La chica del Mar Menor (La chica del Mar Menor 1)
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Quedan once minutos de examen y el aula huele a los cuarenta y dos grados que hace fuera.
El aire acondicionado de la sede de Cartagena lleva parado desde el primer día.
Alguien de la organización abrió las ventanas a las nueve de la mañana con cara de estar haciendo algo útil, y lo único que entra por ellas es el ruido de las obras de la calle y un aire que parece salir de un secador.
Tengo el folio pegado al canto de la mano.
Cada vez que lo levanto para pasar a la siguiente pregunta, el papel hace un ruido de despegarse que me da vergüenza ajena de mí misma.
A mi derecha, un chico con la camiseta de un festival al que no ha ido terminó hace veinte minutos y lleva desde entonces mirando el techo como si el techo fuera a preguntarle algo.
Tiene dieciocho años. Todos tienen dieciocho años.
Yo cumplo veinte en julio y eso, en un aula de la EBAU, es una diferencia que se nota como se nota una mancha en una camisa blanca: no la mira nadie fijamente y la ve todo el mundo.
Releo lo que he escrito. Está bien. No está brillante, pero está bien, y a estas alturas bien es exactamente lo que necesito.
—Cinco minutos —dice la señora del tribunal, sin levantar la vista del móvil.
Escribo la última frase despacio, con una letra más bonita de la que he usado en las cuatro páginas anteriores, porque hay una parte de mí convencida de que eso puntúa. Pongo el punto. Miro el punto. Llevo dos años llegando a este punto.
Cuando dicen que entreguemos, me levanto de las primeras y noto la silla pegada a la parte de atrás de los muslos. La despego con un ruido que suena a todo el año.
—¿Nombre? —me pregunta la señora.
—Baresa Escalante, Nerea.
Busca en la lista con el boli. Tarda. Y a mí me da tiempo, en esos cuatro segundos, a pensar que igual no estoy, que igual esto ha sido un error administrativo enorme y llevo tres días examinándome de algo a lo que no tenía derecho.
—Aquí estás.
Pues aquí estoy.
•
Lucía me espera fuera, al otro lado de la valla, sentada en el capó del Corsa de su tía con las gafas de sol de su tía y el gesto de su tía. El coche tiene diecinueve años, tres de más que el carné de Lucía, y un aire acondicionado que funciona los martes.
Levanta los dos brazos en cuanto me ve salir.
—¡Doctora!
—Ni se te ocurra.
—Doctora Baresa —insiste, bajando del capó—. ¿Cómo ha ido?
—Bien.
—¿Bien bien o bien de los tuyos?
—Bien bien.
Se queda quieta un segundo, calibrándome. Lucía Espín me conoce desde que teníamos ocho años y una piscina hinchable, y tiene un detector de mentiras mías que funciona mejor que el aire acondicionado del Corsa.
—Vale —dice—. Vale, vale, vale.
Y me abraza. Me abraza con las dos manos abiertas en la espalda, fuerte, como se abraza a alguien que ha estado enfermo, y yo me quedo con los brazos colgando dos segundos antes de devolvérselo, porque nunca sé cómo se hace esto.
—Ya está —me dice al oído.
—Ya está.
—Se acabó, Nerea.
—Que sí.
—Di que se acabó.
—Se acabó —digo, y me sale con la voz rara.
Me suelta antes de que me ponga en ridículo. Eso también lo sabe hacer.
•
El Corsa huele a tabaco viejo y a ambientador de vainilla peleados entre sí desde hace años. Lucía conduce con una mano y con la otra busca una canción, y yo le digo que mire a la carretera y ella me dice que la carretera está recta, que para eso la hicieron recta.
Acaba poniendo mi playlist, porque el bluetooth de ese coche se emparejó con mi móvil en 2022 y desde entonces no reconoce ningún otro.
Se llama «ULTIMO VERANO», en mayúsculas y sin tilde, y la empecé en febrero, una noche de estudiar a las dos de la mañana, cuando todavía no sabía si iba a haber último verano o iba a haber otro año de nocturno.
Tiene ochenta y cuatro canciones y está fatal hecha: hay cosas de Quevedo al lado de una que me gustaba a los quince, y cuatro seguidas de Omar Courtz porque un miércoles de marzo me dio por ahí y las dejé puestas.
Lucía se salta tres seguidas.
—¿Y esta?
—Esa se queda.
—Esta la has puesto por el de la pescadería.
—La puse en febrero, Lucía.
—Por el de la pescadería —dice, y la deja sonar.
Salimos de Cartagena por la autovía y el paisaje se pone amarillo.
Junio en el Campo de Cartagena es esto: rastrojo, invernaderos, un cartel de una gasolinera que lleva cerrada desde que yo iba a primaria, y al fondo, de vez en cuando, un trozo de azul que aparece y desaparece entre las lomas como si estuviera decidiendo si vale la pena enseñarse.
—Nos vamos a la playa —dice Lucía.
—Tengo que pasar por el camping.
—Nos vamos a la playa y después pasas por el camping.
—Mi padre me está esperando.
—Tu padre lleva dos años esperándote, Nerea. Que espere una hora más.
Y como no tengo ninguna respuesta para eso, me callo y dejo que conduzca.
