La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 50. Sara #2
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Capítulo 50. Sara #2

Archie me abre la puerta como siempre ha hecho desde que nos conocemos y, sin poder dejar de mirarlo a los ojos, me acomodo en el asiento colocándome bien la falda, y él cierra la puerta.

Nos despedimos lanzando besos y diciendo adiós con las manos con la promesa de vernos pronto.

El motor ruge suavemente y, mientras nos alejamos, siento que este es solo el comienzo de una aventura maravillosa a su lado.

Las calles están iluminadas por las farolas y el reflejo de la luna cae sobre el asfalto. Siento el viento acariciar mi piel y el latido firme de la mano de Archie en la mía. De repente, me mira de reojo y, con una sonrisa que me desarma, dice:

—Sara, hoy estás más preciosa que nunca. No dejo de sorprenderme contigo.

Instintivamente, llevo una mano a la falda de mi vestido, tocando la suave tela blanca, y una emoción cálida se expande por mi interior. Su mirada me atraviesa y me hace sentir como la mujer más afortunada del mundo.

—Gracias, Archie —le respondo con la voz un poco temblorosa—. Tú siempre sabes cómo hacer que me sienta especial.

—Y eso es solo el principio —me susurra al oído—. Tenemos toda una vida para demostrarnos lo mucho que nos queremos.

—Lo sé —le digo, apoyando mi cabeza en su hombro—. Prometo que voy a cuidarte, a apoyarte y a amarte todos los días, en lo bueno y en lo difícil.

—Y yo prometo estar a tu lado en cada paso, en cada sueño que tengamos —me responde con convicción.

Nos quedamos en silencio un momento y dejamos que la magia de la noche nos envuelva. Sé que todo lo que hemos vivido hasta ahora solo ha sido el preludio de un futuro que construiremos juntos, paso a paso, con amor, paciencia y ganas infinitas.

—Estoy lista para esta aventura contigo —suspiro, mirando al frente, al camino que tenemos por delante.

—Y yo también —dice él, apretando mi mano con cariño—. Siempre juntos.

Llegamos al hotel y, nada más bajar del coche, un silencio cómplice se instala entre nosotros.

Ya no hay más ojos que los nuestros ni palabras ajenas; solo nosotros y el latido acelerado de esta noche que acaba de empezar.

En recepción nos entregan las tarjetas para la habitación.

Las tomo y se las paso a Archie, que me mira con esa sonrisa que siempre me hace sentir especial, la misma que ahora me hace sonrojar.

Al llegar a la puerta de la habitación, sin decir nada, me toma en brazos.

El mundo desaparece mientras entro en la estancia envuelta en su abrazo cálido y protector.

Nos fundimos en un beso que comienza suave, se vuelve profundo y se repite con la urgencia de quien quiere retener para siempre este instante.

Su mano se desliza por mi espalda y cierro los ojos para saborear cada segundo.

Poco a poco, empieza a desabrochar mi vestido, que cae lentamente a nuestros pies como un suspiro que deja espacio para todo lo que está por venir.

Estamos solos, y en esa intimidad sé que esta noche será el principio de todo lo que soñamos, de cada promesa, cada beso y cada nuevo paso juntos.

Cuando el vestido ya está en el suelo, Archie me toma de la cintura y, sin poder contener una sonrisa traviesa, me lleva hacia la cama. Caemos juntos entre las sábanas suaves, entre risas y suspiros. Me mira a los ojos con tanta intensidad que siento cómo se me acelera el corazón.

—Te quiero —me dice en voz baja mientras acaricia mi mejilla.

—Yo también —le respondo, apoyando la cabeza en su pecho y sintiendo su latido junto al mío.

Él aprieta mi mano y me promete:

—A partir de ahora solo voy a hacerte feliz. Lo juro. No habrá nada que pueda separarnos ni hacernos daño. Solo tú y yo, juntos, siempre.

Siento que todas mis dudas se disuelven con sus palabras. Aquí, en este momento, sé que todo es posible. Que con él a mi lado el futuro será maravilloso. Nos quedamos abrazados, como si el tiempo se detuviera, sellando con caricias y susurros el comienzo de nuestra vida juntos.

* * *

La luz suave de la mañana entra por los ventanales de la suite mientras Archie y yo, ya duchados y envueltos en albornoces, disfrutamos del desayuno tardío en la terraza.

El aroma del café se mezcla con el frescor del mar que se extiende ante nosotros.

De repente, suena el timbre. Archie se levanta y abre la puerta.

En el umbral nos espera una caja blanca e impecable, sin tarjeta ni ningún indicio de quién la ha enviado.

—¿De quién crees que será? —le pregunto intrigada mientras él coge la caja.

Archie la examina, la gira entre sus manos y sonríe con una mezcla de sorpresa y emoción.

—No lo sé..., pero creo que deberíamos abrirla.

Le insisto, animándolo a no esperar más. Con cuidado, desata la cinta y levanta la tapa. Dentro, un sobre escrito con cuidado con la letra familiar de su padre. Al abrirlo, encontramos un cheque. Sin dudar, Archie lo rompe en pedazos y vuelve a meter los trozos en la caja.

—¿Estás bien? —susurro preocupada. Archie mira al mar con calma, casi en paz.

—Sí... Por primera vez creo que nada de lo que haga mi padre podrá afectarme.

—Quizá sea su forma torpe de pedirte perdón.

—¿Un cheque por varios millones? No los necesito. Y aunque los necesitara, no los querría. Podría haber enviado una carta, un perdón, un «eres mi hijo». Pero nunca lo hará. Y yo… no sé si quiero seguir esperándolo.

—Sabes que siempre estaré a tu lado.

—Y sé que darías todo por mí, igual que las personas que ayer nos acompañaron. Esas son las únicas que merecen estar en nuestras vidas.

Me acerco y le tomo la mano con cariño, apretándola suave.

—Vamos, amor, o desayunamos rápido o perdemos el avión que nos lleva a las Seychelles.

Él esboza una sonrisa, esa sonrisa que me derrite, y por un instante dejo atrás cualquier sombra del pasado.

—Tienes razón —dice—, hoy empieza una nueva vida. Una en la que no va a volver a haber ropa entre nosotros. Te quiero desnuda los diez días que vamos a estar allí.

Me sonrojo, pero no puedo evitar sonreír ante su descaro. Le acaricio el rostro y respondo con voz baja y divertida:

—¿Desnuda y sin descanso? Creo que te vas a arrepentir cuando no pueda separarme de ti ni un segundo.

Él se acerca y roza sus labios con los míos con esa sonrisa traviesa que conozco tan bien.

—Pues prepárate, porque no pienso dejarte respirar.

Nos reímos juntos, con esa complicidad que solo el amor y la pasión pueden crear. Con el corazón ligero y la mirada puesta en el futuro, nos dirigimos a disfrutar el desayuno.