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Hugo Ferrer baja el jueves a las siete y media de la tarde y me escribe «estoy en el paseo», y yo tardo veinte minutos en salir de casa porque me cambio tres veces de camiseta por motivos que no pienso examinar.
Lo veo de lejos, apoyado en la barandilla del paseo mirando al agua, con una mochila a los pies. Y lo primero que pienso, andando hacia él, es que le ha cambiado la espalda.
Hugo siempre ha sido el chico largo. El que en las fotos del colegio sale medio agachado para no destacar tanto, el que a los catorce creció quince centímetros de golpe y se pasó dos años sin saber dónde meter los brazos.
Ahora está quemado del sol, de un moreno de estar fuera y no de estar tumbado, y se ha llenado por los hombros, y cuando se gira y me ve, hace esa cosa suya de sonreír primero con un lado de la boca.
—Hombre —dice.
—Ni se te ocurra decirme doctora.
—No iba a decirte doctora.
—Lucía me lo dijo cuatro veces.
—Lucía es una bestia —dice—. Yo iba a decirte enhorabuena.
Y entonces me abraza.
Y el abrazo dura.
Dura lo que dura un abrazo normal, y después dura un poco más, y yo tengo la nariz a la altura de su clavícula y huele a detergente y a coche, y ninguno de los dos afloja, y hay un momento —un instante, no más— en el que noto que él coge aire como si fuera a decir algo.
Me separo.
—Bueno —digo—. Cuéntame.
—¿El qué?
—Todo. Lo de Murcia. La carrera. Si hay comedor universitario y si es tan malo como dicen.
—Es peor —dice—. ¿Andamos?
Andamos.
•
El paseo de Los Alcázares a media tarde de junio está lleno de gente que ha bajado a que le dé el fresco: abuelos en bancos, niños en patinete, una señora con un perro que no quiere andar.
Compramos dos bocadillos de calamares en el sitio de siempre y nos los comemos sentados en el murete, con los pies colgando sobre la arena.
Hugo habla de la facultad. Habla mucho, para lo que es él, y habla bien: de un profesor que da las clases en camiseta, de las prácticas de campo, de una asignatura de Zoología que casi lo mata en febrero.
—Y en septiembre a lo mejor me cojo unas prácticas —dice—. Hay un proyecto del Mar Menor, con la universidad. Muestreos, análisis, cosas de esas.
—¿Aquí?
—Aquí. En el agua de aquí.
—¿Y qué se supone que vais a hacer? ¿Arreglarlo?
Me mira de lado, con la boca llena.
—Medirlo —dice—. Primero hay que medirlo.
—Eso es lo que dice la gente que no va a arreglar nada.
—Eso es lo que dice la gente que ha visto lo que pasa cuando arreglas sin medir —contesta, y se limpia la mano en el pantalón—. ¿Tú sabes por qué está verde?
—Por los nitratos del campo.
—Vale, sí, pero eso es el titular. Lo que pasa de verdad es que entra más nutriente del que el agua puede digerir, y entonces el alga crece como una loca arriba, y tapa la luz, y abajo se muere todo lo que necesita luz, y al morirse consume el oxígeno que queda,
y entonces lo que había abajo se ahoga. Y cuando se ahoga sube.
—Como en 2019.
—Como en 2019 —dice—. Tres toneladas de peces en la orilla.
Me acuerdo perfectamente. Todos nos acordamos. Yo tenía dieciséis años y bajamos al agua a verlo porque no nos lo creíamos, y había gente llorando en la playa, gente mayor, señores de sesenta años llorando delante de unos peces.
—Es que lo raro —dice Hugo, mirando al frente— no es que se esté muriendo. Lo raro es que se muera tan despacio que nos da tiempo a acostumbrarnos.
Y se queda callado, y se come lo que le queda de bocadillo, y yo pienso que este chico de veintiuno que come calamares con las piernas colgando acaba de decir la frase más triste que he oído en todo el año.
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Después me toca a mí.
Le cuento lo de los catorce noes. Se lo cuento en plan divertido, haciendo la voz de Mari y sus tres ayes, haciendo la del tío de la piscina municipal enseñándome a sonreír, y él se ríe con esa risa suya que sale tarde, y cuando llego al del pinganillo y al «aquí se entra por alguien» ya no se ríe.
—El Salitre —dice.
—Sí.
—¿Ese sitio de la pasarela?
—Ese.
Arruga un poco la nariz.
—Mi hermano dice que ahí se mueve mucha pasta.
—Pues ojalá. Algo me tocará.
—Digo que se mueve mucha pasta —repite, y me mira—. No que se gane.
—Ya te he entendido, Hugo.
—Vale.
—Es un chiringuito caro. Tampoco es el puerto de Marsella.
—Que vale —dice, y levanta las dos manos.
Nos quedamos un rato mirando a un niño que intenta hacer volar una cometa sin viento.
—Puedo preguntar en el vivero de Marchamalo —dice entonces—. Mi tío conoce al que lleva…
—No.
—Es un minuto, Nerea. Una llamada.
—Que no.
—¿Por qué no?
