Capítulo 49. Archie
Archie
Dejo la maleta junto a la cama de Sara, todavía con la sensación de que hemos corrido un maratón desde que decidimos todo.
El vuelo, el calor de Ibiza en pleno verano y ahora…
, mañana es la boda. Ni siquiera me lo creo.
Sara está en la cocina, riendo y hablando al mismo tiempo con mi madre y con la suya, como si fueran un solo equipo de producción cinematográfica.
Entre ellas y todos sus contactos han logrado montar en días lo que suele llevar meses.
Cierro la cremallera de la maleta, resoplo y me dejo caer en la cama. Apenas he cerrado los ojos un segundo cuando escucho pasos en el pasillo. Elizabeth asoma la cabeza por la puerta con cara de fastidio teatral.
—Vaya rollo —dice cruzando los brazos—. Aquí no se habla de otra cosa que de la boda.
—Es que es mañana —le respondo medio riéndome—. ¿Qué esperabas?
—No sé…, ¿que me pregunten cómo estoy, quizá? —finge indignación y entra en la habitación—. En serio, creo que hasta Scott está estresado.
Me río, porque tiene razón: desde que llegamos todo son flores, menús y listas de invitados improvisadas.
—Vale, ya que lo dices…, ¿cómo estás? —le pregunto a Elizabeth, inclinándome un poco hacia ella para que no nos escuche nadie, aunque estamos solos.
Ella me mira con una mezcla de sorpresa y resignación.
—Por fin alguien me lo pregunta. Estoy… bien. Supongo. Pero me siento invisible entre tanto vestido, ramo y canapé.
—Pues si quieres, nos escapamos a la playa un rato —le propongo, casi en tono de súplica—. Solo para que respiremos tú y yo. Prometo no hablar de flores, ni de listas de invitados, ni de tartas.
Sus ojos se iluminan al instante.
—¿En serio? ¡Sí!
—Genial, entonces. —Me levanto con esa determinación de quien cree que ya tiene un plan ganado…, pero la puerta se abre de golpe.
Marcos aparece, despeinado y con cara de haber sobrevivido a una guerra.
—¿A dónde vais? —pregunta, jadeando como si hubiera corrido desde la otra punta de la casa.
—A la playa —responde Elizabeth, y se muerde el labio, porque sabe que suena sospechoso.
—Ni hablar —dice él. Entra y cierra la puerta como si quisiera que no escapara nadie—. Tengo un plan mejor.
—¿Mejor que ver el mar y escuchar las olas? —pregunto, alzando las cejas.
—Mejor —repite, aunque se nota que improvisa—. Bajad al salón.
Bajamos y allí está Sara, en plena charla con nuestras madres. En cuanto me ve, hago una seña para que se acerque, pero ella me mira como si ya supiera que se viene un lío.
—Vámonos.
—¿Estás loco? —Me dirige una mirada que recorre a su madre y a la mía, que están al borde del ataque de nervios—. ¿Ahora, a dónde? Quedan mil cosas por hacer.
—Sara, es una boda con tu familia, con la mía y con invitados. Las flores ya están, el vestido te llega después de comer, el catering está listo y la música también… —Ella me escucha y parece estar sopesándolo—. Solo una hora —le suplico—. Te lo prometo.
—¿Una hora? —salta mi madre, con ese radar para detectar cualquier intento de fuga.
—Archie, ni se te ocurra —añade la madre de Sara con ese tono que dice: «Ya bastante me costó peinarla esta mañana, no lo pienso repetir».
—Es solo para despejar la cabeza. —Levanto las manos en señal de rendición—. El puerto está aquí al lado; volveremos antes de que se enfríe la tarta.
—¡Ahora no es momento de paseos románticos! —Mi madre se lleva la mano al pecho.
—¡Ni de excursiones improvisadas! —La madre de Sara ya parece un eco de la mía.
—Una hora —repito con la cara más inocente que sé poner—. Lo juro por la tarta nupcial.
