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Me voy a Murcia el jueves diecisiete de septiembre a las cuatro y veinte de la tarde.
En un autobús de línea, no en un coche, porque mi padre no puede dejar el camping un jueves ni en septiembre y porque yo le he dicho que prefiero irme sola, que es mentira a medias.
Llevo una maleta grande, una mochila, una bolsa de deporte con sábanas y toallas que ha preparado él, y la cámara colgada al cuello.
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Me despiden tres personas en la parada de la Ronda.
Mi padre, que me da un paquete de galletas para el viaje como si fuera a Berlín y no a cincuenta kilómetros.
Lucía, que llora sin ningún pudor desde que llega y que me dice «cada dos fines de semana, ¿eh?, cada dos».
Y Keko, que aparece en la moto con el casco en la mano sin que nadie lo haya avisado, me da un abrazo que me levanta del suelo y dice «Baresa, que petes la universidad».
Hugo no está.
Me escribe a las cuatro y cinco: «Buen viaje. En Murcia hay un bar en la Merced que pone unas marineras que están muy bien. Por si acaso.»
Lo leo con la maleta a los pies, y me río sola en la parada del autobús, y pienso: mira, lo ha hecho a propósito. Ha dejado la puerta abierta un milímetro y se ha ido.
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Y en el último momento, cuando el conductor ya está guardando mi maleta en la bodega y la gente empieza a subir, mi padre hace una cosa que no ha hecho en veinte años.
Me abraza en público.
En la parada de la Ronda, delante de Lucía, de Keko, de la señora de la farmacia que espera el mismo autobús y del conductor. Un abrazo de los suyos, corto, fuerte, con las dos manos, y un golpecito en la espalda que significa «ya está».
Y con la boca pegada a mi pelo, para que no lo oiga nadie más, me dice:
—Te vas por la puerta grande, Nerea.
Y yo no sé qué contestar a eso.
—Papá, no me voy por ninguna puerta. Me voy en un autobús de línea.
—Tú sabes lo que te digo.
Y me suelta. Y me da el paquete de galletas. Y se mete las manos en los bolsillos, y se queda ahí de pie, con la camisa de cuadros de los domingos puesta un jueves, mirando cómo subo.
Y Lucía llorando a moco tendido a su lado, agarrada de su brazo.
Y Keko, detrás, con el casco en la mano, levantando la barbilla.
El autobús sale, coge la carretera de Balsicas y empieza a dejar atrás el Campo de Cartagena.
Me pongo los dos auriculares, que hoy no hay coches que oír, y le doy a ULTIMO VERANO desde el principio.
No aguanto cuatro canciones.
La cuarta es una de Omar Courtz de las que puse aquel miércoles de marzo, y me la sé entera, y me sale tan de golpe la noche del quince de agosto y el escalón de la pasarela y el altavoz de Keko en un aparcamiento vacío que tengo que quitarla a la mitad.
La pauso. Me quedo con los auriculares puestos y sin nada sonando, que es una cosa que hace la gente y que nadie explica.
Y en ese silencio, sin venir a cuento, me acuerdo de uno de los tres deseos.
De los de San Juan. Los que pedí con el agua por la cintura la noche del veintitrés de junio y que al día siguiente no era capaz de recordar.
Me acuerdo del primero, que fue el más rápido y el más tonto y el que pedí sin pensarlo, porque llevaba dos años pidiéndolo todos los días:
Que me pasara algo.
Y me río sola, con la frente en la ventanilla y un autobús entero detrás, porque hay que tener mucho cuidado con lo que se pide a las doce de la noche en una playa donde no hay olas.
Y yo miro por la ventanilla, y el agua aparece una última vez entre dos lomas, verde y quieta, con la línea oscura en la orilla, y desaparece.
Y pienso en todo lo que he aprendido este verano, que se resume en tres cosas y que me va a hacer falta entero:
Que la gente no te miente: te contesta exactamente lo que le preguntas.
Que el cariño y el uso pueden crecer en la misma maceta y que no se separan fácil.
Y que hay una única frontera que no se puede cruzar dos veces, y que no es acostarse con alguien: es firmar.
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El autobús entra en Murcia por una avenida con concesionarios y llega a la estación a las cinco y veinte.
Y la estación de autobuses de Murcia un jueves de septiembre a las cinco y veinte de la tarde es el sitio más impersonal en el que he estado en mi vida.
Techos altos, luz de fluorescente, un panel de salidas que hace clac cada vez que cambia una fila. Gente con maletas que sabe adónde va. Una máquina de café. Un hombre durmiendo en un banco con la cabeza sobre una mochila. Un crío llorando en el suelo mientras su madre le grita que se levante.
Y nadie me mira.
Eso es lo que me deja parada, en mitad del andén, con la maleta grande y la mochila y la cámara colgada.
