Capítulo 50. Sara
Sara
Estoy frente al espejo, ya maquillada y peinada.
Mi vestido de novia es puro estilo ibicenco: ligero, blanco como las olas del mar, con encajes delicados que dibujan flores y hojas, y una falda vaporosa que casi parece flotar con la brisa.
Los tirantes finos se cruzan en la espalda y llevo una corona sencilla de flores silvestres que me hace sentir parte de este lugar mágico.
Me observo detenidamente y siento cómo se me acelera el corazón.
En ese momento, escucho la puerta abrirse. Es mi madre. Se queda paralizada al verme, abre la boca en una sonrisa que no puede contener y se lleva las manos a los labios, emocionada.
—Sara… —susurra con la voz quebrada—. Estás preciosa, cariño —suspira—. Ya debes bajar.
Me giro hacia ella y sonrío, consciente de que este día va a ser el comienzo de todo lo que siempre soñé.
Tomo aire con profundidad y comienzo a bajar las escaleras con el vestido que parece flotar a mi alrededor.
El silencio es suave, solo roto por el roce de mi falda contra los peldaños.
Al llegar al salón, lo veo allí: mi padre, con la mirada fija en mí.
Sus ojos se llenan de lágrimas y siento cómo se le quiebra la voz antes de que pronuncie palabra alguna.
No lo había visto llorar nunca delante de mí y ese momento me derrite el alma.
Él se seca los ojos con la mano y yo trato de contener mis propias lágrimas, pero no puedo evitar que se me empañen los ojos.
Saco una servilleta del bolsillo del vestido y me limpio rápido para no parecer débil, aunque por dentro me siento vulnerable y agradecida a la vez.
Él me sonríe con esa mezcla de orgullo y emoción que siempre ha guardado para los momentos más importantes.
—Estás hermosa, Sara —me dice con voz entrecortada—. Archie es un hombre afortunado. —Lo abrazo con fuerza, sintiendo todo el amor y la historia que llevamos juntos en ese instante—. ¿Estás preparada?
Asiento. Lo estoy, claro que lo estoy. Sujeta mi brazo con fuerza mientras caminamos juntos por el terreno de mi casa.
Cada paso me llena de nostalgia y esperanza.
A lo lejos se vislumbra el centro, donde algún día se alzará el corazón de nuestra familia: el espacio de encuentro, risas y recuerdos.
Pero hoy es solo un altar sencillo, improvisado, con vistas infinitas al mar que parece abrazarnos.
La melodía de Ordinary , de Alex Warren, comienza a flotar en el aire cálido y nos envuelve con cada nota.
Mi corazón late acelerado mientras avanzo despacio, casi sin darme cuenta del camino, guiada por la emoción y la mirada cálida de los invitados, a los que sonrío, aunque no soy capaz de mirarlos.
Cuando llego al final del sendero, lo veo allí: Archie, esperándome con esa sonrisa que me hace temblar. Pero mi atención se desvía un instante hacia mi padre, que está a mi lado, con los ojos vidriosos y el alma abierta. Con la voz quebrada por la emoción, le pide:
—Cuídala, Archie, como si fueras yo mismo.
Y sin más palabras, sin ceremonias, me entrega a él.
Siento que mi pecho se llena de un torbellino de risas y lágrimas que brotan sin control.
Mi padre me suelta el brazo y me quedo al lado de Archie, mientras el resto de los invitados, sentados en sillas blancas entre flores y telas que se mecen con la brisa, no pueden contener la emoción.
El sol comienza a bajar y pinta el cielo con tonos dorados y rosados; un atardecer que viste esta isla de un amor tan puro como nunca había visto.
Aquí, en este instante, siento que todo es posible.
Archie respira hondo y me mira, pero parece que sus ojos no ven a nadie más que a mí.
—Puede que para muchos esto sea una locura —comienza con una sonrisa nerviosa, pero segura—.
Que piensen que somos demasiado jóvenes.
Y sí, lo somos. Pero cuando encuentras a esa persona que te hace mejor, que te ayuda a crecer y que te agarra de la mano con tanta fuerza que no quieres volver a soltarla.
.., entonces te das cuenta de que la edad es solo un número.
Se toca el pecho, justo donde late fuerte su corazón, y siento que el suyo late solo para mí.
—Lo único importante es lo que uno tiene aquí —dice con voz suave—. Sara, te entrego todo mi corazón, todo lo que soy y todo lo que podemos ser juntos. Si tú quieres.
Yo lo miro con el corazón lleno de amor y sin ningún miedo. Sé que es él, mi única opción.
—Archie —le respondo con la voz firme, sintiendo cómo me crece el amor en el pecho—, eres tú.
Desde la primera noche que te vi, desde el primer beso que me diste, siempre has sido tú.
Y estoy tan orgullosa del hombre en el que te has convertido…
Te has caído, te has roto, pero fuiste lo bastante valiente para levantarte y reconstruirte.
Una mejor versión de ti mismo, sin olvidar nunca el amor que sientes por mí.