Sara se muerde el labio para no reír y Elizabeth me hace un gesto por detrás que dice: «Dale, que las tienes ablandadas».
Entre bufidos y regañinas, nos permiten salir.
Al cruzar la puerta, respiro profundo, como si hubiera ganado una batalla.
Arranco el coche con Sara riendo a mi lado y Elizabeth y Marcos detrás, y bajo al puerto dejando atrás el caos y las voces que aún se oyen de fondo.
Salimos los cuatro rumbo al puerto tras aparcar muy cerca.
Sara y Elizabeth ríen y charlan sin parar mientras Marcos y yo nos encargamos de preparar el velero.
La brisa marina ya se cuela entre nosotros, mezclándose con el murmullo lejano de la temporada alta: gente, barcos, risas y un sol que no perdona.
—Es una suerte que esté libre justo ahora —dice Sara mientras me mira—. Marcos, ¿cómo lo has logrado?
Él sonríe, guiña un ojo y me lanza una mirada cómplice.
—Sabía que necesitaríais este momento. —Me da un codazo amistoso—. Me debes una, Archie.
—Te juro que cuando el campo de golf esté listo, serás el primero en probarlo.
Me emociono de verdad al escucharme, y es que el sueño que estoy construyendo empieza a tomar forma ante mis ojos; pero más aún, siento que todo esto tiene sentido por estar aquí, con ella y la familia que estamos formando.
—Cuenta con ello —me responde mientras ayudamos a izar las velas—. Este es solo el comienzo.
El velero parte lentamente y se desliza sobre el agua azul. Siento que por fin, tras tanto tiempo, nos hallamos en el lugar y el momento que siempre debimos tener. Mientras navegamos, la costa se acerca y Marcos señala una cala tranquila y perfecta para detenernos.
—¿Qué os parece si lanzamos el ancla aquí? —propone Marcos—. Un buen chapuzón para relajarnos antes de la boda.
—Me encanta la idea —dice Elizabeth con una sonrisa.
—¿Pero ya has aprendido a nadar, Elizabeth Ross? —le digo achinando los ojos, mientras ella se recoloca la pamela con aire de fingida ofensa—. Madre mía, ¿dónde está mi hermana pequeña que necesitaba un flotador?
—Eres muy tonto, Archie, ya tengo doce años. —Y sin más, se lanza al agua.
—Marcos, tienes a mano el salvavidas, ¿no? —pregunto, y él niega con la cabeza antes de tirarse al agua con una técnica perfecta.
—¿Te atreves a tirarte al agua? —me pregunta Sara, divertida.
—¿Tú crees que voy a decir que no? —le respondo con una sonrisa, al tiempo que me quito la camiseta bajo su mirada feliz—. Te espero abajo, nena.
Me lanzo al agua y nado junto a Marcos y Elizabeth.
La sensación del agua fría me despeja y limpia cada pensamiento cargado de nervios y estrés.
Al sumergirme, me maravillo por lo cristalina que está; tan pura que parece casi mágica.
Cuando elevo la cabeza, la veo: Sara, en bañador, caminando por el barco con la naturalidad de quien pertenece a ese lugar, como un pez en el agua.
Sin dudarlo, se lanza y bucea hacia mí, y siento cómo se acerca hasta que finalmente estamos juntos.
—¿Ha valido la pena escaparnos? —le pregunto con una sonrisa cómplice.
No puedo evitar pensar en lo mucho que hemos esperado este momento, en todo lo que hemos vivido para llegar aquí y en lo lejos que queda ya la incertidumbre que nos asfixiaba.
—Ha valido. ¿Sabes? Siempre soñé con venir con alguien especial a este lugar —me confiesa mientras dejo que el agua me sostenga, sintiendo el peso de la felicidad que me invade.
—¿Lo imaginabas así?
—No, es mejor. Mucho mejor —responde con la certeza de que este instante está marcado por algo más grande que nosotros.
