7
El primer turno empieza a las siete de la tarde del lunes quince de junio y a las siete y cuarto ya he hecho tres cosas mal.
La primera: ponerme detrás de la barra por el lado que no es, que resulta que tiene una goma en el suelo por la que no se pasa porque ahí está el hielo.
La segunda: coger una comanda de la impresora que no era mía.
La tercera: preguntar.
—¿Esto qué es? —digo, señalando una botella sin etiqueta con un líquido rosa.
La chica de la golondrina —Saray, me ha dicho Keko que se llama— me la quita de la mano sin mirarme.
—Eso no lo toques.
—Vale, pero ¿qué es?
—Es un macerado que hace él.
—¿Él quién?
Saray se para. Se gira. Tiene unos ojos muy claros que usa como quien usa una linterna en la cara.
—¿Tú de dónde has salido?
—De Los Alcázares.
—Ya. —Vuelve a lo suyo—. Pues en Los Alcázares también se aprende a callar, digo yo.
•
A las nueve el sitio está lleno.
No lleno de gente: lleno de un tipo de gente.
Chicas de mi edad con vestidos que cuestan lo que yo voy a cobrar en una semana, señores de cincuenta con camisa de lino abierta hasta el tercer botón, grupos de italianos, grupos de madrileños, un par de futbolistas de un equipo cuyo nombre no me dice nada y que hacen que Keko se ponga nervioso.
Y yo detrás de la barra, sirviendo, cobrando, fregando, secando, sonriendo, con la camiseta negra del Salitre que me han dado esta tarde y que todavía huele a plástico de la bolsa.
Y por encima de todo, la música.
El Salitre tiene su propia lista y no la elige nadie de dentro: viene de una empresa que se dedica a eso, con las horas marcadas. A las siete, algo suave con saxofón. A las diez, remezclas lentas de canciones de hace tres años. A las doce sube, y a las dos entra el DJ y ya es otra cosa.
Lo que no suena ahí dentro en toda la noche es nada de lo mío.
Y luego, a las seis menos cuarto, cuando ya no queda nadie y el chico de la manguera está fregando, Keko saca un altavoz del maletero en el aparcamiento y pone lo que le da la gana.
Y entonces sí.
Y resulta —y esto no me lo esperaba— que se me da bien.
Se me da bien porque llevo dos años detrás del mostrador de una recepción aguantando a holandeses que quieren cambiar de parcela en agosto.
Se me da bien porque tengo memoria de números.
Se me da bien porque cuando hay mucho ruido yo me pongo tranquila, que es una cosa rara que tengo y que no sirve absolutamente para nada excepto para esto.
A las once y media, Keko me grita por encima de la música:
—¡Baresa! ¡Que la mesa cuatro te ha dejado veinte de propina!
—¡¿A mí?!
—¡Al bote! ¡Pero por ti!
Y levanta las dos manos, y yo me río con la boca abierta, y estoy sudando, y me duelen los pies, y es el mejor lunes que he tenido en dos años.
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Él aparece a las doce y veinte.
No lo veo llegar. Lo que veo es el cambio: cómo Saray endereza la espalda medio centímetro sin dejar de servir, cómo Keko baja el volumen de su propia voz, cómo Fran, que está al otro lado del local, gira la cabeza hacia la pasarela.
Entonces me giro yo.
Un tipo de veintitantos largos cruzando el local sin prisa, camisa blanca por fuera, el pelo mojado como si acabara de salir del agua o de la ducha, saludando a dos mesas sin pararse en ninguna. No es el más guapo del sitio. Esa noche hay ahí dentro cuatro tíos más guapos que él, objetivamente.
Pero el sitio se reordena a su paso, y eso lo ves, y eso es otra cosa.
Llega a la barra, se apoya en la esquina —en la esquina de la barra donde nadie se apoya, que ahora sé que es la suya— y mira lo que estoy haciendo, que es un gin-tonic.
—Eres nueva.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cinco horas.
Se ríe. Tiene una risa corta, de una sola sílaba.
—Ponme un poco menos de tónica —dice.
—No es para ti.
—Ya lo sé. Digo en general. En todos. Estás poniendo cuatro dedos y hay que poner tres.
Y antes de que yo pueda decir nada, alarga el brazo por encima de la barra, coge la botella, me la quita de la mano y sirve él el resto de la copa. Lo hace en dos segundos, sin salpicar, con una limpieza que da rabia.
Deja la botella en su sitio.
—Así —dice.
—Gracias.
—De nada.
Y se queda mirándome. Un segundo. Dos. Tres. Con una sonrisa que no es de coqueteo, que es peor: es de curiosidad, como si yo fuera un tipo de persona que no esperaba encontrarse detrás de su barra.
—¿Cómo te llamas?
—Nerea.
—Bruno.
No dice «encantado». No dice «bienvenida». Dice su nombre como quien deja una cosa encima de la mesa para que la cojas cuando quieras, y se va a saludar a los de la mesa cuatro.
Y yo vuelvo a las copas.
Y tardo como diez minutos en darme cuenta de que llevo diez minutos poniendo tres dedos de tónica.
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A las tres de la mañana llega el bajón.
Nadie me lo ha explicado, y aun así lo reconozco en cuanto pasa, como se reconoce el cambio de marea sin mirar el agua.
