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Kevin Mondéjar, Keko para todo el mundo desde los seis años, contesta a las once y veintiuno con un audio de cuarenta y ocho segundos.
Los audios de Keko son siempre de cuarenta y ocho segundos y siempre empiezan con «a ver».
«A ver, Baresa, a ver. O sea, sí. Yo estoy en el Salitre desde el quince de mayo, en barra. ¿Tú quieres entrar ahí? ¿En serio? Porque te aviso de que es un marrón, eh, que ahí se sale a las seis de la mañana y hay noches que… bueno, da igual. Que sí. Que mañana hablo con Fran. Fran es el encargado,
un tío muy seco pero legal, no te asustes que es así con todos. Y oye, qué alegría, tía, en serio, que llevas dos años desaparecida».
La última frase me la escucho tres veces.
Dos años desaparecida. Lo dice sin maldad, que es como duelen las cosas de verdad.
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Esa noche no me duermo hasta las tres, pensando en Keko.
Kevin Mondéjar Pérez. Keko desde los seis años, desde que su hermana pequeña no sabía decir Kevin y le salía Keko, y se le quedó para siempre, como se quedan aquí los nombres, sin que nadie los elija.
El que se sentaba detrás de mí en tercero y me tiraba bolitas de papel con mensajes escritos: «qué asco de mates», «la seño tiene un moco».
El que lloró en sexto cuando se murió su perro y le dio tanta vergüenza que se pasó una semana diciendo que tenía alergia.
El que repitió segundo de la ESO y luego cuarto y luego lo dejó, y se fue a la obra con su tío a los dieciséis, y aparecía los viernes por la tarde en el paseo con el mono todavía lleno de yeso a invitarnos a todos a una ronda con el primer sueldo de su vida.
Y me acuerdo de otra cosa. De una que no le he contado a nadie, ni a Lucía.
Cuando se fue mi madre, hace tres años, en abril, yo dejé de ir al instituto una semana. No contestaba a nadie. No abría el grupo. No bajaba a la playa. Y el único que me escribió todos los días de esa semana, sin excepción, fue Keko.
Y no me escribía nada. Eso es lo importante.
No me escribía «¿estás bien?» ni «ánimo» ni «si necesitas algo aquí estoy», que es lo que escribe todo el mundo y lo que te obliga a contestar algo para que se queden tranquilos.
Me mandaba memes. Uno al día. A las diez de la noche.
Un gato cayéndose de un sofá. Un señor bailando en una boda.
Un perro con gafas de sol. Sin un solo texto.
Siete días, siete memes, sin esperar respuesta.
Y yo no le contesté ninguno. Y el octavo día volví al instituto, y él estaba en la puerta fumando con los de siempre, y me vio llegar, y no me dijo nada. Me levantó la barbilla, así, un gesto, como se saluda a alguien de lejos.
Y a partir de ahí, en dos años, yo desaparecí. De él y de todos. El nocturno, el camping, la cabeza metida en el agua. Y él siguió en el grupo del instituto, mandando audios de cuarenta y ocho segundos que empezaban por «a ver» a gente que ya no le contestaba.
Llevas dos años desaparecida.
Y a las tres de la mañana, en la cama, busco en el chat de Keko y bajo hasta abril de hace tres años. Están. Los siete. El gato, el señor de la boda, el perro con gafas. Sin leer, con los dos tics azules que puse cuando por fin los abrí, meses después.
Y le escribo, a las tres y cuatro de la madrugada, cuatro palabras: «Gracias por los memes».
Y él, que está despierto porque sale del Salitre a las seis, contesta a los treinta segundos:
«¿Qué memes?»
Y luego, un minuto después:
«Ah. Esos. ?? Duérmete, Baresa, que mañana te llamo.»
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Al día siguiente me llama a las dos de la tarde.
—Mañana a las once en el Salitre —dice—. Pregunta por Fran Olivares. Ponte algo que puedas mojar.
—¿Eso es una entrevista?
—Eso es una prueba.
—¿Y qué hay que hacer en la prueba?
—Lo que te diga.
—Keko.
—Que lo que te diga, Nerea. No hay examen. Te pone a hacer algo y mira cómo lo haces.
Me quedo callada. Al otro lado se oye una moto arrancando.
—Oye —dice él—. Una cosa.
—Dime.
—Ahí dentro no preguntes.
—¿Que no pregunte qué?
—Nada. En general. ¿Vale? —Se ríe, y se ríe raro—. Es coplilla. Que hagas lo tuyo y ya.
—Keko, me estás acojonando.
—¡Que no! —dice, y ya está gritando otra vez, que es su tono natural—. ¡Que vas a ganar en tres meses lo que gana mi madre en seis! ¡Ponte guapa!
Y cuelga.
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Esa tarde busco el Salitre en Instagram.
No lo había hecho nunca. Lo conozco de oídas, como se conoce en un pueblo un sitio caro: por las fotos que sube la gente que ha estado y por lo que dicen los que no han estado. Y ahora, tumbada en la cama con el ventilador girando, le doy al perfil.
