La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1) 3
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Hay una cosa que no te cuentan de buscar trabajo en tu propio pueblo, y es que te lo van a negar personas que te han visto aprender a andar.

Salgo a las nueve y media del ocho de junio con veinte currículums impresos en la papelería de Encarna, que me ha cobrado cinco euros y me ha preguntado por mi padre.

Llevo la bici de cuando tenía quince años, una camisa blanca que me aprieta en los hombros y una carpeta de plástico para que los papeles no se arruguen con el sudor.

A las diez de la mañana ya hace treinta y cuatro grados.

Me pongo un auricular —uno solo, que con dos no se oyen los coches— y le doy a ULTIMO VERANO en aleatorio.

Hay una cosa que aprendí a los diecisiete y que no le he contado a nadie: un día malo se lleva mucho mejor si lo partes en trayectos. No pienso en la lista de diecisiete sitios. Pienso en que me quedan dos canciones hasta la rotonda.

El Ancla. Bar de toda la vida en el paseo. Me atiende Mari, que fue a clase con mi padre.

—Ay, mi vida, si yo pudiera. ¿Pero tú sabes lo que es esto en julio? No puedo ni con lo que tengo.

—Ya, Mari, pero justo en julio…

—Ay. Ay, ay, ay.

Tres ayes. Se acabó la conversación.

La heladería del paseo. El chaval del mostrador tiene dieciocho años y ya está contratado él, que es el sobrino del dueño.

Restaurante de arroces, playa del Espín. El dueño coge el currículum, lo mira dos segundos y lo deja en un montón que tiene como cuarenta hojas.

—¿Experiencia?

—En el camping de mi padre, llevando la recepción y la administr…

—Sala. ¿Experiencia en sala?

—No.

—Te llamamos.

Hotel del paseo. Aquí hay que echarlo por internet, en un portal. Me lo dicen dos veces, como si no lo hubiera entendido a la primera, y una de las veces la señora mira a la otra.

Chiringuito del Carmolí. Cerrado hasta el veinte.

Bar de la piscina municipal. El encargado tiene unos cincuenta años y me pregunta la edad. Le digo que diecinueve, que veinte en julio. Asiente y me mira dos segundos más de los que hacen falta para procesar un número.

—Y para llevar copas y eso, ¿te verías?

—Claro.

—Es que hay que tener don de gentes, ¿sabes? —dice—. Hay que saber tratar al cliente. Sonreír.

Y me sonríe él, para enseñarme cómo se hace.

Salgo de ahí y tiro el currículum que no le he dado en la primera papelera.

•

A la una y media me siento en un banco a la sombra de un ficus con la camisa transparente de sudor y me como un bocadillo de tortilla que sabe a carpeta de plástico.

Van siete. Siete noes.

Y lo peor no son los noes. Lo peor es la frase, que se repite en seis de los siete sitios con una precisión de metrónomo:

«Tú eres la hija de Luis, la del camping, ¿no?»

Sí. Soy la hija de Luis. Soy la que dejó el instituto a los diecisiete, la que estuvo un tiempo «hecha polvo, la pobre», la que se metió en un módulo para echar una mano en casa y a la que este pueblo lleva dos años archivando en la carpeta de las que no van a ninguna parte.

En Los Alcázares todo el mundo sabe tu historia y nadie sabe la mitad, y esa mezcla es exactamente la peor posible para que te den un trabajo.

En Murcia no me conoce nadie.

Me quedo un rato con esa idea, mordiendo el bocadillo, mirándola por todos lados. Es la primera vez que la pienso así de clara, y me sorprende lo mucho que me gusta.

•

Por la tarde me dejo caer hacia La Manga, que es adonde no quería ir.

La Manga en junio es una carretera de veintiuno kilómetros con un mar a cada lado y edificios de veinte plantas en medio, puestos ahí en los años setenta por gente a la que nadie supo decirle que no.

A un lado el Mediterráneo, con sus olas y su azul de postal.

Al otro el Mar Menor, quieto y verde. La misma franja de tierra separando las dos cosas.

Noes número ocho, nueve, diez, once, doce, trece y catorce, repartidos entre dos chiringuitos, una hamburguesería, un club de playa que solo contrata por agencia y tres sitios en los que ni siquiera llego a hablar con nadie que decida algo.

El número once es el único que me duele.

Es un chiringuito pequeño en el lado del Mar Menor, cerca del Estacio, con mesas de madera pintadas de azul y una pizarra en la puerta donde pone Mejillones al vapor — hoy sí.

Lo lleva una mujer de unos cuarenta y cinco años, con el pelo corto teñido de rojo y un delantal de cuadros, que coge mi currículum con las manos mojadas y lo lee entero, de arriba abajo, que es la primera vez en todo el día que alguien lo lee entero.

Y al llegar al apellido se para.

—Baresa Escalante —dice.

—Sí.

Levanta la vista. Me mira la cara. Me la mira de una manera que no me gusta nada, despacio, como quien compara una foto con una persona en un aeropuerto.

—Tú eres la hija de Marga.

Me quedo quieta en la puerta del chiringuito, con la carpeta de plástico en la mano y la camisa pegada a la espalda.