Por eso hoy te digo sí. Sí a pasar el resto de mi vida contigo, a levantarme y caer a tu lado, a seguir construyendo nuestro futuro de la mano.
Sí a no olvidar nunca que no estamos solos, que tenemos una familia que nos sostiene y otra que crecerá fruto de nuestro amor.
En cuanto digo el sí, algo mágico sucede.
Un pequeño grupo de mariposas blancas aparece a nuestros pies y revolotea con suavidad, como si la naturaleza misma quisiera bendecir nuestro amor.
Las mariposas se elevan en el aire y dibujan círculos alrededor de nosotros, como si sellaran la promesa que acabamos de hacer.
Los invitados se levantan al unísono y aplauden con una emoción que me estremece hasta los huesos.
Archie me mira como si yo fuera el único ser en el mundo, y siento que nada más importa.
Nos acercamos y el beso que nos damos es el más intenso de toda nuestra vida.
Un beso que dice que nos amamos por encima de todo y de todos.
Que este es nuestro comienzo, sin miedo, con la certeza de que estamos juntos para siempre.
Nos dirigimos juntos hacia los invitados, sonrientes y con el corazón rebosante de amor.
Veo a mis padres, cuyos ojos brillan de felicidad, y a Marcos, que no puede dejar de sonreír.
La madre de Archie y Elizabeth nos miran con orgullo y emoción, mientras que mis tíos, mi abuela y mi prima también nos saludan con cariño.
El tío de Archie ha venido desde Chicago junto a su hija Blue, que nos abraza con lágrimas en los ojos sin dejar de grabar cada instante con su móvil.
De repente, se escuchan gritos y saltos que llenan el aire:
—¡Por fin! —exclama Elizabeth, llevándose las manos a la boca antes de romper a reír.
—Nunca he visto a nadie mirarse así… —añade la madre de Archie, con la voz temblorosa y los ojos húmedos.
—Sabía que acabaría pasando, pero verlo aquí, delante de todos…, es aún mejor —dice Marcos, entre risas y aplausos.
—¡Ya era hora! —grita mi prima, y mi abuela la reprende cariñosa con un codazo antes de añadir ella misma:
—Estáis hechos el uno para el otro, y todos lo sabemos.
El tío de Archie, levantando una copa, se une con un brindis improvisado:
—¡Por los novios! Que este amor tan valiente nos recuerde lo que de verdad importa.
Y entre vítores, abrazos y risas, siento que el aire entero vibra con la certeza de que no estamos solos, de que todos celebran con nosotros el comienzo de nuestra vida juntos.
—¡Vivan los novios!
—¡Que viva el amor!
—¡Archie y Sara para siempre!
La alegría se desborda cuando aparecen los amigos de Archie de la universidad, los vecinos de Chicago que son amigos míos, y mis amigas de Ibiza de toda la vida, junto a Luigi, el novio de Laura.
Evaine y mis compañeros de Colinton, de Escocia, también están aquí, y algunos alumnos que son amigos de Archie, como Yonghan, Flavio y Gerard.
Un mosaico de personas que hablan diferentes idiomas, pero, hoy, todos están unidos por lo mismo: el amor que compartimos.
Los gritos y vítores no cesan y llenan el ambiente con una energía que me hace sentir que estamos en el lugar y el momento perfectos.
* * *
La fiesta ha sido interminable; la cena se ha alargado hasta casi el amanecer bajo un manto de luces que parpadean como estrellas.
Hemos pasado de una cena íntima al aire libre a bailar frente a todos como si no existieran, como si solo estuviéramos nosotros dos en ese escenario improvisado que, dentro de unos años, será nuestro comedor exterior.
Después llegó el pastel: lo cortamos juntos y entre risas nos dimos a probar el uno al otro, mientras Rhys, sentado a nuestra mesa, bromeaba con que al final se había equivocado y Archie no era tan capullo como pensaba.
Y entonces todos se unieron al baile, como si se conocieran de toda la vida, aunque muchos ni siquiera hablaran el mismo idioma.
Pero cuando Archie me toma de la mano y me acerca a su pecho, lo único que siento es que este es el inicio de todo: de una vida juntos, de un hogar que construiremos paso a paso, de un amor que nos sostiene incluso en medio del ruido del mundo.
Solo él y yo, y la certeza de que nunca más estaremos solos.
Al salir, un Porsche descapotable clásico nos espera, reluciente bajo la luz de la luna. Archie me mira con esa sonrisa que me derrite y me toma la mano con ternura.
—¿Estás preparada para empezar nuestra nueva vida juntos? —me susurra.
Asiento sin dudar, con el corazón latiendo a mil por hora. Antes de subir, entre el bullicio y la alegría, Archie lanza el ramo al aire. Este vuela, gira y cae directo en los brazos de Laura, quien lo recibe con una sonrisa radiante mientras Lu y Alba gritan emocionadas.
—¡Mucha suerte, Luigi! —se burla Archie. Luigi, por su parte, pone una cara entre divertido y asustado, como si no supiera bien en qué lío se ha metido.