Cuarenta y dos mil seguidores.
El perfil es una pared de fotos perfectas.
Atardeceres naranjas sobre el Mediterráneo.
Copas con flores dentro. Pies con las uñas pintadas encima de una cama balinesa.
Una chica de espaldas, con un bañador blanco, mirando el mar con una mano en el sombrero.
Un plato de ostras. Un DJ con gafas de sol a las nueve de la noche, con los brazos arriba.
Gente guapa, morena, riéndose, con la boca abierta y los dientes muy blancos.
Y en ninguna foto sale nadie trabajando.
Las miro todas, desde la última hasta la primera, que es de hace cuatro años, y no hay ni una sola foto de alguien detrás de la barra.
Ni de un camarero con una bandeja. Ni de nadie fregando vasos.
Las copas aparecen llenas en las mesas como si las hubiera servido el aire.
Las camas balinesas aparecen hechas como si se hicieran solas.
Y hay una foto que me hace parar. De hace un año, de septiembre.
Un barco. Un barco blanco, grande, de los que yo solo he visto de lejos amarrados en el puerto deportivo de Tomás Maestre, con gente en la cubierta brindando al atardecer y el logo del Salitre en una bandera pequeña en la popa.
Y debajo, un texto: Salidas privadas. Solo con reserva. Pregunta a nuestro equipo.
Miro la foto un rato. La gente de la cubierta. Las copas. El agua azul de verdad, la del otro lado, la del Mediterráneo.
Y pienso en lo que me ha dicho Keko: ahí dentro no preguntes.
Y pienso que es la frase más rara que me han dicho nunca antes de empezar un trabajo.
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A las siete y media voy a la peluquería de Chelo.
Lucía está barriendo pelos del suelo con la escoba grande, con la radio puesta, y la última clienta de la tarde, una señora con los rulos puestos debajo del secador, está leyendo una revista del corazón de hace tres meses. Chelo está en la trastienda contando la caja.
—¡Tú! —grita Lucía al verme—. ¡Tú, la desaparecida! ¡Siéntate ahí que te corto el flequillo!
—No tengo flequillo.
—Pues te lo hago. Para la entrevista.
—No es una entrevista. Es una prueba.
—Para la prueba, entonces. —Me sienta en el sillón de un empujón, me pone la capa por encima—. ¿Dónde es?
Y se lo digo. A Lucía sí se lo digo. El Salitre.
La señora del secador levanta la vista de la revista.
—¿El de la pasarela? —dice, gritando un poco por el ruido del secador—. Ahí trabaja la sobrina de la Encarni, la de Keko. Dice que se sacan un dineral.
—Eso dicen, sí.
—Y ahí van los de los barcos —dice la señora, y vuelve a la revista—. Los de Cartagena. Los de dinero.
Lucía me mira por el espejo. Levanta las cejas. Yo levanto las mías.
Y no me corta el flequillo, porque no tengo, pero me recorta las puntas, que dice que las tengo como una escoba, y me echa un aceite que huele a coco, y me hace una trenza de raíz que me dura dos días.
Y mientras me trenza, con los dedos rápidos detrás de mi cabeza, me dice bajito, para que no la oiga la del secador:
—¿Y Hugo?
—¿Hugo qué?
—Que si le has contado lo del Salitre.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me dijo que ahí se mueve mucha pasta.
Lucía tira un poco más fuerte de un mechón.
—Hugo siempre ha sido de los que miran el agua antes de tirarse —dice—. Tú no. Tú te tiras y luego miras. —Me pone una goma al final de la trenza—. Las dos cosas están bien. Pero no le escondas las cosas a Hugo, que se entera igual y luego pone esa cara.
—¿Qué cara?
—La de perro que no le has sacado a pasear. —Me quita la capa—. Ya está. Guapísima. Te van a coger aunque rompas todos los vasos.
Y no sé cómo sabe lo de los vasos, porque Keko no le ha dicho nada. Pero Lucía siempre sabe las cosas antes de que pasen, desde los nueve años.
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Esa noche, mientras busco en el armario algo que pueda mojarse, mi padre asoma la cabeza por la puerta de mi cuarto.
—¿Mañana no abres tú la recepción?
—Tengo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una prueba de trabajo.
Se apoya en el marco. Cruza los brazos.
—¿Dónde?
—En La Manga.
—La Manga es muy grande.
Y yo podía decirle el nombre. No me cuesta nada decirle el nombre. Pero llevo cuatro días dándole vueltas a cómo me quitó la hoja de la gestoría de la mano, con esa suavidad, y hay una parte pequeña y bastante fea de mí que piensa: pues yo también tengo cosas mías.
—Un chiringuito —digo—. De Keko.
—Ah, el hijo de Encarni.
—Ese.
Asiente. Se queda ahí un rato más, mirando la camiseta que tengo en la mano como si la camiseta tuviera la respuesta a algo.
—Nerea.
—Qué.
—Nada —dice—. Que te lleves agua, que hace calor.
Y se va.
Me quedo con la camiseta en la mano. En esta casa nos pasamos el día diciendo «nada».