El sol calienta nuestra piel y me envuelve en una paz que no recordaba, como si cada rayo disolviera el miedo y la soledad que sentí durante tanto tiempo. Dejamos atrás el estrés y las preocupaciones, flotando sin prisa.
—Esto es vida —susurra Sara, agarrándose a mí mientras flotamos, y siento su corazón latiendo junto al mío.
Y entonces pienso que, por fin, el camino que recorremos es nuestro, y eso basta para que todo merezca la pena.
—Sí, y esto solo acaba de empezar —le respondo besándola con suavidad, sabiendo que este es solo el principio de nuestra historia juntos.
Seguimos en el agua, riendo como niños y dejándonos llevar por las pequeñas olas que nos zarandean con suavidad.
Las salpicaduras se convierten en nuestro juego y no puedo evitar soltar carcajadas cada vez que Elizabeth me lanza un chorro de agua directo a la cara.
Por primera vez en mucho tiempo siento que el peso del mundo se disuelve entre risas y abrazos.
Sara está a mi lado; su risa es contagiosa y sus ojos brillan con esa luz que siempre me ha enamorado.
Nos abrazamos sin prisa, sintiendo el calor de nuestras pieles mojadas y la conexión que nos une más fuerte que nunca.
Me doy cuenta de lo afortunado que soy. Aquí, rodeado por mi hermana pequeña, mi cuñado y Sara, compartiendo momentos tan sencillos y puros como nunca lo habíamos hecho.
Elizabeth y yo bromeamos, recordamos travesuras pasadas y veo en su cara esa mezcla de orgullo y cariño que siempre ha tenido hacia mí, aunque rara vez lo haya expresado.
De repente veo a Marcos subir al barco y señalarme el reloj con una sonrisa cómplice.
Sé lo que quiere decir sin necesidad de palabras: es hora de volver.
Miro a Sara y siento un pellizco en el pecho.
Me gustaría que el tiempo se detuviera y que pudiéramos quedarnos para siempre en esta burbuja de alegría y despreocupación.
Pero la realidad nos llama y, aunque intento alargar cada segundo, sé que debemos regresar.
—Vamos, princesa —le digo mientras tomo su mano con suavidad—. No quiero que lleguemos tarde para la gran cita.
Ella asiente, aún con una sonrisa, y nos dirigimos hacia el velero dejando atrás la cala que nos ha regalado este respiro tan necesario.
Al subir a bordo, no puedo evitar mirar una última vez al horizonte, prometiéndome que, aunque la boda sea solo el comienzo, estos momentos de libertad y felicidad serán los que de verdad recordaremos para siempre.
Volvemos a casa con las piernas aún temblando por la emoción y la sal marina pegada a la piel.
La cocina está en plena efervescencia cuando entramos; Sara, su tía y su prima terminan de preparar la comida mientras nuestras madres se mueven con la precisión de un reloj suizo.
Comemos rápido, casi sin palabras, porque todos sentimos la energía acumulada del día y la tensión que se acerca con la boda.
Al terminar, nos miran con complicidad y lanzan la orden: «Chicos, id a dar un paseo o a hacer lo que queráis, pero tenéis la entrada a la planta de arriba terminantemente prohibida».
Nos reímos, pero obedecemos. Es su momento y saben bien que la boda es mucho más que una ceremonia: es el inicio de algo grande.
Mientras caminamos por el jardín, de repente se me ocurre que este es el momento perfecto para enseñarles a Alberto y a Marcos el proyecto en el que he estado trabajando.
Cojo mi tablet , con el plano que Sara me mostró del terreno que le regaló Alberto en Navidad, y les digo:
—Chicos, ¿me acompañáis un momento? Quiero enseñaros algo.
Los dos me siguen, curiosos, y vamos hacia el centro del terreno. Saco la tablet y empiezo a explicar:
—Sara me enseñó este plano hace meses. Y desde entonces he estado trabajando en un proyecto que espero que os guste.
