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El camping Las Salinas tiene ochenta y dos parcelas, catorce bungalós, una piscina con una grieta que mi padre pinta cada mayo y un cartel en la entrada donde pone «LAS SALINA» porque la ese última se la llevó un temporal en 2019.
Llego a las cuatro y media con la ropa medio seca y la sal tirándome de la piel. El Corsa me deja en la puerta y Lucía se va tocando el claxon dos veces, que es su forma de decir adiós desde que tiene coche.
Huele a pino y a cloro. En junio el camping todavía respira: están los fijos de siempre, los holandeses del bungaló nueve que llevan aquí desde marzo, un matrimonio de Albacete que viene los puentes, cuatro caravanas.
En agosto esto será una ciudad de doscientas personas discutiendo por la sombra y por la lavadora.
Ahora es un señor en calzoncillos regando el suelo de su parcela a las cuatro y media de la tarde, como si eso sirviera de algo.
—¡Nerea! —me grita el señor Paco desde la manguera—. ¿Qué tal el examen?
—Bien, Paco.
—¡Esa es mi niña! ¡Que estudies mucho!
Lleva diciéndome que estudie mucho desde que tenía seis años. Es literalmente lo único que me ha dicho nunca.
Mi padre está en la oficina, detrás del mostrador de fórmica, con las gafas en la punta de la nariz y el libro de registro abierto.
Cuando entro levanta la cabeza y hace algo con la cara antes de decir nada: una especie de tirar de la boca hacia los lados que en Luis Baresa equivale a lanzar confeti.
—Hombre.
—Hola.
—Vienes mojada.
—Vengo de la playa.
—¿Con la ropa?
—Con la ropa.
Asiente despacio, como si eso explicara algo sobre mí que él ya sospechaba. Cierra el libro de registro. Lo cierra rápido, que es un detalle en el que no reparo hasta mucho después.
—He hecho caldero —dice.
—¿Tú?
—Yo.
—Papá, el caldero lo hacía la abuela.
—Y yo soy hijo de la abuela.
Ese es el nivel de argumentación de mi padre. Y no hay réplica posible, así que voy a ducharme.
•
Vivimos en la casa prefabricada que hay pegada a la oficina. La pusieron cuando yo tenía tres años, con la idea de que fuera provisional, y aquí sigue diecisiete años después con las mismas cortinas.
El caldero está malo. Está muy malo. El arroz se le ha pasado y el pescado sabe a nada, y mi padre lo sabe, porque lleva tres cucharadas mirándome de reojo esperando el veredicto.
—Está bueno —digo.
—Está malo.
—Está muy malo.
—Ya lo sé —dice, y se ríe por la nariz, que es como se ríe él.
Comemos un rato en silencio. Por la ventana se oye a los holandeses poniendo música bajita y a alguien arrastrando una silla de plástico.
Entonces mi padre deja la cuchara, se limpia con la servilleta de papel y se endereza en la silla, y yo sé exactamente lo que viene, porque lleva toda la tarde viniendo.
—Quería decirte una cosa.
—Papá.
—Déjame.
Se queda callado. Mueve el salero dos centímetros a la derecha. Lo devuelve a su sitio.
—Cuando dejaste el instituto —empieza—, yo pensé que ya no. Que hasta ahí. Y no te lo dije, pero lo pensé, y llevo dos años dándole vueltas a eso, a haberlo pensado.
Miro el mantel de hule. Tiene un dibujo de limones. Lleva teniendo un dibujo de limones toda mi vida.
—Y lo has hecho —dice—. Trabajando por las mañanas aquí conmigo y estudiando por las noches. Lo has hecho tú sola.
—No fue para tanto.
—Fue para tanto.
Y lo dice con una voz que no le conozco, y por eso levanto la vista, y por eso lo pillo: mi padre tiene los ojos brillantes y está haciendo un esfuerzo enorme por que eso no pase.
Dios. Por favor. No.
—Papá.
