La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 48. Sara
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Capítulo 48. Sara

Sara

La sábana arrugada nos cubre a medias, pero el calor de su cuerpo junto al mío es lo único que necesito.

La habitación está en penumbra, filtrada por la luz suave de la madrugada que apenas empieza a asomarse.

Respiro despacio, con la cabeza apoyada sobre su pecho desnudo, escuchando el latido sereno bajo mi mejilla.

Archie la acaricia con movimientos lentos y casi inconscientes.

Es un silencio lleno de palabras no dichas, pero que pesan y curan.

—El castillo… —rompe el silencio con voz grave, casi en un susurro—. El castillo de Charles. Es mío.

Levanto el rostro y lo miro, sorprendida.

—¿Tuyo?

Asiente. Tiene los ojos puestos en el techo, pero su mandíbula se tensa. Sé que hablar de esto no le resulta fácil.

—Lo heredé. Me dejó una carta… —Traga saliva—. No sabía si decírtelo, pero… no quiero secretos. No más.

—¿Puedo leerla?

Asiente otra vez y se incorpora un poco para dirigirse a la cómoda.

Saca un sobre gastado, con el nombre «Archie» escrito con letra temblorosa.

Tomo la carta con cuidado. El papel huele a Charles.

Empiezo a leer en voz baja. Las palabras de Charles fluyen como una caricia amarga.

Le habla a Archie con amor. Mis lágrimas caen solas.

No las contengo. No puedo. Las dejo deslizarse por mis mejillas hasta caer sobre su pecho.

—Archie…, no estás solo —susurro—. Nunca lo estuviste. Aunque tú te sintieras así.

Él me mira y algo en su expresión se quiebra. No dice nada, pero sus manos me rodean con fuerza. Me aferra a él como si temiera desvanecerse.

—Podemos ir cuando queramos —dice después de un rato, con la voz ronca por la emoción—. Solo tú y yo. O con quien queramos. Quiero que lo hagamos nuestro.

—Tu madre y tu hermana… —empiezo, temerosa.

Pero él niega con la cabeza suavemente, sin dudar.

—Es para todos, Sara. Como tu casa en Ibiza. Quiero que este lugar también lo sea. Un hogar. Uno nuevo. Uno real.

Lo beso despacio. Porque lo entiendo. Porque lo siento. Porque quiero lo mismo. Me dejo caer sobre él otra vez, empapada aún de ternura, pero ahora con una risa contenida que empieza a escaparse de mis labios.

—¿Qué? —pregunta Archie, alzando una ceja, divertido.

Tomo la almohada y me la planto sobre la cabeza, escondiéndome debajo como si quisiera desaparecer del mundo.

—Ahora sí que estás perdido —digo con la voz amortiguada entre risas—. ¿Tú sabes lo que le espera al hombre que tiene un castillo? Mi padre, mi tío…, mi hermano…, ¡se van a burlar de ti el resto de tu vida!

Archie se ríe de esa forma suya tan libre que me hace vibrar por dentro.

—Ah, ¿sí? ¿Y tú también te vas a burlar?

Me asomo por un borde de la almohada con media sonrisa traviesa.

—No…, yo solo reinaré. Pero no pienso llevar corona. Eso te toca a ti.

—Perfecto —dice, dándome un beso en la frente—. Porque yo ya tengo todo lo que quiero para gobernar este reino.

Y en ese reino desordenado de sábanas, risas y suspiros, nos dejamos caer uno junto al otro. Reyes de un castillo que aún no hemos reformado, pero que ya tiene promesas.

Nos abrazamos en silencio, entrelazados entre las sábanas. La respiración de Archie roza mi cuello y su calor se mezcla con el mío. Me siento ligera. Llena. Como si, por fin, todo estuviera en su sitio. Entonces, con la cabeza apoyada en su pecho, me viene una idea que me hace sonreír sin querer.

—Oye… —susurro sin moverme—. ¿Y la universidad?

Siento cómo se tensa un poco, pero no de forma incómoda. Más bien como si se preparara para contarme algo grande.

—Quieres saberlo todo, ¿eh? —dice, y antes de que pueda responder, sus dedos empiezan a hacerme cosquillas en la cintura.

—¡Archie, para! —me quejo entre risas, intentando cubrirme con la sábana—. ¡No te escapes, quiero saberlo!

—Vale, vale, me rindo —se ríe también—. He aprobado todo.

Lo miro con los ojos muy abiertos y me incorporo un poco.

—¿Todo? ¿En serio?

—Sí. Incluso las asignaturas que no me gustaban. Me esforcé. Y… —hace una pausa— he hecho amigos nuevos. De esos de verdad, que no están interesados en mi apellido.

Lo acaricio en el pecho despacio, con una sonrisa.

—Me alegro tanto por ti…

—Y eso no es todo —dice con una chispa brillante en los ojos—. El proyecto de Ibiza ha sido un éxito.

—¿Qué?

—Sí. ¿Quieres verlo?

—¿Estás de broma? ¡Claro que quiero verlo!

