La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 6
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Fran Olivares tiene treinta y ocho años, una camiseta negra del Salitre metida por dentro y la cara de alguien que lleva quince veranos sin dormir de noche.

Me recibe a las once y dos minutos en la pasarela de madera, sin darme la mano.

—¿Baresa?

—Sí.

—Fran. Ven.

Y echa a andar, y yo voy detrás.

El Salitre de día, vacío, es otra cosa. Sin gente y sin música se ve el esqueleto: las camas balinesas con las lonas recogidas, la barra larga de cemento pulido, las cajas de fruta apiladas, un chico fregando el suelo con una manguera. Huele a lejía y a mar.

Fran me lleva hasta una pila de acero inoxidable detrás de la barra, donde hay como doscientos vasos sucios del día anterior en cajas de plástico.

—Esto —dice.

—¿Esto?

—Se lavan, se secan, se colocan ahí. —Señala una estantería—. Copa de balón arriba, tubo abajo, chupito en la bandeja. El paño se cambia cuando esté húmedo, no cuando esté empapado.

—Vale.

—A las dos vengo.

Y se va.

Eso es la prueba.

•

Antes de empezar, el chico de la manguera se acerca a la pila.

Tiene diecisiete años, un aro en la oreja y unas chanclas de piscina con calcetines, y lleva la manguera enrollada al hombro como una serpiente. Me mira los vasos. Me mira a mí.

—¿Eres la nueva?

—Todavía no. Es una prueba.

—Ya. —Se ríe—. Todas las pruebas son esa pila. Yo la hice en mayo. Me llamo Iván, soy el sobrino de la de la limpieza.

Y me da tres consejos. Así, sin que se los pida, en treinta segundos, apoyado en la barra con la manguera goteando en el suelo.

Que el agua de la pila esté caliente pero no hirviendo, porque si está hirviendo las copas de balón se rajan por el pie, que es donde son más finas.

Que el paño de secar se cambie cada veinte vasos aunque parezca seco, porque si no deja pelusas que se ven al trasluz, y Fran siempre mira los vasos al trasluz.

Y que no mire a la terraza de arriba.

—¿Por qué? —digo.

—No sé —dice Iván, encogiéndose de hombros—. Me lo dijo Keko. Y yo te lo digo a ti. Así funciona esto.

Y se va con su manguera a regar la pasarela, silbando algo.

Me quedo con los tres consejos en la cabeza. Dos de ellos los entiendo perfectamente. El tercero no. Y es el único que me han dicho dos personas distintas antes de las doce de la mañana del primer día.

•

Tres horas fregando vasos.

Las dos primeras se me pasan rápido porque estoy concentrada en no cascar ninguno y en hacerlo bien, con el orgullo tonto de la que quiere demostrar algo.

La tercera se me hace eterna, porque tengo los dedos arrugados como pasas, la espalda a la altura de la pila y ya he entendido que esto no lo mira nadie.

Solo que sí lo miran.

A la una y media me doy cuenta de que la chica que está reponiendo la nevera de botellines lleva un rato observándome. Veinticinco o veintiséis años, el pelo recogido con dos gomas, tatuaje de una golondrina en el antebrazo. No me ha dicho ni hola.

—¿Te han puesto los de ayer? —dice al final.

—Sí.

—Los de ayer los dejé yo ahí.

Y se gira, y sigue reponiendo.

No sé si eso es una disculpa o una amenaza.

•

A las doce y cuarto llega Keko.

Entra por la pasarela con la camiseta negra del Salitre, las gafas de sol subidas a la cabeza y una bolsa de hielo de diez kilos al hombro como si fuera un saco de patatas. Me ve en la pila. Me guiña un ojo. Y sigue andando hacia la cámara frigorífica sin decirme nada, como si no me conociera.

A los cinco minutos vuelve, sin el hielo, y se pone a mi lado a cortar limas en una tabla, de espaldas a la barra.

—No me conoces —dice, muy bajito, sin mirarme—. Aquí no se conoce a nadie hasta que te cogen.

—Vale.

—Lo estás haciendo bien. Fran ha pasado dos veces por detrás y no has levantado la cabeza. Eso le gusta.

—No lo he visto pasar.

—Por eso le gusta.

Corta tres limas más. Y luego, sin girarse, con el cuchillo en la mano, señala con la barbilla hacia arriba, hacia la escalera de madera que sube a la terraza de encima de la barra.

—Y no mires para arriba —dice.

Y yo miro para arriba, claro.

En la terraza de arriba, que a esa hora debería estar vacía, hay tres hombres sentados en una mesa.

Dos de unos cincuenta años, con camisas de lino y relojes grandes, y uno más joven, de unos treinta, moreno, con una camisa blanca remangada y un portátil abierto delante.

Hablan bajo. Uno de los de cincuenta pasa hojas de una carpeta.

El joven escribe algo en el portátil y se ríe de algo que dice el otro.

Y el joven levanta la vista. Y me ve mirando.

Y no aparta la mirada. Me mira un momento, desde arriba, desde la barandilla, con una curiosidad tranquila, como se mira algo nuevo en un sitio que conoces. Y luego sonríe un poco, con media boca, y vuelve al portátil.

—Te he dicho que no mires —dice Keko.

—¿Quiénes son?

—Nadie. Los de arriba. —Recoge las limas cortadas en un bote—. En este sitio hay dos pisos, Baresa. El de abajo es el nuestro. El de arriba no existe.

Y se va.

Y yo vuelvo a los vasos. Y durante la hora siguiente no levanto la cabeza. Pero el cuello me pica, como pica cuando alguien te está mirando desde arriba, y no sé si es verdad o me lo invento.