Que no me mira nadie. Que en cincuenta kilómetros he pasado de ser la hija de Luis, la del camping, la del siete con ochenta y cuatro, la que se ha ido en un barco, la que dejó sola a Lucía en el cumpleaños, a ser una chica con una maleta en una estación.
Y no sé todavía si eso es lo más solo o lo más libre que me ha pasado nunca.
Saco el móvil para mirar el mapa. Son veinte minutos andando hasta Mariano Padilla. Veinticuatro con la maleta, calculo.
Y antes de echar a andar, le mando un mensaje a mi padre, que es lo que le he prometido en la parada de la Ronda:
«Ya estoy en Murcia.»
Y contesta en cuarenta segundos, él, que tarda horas, él, que contesta con un «ok»:
«Muy bien hija. Avisa cuando estes en el piso. Si hay que subir la maleta que te ayude alguien.»
Sin tilde en «estés». Con la coma donde no va.
Y me lo quedo mirando en mitad de la estación de autobuses de Murcia, con los paneles haciendo clac por encima de la cabeza.
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El piso está en la calle Mariano Padilla, tercero sin ascensor, y es viejo y tiene una cocina horrible y una terraza interior llena de tendederos.
Lo comparto con tres personas a las que no conozco.
Me abre una chica de veintiuno con una camiseta de un grupo y el pelo mojado.
—¿Nerea?
—Sí.
—¡Bien! Soy Jimena. La tuya es esa, la del balcón. —Coge una de mis bolsas sin preguntar—. Perdona el desastre, acabamos de llegar todas.
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La habitación es la segunda del pasillo, con una ventana que da al patio interior, una cama con un somier que cruje, un armario empotrado que no cierra y una mancha de humedad en el techo con forma de nada.
Y deshago la maleta en veinte minutos, porque no traigo casi nada.
La ropa, en el armario que no cierra. La sudadera azul de la universidad que me regaló Lucía, doblada en la silla, envolviendo una botella sin etiqueta con un líquido rosa. La saco de la sudadera y la pongo en la estantería, sola, en el centro, donde se ve.
La cámara de mi padre, con la funda de tela que huele a armario ajeno, colgada del respaldo de la silla.
La funda estanca de Hugo, sin estrenar, con su nota en mayúsculas todavía dentro, en el cajón de la mesilla.
Y la cinta. La de Verano 2014. Con la etiqueta escrita a mano por mi madre.
Aquí no tengo con qué verla. No tengo tele, no tengo reproductor, no tengo nada.
La guardo igual, en el mismo cajón, debajo de la funda estanca, porque mi padre me dijo que la guardara yo, que en esa casa se pierden las cosas.
Y la libreta del Mercadona, que dejo encima de la mesa.
Y me siento en la cama que cruje, y miro las cosas colocadas: una botella que no voy a abrir, una cámara que no he estrenado en serio, una funda para meterme en el agua con alguien que me ha dicho que no me va a esperar, una cinta que no puedo ver y una libreta con siete líneas.
Y pienso que es todo lo que me llevo del verano. Y que es poco. Y que es mío.
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Esa noche hay pizza en el suelo del salón, porque aún no hay mesa.
Somos cuatro: Jimena, que estudia Enfermería y es de Albacete; Vera, que hace Bellas Artes y es de Alicante; una chica de Yecla que se va a cambiar de piso en octubre; y yo.
Y es rarísimo, y es incómodo, y me duele la cara de sonreír a desconocidos.
Y a la una y media, cuando ya estamos las cuatro sentadas en el suelo con la espalda en la pared y la caja de pizza vacía, Jimena saca el móvil, se le ilumina la cara con la pantalla y dice:
—A ver, chicas. ¿Alguna tiene esto?
Y nos gira la pantalla.
Es una app de citas.
Vera se ríe y dice que no, que ella tiene novio en Alicante. La de Yecla dice que sí pero que no la usa.
Y Jimena me mira a mí.
—¿Y tú?
—Yo vengo de un pueblo de siete mil habitantes —digo—. Ahí no hace falta ninguna app. Ahí lo sabe todo el mundo todo.
Y las tres se ríen, y Jimena me da con el pie y dice:
—Pues venga, bájatela. —Se encoge de hombros—. Total, aquí nadie sabe quién eras.
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Aquí nadie sabe quién eras.
Y yo me quedo con esa frase, sentada en el suelo de un piso de Murcia el diecisiete de septiembre, con veinte años, tres mil ochocientos euros ahorrados, una cámara de segunda mano, una libreta del Mercadona con siete líneas escritas,
una playlist de ochenta y cuatro canciones que no voy a poder escuchar entera hasta noviembre, un padre al teléfono, una amiga a cincuenta kilómetros, un chico que no me va a esperar y un verano entero metido en el cuerpo del que no le he contado ni la mitad a nadie.
Y pienso que tiene razón.
Aquí nadie sabe quién era.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me da miedo.
Eso me parece una oportunidad.
Y esa —lo sé ahora, no entonces— fue la idea más peligrosa que tuve en toda mi vida.