Archie se incorpora de un salto, rebusca en su mochila y vuelve con el portátil. Se sienta en el borde de la cama, con el ordenador sobre las piernas, y me hace un hueco entre sus brazos. Me acomodo a su lado y en la pantalla empiezan a aparecer planos, simulaciones, correos y presentaciones.

—He soñado tantas veces con enseñártelo —susurra mientras navega entre los documentos—. Con ver tu cara cuando lo vieras.

Y la ve. Ve mi cara y ve mis ojos brillando. Porque esto no es solo trabajo. Esto es pasión. Es todo lo que ha hecho por sí mismo mientras yo pensaba que lo había perdido.

—No solo no te rendiste… —le digo en voz baja—. Es que te levantaste más alto que nunca.

Lo miro. Con ese brillo que ya no es tristeza ni duda: es esperanza. Y entonces lo beso. Porque sé que este instante no se borra. Porque ahora sí estamos en el mismo lugar, en el mismo camino, mirando en la misma dirección. Y es juntos.

* * *

El sol se cuela por las rendijas de la persiana, cálido y silencioso, como si también él supiera que no hace falta despertarnos.

Me muevo despacio entre las sábanas y lo primero que noto es su brazo rodeándome la cintura y su respiración tranquila en la nuca.

Sábado. No hay prisa. No hay nadie esperándonos.

Y, por primera vez, no siento culpa por quedarme aquí.

Me estiro poco a poco, lo suficiente para alcanzar mi bolso en el suelo. Rebusco sin hacer ruido hasta encontrar mi pequeño neceser. Archie gruñe un poco, adormilado.

—¿Adónde vas tan temprano? —murmura con la voz rasposa de recién despertado.

—Al baño. No quiero que me cojas manía por el aliento matutino.

Él se ríe bajito, se incorpora y me sigue.

Acabamos los dos frente al espejo, cepillo en mano, compartiendo espacio como si lleváramos años haciéndolo.

Nos empujamos con el hombro, nos miramos en el reflejo con sonrisas tontas y nos enjuagamos al mismo tiempo.

Cuando termino, no guardo mi cepillo de dientes en el neceser y, sin pensarlo demasiado, lo dejo en su bote, al lado del suyo.

Archie se queda mirándolo. Luego me mira a mí.

—¿Esto es lo que creo que es?

Lo miro sin huir y sin dudar.

—Sí. —Me encojo de hombros—. Ya hemos perdido demasiado tiempo por culpa de los demás. Creo que es hora de vivir el presente, sin miedo al futuro.

Se acerca un poco más, con ese brillo en los ojos que siempre me desarma.

—¿Y si algún día te da miedo otra vez?

—Entonces lo volveré a guardar en el neceser —le digo tranquila—. Y no habrá pasado nada.

Nos quedamos en silencio unos segundos y él toma mi rostro con ambas manos, como si necesitara sostener también mis palabras.

—Ese día no va a llegar, Sara. No otra vez. Te lo prometo.

Y yo, por primera vez, le creo sin reservas. Porque esta vez el futuro lo estamos construyendo juntos.

—¿Desayunamos? —me dice Archie con una sonrisa traviesa y el pelo alborotado mientras me da una palmadita suave.

—¿Tú cocinas? —pregunto, alzando una ceja, sorprendida.

—Hoy sí. Vas a ver todo lo que he aprendido mientras tú huías de mí por la ciudad.

Le saco la lengua y camino tras él, aún con las sábanas sobre los hombros y el corazón calentito.

Me siento en la encimera y lo observo. Se mueve con soltura, seguro, como si conociera cada rincón de su cocina y de este nuevo yo que ha construido en las semanas que no estuvimos juntos.

Bate huevos, prepara café, corta fruta y hasta recuerda que me gusta la tostada poco hecha.

Y yo... me quedo mirándolo con los codos apoyados en la barra, sonriendo como una idiota enamorada. Porque eso soy.

Desayunamos tranquilos, compartiendo risas tontas y miradas que se nos escapan entre bocado y bocado.

El mundo parece muy lejos de aquí. Pero entonces Archie se levanta, aparta los platos y los cubiertos de la isla con una determinación que me desconcierta.

Me coge de la cintura y, sin que me dé tiempo a protestar, me sienta sobre la encimera como si eso fuera lo más lógico del mundo.

—¿Recuerdas? —me dice, acariciándome el muslo, con esa expresión entre nostálgica y peligrosa—. Aquella vez en el castillo, bajo la tormenta... También desayunamos así.

Lo miro y el recuerdo me explota en el pecho.

Asiento, pero no digo nada. En lugar de eso, lo beso.

Sin miedo y sin filtros. Me entrego por completo.

Porque esta vez no me escondo ni me protejo.

Solo lo siento. Y él lo sabe. Lo noto en la forma en que me sostiene, como si tuviera entre sus manos algo valioso e irrepetible.

Hasta que se aparta un poco, con las mejillas encendidas y esa sonrisa que parece de otro planeta.