•

Fran vuelve a las dos y cuarto. Mira la estantería. Coge una copa de balón, la levanta contra la luz de la puerta, la vuelve a dejar.

—¿Cuántas has roto?

—Ninguna.

—¿Seguro?

—Dos —digo—. Dos chupitos, al principio. Los he tirado.

Fran me mira por primera vez en todo el día.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque me lo has preguntado dos veces.

Se apoya en la barra. Se cruza de brazos.

—Aquí la gente rompe cosas —dice—. Se rompen cosas todos los días. Lo que no quiero es enterarme el martes de algo que pasó el sábado. ¿Entiendes la diferencia?

—Creo que sí.

—Empiezas el lunes. De siete de la tarde a cierre. Cierre es cuando yo digo, no cuando pone el cartel.

Y antes de que pueda contestar ya se está alejando.

—¡Fran! —Se para—. ¿Cuánto se cobra?

Se gira despacio.

—¿Por qué no lo has preguntado hace tres horas?

—Porque hace tres horas no me habías cogido.

Y por un segundo, solo un segundo, a Fran Olivares se le mueve algo en la cara que casi podría ser aprobación.

—Mil cuatrocientos —dice—. Más el bote. El bote es la mitad de lo que ganas, y el bote no se habla fuera.

Mil cuatrocientos.

Mi padre, con el camping entero y los doce meses del año trabajados, saca dos mil ochocientos.

•

Cuando Fran se va, la chica de la golondrina deja la nevera de botellines, se seca las manos en un paño que lleva colgado del cinturón y se acerca a la pila.

Me mira las manos. Rojas, arrugadas, con un corte pequeño en el nudillo del índice que me he hecho con un chupito roto y que no le he dicho a nadie.

Coge un rollo de esparadrapo de debajo de la barra, arranca un trozo con los dientes, me coge la mano sin pedirme permiso y me lo pone en el corte, apretando fuerte—. Eso se infecta con el limón. El primer mes vas a tener las manos así siempre. Luego se te hacen.

—Gracias.

—No me las des. —Tira el rollo debajo de la barra—. Mañana te enseño a llevar tres cafés en una mano. Eso es lo único que te voy a enseñar gratis.

—¿Y lo demás?

La chica de la golondrina me mira. Tiene los ojos muy claros y muy cansados, más cansados que la edad que aparenta, y una forma de mirar que no pregunta nada porque ya se sabe las respuestas.

—Lo demás lo aprendes sola, como todas —dice—. Y una cosa. Lo del bote no se habla fuera. Pero lo de dentro tampoco. Lo que veas, lo que oigas, quién viene y quién se va. Aquí no se habla de nada que no sea el turno.

—Keko me ha dicho algo parecido.

—Keko es un bocazas con buen corazón —dice—. Y te lo ha dicho porque se lo dije yo a él hace dos veranos.

Y se vuelve a la nevera, a los botellines, a colocarlos por marcas, con las etiquetas hacia fuera, todas mirando al mismo lado.

•

A las dos me dan veinte minutos.

Me los da Fran, de pasada, sin mirarme: «Veinte minutos, coge lo que quieras de la nevera de abajo». Y yo cojo una Coca-Cola de lata y salgo a la pasarela, y me siento en el primer escalón, a la sombra de la marquesina, con los pies en la arena caliente.

Y a las dos de la tarde, con el sitio cerrado y los operarios montando las camas balinesas para la noche, el Salitre es otra cosa.

Es una estructura de madera encima de la arena.

Una barra de cemento pulido con las botellas tapadas con paños.

Una piscina que da al mar y que a esta hora no tiene a nadie, con el agua azul quieta y una hoja de palmera flotando.

Un cartel de cartón apoyado en la pared que dice RESERVADO — MESA 4, con el celo levantado por el calor.

Sin gente, un sitio así no es nada. Es un escenario con las luces encendidas antes de la función.

Y a mi lado, en el mismo escalón, se sienta el del pinganillo.

No lleva el pinganillo. A esta hora es un chaval enorme de unos veinticinco, con una camiseta del Real Murcia y unas chanclas, que se enciende un cigarro y mira el mar.

—¿Prueba? —dice.

—Prueba.

—¿Te han dejado la pila?

—Tres horas.

Se ríe y echa el humo hacia arriba.

—A mí me tuvieron cinco en la puerta, de pie, sin decirme nada, mirando cómo llegaba la gente —dice—. En agosto, con treinta y ocho grados. Y luego me dijeron que había pasado. —Da una calada—. Aquí la prueba nunca es lo que te ponen a hacer.

—¿Y qué es?

Y el chaval se encoge de hombros, con el cigarro en la boca, mirando el mar.

—Cuánto aguantas sin preguntar por qué.

•

Salgo a la pasarela con las manos destrozadas y el sol de las dos y media dándome en toda la cara, y hago una cosa que no había hecho en mucho tiempo: me río sola en mitad de la calle.

Llamo a Lucía. No lo coge, está trabajando.

Llamo a mi padre. No lo coge, estará en la piscina con el cloro.

Abro el chat de Hugo, escribo «me han cogido», y dejo el pulgar encima de enviar.

Lo borro.

No sé por qué lo borro. O sí: porque él me dijo lo de la pasta que se mueve ahí dentro, y porque si se lo cuento voy a tener que oír el silencio de dos segundos que va a hacer antes de decirme «qué bien».

Escribo en el grupo del instituto: «Keko, te debo una».

Y me subo a la bici con los dedos arrugados y veintiuno kilómetros de carretera por delante.