En Los Alcázares soy la hija de Luis. Siempre.

En todas partes. La del camping. Nadie en Los Alcázares me llama la hija de Marga desde hace tres años, porque en Los Alcázares a mi madre ya no se la nombra, igual que no se nombra a los que se han muerto de algo que da vergüenza.

Pero aquí, a quince kilómetros, en el otro lado del agua, una mujer con un delantal de cuadros me mira la cara y ve a mi madre.

—Sí —digo.

—Te pareces muchísimo —dice ella—. Los ojos. Y cómo te pones de pie. Ella se ponía así, con el peso en una pierna.

Y me cambio de pierna sin darme cuenta. Y ella lo ve, y sonríe un poco, con pena, y me devuelve el currículum.

—No busco a nadie, cariño. Lo siento. Pero me ha gustado verte.

No le pregunto de qué conoce a mi madre.

No le pregunto cuándo la vio por última vez, ni si la ve, ni dónde.

Le doy las gracias y me voy, y en la bici, con el sol de las cinco dándome en la nuca, me paso un kilómetro entero pedaleando con el peso en las dos piernas a la vez, muy recta, como si alguien me estuviera mirando.

Y luego pienso que es una tontería, y que cómo se pone de pie una persona no dice nada de nadie, y sigo.

A las cinco y media me siento en un banco a la sombra de una palmera raquítica y saco de la carpeta uno de los currículums que me sobran.

Y por detrás, en blanco, hago una lista, porque hacer una lista es lo único que se me ocurre cuando llevo catorce noes encima y no me queda nada más que hacer con las manos.

Escribo los sitios en los que he entrado. Los catorce. Con el nombre, la hora y lo que me han dicho. Chiringuito Las Dunas, 10:40, «ya tenemos gente». Heladería del paseo, 11:15, el Yeyo. Bar Marina, 11:50, «déjame el número y ya te llamo».

Y al lado de cada uno, una raya. Y en los dos que me han dicho que vuelva en agosto, un interrogante.

Me queda medio folio. Y en el medio folio escribo, arriba, en mayúsculas, una cosa que no sé por qué escribo:

VERANO. PARA QUÉ.

Y debajo, en la primera línea: 3.500 € para la matrícula y el piso.

Y doblo el folio en cuatro y lo meto en el bolsillo pequeño de la mochila, y ahí se queda, arrugándose, todo el verano, como un billete de lotería que no has mirado.

Ahora mismo son las cinco y media de la tarde del ocho de junio, tengo catorce noes, la carpeta blanda y quince sitios más que probar antes de que cierre el día.

Y al final de la tarde, cuando ya voy en piloto automático y con la carpeta blanda, llego al quince.

El Salitre no se parece a los otros catorce.

Para empezar, está en el lado del Mediterráneo, en la zona buena, con una pasarela de madera que sale de la carretera y baja hasta la arena.

No tiene cartel, tiene un logo. Pequeño, negro, sin nombre completo, de esos que dan por hecho que ya sabes qué es esto.

Hay camas balinesas blancas puestas en fila, una piscina que da al mar y un tipo con pinganillo en la entrada de la pasarela a las siete de la tarde de un martes de junio.

Y suena música. A las siete de la tarde de un martes de junio, con medio local vacío, ahí dentro hay alguien pinchando.

Me bajo de la bici. Me miro la camisa, que da pena. Me la meto por dentro del pantalón, me la vuelvo a sacar, la dejo por fuera.

El del pinganillo me para a tres metros.

—Buenas.

—Buenas. Vengo a dejar un currículum.

Me mira de arriba abajo. La bici. La carpeta.

—Aquí no se dejan currículums.

—¿Y cómo se hace?

—No se hace.

—Algo habrá que hacer —digo—. Alguien habrá contratado a los que están trabajando ahí dentro.

El tío resopla, pero medio se ríe, y eso es lo primero bueno que me pasa en todo el día.

—Aquí se entra por alguien —dice—. Si conoces a alguien de dentro, que hable con Fran. Si no conoces a nadie, es que no entras.

—¿Y quién es Fran?

—El encargado.

—¿Y cómo hablo con Fran?

—Conociendo a alguien de dentro —dice, y ya se está girando.

•

Vuelvo por la carretera de La Manga con el sol bajándome por la espalda y los muslos ardiendo de pedalear.

A mi izquierda, el Mediterráneo se está poniendo naranja y hay gente bañándose. A mi derecha, el Mar Menor está liso y verde y no hay nadie dentro.

Me paro en el arcén. No sé muy bien por qué.

Y me quedo mirando el agua de mi lado, la de siempre, la de la foto del pasillo, con esa línea oscura en la orilla, y pienso una cosa muy fea que no le voy a decir a nadie: que este sitio se está muriendo despacio y que todos seguimos aquí, en el arcén, mirándolo.

Catorce noes. Uno que ni siquiera ha llegado a no, porque para que te digan que no primero tienen que dejarte hablar.

Y una frase: «aquí se entra por alguien».

Vale.

Pues entonces voy a conocer a alguien.