—Estoy loco —murmura, y me hace reír—. Puede que tu padre quiera matarme después de esto. Pero... —suspira, como si se lanzara al vacío— en la locura está la felicidad. Y yo no pienso volver a estar ni un día más sin ti.

Abre el cajón de la isla sin dejar de mirarme. Y saca una cajita pequeña y negra. La abre delante de mí y veo un anillo sencillo y precioso, con una piedra mínima y casi simbólica.

—Sara, sé que para ti aún soy un niño —dice sin dejar de sostenerme la mirada—, pero he pasado lo suficiente para saber lo que quiero. Y te quiero a ti. Para siempre. ¿Te casas conmigo?

Y yo..., yo dejo de respirar un segundo. Porque sí. Porque este loco, valiente y torpe hombre es mi hogar, y yo ya no quiero volver a ningún sitio del mundo sin él.

—Sí, Archie —le respondo con una sonrisa pícara—. Seguro que mi padre te va a matar cuando se entere, pero… claro que quiero pasar el resto de mi vida contigo.

Él me mira con esa mezcla de locura y ternura que me derrite y, sin avisar, me coge en volandas. Siento el mundo girar a nuestro alrededor mientras da vueltas; su risa se mezcla con la mía en pura felicidad y desenfreno.

—¡Eres un loco! —le grito entre risas, y él me besa con una pasión que me quema la piel.

—Te amo, Sara —me susurra al oído, con la voz rota por la emoción—. Con toda mi alma.

No necesito nada más. Solo sé que estoy donde quiero estar. En sus brazos. En su vida. En nuestro futuro.

Archie termina de ponerme el anillo justo cuando los dos teléfonos empiezan a sonar al mismo tiempo. Miro el mío y veo la llamada de mi madre; Archie hace lo mismo y aparece la de la suya. Me giro hacia él con una sonrisa divertida.

—¿Has puesto cámaras ocultas o algo? —le pregunto entre risas.

—Ni idea. —Se encoge de hombros—. Pero parece que nuestras madres tienen radar.

Contestamos los dos a la vez y, al enfocar los teléfonos hacia nosotros, las dos aparecen en pantalla, cada una en su idioma: mi madre gritando en español y la suya en inglés.

—¡¿Qué es eso?! —grita la mía al ver el anillo brillando en mi mano—. ¡Eso no puede ser! ¿Te vas a casar sin avisar?

—¿Eso es un anillo? —exclama la de Archie, con los ojos muy abiertos—. ¿Os habéis prometido?

Yo me río mientras Archie se muestra algo nervioso, pero sonriente.

—Bueno, parece que esto se ha adelantado un poco —le digo—. Pero sí, nos hemos comprometido hoy.

—¡Ay, hija mía! —llora mi madre—. ¡Qué rápido pasa todo! Pero me hace tan feliz. Quiero que sepáis que tenéis todo mi apoyo, aunque tu padre vaya a matarte, que lo sepas.

—¡Te lo dije! —dice la madre de Archie, riendo—. Siempre supe que vosotros dos estabais destinados a estar juntos. ¿Y ahora os vais a casar? ¡Dios mío, estoy tan orgullosa!

Archie suspira aliviado y yo me limpio una lágrima.

—Mi padre seguro que nos odia un poco más ahora —le digo a Archie—. Pero bueno, que se aguante, porque yo no voy a dejar pasar esta oportunidad.

—Exacto —responde él—. Y, la verdad, ya no me importa lo que piensen. Nos tenemos el uno al otro.

Las dos madres empiezan a bromear entre ellas, mezclando español e inglés, riendo y llorando, celebrando como si ya estuvieran planeando la boda.

—¡Pero cuándo lo habéis pensado y dónde! —exige la mía—. Ay, Dios, esto no se prepara en dos días; no me lo dejes todo para el último momento.

—¡Y más te vale ir pensando en el vestido! —añade la madre de Archie—. ¡Esto va en serio!

Nos miramos Archie y yo, entre risas y lágrimas, sabiendo que a partir de ahora nuestras vidas estarán más unidas que nunca y que, aunque el camino no sea fácil, lo recorreremos juntos.

Cuando por fin colgamos, tras prometerles que las llamaremos más tarde con todos los detalles y tras aguantar otra ronda de gritos, lágrimas y consejos innecesarios sobre bodas, nos quedamos en silencio con los teléfonos aún en las manos.

Archie me mira. Yo lo miro. Hay una pausa larga, densa y silenciosa.

Ambos sentimos el peso y la ligereza de lo que acaba de pasar.

Nos acabamos de prometer. Entre risas y lágrimas. Después de todo. Después de tanto.

—¿Esto… acaba de pasar? —susurra él, como si todavía no se lo creyera.

Asiento, mordiéndome el labio. Siento que voy a explotar por tantas emociones juntas.

—Sí —respondo en voz baja—. Acaba de pasar.

Archie sonríe y esa sonrisa es tan suya, tan nuestra, que el corazón se me deshace. Se acerca. Apoya su frente contra la mía.

—Te vas a casar conmigo… y ya no puedo llamarte pelirroja.

—Llámame como tú quieras, mi prometido —respondo, cerrando los ojos.