A las tres menos diez la barra está a rebosar, con gente pidiendo en tres filas y Keko gritando comandas por encima del DJ.
A las tres y cinco, de repente, no queda nadie.
Todo el mundo está en la pista. El DJ ha puesto algo que sube y sube y no acaba de explotar, y doscientas personas están esperando a que explote con los brazos medio levantados, y ninguna se acuerda de que tiene sed.
Y la barra se queda vacía. Media hora.
—Repón —me dice Saray, pasando por detrás con una caja de botellines—. Y bebe agua. Ahora, no luego.
Y repongo. La nevera de botellines, la de refrescos, las limas, el hielo del cubo grande, que pesa veintidós kilos y que Keko me enseña a levantar con las piernas y no con la espalda.
Y me bebo tres vasos de agua del grifo de pie, uno detrás de otro, como un caballo, mirando por encima de la barra a doscientas personas que se lo están pasando bien.
Y es una sensación rarísima. Estar tan cerca de una fiesta y no estar en ella.
Ver a chicas de mi edad bailando con los ojos cerrados, a un chico subido a los hombros de otro, a una pareja besándose contra una columna como si el mundo se fuera a acabar esa noche.
Y estar a dos metros, detrás de una barra de cemento pulido, con un paño húmedo en la mano, contando botellines.
No me da pena. Eso lo pienso con cuidado, porque me sorprende. No me da ninguna pena. Me da otra cosa. Me da la sensación de estar viendo algo desde un sitio desde el que no lo ve nadie más, como desde la cabina de un proyector.
A las tres y media la canción explota, doscientas personas gritan a la vez, y a las tres y treinta y dos hay otra vez tres filas en la barra.
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A las cinco y veinte, con el local ya vacío y las luces blancas encendidas, Fran me cuadra la caja.
Lo hace delante de mí. Saca el cajón de mi terminal, cuenta los billetes con una rapidez de cajero de banco, mira el ticket del cierre, vuelve a contar las monedas. Y yo espero de pie, con las manos a la espalda, como en el despacho del director del instituto a los quince años.
Fran termina. Cierra el cajón.
—Cuadra —dice.
No dice «bien». No dice «enhorabuena». Dice «cuadra», con la misma voz con la que diría que llueve.
Y luego, mientras se guarda los billetes en una bolsa de plástico con cremallera:
—Nadie cuadra el primer día.
Y se va a la oficina.
Keko, que está subiendo sillas a las mesas, me mira desde el otro lado del local y levanta el pulgar. Saray no me mira. Pero se le escapa algo por la comisura de la boca que en otra persona sería media sonrisa.
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A las once y media, en mitad del primer agobio de verdad, la cago con una cuenta.
Una mesa de seis en la terraza: dos gin-tonics, tres cervezas y un refresco. Cobro cincuenta y dos euros y devuelvo mal el cambio, ocho euros de menos, y el chico de la mesa —veintitantos, camisa hawaiana, muy tranquilo— viene a la barra a decírmelo.
No me grita. Eso es lo peor. Me lo dice con una sonrisa, enseñándome las monedas en la palma, como se le enseña un dibujo a un niño.
Y yo me pongo roja hasta las orejas y empiezo a pedir perdón como una idiota: «perdona, perdona, es mi primer día, es que no me aclaro con la caja, perdona».
Y aparece Fran.
No sé de dónde sale. Fran aparece siempre así: no viene, está. Le da los ocho euros al chico de la mesa, le dice «disculpa, invita la casa la próxima», el chico se ríe y se va encantado.
Y luego se gira hacia mí y me dice cuatro palabras que me duran todo el verano.
—Nunca expliques. Corrige y sigue.
—Es que era mi primer…
—Ni primer día, ni que no te aclaras, ni que estás cansada. —Coge un paño y lo dobla—. Al cliente no le importa. Si te equivocas, lo arreglas, sonríes y sigues. Explicarse es de gente que quiere que la perdonen, y aquí no hay que perdonar a nadie: hay que servir.
Y se va a la otra punta de la barra.
Esa frase se me queda encima del pecho, y la uso ese verano, y el curso siguiente en Murcia, y años después, en sitios donde no hay ninguna barra.
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A las seis menos cuarto de la mañana estoy sentada en el escalón de la pasarela, con los pies fuera de las zapatillas, esperando a que Keko termine de cerrar para que me lleve en la moto.
Sale Saray. Se enciende un cigarro. No se sienta.
—Lo has hecho bien —dice, mirando al aparcamiento.
—Gracias.
—No es un cumplido.
Da una calada. Suelta el humo hacia arriba.
—Es que las que lo hacen bien se quedan —dice—. Las que lo hacen mal duran dos semanas y se van a su casa tan contentas.
Y se mete el mechero en el bolsillo del delantal y se va hacia su coche sin despedirse.
Sale el sol por el lado del Mediterráneo mientras Keko arranca la moto. El agua está azul, y lisa, y tiene ese color de las cinco de la mañana que no se parece a ningún otro.
Y yo llevo ciento veintitrés euros en el bolsillo y una frase de un desconocido repitiéndoseme en la cabeza, que es una cosa ridícula, y lo sé, y aun así.
«Así».