Con la pantalla en mano, les enseño cómo podrían quedar integradas las tres casas en lo alto de la cala, entre los pinos y con unas vistas impresionantes al mar. Marcos se queda boquiabierto cuando le señalo la casa que será suya:
—¡No me lo puedo creer, Archie! ¡Esa es mi casa!
Alberto me mira con ojos húmedos y sé que estoy tocando algo importante para él.
—Has creado algo más que casas —dice—. Has diseñado un hogar para la familia, justo como quería.
Les explico que cada casa tendrá su espacio privado con jardines separados, pero que compartirán un espacio central común: una zona de barbacoa, piscina y un área para comer y relajarse todos juntos.
Los tres nos quedamos mirando el plano en silencio, conscientes de que ese proyecto es mucho más que ladrillos y paredes: es el futuro que estamos construyendo juntos.
Alberto me mira con una sonrisa que mezcla orgullo y emoción, como si estuviera viendo un sueño tomar forma ante sus ojos.
—Archie —dice, apoyando una mano firme en mi hombro—, ¿qué necesitas para empezar? No quiero que pierdas ni un minuto más. Adelante, cuenta conmigo.
Sus palabras me llegan al pecho; un peso que llevaba dentro se disuelve de golpe. Por fin siento que he hecho algo realmente importante para ellos y para nuestra familia. No solo un proyecto, sino un hogar que nos une.
—Gracias, Alberto —respondo, sintiendo cómo se me escapa una sonrisa sincera—. Esto significa mucho para mí.
Marcos también asiente, emocionado:
—Cuenta conmigo para lo que necesites. Esto va a ser increíble.
En ese momento, rodeado de la confianza de mi suegro y mi cuñado, sé que estamos dando el primer paso hacia algo grande; algo que no se mide solo en metros cuadrados, sino en momentos, risas y un futuro compartido.
Mientras Alberto da su aprobación, me giro hacia Marcos y le dirijo una sonrisa cómplice.
—Y no te olvides —le digo—, en el proyecto he diseñado un minigolf para nuestros hijos. Hay que inculcarles desde pequeños que el golf es vida.
Marcos suelta una carcajada y me da un codazo amistoso.
—Ya veo que no solo piensas en la familia, sino también en el legado —responde con una sonrisa.
Luego su expresión se vuelve un poco más seria—.
¿Sabes? Creo que Sara ha sido muy valiente al hacer su vida en Chicago.
Yo no sé si sería capaz de marcharme tan lejos.
A veces me quejo, sí, pero... no quiero estar en otro lugar que no sea esta isla.
Lo miro y siento una mezcla de respeto y cariño por él.
—Cada uno tiene su lugar —le digo—, pero hoy, viendo todo esto, me doy cuenta de que para mí ese lugar empieza a ser aquí, con vosotros, con esta familia.
Marcos asiente y, por un momento, el ruido del mar y el paisaje hacen que las palabras sobren. Alberto me mira con una mezcla de curiosidad y expectación.
—¿Y todo esto entra en tus planes a corto plazo? ¿Vais a mudaros a Ibiza? —pregunta con una sonrisa.
Respiro hondo y decido ser sincero.
—La verdad es que, a corto plazo, no —le respondo—. Estoy terminando mi carrera y, además, el campo de golf sigue en construcción. Sara ha encontrado una escuela allí que le gusta mucho y quiere seguir con su trabajo. Pero… viajaremos siempre que podamos.
Veo que Alberto asiente y añado con una sonrisa más suave:
—Desde que conocí a Sara he comprendido lo importante que es sentir el cariño de tener una familia y estar cerca de ellos, aunque no sea en el mismo lugar todo el tiempo. Eso es lo que quiero construir.
Alberto me mira con orgullo y, por primera vez, siento que he hecho algo realmente importante para ellos y para nosotros.