A la altura del desvío, cuando aparece el agua entera y de golpe, Lucía baja la música sin que yo se lo pida. Lo hace desde que somos pequeñas. Ni ella sabe por qué.
•
El Mar Menor a las dos de la tarde de un cinco de junio es una plancha de metal.
No hay olas. Nunca hay olas. Eso es lo primero que no entiende la gente de fuera, que viene buscando un mar y se encuentra con una piscina de ciento setenta kilómetros cuadrados en la que un niño de cuatro años puede andar doscientos metros y seguir haciéndole pie.
A mí me enseñaron a nadar aquí antes que a montar en bici.
Hay una foto en el pasillo de casa de mi padre sosteniéndome por la barriga con las dos manos y las dos cejas levantadas, y de mí con la boca abierta, sin un diente, a punto de tragar agua.
Aparcamos mal en Los Alcázares, en la sombra flaca de un tamarindo. Lucía se quita las sandalias en el asiento y las deja tiradas.
—No he traído bañador —digo.
—Yo tampoco.
—Lucía.
—Nerea.
Y echa a andar hacia la orilla con los vaqueros cortados y la camiseta puesta, y a mí me da tiempo a pensar durante exactamente cuatro pasos en las once cosas razonables que podría hacer ahora mismo.
Después la sigo.
La arena quema tanto que hay que correr los últimos metros haciendo un ruido ridículo, y entro en el agua vestida, con los pantalones del examen, con el móvil todavía en el bolsillo hasta que me acuerdo y lo lanzo hacia atrás como si quemara, y cae en la arena, y me da igual.
El agua está caliente. Siempre está caliente, y siempre me sorprende, como si cada año me olvidara.
Camino hasta que me cubre por la cintura, hasta que me cubre por el pecho, y me dejo caer hacia atrás con los brazos abiertos y el pelo se me extiende alrededor de la cara y durante tres segundos no oigo nada.
Tres segundos.
Dos años de nocturno, de módulos de administrativo por las mañanas, de facturas del camping en la mesa de la cocina, de gente del pueblo preguntando por la calle «y tú qué, Nerea, qué estás haciendo ahora» con esa voz de estar dando el pésame.
Dos años de decir que todo bien. Tres segundos de no oír nada.
Saco la cabeza y Lucía está gritando algo a diez metros, con el agua por las rodillas y la camiseta pegada, y yo me río con la boca abierta y trago un poco de agua, y sabe rara.
Sabe más salada que antes. Y hay algo más, por debajo, un fondo verde que se me queda en la garganta.
Miro alrededor. La orilla tiene una línea oscura, como un borde sucio de bañera, y el agua no está turquesa: está de un verde lechoso que no me suena de la infancia. Un poco más allá, medio enterrada, hay una mata de algo muerto.
—Está peor —digo.
—¿Qué?
—Que está peor que el año pasado.
Lucía mira el agua como si no la hubiera visto hasta ahora. Se encoge de hombros, pero tarda en hacerlo.
—Ya lo arreglarán —dice.
No lo arreglan. Llevan sin arreglarlo toda mi vida. Pero no se lo discuto, porque es cinco de junio, porque he aprobado, porque tengo el pelo lleno de sal y a mi mejor amiga gritando a diez metros, y porque hay días en los que lo único inteligente que se puede hacer es callarse y flotar.
Así que me callo y floto.
•
Volvemos al coche chorreando. Lucía pone una toalla de playa en el asiento del conductor y a mí me da una bolsa de basura, que es lo que hay.
El móvil ha sobrevivido. Tiene arena en el altavoz y cuatro mensajes.
Uno de mi padre: «¿Qué tal? Aquí cuando puedas, hay cena». Escrito así, con la coma y todo, porque mi padre escribe los mensajes como si le cobraran por error.
Dos de un grupo del instituto que no he abierto en seis meses.
Y el cuarto es de Hugo Ferrer.
Llevo sin ver a Hugo desde Navidad. Está en Murcia, en Biología, y sube fotos de bichos del fondo del mar con nombres en latín y cero likes. El mensaje dice: «He visto que hoy era el último. Bajo el jueves. ¿Me cuentas?».
Me quedo mirando la pantalla un poco más de lo que dura leer catorce palabras.
—¿Quién es? —pregunta Lucía, que va conduciendo y que lo sabe.
—Nadie.
—Ah, Hugo.
—Que no es nadie.
—Que sí, que es Hugo. ¿Cuándo baja?
Apago la pantalla y miro por la ventanilla, y Lucía se ríe sola, bajito, durante todo el kilómetro que queda hasta el desvío del camping.
Y yo pienso, con la ropa mojada pegada al asiento y el pelo goteando en el hombro, que tengo tres meses por delante. Tres meses antes de Murcia, antes de una carrera que empiezo dos años tarde, antes de una vida que llevo desde los diecisiete esperando que me toque.
Tres meses en el mismo sitio de siempre, con la misma gente de siempre, en un agua que cada año está un poco más verde.
Mi último verano aquí.
Lo que no sé todavía, mientras Lucía mete la tercera y el Corsa protesta, es que va a ser el único que no vaya a poder olvidar.