—Nada, nada —dice enseguida, tosiendo—. Que te he apartado algo para la matrícula.
—No hace falta.
—Está apartado ya.
—Que no hace falta, que voy a trabajar este verano.
—Nerea.
—Luis.
Me mira. No le gusta nada que le llame Luis y por eso lo hago.
—Voy a trabajar este verano —repito—. Me lo pago yo.
—Y yo he apartado algo. Las dos cosas pueden ser verdad.
Se levanta a por el pan que no hemos usado, y yo aprovecho que está de espaldas para respirar hondo una vez, porque si no me pongo a llorar por un caldero malo y eso no lo voy a permitir.
•
Los platos los friego yo. Es la norma no escrita desde que tenía diez años: uno cocina, el otro friega, y el que cocina se sienta a mirar al que friega y le dice cómo lo está haciendo mal.
Pero hoy no se sienta. Hoy se va a la mesa del salón, que es donde tiene la carpeta del camping, y empieza a ordenar papeles con demasiada energía para ser las diez y media de la noche.
Y yo, con las manos en el agua, lo miro por el reflejo de la ventana.
Hay un montón. Lo aparta. Hay otro montón encima del primero. Pone el periódico del sábado encima de los dos.
Cierro el grifo.
—¿Qué es eso?
—Cosas del camping.
—¿Qué cosas?
—Cosas, Nerea. Facturas.
Me seco las manos en el pantalón y voy hasta la mesa, y él no se mueve, que ya es raro, porque si estuviera tranquilo se habría apartado.
Levanto el periódico.
La de la luz de mayo: cuatrocientos ochenta y seis euros. La del agua del trimestre. Un aviso del seguro. Y debajo, una hoja con el membrete de una gestoría de Cartagena y un sello de «SEGUNDO REQUERIMIENTO» en la esquina, con una fecha de hace dos meses.
La cojo. Él me la quita de la mano. No de malas maneras: con una suavidad que es mil veces peor.
—Eso es mío —dice.
—He estado llevando yo la administración de esto dos años.
—Y ahora ya no.
—Papá.
—Ahora te vas a Murcia —dice, y coloca la hoja boca abajo en la carpeta con los dedos muy planos—. Ahora esto no es tuyo.
Nos quedamos los dos de pie a los lados de una mesa camilla, en una casa prefabricada, a las diez y media de la noche de un cinco de junio, y hay como veinte cosas que podría decir.
Digo la peor.
—¿Lo sabe ella?
Mi padre levanta la cabeza muy despacio.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué dices eso?
—Por nada, déjalo.
Ni yo sé por qué lo he dicho. Hace tres años que no hablo de mi madre en esta casa, y no tengo un solo motivo para meterla en una conversación sobre un recibo de la luz.
Pero él tarda demasiado en contestar. Tarda dos segundos, tres, y en esos tres segundos le pasa algo por la cara que no sé leer.
—Vete a dormir —dice al final—. Que mañana hay que abrir a las ocho.
•
A las once y media hago la ronda.
La ronda la hacía mi padre hasta que yo cumplí quince, y desde entonces la hacemos a medias sin haberlo hablado nunca: el que no está cansado la hace.
Es una vuelta al camping entero con la linterna grande, la de la tapa roja, parcela por parcela, mirando que no haya grifos abiertos, ni barbacoas encendidas, ni niños fuera de su caravana, ni coches mal aparcados en el camino de los bomberos.
Luego se apaga la luz de la piscina, se echa el candado a la verja de la playa y se baja la barrera.
Esta noche la hago yo. Mi padre sigue en la mesa del salón, con los papeles.
El camping de noche en junio es un sitio que me sé de memoria con los ojos cerrados.
El crujido de la pinocha en la curva de la treinta.
El perro de los de Albacete, que ladra una vez y se calla, siempre una sola vez, como para cumplir.
La luz azul de una tele dentro de una caravana.
El olor a jazmín del seto de la entrada, que plantó mi madre y que nadie ha vuelto a podar como ella lo podaba.
