartagena y un poco más.
—No es nada —digo.
—Cada dos fines de semana.
—Cada dos.
—Me lo apunto —dice, y coge una servilleta, y escribe con el bolígrafo de la camarera, que le ha pedido prestado, CADA DOS, en mayúsculas, y la dobla en cuatro y se la guarda en el bolso—. Para cuando no te acuerdes.
Y nos reímos todas.
Y yo me río también. Y no sé todavía que esa servilleta existe, que Lucía la va a guardar en un cajón de su cuarto, y que un día, mucho después, la va a sacar.
A las once de la noche hay quince personas en la playa del Espín, dos neveras portátiles, un altavoz bluetooth con la batería al veinte por ciento y una hoguera pequeña que hemos hecho con palés y que seguramente sea ilegal.
Están los de siempre: Keko, que ha venido de currar y se ha traído hielo del Salitre; las gemelas Nicolás; el Yeyo; dos chicas del módulo que me caen bien; Lucía haciendo de anfitriona de todo.
Y Hugo, que llega el último y se sienta en la arena al otro lado del fuego.
La noche va como van estas noches. Alguien saca una guitarra y nadie sabe tocarla. El Yeyo cuenta por cuarta vez este año lo de su primo y la lancha. Se bebe cerveza caliente. A la una, cuatro se meten al agua a oscuras gritando, y yo no me meto, y no sé muy bien por qué no me meto.
A las dos quedamos seis. A las tres, cuatro. A las cuatro menos cuarto, dos.
Y los dos somos Hugo y yo.
•
El fuego está en las brasas. Lucía se ha ido hace veinte minutos con las gemelas y al irse me ha mirado de una manera que ya arreglaré con ella otro día.
Hugo está tumbado con las manos detrás de la cabeza. Yo estoy sentada, abrazada a las rodillas, mirando lo que queda del palé.
—Siete con ochenta y cuatro —dice él, al aire.
—Ya vale.
—Es que me hace mucha gracia.
—¿El qué?
—Que sacaras más que yo.
Me giro. Está sonriendo al cielo.
—¿Tú cuánto sacaste?
—Siete sesenta.
—¡Ja!
—Ya, ya. Ríete.
Y me río, y él se ríe, y luego nos quedamos callados y se oye el agua que aquí no hace ruido de olas, hace un ruido más bajo, como de alguien respirando en otra habitación.
—Nerea.
—Dime.
Se incorpora. Se sacude la arena del brazo. Y hace una cosa que le he visto hacer dos veces en la vida, las dos importantes: se pasa la mano por la nuca.
—Hay una cosa que llevo…
Y el móvil se me enciende en la arena, boca arriba, entre los dos.
Un número. Sin nombre. Un número que no tengo guardado pero que me sé de memoria porque durante un año entero, con dieciocho años, lo miré todas las noches esperando que sonara.
Los dos lo vemos.
Hugo mira la pantalla. Me mira a mí. Vuelve a mirar la pantalla.
Y yo no lo cojo. Lo dejo sonar, boca arriba, iluminando la arena entre nosotros, once tonos, con la cara ardiendo y sin decir ni una palabra.
Cuando para, la playa se queda mucho más oscura que antes.
—¿Era…? —empieza Hugo.
—Sí.
Se queda callado.
—¿Llama mucho?
—Nunca —digo—. Hace tres años que nunca.
Hugo asiente despacio, mirando las brasas.
Y lo que iba a decirme, sea lo que sea, no me lo dice.