Y yo no sé contestarle eso sin quedar como una imbécil, porque la respuesta verdadera es: porque si me lo das tú, ya me lo has dado tú. Porque llevo dos años siendo la que necesita cosas y estoy hasta el gorro. Porque quiero entrar en algún sitio empujando yo la puerta.
—Porque no —digo.
Hugo asiente despacio, como si eso fuera una respuesta razonable, que no lo es, y lo deja.
Eso es lo que hace Hugo. Lo deja.
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A las nueve y media, cuando ya se ha ido el sol y el paseo se llena de gente que ha terminado de cenar, Hugo dice que me invita a un helado.
—En la heladería del paseo no —digo.
—¿Por qué no?
—Porque esta mañana me han dicho que no me cogían. El sobrino del dueño.
Hugo se para en seco.
—¿El Yeyo? ¿El Yeyo te ha dicho que no?
—No me ha dicho que no. Me ha dicho que ya estaba él.
—El Yeyo no sabe ni hacer una bola —dice Hugo—. Una vez le pedí de limón y me puso de mango. Vamos ahora mismo.
Y vamos. Y el Yeyo está detrás del mostrador con la gorra de la heladería puesta de lado, y al verme se pone rojo hasta las orejas, y Hugo le pide dos de limón con una seriedad de juez, mirándole a los ojos, sin decir nada más.
Y el Yeyo nos pone dos de limón. Y nos las cobra.
Y Hugo le deja cincuenta céntimos de propina en el mostrador y le dice «muy bien, Yeyo, esta vez sí», y salimos, y en la puerta me da un ataque de risa tan fuerte que tengo que apoyarme en una farola.
Nos comemos los helados sentados en el mismo murete, con los pies colgando sobre la arena, como a los doce años, que es cuando más helados nos comimos en este murete,
el verano en que Lucía se rompió el brazo saltando desde el espigón y tuvimos que hacerle compañía todas las tardes porque no podía bañarse.
—¿Te acuerdas del brazo de Lucía? —dice Hugo.
—Le firmamos la escayola con un rotulador de pizarra y se le borró todo en dos días.
—Y tú le pintaste un pez.
—Era un delfín.
—Era un pez, Nerea. Un pez con cara de enfado.
Nos reímos. Y luego Hugo se queda callado mirando el agua, que a esta hora ya está negra, con las luces de La Manga al fondo.
—No escribías —dice.
No me mira. Mira el agua.
—Estos dos años —dice—. Te escribí unas cuantas veces. En Navidad. Cuando lo de tu madre. Cuando empezaste el nocturno. Y no escribías.
—Ya.
—No te lo digo para que me pidas perdón. —Se termina el helado, dobla la servilleta de papel en cuatro, muy cuidadoso—. Te lo digo porque este verano estoy aquí. Y si no escribes, vengo.
Y yo no sé qué decir a eso. Así que me como el helado de limón, que se me está derritiendo por los dedos, y miro las luces de La Manga, que son muchas, que no se acaban nunca, y pienso que en algún sitio de ahí está el Salitre con su pasarela y su tío del pinganillo,
esperando a que alguien de dentro diga mi nombre.
•
A las diez y media lo acompaño hasta la esquina de su calle.
—Oye —digo—, y en Murcia qué. Aparte de la carrera.
—¿Qué de qué?
—Pues qué. Gente. Si sales. Si tienes… no sé.
—Si tengo no sé —repite.
—Eres insoportable.
Se ríe. Se mete las manos en los bolsillos.
—Salgo alguna vez —dice—. Hay un grupo de clase. Sandra, que vive en mi bloque, y otra gente.
—Sandra.
—Sandra.
—Ah.
Y digo «ah» con un tono que yo misma oigo salir de mi boca y que no autoricé.
Hugo me mira un poco más de la cuenta. Otra vez.
—Nerea.
—Qué.
—Nada —dice—. Que este verano estoy aquí. Los tres meses.
—Ya lo sé.
—Vale. Por si acaso.
Se cuelga la mochila del hombro y se va calle arriba, y a los cinco metros levanta una mano sin girarse.
•
Vuelvo al camping andando por el borde de la carretera, con el móvil en la mano y sin música.
Y a mitad de camino me doy cuenta de una cosa que me deja parada literalmente en el arcén, como una tonta, mirando los faros de un coche que pasa.
Le he contado lo de mi padre.
Entre los calamares y la cometa, sin darle importancia, le he contado lo del requerimiento de la gestoría y lo de la factura de la luz y lo de que mi padre ha apartado dinero para una matrícula que no puede pagar.
No se lo he contado a Lucía. No se lo he contado a nadie.
Y a él se lo he soltado en el murete del paseo como quien comenta el tiempo.
Llego a casa, paso por delante de la oficina y veo la luz encendida: mi padre sigue ahí, a las once y cuarto, con las gafas en la punta de la nariz y la carpeta abierta.
No entro.
Me meto en la cama, abro el móvil y escribo en el grupo del instituto que llevo seis meses sin abrir, con el pulgar temblándome un poco de la vergüenza:
«Keko, ¿tú no curráis este verano unos cuantos en La Manga?»
Son las once y veinte.
Me contesta a las once y veintiuno.