En el bungaló nueve hay luz. Los holandeses están sentados en el porche, en sus sillas plegables, con una botella de vino blanco y dos vasos de plástico, como todas las noches de marzo a noviembre desde hace nueve años.
—¡Nerea! —dice él, Hans, levantando el vaso—. ¿Examen?
—Bien, Hans. Muy bien.
—¿Universidad?
—En septiembre.
Hans le dice algo a su mujer en holandés, muy rápido, y ella aplaude dos veces, bajito, para no despertar a nadie, y me hace un gesto con la mano para que me acerque. Me sirve un dedo de vino en un vaso de plástico sin preguntarme.
—Para brindar —dice, en un español que ha aprendido aquí, en este porche, en nueve veranos—. Tu padre muy contento. Toda la semana nervioso.
—¿Nervioso?
—Toda la semana. —Hans se ríe—. Lunes, martes, miércoles, viene aquí por la noche. «Mañana Nerea examen.» «Pasado mañana Nerea examen.» Toda la semana.
Y brindo con dos holandeses de setenta años en el porche del bungaló nueve a las doce menos cuarto de la noche, con un dedo de vino tibio, y no sé qué hacer con la cara.
Mi padre no me ha dicho que estaba nervioso. Mi padre no me ha preguntado por el examen más que una vez, esta tarde, con un «hombre» y un tirón de la boca. Pero ha venido aquí tres noches seguidas a contárselo a unos señores que no entienden la mitad de lo que dice.
•
Después apago la piscina.
El interruptor está en la caseta de la depuradora, al lado de la bomba, que hace un ruido de motor viejo que tose. La luz del fondo del agua se apaga de golpe y la piscina se queda negra, con la grieta que mi padre pinta cada mayo invisible, como si no existiera.
Y bajo la barrera.
Y antes de volver a casa, me quedo un momento fuera, en la carretera, delante de la entrada, mirando el cartel.
«LAS SALINA».
Con la ese que se llevó el temporal de 2019 y que nadie ha repuesto. Siete años. Al principio mi padre decía que la iba a encargar. Luego dejó de decirlo. Luego se convirtió en una broma del pueblo: «¿Dónde vas? Al Salina». Luego dejó de ser broma y pasó a ser el nombre.
Y esta noche, con la factura de la luz metida en la cabeza, el cartel me parece otra cosa. Me parece un sitio al que se le ha caído una letra y nadie tiene cuatrocientos euros para ponérsela.
Apago la linterna y vuelvo a casa por el camino de tierra, a oscuras, porque me lo sé.
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En la cama no me duermo.
Tengo la ventana abierta y entra el ruido de los grillos y el zumbido del congelador de la oficina, que se oye desde aquí y que lleva sonando toda mi vida. Del bungaló nueve llega una risa y una lata abriéndose.
Pienso en la cifra de la factura de la luz. Pienso en «SEGUNDO REQUERIMIENTO», que es una palabra que ya conozco de llevar dos años abriendo el correo de este sitio, y que cuando la abría yo era un problema que se podía resolver haciendo cuatro llamadas.
Pienso en que él ha apartado dinero para mi matrícula.
Y pienso que necesito un trabajo. No para los caprichos, no para septiembre: necesito un trabajo ya, uno que pague bien, uno de los que solo existen aquí entre junio y septiembre, cuando esta orilla se llena de gente con dinero y prisa.
Cojo el móvil.
Son las doce y diez. El mensaje de Hugo sigue sin contestar, con sus catorce palabras y su jueves.
Abro el cuaderno de notas y escribo una lista de sitios, ordenados de más cerca a más lejos, desde los bares del paseo de Los Alcázares hasta los chiringuitos de La Manga. Diecisiete sitios. Me quedo dormida con el móvil en la mano y la luz encendida.
Tres días después habré entrado en catorce de los diecisiete y me habrán dicho que no en catorce.
Y el quince será el Salitre.